Capítulo 32
El cambio de estación se anunció con un silencio olfativo, no con truenos.
Al cruzar la frontera invisible entre la Ciudad Vieja y el laberinto del barrio judío, el aire perdió de pronto ese hedor fluvial a algas en descomposición y cieno industrial que llevaba semanas asfixiando a Praga.
En su lugar, entró una sequedad afilada, metálica, que raspaba la garganta al inhalar. Olía a hierro frío y a piedra limpia.
Karl Wagner se detuvo bajo el cono de luz anémica de una farola de gas para limpiarse las gafas, empañadas por su propio aliento.
La lluvia, que durante horas había martilleado los adoquines con una furia líquida y sucia, estaba mutando.
Ya no repiqueteaba; siseaba al morir contra el metal caliente de la farola, como si miles de agujas diminutas se clavaran en el hierro.
—Mire —dijo Karl, extendiendo una mano enguantada con la palma hacia arriba.
Una partícula minúscula, blanca y seca, aterrizó en el cuero negro.
No era un copo de nieve algodonoso, de esos que adornan los cuentos de Navidad.
Era una esquirla de hielo, una estrella geométrica y cortante que se negó a derretirse de inmediato.
Se quedó allí, brillante y hostil, desafiando el calor residual del cuero.
—Está empezando —murmuró el padre Gabriel, subiéndose la bufanda hasta la nariz. Su voz salió envuelta en una nube de vapor denso que tardó demasiado en disiparse, suspendida en el aire estancado—. El termómetro debe de haber caído diez grados en la última hora.
Todavía no nevaba, pero aquello ya era una sentencia.
Del cielo plomizo caían cristales dispersos, mezclados con el agua, endureciendo el barro de las calles y convirtiendo los charcos en espejos negros y traicioneros.
El frío buscaba las costuras de los abrigos y mordía las articulaciones viejas con dientes de hielo.
Caminaron hacia la sombra de la Sinagoga Vieja-Nueva ( Staronová ).
El edificio no se alzaba buscando el cielo como las catedrales góticas de los cristianos; parecía querer hundirse en la tierra, agazapado bajo el peso de una historia demasiado densa para ser soportada por simples cimientos.
Sus muros de ladrillo rojo y piedra, inclinados y deformes, parecían costillas de un animal antediluviano petrificado en el barro.
—¿Por qué aquí? —preguntó Karl en un susurro. Se sentía un intruso en aquellas callejuelas estrechas, donde las casas de tejados picudos se inclinaban unas sobre otras como ancianos conspirando—. ¿No hay vigilancia?
—Es la casa de Dios, Wagner, no la Banca Imperial —respondió Gabriel, su mano rozando la piedra rugosa de la fachada—.
El Shamash duerme en la casa anexa. A estas horas, en Josefov solo están despiertos los estudiosos de la Cábala y los que tienen miedo a cerrar los ojos.
Y ambos grupos saben que esta sombra se respeta.
Rodearon el edificio hasta la fachada lateral, un muro ciego que daba al callejón más estrecho.
No había puerta a nivel de calle. Gabriel señaló hacia arriba, hacia la cornisa dentada de ladrillo.
A unos cuatro metros de altura, disimulada entre dos contrafuertes macizos, había una pequeña puerta de hierro oxidado, sin escaleras ni acceso visible. Una entrada para fantasmas.
—El ático —dijo Gabriel—. La Genizah .
El cementerio de las palabras. Según la Ley, todo lo que contiene el Nombre de Dios no puede ser quemado ni destruido, solo enterrado.
Allí arriba descansan siglos de textos sagrados rotos, pergaminos leprosos…
y otras cosas que la comunidad prefiere no mirar.
—¿Cómo pretende que subamos? —Karl miró la pared lisa, evaluando la imposibilidad física.
Gabriel caminó hacia un rincón donde la oscuridad era casi sólida, allí donde el muro de la sinagoga se fundía con la tapia del Antiguo Cementerio Judío.
Se detuvo. El Rabbi Loew había mandado retirar la escalera exterior siglos atrás, justo para que nadie pudiera subir.
La pequeña puerta de hierro colgaba a cuatro metros sobre el callejón, un rectángulo negro imposible contra la piedra gris.
Sin embargo, apoyada contra el muro, cubierta de nieve pero visible, había una escalera de madera.
Alguien había estado allí antes que ellos. Hacía poco.
La ascensión fue un calvario silencioso y precario.
El metal helado traspasaba el cuero de los guantes, quemando la piel.
Karl, con su abrigo pesado de lana prusiana y sus botas de ciudad, subía apretando los dientes, sintiendo cómo el viento cortante del tejado le azotaba la cara.
Unos copos de nieve, tímidos pero persistentes, se le pegaban a las pestañas, emborronando la visión de una Praga que, abajo, empezaba a cubrirse de una mortaja blanca y fina.
Llegaron a la puerta de hierro. No tenía cerradura moderna.
Gabriel sacó el cincel de su abrigo. No intentó forzar el ojo de la cerradura; hizo palanca en las bisagras, corroídas por trescientos inviernos.
El metal gimió, un chillido agudo de óxido rompiéndose, pero el aullido del viento en los tejados enmascaró el sacrilegio.
Entraron.
El interior del ático no estaba oscuro; estaba ciego. El aire allí dentro tenía una densidad distinta, saturado de polvo en suspensión que sabía a papel viejo y cuero seco.
Gabriel encendió su linterna, pero mantuvo la llama baja, protegiéndola con la mano ahuecada. El haz de luz amarillenta reveló un espacio cavernoso bajo las vigas negras del tejado, que se cruzaban como el costillar de una ballena. El suelo había desaparecido.
Estaba cubierto por un océano de papel.
Montañas de libros deshojados, rollos de Torá desenrollados como serpientes de pergamino muertas, legajos de oraciones atados con cuerdas podridas que se deshacían al mirarlas. El polvo flotaba en el aire estancado, brillando en la luz como oro molido y enfermo.
—Cuidado dónde pisa —advirtió Gabriel con su voz amortiguada por la acústica del papel.
Avanzaron con una lentitud penosa, hundiéndose hasta los tobillos en aquel mar de palabras muertas. El crujido de las páginas secas bajo sus botas era ensordecedor, como caminar sobre hojas de otoño petrificadas.
—No veo nada que parezca un gigante —susurró Karl, barriendo las esquinas con la mirada, buscando una forma humana entre el caos.
Gabriel señaló hacia el centro del ático, donde el techo bajaba hasta formar un nicho triangular de madera ennegrecida.
Avanzaron hacia allí, hundiéndose en el papel hasta los tobillos.
Lo que encontraron era un montículo irregular de fragmentos de arcilla rojiza, dispersos sobre una superficie de pergaminos aplastados, lejos de cualquier figura en pie o estatua dormida esperando una palabra.
Algunos pedazos eran del tamaño de un puño.
Otros, esquirlas finas como uñas. Todos tenían el mismo color: ese rojo oscuro y terroso que Karl había visto antes, incrustado en el barro frente al almacén del río, en las huellas de algo pesado arrastrado hacia el agua.
Se agachó y recogió un fragmento. Era ligero, poroso, con una superficie que en algún punto había sido lisa y que ahora mostraba las marcas de una rotura violenta, no de una erosión gradual. Aquello no se había deshecho con el tiempo. Había sido deshecho.
—Alguien lo destruyó —dijo Karl.
Gabriel estaba de rodillas entre los fragmentos, levantando piezas y examinándolas con la linterna. Sus manos, que habían sostenido el cincel en el sótano de los Kovář, se movían ahora con una delicadeza casi litúrgica, como si los pedazos de arcilla fueran reliquias rotas.
—No destruido —corrigió Gabriel en voz baja—.
Devuelto a la tierra. Hay una diferencia.
—Señaló el suelo bajo los fragmentos. El pergamino aplastado mostraba una mancha oscura, antigua, como si algo húmedo hubiera reposado allí durante mucho tiempo antes de secarse—.
Estuvo aquí. Durante años, quizás décadas.
Y luego alguien tomó la decisión de deshacerlo.
—¿Por qué?
Gabriel tardó en responder. Recorrió con los ojos el océano de papel que los rodeaba, los siglos de palabras sagradas acumuladas sin destino.
—Porque un protector que no puede ser controlado es tan peligroso como aquello contra lo que protege —dijo al cabo—. El Rabino Loew lo creó con una palabra. Alguien decidió que era mejor que esa palabra no volviera a pronunciarse.
Karl miró los fragmentos dispersos. Pensó en sus mapas, en el círculo perfecto de propiedades que rodeaba la colina. Una geometría vieja contra otra geometría vieja. Y la de Praga había sido deshecha a propósito, por miedo, antes de que llegara el momento de necesitarla.
—¿Hay alguien que sepa cómo rehacerlo? —preguntó, resistiéndose a cerrar esa puerta del todo.
Gabriel se puso de pie, sacudiéndose el polvo de los guantes.
—Si lo hay —dijo—, no nos lo dirá a nosotros. Y aunque nos lo dijera, necesitaríamos la palabra. Y la palabra murió con el Rabino.
Recogió el fragmento más grande, del tamaño de una mano abierta, y lo guardó en el bolsillo de su abrigo.
No sabía para qué. Solo sabía que esa arcilla había sido animada una vez por una palabra y que quizás las palabras dejaban rastro en la materia, como el calor en la piedra después del sol.
Karl lo miró sin preguntar. Había algo en el gesto que nada tenía de supersticioso ni de sentimental: era el mismo instinto que llevaba a Karl a guardar copias de los contratos, el hábito de conservar evidencia de lo que existió, aunque ya no sirva para nada.
Salieron del ático, dejando atrás la cáscara rota del falso ídolo y el olor a ratas.
El frío fuera era ahora mordiente, absoluto.
La ciudad se había vuelto blanca y muda, borrando los contornos de las cosas.
Y mientras bajaban hacia el laberinto de lápidas inclinadas, Karl Wagner tuvo la certeza de que, al igual que el «Invitado» dormía en su tierra traída del este, la única esperanza de Praga dormía bajo las capas de sus propios muertos, esperando una palabra para sacudirse la nieve y la historia de encima.
Era la madrugada del 15 de noviembre. Quedaban sesenta y nueve horas.