Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 26
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Capítulo 26

El agua de la jofaina se tiñó de negro al instante.

Gabriel se frotó las manos con un cepillo de cerdas duras, rascando la piel hasta enrojecerla, pero la sensación de inmundicia persistía.

El hollín de la pira de Ludmila era también otra cosa: una mancha invisible, una pátina de grasa espiritual que se le había adherido al alma en ese descampado.

Estaba en la pequeña sacristía de San Nicolás. El espacio, que solía oler a incienso y cera de abeja, esa noche hedía a ropa mojada, a humo frío y a miedo sudoroso. Fuera, la lluvia golpeaba los vitrales góticos con una cadencia hipnótica, aislando la iglesia del resto del mundo.

Se secó las manos con un paño áspero y miró hacia la mesa de roble. Allí, iluminado por una única vela de sebo que luchaba contra las corrientes de aire, descansaba el libro que había comprado al librero.

De Daemonibus et Eorum Potentia.

Durante horas, desde que regresó del descampado, había evitado abrirlo.

Lo miraba con la misma repulsión con la que se mira un tumor extirpado.

La ignorancia había sido su refugio durante veinte años, desde la noche en que Eliska desapareció en la niebla y él decidió que rezar era más seguro que mirar.

Pero Ludmila Kovář había ardido. Y la fe no la había salvado; el hierro sí.

Gabriel se sentó, sintiendo el crujido de la silla vieja bajo su peso. Sus dedos temblaron al pasar la cubierta de piel porosa. Le vinieron arcadas, pero se obligó a continuar.

Acercó la vela, forzando la vista cansada. Se quitó las gafas y se frotó el puente de la nariz. El texto no tenía la prosa fluida de un teólogo, ni la reverencia de un místico. Era un latín técnico, cortante, casi quirúrgico.

« Terra Patrum », leyó con dificultad. «La Tierra de los Padres».

Intentó seguir, pero el latín se retorcía con términos alquímicos y médicos que desconocía.

Hablaba de «resonancia hemática» , de «ciclos de letargo» y de «vínculos simpáticos con el sustrato» .

Los diagramas al margen no eran símbolos religiosos; eran cortes anatómicos.

Músculos, venas, raíces que se convertían en arterias.

—Esto no es teología —⁠murmuró, sintiendo un escalofrío⁠—. Es… mecánica.

—Es un rey —⁠leyó una frase suelta⁠—. Pero un rey atado.

Cerró el libro de golpe, sintiendo náuseas. No entendía el plan, pero entendía el peligro.

Un golpe seco en la puerta lateral de la sacristía, la que daba al claustro, le hizo saltar. El corazón le golpeó las costillas con violencia.

Gabriel sopló la vela por instinto, sumiendo la habitación en la oscuridad. Se quedó inmóvil, pegado a la pared, aferrando el pesado crucifijo de hierro con ambas manos, temblando como un niño asustado.

—¿Padre Gabriel? —⁠llamó una voz conocida, filtrada por la madera⁠—. Soy yo, Jan. Del Archivo Diocesano.

El sacerdote exhaló, bajando el hierro, pero no abrió de inmediato. Esperó a que su pulso se calmara. Se sentía ridículo, un hombre de cincuenta años escondiéndose en la oscuridad de su propia iglesia.

—¿Qué haces aquí a estas horas, Jan? —⁠preguntó a través de la puerta, intentando que su voz sonara firme⁠—. El toque de queda no es oficial, pero las calles no son seguras.

—Es el Monseñor Archivero —⁠dijo la voz, nerviosa⁠—. Me envía con urgencia. Necesita su opinión sobre un asunto de lindes. Dice que es un asunto de «profanación potencial».

Gabriel abrió la puerta. Jan entró sacudiendo un paraguas negro, goteando agua sobre las losas de piedra. El hombrecillo parecía aterrorizado, y no por monstruos: por la ira de sus superiores eclesiásticos.

—¿Profanación? —⁠preguntó Gabriel, volviendo a encender la vela con manos torpes⁠—. ¿Han robado reliquias?

—No, padre. Es un asunto administrativo. —⁠Jan sacó un legajo de papeles protegidos por una carpeta de hule⁠—. Esta tarde, justo antes del cierre, se presentó un abogado alemán. Iba muy bien vestido, pero estaba… alterado.

Se pasó la mano por la cara.

—¿Qué quería un abogado alemán en los archivos católicos?

—Exigió consultar los mapas de lindes de tierra consagrada del siglo XVII. Más en concreto, de la zona de Hradčany y Malá Strana.

Cerró los ojos un instante.

—¿Para qué?

—El alemán alegaba que su cliente podría estar cometiendo un delito contra la Fe y el Estado.

Gritaba cosas sobre «importación ilegal de suelo no consagrado» y «vertidos en cimientos históricos».

Quería saber si la Mansión Vránský estaba construida sobre alguna fosa común antigua o terreno santo que impidiera…

—⁠Jan dudó, mirando sus notas— …que impidiera «alteraciones del subsuelo».

—¿Alteraciones del subsuelo? —⁠repitió Gabriel. Su mente, lenta por el cansancio, tardó un segundo en conectar los puntos. Volvió a mirar el libro sobre la mesa. Terra Patrum .

—Sí. El Archivero se negó a darle los planos, por supuesto.

Es un protestante extranjero. Pero el hombre insistió tanto que amenazó con ir a la policía.

Dejó una solicitud formal de investigación antes de que lo echaran.

—⁠Jan le tendió el papel⁠—. El Monseñor se acordó de que usted lleva años revisando los viejos pleitos de cementerios y sabe de memoria qué solares de Hradčany están consagrados y cuáles no.

Dijo: «Llévaselo al padre Gabriel, él es el único con paciencia para descifrar si esto es una tontería burocrática o un problema real».

Gabriel tomó el documento. Lo llamaban por ser el único con paciencia para el trabajo tedioso que nadie más quería hacer, pensó; no por prestigio. Era un formulario de solicitud de acceso, rellenado con una caligrafía angulosa y agresiva.

SOLICITANTE   Karl Wagner. Abogado.

DIRECCIÓN   Mansión Vránský, Hradčany.

OBJETO DE LA CONSULTA   Verificación de lindes de propiedad Vránský.

MOTIVO   Sospecha de introducción masiva de material geológico (tierra rojiza de origen no autóctono) en estructura subterránea no declarada. Posible violación de la Ley de Salubridad y Enterramientos.

Leyó la palabra clave: tierra rojiza, origen no autóctono. Y un nombre: Vránský.

Wagner. Karl Wagner. El abogado prusiano de los Vránský.

El mismo con el que Gabriel y el doctor Schwartz habían hablado ayer por la mañana bajo los soportales del Registro, escuchando con incredulidad cortés las pocas preguntas que Gabriel se había atrevido a formularle entonces sobre el barón.

Gabriel se había guardado para sí, en su momento, la impresión de que el prusiano no se lo creía del todo.

Ahora resultaba que sí. Y que había salido a buscar pruebas por su cuenta, en archivos diocesanos, sin avisar.

Lo que el alemán había escrito en ese formulario era la pieza que a Gabriel le faltaba.

Wagner le estaba haciendo a Frederick lo único que un abogado prusiano sabe hacer: le estaba buscando un delito civil al Strigoi .

Wagner no había podido creerse del todo lo que Gabriel le había insinuado bajo los soportales y había vuelto a sus instrumentos: el contrato, el catastro, el Código Civil.

Buscaba una razón legal para explicar por qué su cliente estaba llenando el sótano de tierra.

—Dios santo —⁠susurró el cura, dejándose caer en la silla.

—¿Es grave, padre? —⁠preguntó Jan⁠—. ¿Debemos llamar a la Gendarmería?

Gabriel miró el libro: El Padre debe dormir sobre su propia tierra . Miró la solicitud: Introducción masiva de tierra rojiza en estructura subterránea .

Ese desconocido había encontrado el nido. Sin saberlo, siguiendo el rastro del dinero y los permisos de obra, había localizado el dormitorio de la bestia. Y lo peor: había hecho ruido. Había gritado en un archivo público. Había dejado su nombre y su dirección.

—No, Jan —⁠dijo Gabriel, con la voz apagada⁠—. No llames a la Gendarmería. No entenderían el delito. Vete a casa. Cierra bien.

Cuando Jan se fue, Gabriel se quedó mirando la dirección en el papel: Mansión Vránský, Hradčany.

Miró por la ventana. La noche era cerrada y la lluvia arreciaba. Su instinto le gritaba que se quedara allí, protegido por los muros de la iglesia, y esperara al amanecer. Salir ahora era una locura. La oscuridad pertenecía a ellos.

Pero pensó en Wagner. Un abogado extranjero, solo en un hotel, que acababa de levantar la voz preguntando por el secreto más peligroso de la ciudad. Si el «Padre» tenía ojos en la ciudad —⁠y el libro decía que siempre los tenía⁠—, Wagner era un faro encendido en medio de la noche.

—Lo van a matar —⁠dijo Gabriel.

La imagen de Eliska le vino a la mente. Él no había hecho nada entonces. Había rezado y esperado al amanecer, y cuando salió el sol, ella ya no estaba.

Se levantó con esfuerzo. Le dolían las rodillas. Tenía miedo. Un miedo atroz, físico, que le revolvía el estómago. No quería ser un héroe. Quería meterse en la cama y taparse la cabeza.

Pero tomó el martillo de carpintero. Pesaba demasiado. Era una herramienta fea, brutal. Se lo guardó bajo el abrigo, sintiendo el frío del metal contra su costado.

—Solo voy a avisarle —⁠se dijo, sin creérselo del todo, mientras apagaba la vela⁠—. Voy al hotel, le digo que se calle y me vuelvo.

Gabriel salió a la noche de Praga. No encontraría a Karl esa noche: el hotel le diría que el huésped había salido y no había vuelto, y el cura, calado y vencido, terminaría desandando el camino hasta su propia iglesia sin haber avisado a nadie.

No caminó con paso firme. Caminó pegado a las paredes, evitando los callejones oscuros, saltando ante cada sombra, un hombre viejo y asustado que salía a la lluvia solo porque su conciencia no le permitía dormir mientras otro inocente caminaba sin saberlo hacia el mismo abismo.