Capítulo 25
El silencio tenía peso, como si la presión barométrica dentro de la casa hubiera caído de pronto. Sophia estaba sentada en el sillón de orejas de su habitación, con las rodillas pegadas al pecho y el abrecartas de plata apretado en la mano derecha.
Habían pasado tres horas desde que Karl Wagner se marchó. Tres horas de un reloj que parecía haberse detenido.
Tenía las tres lámparas de gas encendidas: la del techo, la del escritorio y la del tocador. El resplandor amarillo era su barricada, un muro contra la oscuridad que se filtraba por debajo de la puerta del pasillo. Su tío odiaba la claridad. Le dolía. Esa era su única ventaja estratégica.
La llama de la lámpara del escritorio siseó.
Ffffft.
No se apagó, pero la intensidad bajó. La luz azulada se volvió naranja y débil, reduciéndose a la mitad. La del techo, encima de ella, hizo lo mismo casi al instante. El gas fluctuaba, palpitando como un corazón arrítmico.
Sophia se puso de pie, tensa. Alguien había abierto válvulas en otra parte de la casa, o las estaba consumiendo en cantidad. La presión de la canalización se repartía mal.
—¿Tío Frederick? —susurró.
Nadie respondió. Pero la casa contestó por él.
Desde las profundidades, transmitido a través de las vigas maestras y la piedra de los cimientos, llegó una vibración.
BUM.
Fue un golpe sordo, profundo. No sonó en el aire; se sintió en las plantas de sus pies. Los cristales de la ventana vibraron en sus marcos y la jarra de agua del aguamanil tintineó contra la palangana.
Sophia se quedó paralizada. No había sido un trueno; el cielo estaba mudo. Tampoco una puerta cerrándose por el viento; era algo mucho más pesado, algo capaz de hacer temblar la piedra misma de los cimientos.
El golpe había venido de abajo. Y del lado oeste. Del lado del acantilado y el río.
Su mente, acelerada por el miedo, buscó una explicación. Y entonces, la imagen del mapa que había visto en la biblioteca le golpeó con la fuerza de una revelación. Recordó la línea roja dibujada por su tío. Esa línea que ignoraba las calles y conectaba el sótano oeste con el río Moldava.
—La esclusa —susurró.
No sabía bien qué era ese ruido. ¿Una explosión? ¿Un derrumbe? Pero sabía que algo enorme acababa de golpear la casa por el único punto ciego que existía: el agua. Y solo había una persona en la casa con la llave y la locura suficiente para abrir esa puerta olvidada.
Su tío.
El miedo le gritó que se metiera en la cama, que se cubriera la cabeza y esperara al amanecer.
Pero Sophia Vránský sabía que la ignorancia no era un escudo.
Si había intrusos, necesitaba saber si habían entrado en la casa o si se habían quedado abajo.
Necesitaba saber si la puerta del sótano —la única barrera entre ese túnel y el vestíbulo— seguía cerrada.
Quitó la silla que había colocado bajo el pomo con un cuidado infinito. Giró la llave. El mecanismo, bien engrasado, apenas hizo ruido.
Abrió la puerta una rendija.
El pasillo estaba sumido en una oscuridad casi total. Frederick había apagado todas las luces del corredor. Solo la débil luz grisácea de la luna, filtrada por la niebla y las cortinas pesadas, dibujaba los contornos de los muebles.
Sophia salió. El suelo crujió apenas bajo su peso. Se detuvo. Nada se movió. Aguzó el oído esperando el caos de una invasión: voces, pasos corriendo, cristales rotos.
Pero solo había un silencio denso.
Un olor nuevo se filtraba desde el hueco de la escalera principal. Olía a humedad fría, a lodo de río revuelto y a algo metálico, como cadenas oxidadas. El olor del agua estancada invadiendo un lugar seco.
Avanzó hacia la barandilla de la galería que daba al vestíbulo principal. Caminaba pegada a la pared, donde la madera crujía menos. Al llegar al borde, se asomó con precaución al pozo de oscuridad de la planta baja.
El vestíbulo estaba desierto.
Algo no encajaba en la penumbra del rellano. Si había entrado, ¿dónde estaba?
Entonces lo oyó.
Clac … Ñiiiii .
El sonido de un cerrojo siendo echado con fuerza, seguido del chirrido de metal rozando contra madera astillada.
Venía de la puerta de servicio, la que estaba debajo de la escalera principal.
La misma puerta que Karl había forzado horas antes; el mecanismo, dañado, protestaba al ser obligado a cerrar de nuevo.
Alguien acababa de sellar el acceso al sótano desde dentro de la casa.
Una figura se separó de las sombras junto a esa puerta.
Era Frederick.
Estaba solo. No había nadie más a su alrededor. Estaba de pie en el centro del vestíbulo, mirando hacia la puerta del sótano que acababa de cerrar, como un carcelero asegurándose de que sus prisioneros —o sus tesoros— estuvieran seguros.
Incluso desde la altura del primer piso, Sophia notó que algo estaba mal. Frederick estaba empapado. Su ropa de etiqueta chorreaba agua oscura sobre el mármol inmaculado. Sus pantalones estaban cubiertos de lodo hasta las rodillas y las mangas de su camisa estaban arremangadas y negras de suciedad.
Había estado trabajando. No cargando como un mozo de cordel; para eso vendrían los hombres del río, los que ningún catastro registraba, pero sí abriendo la compuerta del fondo, sosteniendo cabos, dando órdenes en una lengua que Sophia no conocía.
Y el agua… el agua confirmaba sus peores temores: el río había entrado.
Frederick se pasó la mano sucia por el pelo mojado, echándolo hacia atrás. Y entonces, soltó un suspiro. Fue un suspiro de éxtasis. Un estremecimiento recorrió su cuerpo, una descarga eléctrica placentera.
—Dormid —susurró Frederick a la puerta cerrada. Su voz subió clara por la acústica del vestíbulo—. La piedra es buena. La tierra es profunda.
Se giró.
No caminó hacia la cocina ni hacia su estudio. Caminó hacia el centro del vestíbulo y se detuvo, mirando hacia arriba, hacia la galería donde Sophia estaba escondida.
No podía verla. Ella estaba agazapada en la oscuridad, fuera del alcance de la luz de la luna. Pero Frederick inclinó la cabeza, como un perro escuchando un silbato lejano. Olfateó el aire.
—Hueles a miedo, Sophia —dijo. No gritó. Habló con un tono conversacional, terrible en el silencio de la casa vacía—. Y a aceite de lámpara. Sigues con esa luz encendida arriba.
Sophia se tapó la boca con la mano, aterrorizada.
—Ya no importa —continuó Frederick, empezando a subir la escalera principal. Sus pies descalzos y mojados hacían un sonido chapoteante sobre la madera lustrada—. Deja las luces encendidas si quieres. Ellos prefieren la oscuridad de abajo. Por ahora.
Se detuvo en el rellano, a solo unos metros de donde ella se escondía tras una columna. Sophia vio su perfil iluminado por un rayo de luna. Tenía la mandíbula tensa y la piel mojada le brillaba en los pómulos como cera fresca.
Y entonces lo vio.
Frederick se pasó la lengua por los labios.
Alrededor de su boca había una mancha oscura, viscosa.
No era barro. Brillaba con un tono rojizo a la luz de la luna, y entonces Sophia se dio cuenta de que las encías de su tío estaban sangrando: un hilo fino de sangre propia le bajaba desde la comisura y él se lo limpiaba con la lengua de forma mecánica, sin saber que lo estaba haciendo, igual que un hombre dormido se aparta el pelo de la cara.
Sophia sintió una náusea repentina. Su tío se le estaba muriendo encima sin saberlo y sin que ella pudiera hacer nada, y la sangre que él arrastraba por la comisura era ya material de un cuerpo al que el dueño había dejado de prestar atención.
—¿Sabes qué han traído, pichoncito? —preguntó a la oscuridad, sabiendo que ella escuchaba—. Han traído el silencio.
Frederick soltó una risita suave, burbujeante, y continuó su camino hacia su propia ala de la casa, dejando un rastro de agua de río y gotas oscuras en la alfombra.
Sophia esperó a que la puerta de su tío se cerrara.
Luego, corrió de vuelta a su habitación. Cerró la puerta, echó la llave y volvió a colocar la silla y la cómoda.
Se dejó caer en el suelo, temblando.
No habían subido nada al piso principal. No habían invadido el salón. Era peor. Estaban debajo.
Sophia cerró los ojos y la imagen del papel arrugado que había leído en la biblioteca horas antes le vino a la mente con una claridad dolorosa: un albarán comercial encabezado con el nombre Karpatia, con cifras que no había sabido interpretar y un cargo bajo la palabra «patrimonio familiar».
Una carga grande. Y un compartimento separado del resto, marcado con cuidado especial.
Las palabras del documento bailaron en su memoria. Tierra de cultivo seleccionada. Patrimonio familiar.
Ahora sabía dónde estaban. Habían atracado en los cimientos, y su tío los había encerrado allí, protegiéndolos con una devoción que ya no tenía sentido humano.
Sophia miró el suelo de madera bajo sus pies. Ya no era solo un suelo; era la tapa de un ataúd colectivo. Debajo de ella, lo que la Karpatia había descargado esa noche esperaba a que se pusiera el sol de mañana.
La casa ya no era suya. Ella vivía encima de un cementerio recién inaugurado.