Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 31
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Capítulo 31

En el primer banco, iluminados por un candelabro de hierro que Gabriel había bajado al suelo, tres hombres formaban un triángulo de derrota.

La lluvia golpeaba la cúpula de cobre sesenta metros más arriba, creando un rumor constante y lejano, como si el cielo estuviera tratando de lavar la ciudad y fracasara.

—No podemos ir a la policía —⁠dijo Karl. Su voz, casi siempre cortante y segura, sonaba ahora ronca⁠—. Lo intenté. Para el Imperio, Frederick Vránský es un ciudadano modelo. Para la ley, yo soy un extranjero histérico y usted, doctor… usted es un médico que ha abandonado su puesto.

Erik soltó una risa quebradiza, sin humor.

—Abandonado —⁠murmuró, mirándose las manos limpias⁠—. Ojalá fuera eso. He dejado una puerta abierta, Wagner. Una puerta a la patología. Esa cosa… esa cosa en mi laboratorio no era un hombre. Era un vehículo. Un mero portador. Y ha quebrado a Franz como quien…

—¿Y Sophia? —⁠interrumpió Gabriel sin moverse de la columna⁠—. ¿Sigue en la mansión?

—Sí —⁠dijo Karl.

Silencio.

Erik dejó de mirar sus manos. Las cerró sobre las rodillas.

—El padre de la señorita Vránský —⁠dijo, con la voz plana del que lee un dato en un expediente⁠—.

En septiembre. Me enviaron una consulta desde Viena.

Un caso de anemia aguda de evolución rápida, sin causa aparente.

Respondí por carta. —⁠Una pausa⁠—. No fui.

No era obligatorio y el hospital estaba colapsado.

Murió tres días después. Ahora sé qué tenía.

Nadie dijo nada. Erik no buscó absolución en sus caras; no la necesitaba ni la esperaba. Solo había querido que constara.

—Ha quebrado a Franz como quien rompe una ramita seca —⁠terminó Erik, en voz baja.

Gabriel dio un paso hacia la luz.

—No era un hombre, doctor. Y la ley humana no tiene jurisdicción sobre lo que habita en esa casa. —⁠El sacerdote señaló el libro De Daemonibus que yacía cerrado junto a los contratos de Karl⁠—. Estamos solos. Si vamos a esa mansión esta noche, moriremos.

—Sophia está allí —⁠replicó Karl, golpeando el banco con el puño⁠—. Y Frederick me echó esta tarde con una urgencia que no era de hombre que tiene tiempo.

Gabriel negó despacio con la cabeza. Sus dedos buscaron el rosario por hábito y se detuvieron antes de tocarlo. Parecía perdido.

—No lo sé, Wagner. Solo sé que hay un mal en esa casa que mi fe no puede expulsar.

—⁠El sacerdote señaló el libro negro sobre el banco con un gesto de repulsión⁠—.

Intenté leerlo. De Daemonibus . Pero el latín es…

retorcido. Habla de sangre y tierra como de una receta de cocina. Me revolvió el estómago.

Karl miró el libro y luego sus propios mapas.

Sus ojos de abogado, entrenados para encontrar patrones donde otros ven caos, se detuvieron en el mapa.

Había evitado mirar esto de frente desde el carruaje.

Porque si el patrón era lo que parecía, entonces aquello rebasaba el contrabando: algo para lo que el Código Civil del Imperio no tenía nombre.

—Permítame, Padre. —⁠Karl desplegó el mapa de Praga sobre la madera del banco.

Trazó una línea con su dedo⁠—. He estado ciego.

Estaba buscando compras inmobiliarias, pero esto no es una inversión.

Miren. La capilla en Josefov. La torre en Vyšehrad.

El almacén del río. Y el centro de todo: la Mansión Vránský.

Erik se acercó, entornando los ojos. —¿Qué es?

—Díganme que estoy equivocado —⁠dijo Karl, su voz más baja de lo habitual⁠—.

La capilla en Josefov. La torre en Vyšehrad.

El almacén del río. La mansión en el centro.

Si fuera un hombre de negocios diría que es una red de almacenaje.

Si fuera un militar diría que es un cerco.

—⁠Hizo una pausa⁠—. No soy ninguna de las dos cosas esta noche.

No ha comprado casas al azar. Ha comprado los puntos cardinales.

—Propiedades privadas —⁠añadió Gabriel en voz baja, mirando el mapa⁠—.

Todas. La capilla era propiedad de una familia antes de ser desacralizada.

La torre perteneció a un linaje. El almacén tiene dueño registrado.

—⁠Bajó el dedo del mapa⁠—. No puede instalarse en un edificio del Estado.

Necesita hogares. Necesita sangre en los cimientos.

Erik Schwartz tomó el libro negro que Gabriel había rechazado. Pasó las páginas con dedos temblorosos pero expertos, saltándose las oraciones y buscando los términos fisiológicos.

—Aquí —⁠murmuró Erik, ajustándose las gafas rotas⁠—.

Hebdomada Mortis . Esto ya no es teología, Gabriel.

Es biología. El círculo que ha trazado usted, Wagner, no es un cerco militar.

Es un sistema vascular. Las propiedades son los vasos capilares.

La mansión es el corazón. Todo está conectado por debajo.

«El tejido trasplantado requiere siete días de latencia para vascularizarse con el suelo huésped».

El médico levantó la vista, pálido. —⁠No está atacando todavía.

Está en cuarentena. Es como un injerto de piel, Wagner.

Necesita una semana de inmovilidad absoluta para que la Terra Patrum que trajo en las cajas se fusione con los cimientos de Praga.

Si se mueve antes, el rechazo tisular lo mataría.

—⁠Hizo una pausa⁠—. Y la tierra ya estaba en la calle antes de que se sellara el sótano.

El primer cadáver que traje a la morgue tenía la mano cerrada en un puño.

Dentro había arcilla roja, la misma que la de las cajas.

El chico estaba en el muelle la noche del diez.

Tocó el arcón, o la tierra que había caído al suelo durante la descarga, y lo que había dentro lo encontró primero a él.

Por eso murió cerca del río, no cerca de la mansión.

No hubo entrega previa: fue la primera víctima del tránsito.

Gabriel abrió la boca. La cerró. Su mano derecha se movió hacia su pecho y se quedó suspendida en el aire, incapaz de completar el gesto. —⁠Está echando raíces —⁠dijo al fin, con la voz de quien acaba de entender algo que preferiría no haber entendido⁠—. Como una mala hierba en el jardín de Dios.

—Siete días —⁠calculó Karl⁠—. Eso explica el encierro de Frederick. Explica la oscuridad. Necesitan silencio absoluto mientras el «paciente» se estabiliza.

—Entonces Sophia —⁠empezó Erik.

—Sophia es el camuflaje —⁠dedujo Karl con frialdad⁠—. Si la última Vránský muere hoy, la policía entra y rompe el silencio. La necesitan viva y visible en la ventana para que nadie interrumpa la incubación. Es su rehén, pero también su escudo.

Se hizo un silencio denso en la iglesia. Tenían un plazo. Tenían un mapa. Pero no tenían armas.

—Podemos entrar —⁠dijo Karl⁠—. Sabemos dónde están las entradas. Pero habéis visto lo que esas cosas hacen. Rompen huesos. Arrancan puertas de acero. Nosotros somos tres hombres viejos y cansados.

Gabriel se separó de la columna. Caminó hacia la oscuridad del altar, dándoles la espalda.

—Mi fe no detuvo a Ludmila —⁠dijo el cura, su voz quebrada⁠—. Su ciencia no detuvo al estudiante, doctor. Y sus leyes, Wagner, son papel mojado para esta criatura. —⁠Se giró hacia ellos, con los ojos húmedos⁠—. Estamos desnudos.

Erik se giró hacia Gabriel con una fijeza que pedía datos.

—Padre. Ludmila Kovář. Cuando la… detuvo. ¿Sufrió?

Gabriel abrió la boca. La cerró. Miró el suelo de piedra.

—No lo sé —⁠dijo tras un silencio.

—Necesito saberlo —⁠insistió Erik, sin crueldad, solo con su habitual necesidad de hechos⁠—. Si hubo respuesta neurológica al dolor, si el sistema nervioso seguía activo en el momento del…

—No lo sé —⁠repitió Gabriel. Su voz no tembló, pero se había vaciado de todo lo que no fuera esa respuesta⁠—. Hice lo que había que hacer. No presté atención a lo demás.

Erik asintió despacio, anotando algo en su cuaderno. Karl miraba los documentos. Nadie dijo nada más sobre Ludmila Kovář.

Gabriel pensó en la chica de la mansión. La sobrina. No la conocía, pero Karl había hablado de ella con una urgencia que decía más que sus palabras. Si algo salía mal, alguien tendría que saber lo que sabían ellos. Karl tenía sus documentos. Él no tenía nada que dejar excepto lo que recordaba.

Tendría que escribirlo.

—¿Qué sugiere, Padre? —⁠preguntó Karl⁠—. ¿Rendirse?

—No. —Gabriel dudó. Parecía avergonzado⁠—. En el seminario nos enseñaron a despreciar las leyendas de las viejas. Pero mi abuela… ella contaba historias de cuando el mal vino a Praga hace trescientos años. Decía que, cuando las oraciones fallaban, había que recurrir al barro.

Karl levantó una ceja. —¿Cuentos de hadas, Padre?

—Mecánica desesperada —⁠corrigió Gabriel⁠—. Dicen que duerme en el barrio judío. Un protector que no sangra, que no tiene miedo y que no puede ser infectado porque no está vivo. Si el enemigo ha traído su magia vieja del Este… quizás nosotros debamos desenterrar la nuestra.

—El Golem —⁠susurró Erik.

—El Rabino Loew murió hace siglos —⁠dijo Karl, escéptico⁠—. Y su creación, si existió, está convertida en polvo en el ático de la Sinagoga Vieja-Nueva.

—O quizás solo está inerte —⁠replicó Gabriel⁠—. Como el huésped del sótano de Frederick. Esperando.

Karl miró sus documentos. El contrato de servidumbre. Los mapas. Luego miró al médico destrozado y al cura armado con un martillo. Era un ejército ridículo. Pero era el único que había.

—Tenemos una semana —⁠dijo Karl, cerrando su carpeta con un golpe seco⁠—. Una semana para investigar esa geometría. Una semana para que el doctor encuentre la etiología de esta plaga. Y una semana para ver si sus leyendas de barro pueden romper una puerta de roble reforzado.

El prusiano se levantó. Se ajustó el abrigo, recuperando la postura erguida, aunque sus ojos seguían delatando el horror visto.

—Organización —⁠dijo Karl, asumiendo el mando por defecto⁠—. Doctor, usted no puede volver al hospital. Lo buscarán por la muerte de su ayudante.

—Tengo… tengo un lugar —⁠dijo Erik, levantándose con dificultad⁠—. Un antiguo almacén de suministros médicos en Karlín, cerca del viaducto. Mi familia lo usaba. Hay equipo viejo. Microscopios. Reactivos. Si puedo conseguir muestras… si puedo entender la fisiología de su resistencia…

—Hágalo —⁠ordenó Karl⁠—. Padre Gabriel, usted conoce el barrio judío mejor que nadie. Antes del amanecer iremos a Josefov. No a rezar. A buscar planos.

—¿Y usted, Wagner? —⁠preguntó Gabriel.

—Yo voy a seguir el rastro del oro —⁠dijo Karl, con una frialdad letal⁠—.

Frederick ha vendido su alma, pero también ha vendido su subsuelo.

Hay una empresa, Karpatia. Hay registros de propiedad.

Si no podemos atacar la casa por la fuerza, atacaré su estructura legal y financiera.

Voy a averiguar quién es «Praetor» y qué más ha comprado en esta ciudad.

Karl se dirigió a la salida. Se detuvo bajo el arco gótico y miró hacia la lluvia.

—Avisen a quien tengan que avisar. Despídanse de quien tengan que despedirse. Porque cuando termine esta semana, señores, o salvamos a esa chica y quemamos esa casa hasta los cimientos, o Praga será un cementerio.

Gabriel apagó la vela. La iglesia quedó en penumbra. El miedo seguía ahí, pero ahora tenía una dirección. Tenían tareas. Tenían un plazo.

Mientras cerraba la puerta lateral tras de sí, Gabriel pensó que quizás eso era suficiente por esta noche. Mañana, cuando hubiera leído el De Daemonibus hasta el final, sabría si lo que encontrara cambiaría el plan o lo haría imposible. Esa era una pregunta para mañana.

Esta noche, solo tenían que sobrevivir hasta el amanecer.