Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 27
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Capítulo 27

El acero de la puerta emitió un chirrido agónico mientras los pernos de seguridad cedían bajo una presión constante que parecía no tener tope.

En la penumbra del pasillo, Erik Schwartz observó con horror cómo el metal se deformaba hacia afuera, cediendo ante una fuerza constante que desafiaba cualquier capacidad humana.

— Herr Doctor —⁠susurró Franz, su voz reducida a un hilo roto por el pánico.

El aire en el pasillo había mutado. La humedad rancia y subterránea de la morgue se había evaporado, desplazada por una sequedad agresiva y estática.

Olía a ozono, a tormenta contenida; el aire alrededor de la puerta parecía quebradizo, como si algo al otro lado estuviera drenando el calor y la vida del ambiente para alimentarse.

—Al laboratorio —⁠ordenó Erik, forzando la calma⁠—. Ahora.

Retrocedieron aprisa. El sonido de las botas de Franz resbalando sobre la piedra resonó como un estruendo en aquel silencio industrial.

Al entrar en el laboratorio, Erik cerró la pesada puerta de roble con movimientos febriles: echó la llave, corrió el cerrojo de latón y, con un esfuerzo desesperado, arrastró el armario de expedientes médicos contra la entrada.

Era peso muerto contra fuerza viva. Física simple contra algo que parecía ignorarla.

Se quedaron a oscuras, con Erik negándose a encender el gas. Sus manos tantearon la mesa de trabajo a ciegas, buscando armas entre el vidrio frío de los frascos: ácido sulfúrico, alcohol, escalpelos. Herramientas de ciencia para una pelea de bestias.

Criiiii-crac.

El sonido provino del pasillo: el lamento final del metal cediendo. Y luego, los pasos. No el arrastrar torpe que Erik había esperado: aquellos pasos eran percusivos, rápidos, precisos. Pies descalzos golpeando la piedra con cadencia depredadora. Tap-tap-tap.

El sonido de olfateo se detuvo justo al otro lado de la puerta bloqueada.

—Calor… —⁠La voz atravesó la madera como una vibración de cuerdas vocales resecas, polvo rozando contra polvo.

Un golpe seco sacudió la entrada. El armario de expedientes se desplazó cinco centímetros sobre el suelo encerado, haciendo tintinear los frascos en las estanterías.

—La salida de servicio —⁠susurró Erik a su ayudante⁠—. Vete.

—¿Y usted?

—Tengo química. Vete.

La madera estalló antes de que Franz pudiera dar un paso.

El panel central voló hacia adentro en una lluvia de astillas, ignorando las bisagras, atravesado por un puño pálido que perforó el roble como papel mojado.

Una mano entró por el boquete: la izquierda, intacta, con dedos largos que aferraron el marco para arrancar el mecanismo de cuajo.

La derecha colgaba todavía en un ángulo torcido a la espalda, los nudillos deformes pegados al cuerpo desnudo.

Erik ahogó un grito al ver el brazo. El hueso del codo de la criatura se dislocó con un chasquido húmedo, permitiendo que la extremidad girara en un ángulo imposible para alcanzar el cerrojo desde dentro. Mecánica pura, desprovista de dolor.

La puerta se abrió con violencia, volcando el armario y vomitando años de burocracia médica sobre el suelo.

El Estudiante entró.

Estaba desnudo. Su piel, antes azulada por la muerte, lucía ahora blanca, tensa y brillante como el mármol pulido. Sus ojos eran dos agujeros negros que absorbían la escasa luz de la calle. Su rostro, vacío de ira o crueldad, mostraba un hambre fría como un cálculo.

Erik lanzó el ácido con mano temblorosa.

El líquido ámbar impactó de lleno en el pecho y el cuello de la criatura. La reacción fue inmediata: una nube de humo blanco se elevó de la piel, acompañada del sonido de carne burbujeando y un hedor insoportable a azúcar quemado y pelo.

El Estudiante permaneció impasible. No retrocedió. No emitió sonido. Erik, que había visto pacientes vivos contorsionarse por un piquete diez veces menor, lo registró en silencio.

La criatura giró la cabeza despacio. La mitad de su mejilla se derretía, revelando los dientes y el hueso maxilar en una sonrisa perpetua y macabra.

—Insumos —⁠graznó.

Se movió como un borrón cinético. Saltó sobre los restos del armario, indiferente a las astillas que se clavaban en sus pies descalzos, buscando por instinto la fuente de calor más alta en la habitación: Franz.

El chico estaba paralizado junto a la mesa central. El Estudiante lo embistió con la fuerza de un tren de carga. El impacto fue brutal; Franz salió despedido, derribó bandejas de instrumental metálico y cayó gritando y pataleando hacia atrás.

—¡Franz!

Erik agarró un taburete de hierro forjado y lo estrelló con todas sus fuerzas contra la espalda del monstruo. Clanc. El golpe contra aquella columna de carne densa hizo vibrar sus brazos hasta los hombros.

La criatura se giró y lanzó un revés casual. El puño golpeó a Erik en el esternón, sacándole todo el aire de los pulmones en un estallido agónico. El médico voló a través de la sala hasta que la pared lo detuvo, cayendo al suelo ciego por el dolor, boqueando como un pez fuera del agua.

El Estudiante volvió su atención a Franz, agarrándolo por el tobillo y arrastrándolo por el suelo encerado mientras el chico aullaba y dejaba surcos blancos con las uñas.

—¡Fuego! —⁠jadeó Erik, arrastrándose.

Volcó un mechero Bunsen encendido sobre un charco de alcohol derramado. Fwoosh. Una pared de llama azul se alzó al instante entre el depredador y la presa, consumiendo el oxígeno de la sala.

La criatura siseó y retrocedió un paso. El calor aceleraba la descomposición; eso sí lo entendía.

—¡Corre! —⁠graznó Erik.

Franz se levantó a trompicones y llegó a la puerta de la lavandería. La abrió, revelando la esclusa de seguridad tras el grueso cristal de fundición. Erik corrió detrás, sujetándose las costillas rotas, sintiendo el fuego lamer sus talones.

Cruzaron el umbral hacia la seguridad de la esclusa.

Pero la criatura calculó las probabilidades en una fracción de segundo. El fuego era una barrera, pero la comida se escapaba. Saltó a través de las llamas. Su piel prendió, el pelo se convirtió en una antorcha, pero el impulso se mantuvo. Era una bola de fuego y dientes cargando contra ellos.

La puerta tenía un mecanismo de cierre por contrapesos, de una lentitud exasperante.

Franz vio al monstruo cargando. Vio a Erik, herido y lento. Vio la puerta de contrapesos cerrándose con su exasperante calma física. Hizo la cuenta sin pensar.

Franz empujó a Erik con violencia hacia el pasillo exterior.

—¡Cierre! —⁠gritó el chico.

—¡No! —⁠Erik intentó volver.

Franz tiró de la manija interior. La puerta metálica se selló con un clic hermético y definitivo, separando los dos mundos.

Erik se quedó al otro lado, golpeando la mampara con los puños, gritando el nombre de su ayudante. En la esclusa, iluminada por el resplandor del laboratorio en llamas, Franz se giró sin armas, levantando los brazos en un gesto inútil.

El Estudiante chocó contra él.

Fue una demolición anatómica inmediata.

La criatura agarró a Franz por los hombros y tiró en direcciones opuestas. Crrrac. Erik, pegado al cristal, vio con claridad nauseabunda cómo la clavícula de Franz se hundía. El chico abrió la boca para gritar, pero el monstruo le cerró la garganta con la mano, apretando hasta silenciarlo.

El silencio al otro lado del cristal fue lo peor. Erik veía el grito, veía los ojos de Franz estallando de pánico, pero no oía nada. Solo su propia respiración entrecortada y el zumbido del fuego al otro lado.

La criatura, movida por la prisa, rompió el brazo de Franz para apartarlo del camino y, con un movimiento eficiente y seco, le partió el cuello. La cabeza del chico cayó en un ángulo imposible, convertida en un muñeco de trapo. El cuerpo se desplomó, bloqueando la puerta desde dentro.

El Estudiante se agachó. Ignorando al hombre tras el cristal, hundió la cara en el cuello destrozado de Franz.

Erik vio la sangre salpicar el vidrio. Roja. Brillante. Vio la garganta del monstruo tragar de forma espasmódica y hambrienta, y observó con horror cómo la piel quemada de la criatura empezaba a tejerse de nuevo ante sus ojos, alimentada por el combustible fresco.

El médico retrocedió, sus manos resbalando en el vidrio caliente, y vomitó bilis en el suelo. La lógica se había roto. La medicina era un chiste macabro.

Se dio la vuelta y corrió. Huyó por el pasillo oscuro, dejando atrás la ciencia, dejando atrás a Franz. Salió al callejón trasero, bajo el aguacero helado de Praga, y se detuvo un segundo, empapado y temblando, esperando oír sirenas o gritos.

Pero solo escuchó el rumor de la lluvia y, muy lejos, dentro del hospital, el sonido del grueso cristal de fundición empezando a crujir.

Erik Schwartz se ajustó los restos de la levita y echó a correr hacia la oscuridad, sabiendo que la contención que había sostenido durante una noche acababa de terminar.