Capítulo 28
Frederick Vránský estaba de pie en la penumbra de su estudio, pero ya no echaba de menos la luz.
El mundo, para él, se había transformado en un mapa de intensidades térmicas y vibraciones.
Sus ojos, ahora dos pozos de negrura dilatada, ya no veían colores ni formas: solo la «pulsación» de las cosas.
Podía sentir el calor residual en las tuberías de cobre tras el papel pintado y, sobre todo, podía sentir la «música» que ascendía desde los cimientos.
Era un golpe grave, sordo y rítmico. Pum-pum.
Pum-pum. No era un latido humano; Frederick sabía que el órgano que vibraba tres pisos más abajo estaba vacío de sangre.
No había sístole ni diástole, solo una pulsación magnética, una resonancia telúrica de la Terra Patrum recién depositada que hacía vibrar la estructura misma de la casa.
Frederick sentía que sus propios huesos eran diapasones sincronizados con esa frecuencia gélida.
Era un apéndice de la casa, un nervio periférico conectado al cerebro que ahora descansaba en el sótano.
Recordó el esfuerzo de las últimas horas con orgullo.
Y con asco. El peso de los arcones, el agua del Moldava calándole los huesos, el fango pegándose a su levita de seda mientras los hombres de los guantes grises se movían con una eficiencia mecánica.
Aquellos seres no hablaban; solo emitían un jadeo áspero cuando el lodo del túnel amenazaba con detenerlos.
Él los había guiado como un oficiante guía a sus acólitos, hasta que el Arcón de Seguridad quedó sellado en el centro del sótano oeste, rodeado de plomo y arcilla roja.
—Él descansa —susurró Frederick. Su voz sonó como el crujido de un sudario viejo—. El suelo ha aceptado su peso.
Se miró las manos a la luz de la luna. Las venas se dibujaban como ríos de tinta negra bajo la superficie.
Ya no sentía el dolor de la gota, ni la debilidad de sus pulmones.
Sentía una plenitud eléctrica, pero también un hambre que era como un vacío gravitatorio en su estómago.
Se llevó el dedo a la boca y mordió la carne con saña.
Sangró; brotó un líquido espeso y oscuro que lamió con desesperación.
Los insectos ya no bastaban. El cuerpo necesitaba combustible real para mantener una vigilia cuyo objeto no conocía.
Descendió a la cocina. El pasillo se sentía más estrecho, las paredes pareciendo cerrarse sobre él como una garganta de piedra. Al entrar, el olor lo golpeó: sudor añejo, jabón de lejía y el resplandor de una vida pequeña y asustada que latía en la oscuridad.
Anna estaba allí. Un espectro dentro de su propia cocina.
Sophia le había ordenado subir y cerrar por dentro, pero Anna llegó al pie de la escalera y sus pies se negaron.
El corredor del primer piso olía distinto desde hacía dos días: a tierra profunda, a algo sin nombre que subía desde los cimientos y se pegaba a las paredes como musgo.
Intentó cruzarlo. Los pies no quisieron.
Dio media vuelta y volvió a la cocina porque la cocina era suya, porque conocía cada grieta de sus baldosas, porque morir en un sitio conocido le parecía distinto a morir en un pasillo ajeno.
Era algo sin palabras, que le subió por las plantas de los pies cuando se detuvieron.
Llevaba horas oculta en el rincón del montacargas, escuchando el arrastre de los arcones y el chapoteo del agua en el sótano.
Para ella, el señor Frederick ya era otro: un desconocido que habitaba el cadáver del barón.
Vio a los hombres de los guantes grises, vio sus ojos sin vida, y su mente se quebró en el silencio de los fogones.
—¿Señor? —balbuceó Anna. Tenía una vela pequeña en la mano, una llama ridícula que para Frederick era como una quemadura en la retina.
Frederick no respondió. Se movió con una fluidez que ignoraba la inercia humana; con un gesto preciso, ahogó la llama de la vela entre sus dedos. Anna retrocedió, derribando una silla.
Sus ojos, adaptados a la penumbra, recorrieron la cocina con una lentitud de inventario. Se detuvieron en la mano derecha de Anna.
Ella llevaba algo apretado en el puño. Un papel doblado, pequeño, del tamaño de un pulgar. La dirección de la madre, en Žižkov. Sophia se lo había metido en la mano esa mañana junto con el dinero, por si se perdía.
Frederick inclinó la cabeza. Una sonrisa lenta tiró de sus labios hacia arriba.
—Qué buena chica —susurró.
La oscuridad se cerró sobre la cocina como una tapa de ataúd.
Dos pisos más arriba, en su habitación, Sophia tenía la oreja contra la madera de la puerta. Llevaba una hora identificando los sonidos de la casa: el goteo en las tuberías, el crujido de la madera al asentarse, el rumor lejano del río. Conocía ya cuáles eran normales y cuáles no.
Desde la cocina llegó algo que no era del todo un sonido: la oscuridad que cae cuando una llama desaparece de golpe, perceptible menos por el oído que por el modo en que cambia el silencio.
Después la silla. Un golpe seco de madera contra baldosa.
Después una voz —la de Frederick— diciendo algo que Sophia no logró entender por la distancia, pero cuyo tono fue suficiente.
Después un sonido sordo. Un cuerpo cayendo sobre algo que amortiguaba.
Después silencio.
Sophia se apartó de la puerta. No lloró.
No gritó. Se sentó en el borde de la cama, con el abrecartas de plata todavía en la mano, y cerró los ojos un momento.
Esa mañana le dio dinero a Anna, le abrió la puerta, le dijo que fuera con su madre a Žižkov.
Anna volvió. Eso era lo que registraba Sophia: que la decisión de no cruzar la verja, que en su momento le había parecido a Sophia un acto de la propia chica, era un dato sobre la propiedad, no sobre Anna.
La verja no era cruzable. Sophia mandó a Anna contra una pared invisible y se lo contó a sí misma como otra cosa.
Abrió los ojos. Anotó eso también, en el registro interno donde guardaba las cosas que no se nombraban. Anna Holubová. Dieciséis años. Madre en Žižkov.
En la cocina, abajo, Frederick se incorporó del suelo despacio.
Se quedó de pie un momento, sin moverse, con la oscuridad densa rodeándolo.
Después se llevó las manos a la cara y se las miró —o las habría mirado, si la oscuridad hubiera permitido ver—.
Las palpó con la otra mano. Estaban húmedas.
Frederick reconoció la humedad sin reconocer cómo llegó a sus manos.
Era el mismo gesto de unas horas antes, frente al espejo del pasillo: mirar una parte de sí mismo y no encontrar el camino que la conectaba con su voluntad.
Se las limpió en los faldones de la levita. Subió la escalera de servicio.
En el rellano del segundo piso, el esfuerzo de Sophia por mantener su luz encendida le resultaba ofensivo. La franja amarilla bajo la puerta de la joven le clavaba agujas en el cerebro.
Dentro de la habitación, Sophia Vránský estaba sentada sobre la cama, aferrando con fuerza el abrecartas de plata tomado del estudio.
El pánico se le había instalado en la garganta como un nudo de hierro.
Miraba las lámparas de gas con una fijación maníaca.
La llama del techo ardía naranja y parpadeante.
El rumor en las tuberías se había convertido en un gorgoteo húmedo.
Glup. Glup. Glup.
Sabía que algo estaba mal en la ingeniería de la casa. El olor a gas mezclado con el hedor del fango del río era insoportable. Era como si la mansión estuviera siendo digerida por el subsuelo. Los muros sudaban una humedad negra.
Sintió una presencia al otro lado de la puerta. Más que pasos, una presión magnética que hacía que el vello de su nuca se erizara.
—Sophia —llamó la voz de Frederick. Ya no era la voz de su tío; era un eco que venía de una cueva—. Tu pequeña estrella se apaga.
—¡Vete de aquí! —gritó ella, alzando el abrecartas hacia la puerta—. ¡Karl volverá! ¡Traerá a la policía!
—Karl no volverá, pichoncito. Karl es un hombre de papel, y el papel se moja y se deshace en el Moldava.
—Frederick soltó una carcajada seca que vibró en la madera—.
No gastes tus gritos. No necesito cortar el gas.
Las obras de abajo… la inundación del túnel…
la presión del lodo ha aplastado las tuberías de plomo viejas.
El gas se está perdiendo en los cimientos, alimentando la tierra donde Él duerme.
Tu luz morirá sola, Sophia. Porque el mundo ya no pertenece a los que ven.
Sophia miró la lámpara del tocador. La llama se redujo a una chispa azulada. El rumor cesó de golpe, dejando un silencio denso.
—¡No! —suplicó ella, levantándose para ajustar la llave, pero no salió nada. Solo un aire fétido y muerto.
—Mañana —susurró Frederick a través de la madera—, cuando se ponga el sol, tú misma abrirás esta puerta. Me suplicarás que apague el ruido de tu corazón. Ese latido… es tan molesto, Sophia. Tan ruidoso en una casa que por fin ha encontrado la paz.
Frederick sintió una vibración muy fuerte desde el suelo.
El Invitado se había movido en su sueño de tierra.
El pulso magnético de la casa dio un vuelco que le hizo caer de rodillas sobre la alfombra del pasillo.
Se quedó así unos segundos, con las palmas apoyadas en la lana, sintiendo cómo el temblor se transmitía desde los cimientos a través de sus huesos.
Era comunicación. Cuando volvió a ponerse de pie, lo hizo con la lentitud de algo que ya no necesita la urgencia.
—Él ya es dueño del suelo, Sophia. Y tú solo eres un huésped en Su dormitorio.