Capítulo 29
Karl Wagner había salido a pie de la comisaría de Malá Strana hacía más de dos horas, con el sabor de la humillación quemándole la garganta.
El sargento de guardia, un tal Vodička, había sido tan cortés como inútil: no habría gendarmería para la Mansión Vránský.
Para el Estado, el barón Frederick Vránský era un ciudadano ejemplar que pagaba sus impuestos al día, y las denuncias de Wagner eran «delirios de un prusiano obsesionado con tecnicismos».
—Tecnicismos —masculló Karl. Había cruzado el Puente de Carlos bajo el aguacero, vagado sin rumbo por la Ciudad Vieja y, cuando el frío le había calado hasta los huesos, había aceptado el primer carruaje vacío que cruzó la plaza—. Lo que ellos llaman así es el plano de una invasión.
Karl abrió su carpeta de cuero sobre el asiento de terciopelo desgarrado.
El candil interior del carruaje, bajado al mínimo, le bastó para ordenar los documentos que el sargento se había negado a mirar.
Su mente, entrenada en la estructura de investigación del Código Civil, intentaba con desesperación imponer orden sobre el caos.
Ahí estaba el contrato de compra-venta de la Mansión Vránský, anexo B.
Karl deslizó el dedo por la cláusula 14.
4: «Derecho de Servidumbre sobre Suelo Profundo y Estratos Geológicos Subyacentes» .
Era una construcción jurídica absurda. Nadie compraba el «suelo profundo» a menos que fuera una empresa minera, y la Karpatia Speditionsgesellschaft no buscaba carbón ni plata.
Al observar la firma de Frederick Vránský, Karl notó un frío repentino en las manos.
La rúbrica del barón, elegante en los documentos de septiembre, se había vuelto errática en noviembre.
Los trazos finales de la «k» eran espasmódicos, como si la mano que sostenía la pluma hubiera perdido el control de sus propios nervios.
Y el olor… Karl acercó el papel a su nariz.
No olía a tinta de roble; olía como a carne muerta.
—No es una venta —susurró Karl, ajustándose las gafas con manos temblorosas—. Es un tratado de soberanía. Está cediendo el subsuelo para que otra jurisdicción se instale en él.
El carruaje dio un bandazo violento al girar una esquina.
Karl miró por la ventanilla. Praga parecía una ciudad bajo anestesia.
Las farolas de gas, veladas por el aguacero, emitían un resplandor naranja y agonizante.
La niebla del Moldava se arrastraba por el empedrado como un animal que buscaba dónde esconderse.
Karl vio algo en un callejón: una figura alta de pie junto a un portal, inmóvil. La cabeza giró siguiendo el carruaje sin que el resto del cuerpo cambiara de posición.
—¡Más rápido! —le gritó al cochero, golpeando el techo de madera con el puño.
Karl volvió a los mapas. Desde Berlín había seguido las compras de la Karpatia .
Al principio parecieron rutas de transporte, pero ahora, al ver a esa criatura patrullando la calle, las líneas adquirieron otro sentido.
No eran rutas; eran perímetros. Los edificios comprados coincidían con las antiguas bocas de tormenta y accesos a las galerías medievales.
El cliente oculto detrás de la Karpatia había estado adquiriendo, una por una, los puntos de ventilación y acceso de una ciudad subterránea.
Y había algo más, una anotación suya de semanas atrás que no había sabido dónde encajar: en los márgenes de algunos manifiestos de la Karpatia aparecían pequeños emblemas estampados que no coincidían con ningún sello registrado de la compañía.
En unos, el mismo cuervo de alas plegadas que había visto en el contrato del barón la primera mañana.
En otros, un dragón enroscado sobre sí mismo.
En un tercer grupo, una piedra facetada, un rombo oscuro que el grabador había sombreado como si fuera azul.
Tres marcas distintas en envíos de la misma casa, como si detrás de la Karpatia hubiera tres manos en lugar de una.
Karl no sabía qué significaban. Las copió en el cuaderno, una al lado de otra, y siguió.
—Se está blindando —murmuró Karl, sintiendo un sudor frío—. Está creando un territorio inmune bajo nuestros pies.
Cerró el mapa de golpe. Era contrabando. Tenía que ser contrabando. Las galerías subterráneas como rutas de distribución, las propiedades como almacenes, la tierra importada como cobertura para otro tipo de mercancía. Era la única explicación que cabía en un código penal.
Pero los códigos penales no explicaban el olor del sótano. Ni la respiración.
Abrió el mapa de nuevo.
Buscó una última salida legal en el fajo de papeles. Sus dedos tropezaron con una referencia al final de la página 42: «Sujeto a los términos de la servidumbre de sangre de 1442, según el registro custodiado en la Parroquia de San Nicolás» .
Como abogado, sabía que era su única oportunidad de invalidar el contrato. Necesitaba ese documento antiguo. Pura supervivencia procedimental.
Llegó a la mole de piedra de San Nicolás bajo un aguacero que parecía querer borrar la ciudad.
Karl bajó del carruaje antes de que se detuviera, arrojando monedas al empedrado mientras el cochero huía al galope.
Corrió hacia la puerta lateral de la sacristía.
Su autoridad de Berlín había desaparecido; solo quedaba un hombre empapado y aterrado.
Golpeó la madera con el puño, luego con el bastón, con una urgencia que rayaba en la súplica.
—¡Abrid! —gritó, su voz perdiéndose en el rugido del viento—. ¡Necesito el acceso a los registros! ¡Es una urgencia legal!
La puerta se abrió con un gemido de madera vieja.
Gabriel ocupaba el umbral con la sotana manchada de hollín y un martillo de carpintero en la mano derecha.
Reconoció a Karl antes de pronunciar su nombre, pero tardó dos segundos en bajar el hierro: la cara del prusiano encajaba con la del Registro Civil, pero la urgencia con que aporreaba la puerta a esas horas no.
—Wagner —dijo Gabriel, sin apartar la mano de la jamba—. ¿Qué hace usted aquí a estas horas?
—La servidumbre de 1442 —jadeó Karl, sosteniendo la carpeta contra el pecho para ocultar el temblor de las manos—. El registro que usted mencionó bajo los soportales. Lo necesito ahora. Si no anulo el contrato esta noche, mañana ya no habrá contrato que anular.
Karl se interrumpió al escuchar un sonido en el callejón, un chasquido seco de pasos sobre el agua. Miró por encima del hombro de Gabriel hacia la oscuridad de la plaza, con los ojos desorbitados por el pánico.
—Hay algo ahí fuera —susurró, su máscara de profesionalidad rompiéndose por fin—. Déjeme entrar, padre.
Gabriel estudió el rostro de Karl. Vio el sudor frío, el terror genuino y la carpeta de cuero que el abogado apretaba contra el pecho. El sacerdote bajó el martillo unos centímetros y se hizo a un lado.
—Pase rápido —dijo Gabriel—. Pero no piense que la piedra de esta iglesia es un escudo absoluto.
Karl entró en la penumbra del pasillo de la sacristía, el aire pesado con el olor a incienso y cera vieja. Solo cuando Gabriel volvió a echar la tranca de hierro, Karl se atrevió a soltar el aire. Se apoyó contra una columna, empapado, con las gafas empañadas.
—¿Dónde están los libros de 1442? —preguntó Karl, recuperando un tono de exigencia nerviosa—. Necesito probar que la tierra del sótano no pertenece al barón Vránský.
—Los libros no se moverán de donde están —respondió Gabriel, caminando hacia el centro de la nave—. Y usted no es el primero que llega aquí huyendo de algo esta noche.
Karl siguió al sacerdote hacia la luz mortecina del altar mayor. Fue entonces cuando vio la figura derrumbada en el primer banco. Tenía la cabeza entre las manos y una manta de lana sobre los hombros.
—Schwartz —dijo Karl, deteniéndose en seco.
Lo reconoció al instante; lo que lo detuvo fue el estado en que lo habían dejado.
El médico que dos días antes había hablado en el Registro con la calma cortante de quien tenía tres autopsias por la mañana ahora temblaba bajo una manta como un hombre que ha dejado de creer en su propio oficio.
Erik levantó la vista. Sus manos, antes firmes para el bisturí, temblaban de forma incontrolable. Reconoció a Karl con un asentimiento mínimo, el saludo callado de quien ha tocado fondo y no quiere ponerle palabras.
—Wagner —la voz del médico era un susurro roto—. Ya no hay diagnósticos. He visto la anatomía del horror en mi propia mesa. Franz… mi Franz murió para que yo pudiera correr.
Karl miró a Gabriel. El sacerdote permanecía de pie entre los dos, con el martillo en la mano, atento a los dos, que habían visto lo mismo y lo contaban en lenguas distintas.
—Los tres otra vez —murmuró Gabriel—. Siéntense. Saque esos papeles, abogado. Vamos a ver qué necesita antes de que la noche nos devore a todos.
Karl se sentó en el banco. Erik no se movió. Gabriel cogió un cuaderno gastado de tapas oscuras del estante de la sacristía y lo dejó sobre la madera entre los tres.
—Antes de que abramos los papeles —dijo Gabriel—, hay algo que les debo desde anteayer en los soportales.
Aquella mañana les dije que tenía un fragmento que no era de oficina.
No se lo conté entonces porque todavía no estaba decidido.
Esta noche sí. Si vamos a entrar juntos en lo que viene, prefiero que entren sabiendo lo que sé.
Abrió el cuaderno por una página marcada con una cinta descolorida. Era una lista de nombres escritos con tinta de varias edades, algunos en checo, otros en alemán, todos con una fecha al lado y, junto a la fecha, dos letras en mayúscula: H. V. Hradčany. Vránský.
—El invierno de 1860, en este distrito, dieciséis personas murieron en menos de dos meses.
La primera era un mozo de cuadra de la mansión.
La última, una sirvienta que había servido el té un viernes y que el lunes siguiente apareció en el portal de su casa, en Ostruhová, sin una herida visible y blanca como la cera.
Entremedias hubo un proveedor de carne, dos lavanderas, un afinador de pianos que iba una vez al mes a Hradčany, un cochero, un secretario del registro, una niña de doce años que vendía flores en la plaza y a la que el barón viejo había saludado por su nombre la víspera.
La gendarmería atribuyó las muertes a una epidemia de tifus que nunca tuvo curva, que nunca llegó al hospital y que cesó de un día para otro.
Lo busqué después en los archivos parroquiales: no hay tifus en los registros de defunción.
Hay quince anemias agudas y un paro cardíaco. Eso es lo que figura.
Erik miró el cuaderno. Sus dedos buscaron la página y siguieron la columna de fechas hasta el final.
—La caja del sótano del hospital —dijo Erik en voz baja—. La que selló Dittl. Es de febrero del sesenta y uno. Justo después.
—Justo después —confirmó Gabriel—. Porque las muertes cesaron de golpe en enero del sesenta y uno.
¿Saben por qué? Porque ese mismo enero murió en la mansión el viejo barón Vránský, el padre de Frederick.
Lo enterraron en cuarenta y ocho horas, sin velatorio público, con el féretro sellado.
Yo era entonces un sacerdote joven con dos años de parroquia.
Acompañé al panteón privado en las afueras al cura de la familia, que pidió relevo de su orden seis meses después y se fue de Praga sin despedirse.
Pude leer el acta de traspaso en su despacho una tarde, antes de que se la llevaran.
Karl, el acta estaba firmada y lista, salvo la fecha, desde hacía treinta años.
Treinta. Como si el viejo supiera con tres décadas de antelación qué día iba a morir.
Karl no apartó los ojos del cuaderno. La sintaxis administrativa de la lista, en columnas con fechas y rúbricas, era idéntica a la de cualquier expediente que él hubiera redactado en Berlín. Eso era lo que más le pesaba: que fuera contabilidad, no leyenda.
—Veinte años llevo registrando lo que entra y sale de esa casa —añadió Gabriel—.
Visitas raras. Cargamentos. Sirvientes que dejaban el servicio sin razón.
Frederick fue un patrón distinto al de su padre: no mataba en el barrio.
Mantenía la calma. Hasta hace tres semanas.
Cuando empezaron las confesiones, supe que algo había cambiado.
Cuando llegó usted, Wagner, el día once, supe que lo que había cambiado tenía nombre y cara nueva.
Y cuando Ludmila Kovář volvió de su lecho con esa otra voz, supe que ya no era cuestión de escribir nombres en un cuaderno. Por eso fui al Registro a buscarles.
Cerró el cuaderno. La lluvia seguía golpeando los vitrales con una insistencia paciente, sin prisa.
—Ahora ya saben lo que sé. Y ahora, abogado, los papeles.