Capítulo 24
El eco de las botas de Karl Wagner huyendo escaleras arriba se desvaneció, dejando al sótano del Hospital General sumido en ese silencio zumbante que precede a las catástrofes.
Era una plancha de hierro remachado, pintada de un verde oscuro que se descascarillaba por la humedad. Tenía una rueda de presión en el exterior —donde Franz apoyaba su mano temblorosa— y pestillos de seguridad en el interior, que Erik había echado para aislarse del todo.
—¡Franz! —La voz de Erik llegó amortiguada a través del acero—. ¡Abre! ¡Necesito más hielo!
Franz dudó. Su instinto de campesino de los Cárpatos le gritaba que dejara esa rueda quieta, que subiera las escaleras y no mirara atrás.
Pero la lealtad pudo más. Giró la rueda exterior.
Los pernos de acero chirriaron al retraerse.
Esperó el clac metálico que indicaba que Erik había levantado el seguro interior.
Cuando sonó el chasquido, Franz agarró el tirador de hierro y tiró. La pesada hoja se abrió hacia el pasillo con un quejido de bisagras viejas.
El aire que salió de la celda lo golpeó en la cara. Estaba tibio y traía un almizcle nuevo, una nota animal que no estaba allí cuando había entrado el hielo.
Entró. La puerta quedó abierta a sus espaldas, en un ángulo de noventa grados respecto al muro.
La sala de aislamiento era un cubo de piedra sin ventanas, iluminado por el resplandor azulado de dos lámparas de gas. En el centro, la mesa de autopsias parecía un altar profanado.
El hielo se había ido.
Los bloques que Franz había arrastrado con tanto esfuerzo hacía horas eran ahora charcos de agua tibia que goteaban a compás en los cubos de zinc bajo la mesa. Ploc. Ploc. Ploc.
Erik Schwartz estaba inclinado demasiado cerca del rostro del estudiante. Había retirado las mantas empapadas. Su bata blanca estaba manchada de agua y sudor.
—¡Mira esto, Franz! —exclamó Erik sin levantar la vista, con los ojos brillantes de fiebre académica tras sus gafas empañadas—. ¡Termodinámica pura! El sujeto está generando una reacción exotérmica violenta.
Erik señaló el pecho desnudo del estudiante. La piel, antes lívida, ahora brillaba con una capa de sudor aceitoso. De su cuerpo emanaba un vapor fino, visible bajo la luz del gas. Se estaba «quemando» para calentarse.
—Doctor… apártese —suplicó Franz, aferrando el mango de la pala de hierro que usaba para mover el hielo.
—¡No lo entiendes! —Erik colocó el estetoscopio sobre el esternón del chico—. El corazón no bombea sangre, solo vibra. Es un motor biológico reactivándose. Necesitamos bajar la temperatura o el proceso se acelerará. ¿Dónde está la carretilla?
—El pozo está seco, doctor —dijo Franz, sin soltar la pala, sin acercarse a la mesa—. No hay más hielo.
Erik se giró, furioso.
—¿Seco? ¡Es invierno! ¡Sal fuera y trae nieve de la calle si es necesario! ¡Usa sal! La sal baja el punto de congelación.
—¡No! —El grito de Franz rebotó en las paredes de piedra—. ¡Sal no! ¡La sal es para los demonios, doctor! Si le echamos sal lo vamos a despertar del todo.
—¡Superstición imbécil! —bramó Erik, dando un paso hacia su asistente—. ¡Esto es química!
En ese momento, detrás de Erik, el cadáver inhaló.
Fue una aspiración profunda, nítida, de pulmones que se llenan hasta el tope. El pecho del estudiante se expandió, rompiendo la tensión del aire.
Erik se quedó congelado a medio paso. Franz retrocedió hasta chocar con el marco de la puerta abierta.
El estudiante no abrió los ojos de inmediato. Primero sonrió.
Fue una sonrisa lenta, húmeda. Los labios se retrajeron, revelando unos caninos que habían descendido del todo, empujando la encía hacia arriba. Ya no parecían humanos; tenían la curvatura cruel de los ganchos de carnicero.
—Ya viene —dijo el estudiante.
Su voz era clara, resonante. Una voz de barítono que no correspondía a la garganta de un chico de veinte años muerto de anemia.
Erik se volvió despacio hacia la mesa.
—¿Quién… quién ha llegado? —preguntó, su curiosidad científica luchando contra el terror primario.
El estudiante abrió los ojos.
El negro abismal de sus pupilas se había contraído. Ahora, en el centro, ardía un punto rojo, un rescoldo encendido en un pozo de petróleo. Giró la cabeza hacia Erik, ignorando las correas de cuero reforzado que le sujetaban muñecas y tobillos.
—El Padre —dijo la cosa—. El río lo trae esta noche. La tierra está lista para recibirlo.
Franz sintió que el suelo oscilaba bajo sus pies. El río. Recordó el olor a agua estancada en la ropa de Karl Wagner.
—¿El padre? —balbuceó Erik, buscando a la desesperada un asidero lógico—. ¿Tu padre biológico? ¿Hay antecedentes de… catatonia familiar?
La cosa sobre la mesa soltó una risa seca. Sonó como ramas rompiéndose. No era ya la voz del estudiante; era algo de otra parte que la usaba como instrumento.
—Eres pequeño, doctor —dijo el estudiante, observando a Erik con una condescendencia infinita—. Mides el mundo con termómetros y relojes. Crees que entiendes la carne.
El estudiante flexionó el brazo derecho. El cuero de la correa, una tira de vaca curtida de cinco centímetros de ancho diseñada para contener a locos violentos, se tensó hasta chirriar.
—La carne es débil —continuó la cosa—. La sangre es la llave.
CRAC .
El sonido fue nauseabundo. Húmedo y seco a la vez.
El estudiante no rompió la correa. Dislocó su propia mano.
Con un movimiento voluntario y brutal, estrechó los metacarpianos de su mano derecha hasta sacarlos de la articulación, convirtiendo su mano en un muñón alargado y flácido que se deslizó fuera del grillete de cuero como una anguila.
El hueso de la muñeca asomaba bajo la piel, deforme. Pero el estudiante no gritó. Su expresión de beatitud no cambió.
Con el muñón flácido del brazo derecho, ahora libre del grillete, empujó la hebilla de la correa que sujetaba su brazo izquierdo hasta encajar el muñón bajo el cuero como una palanca, y tiró hacia arriba con fuerza inhumana.
—¡Sedante! —gritó Erik, saliendo de su parálisis—. ¡Franz, la morfina!
Erik cometió el error de abalanzarse sobre el paciente para sujetarle el brazo libre.
El estudiante lanzó la mano izquierda, recién liberada, con velocidad de víbora. Agarró a Erik por la muñeca.
—¡Aaaah! —gritó el médico.
Franz vio con horror cómo los dedos del cadáver se hundían en la carne de Erik. No apretaban; se clavaban con fuerza hidráulica, amoratando la piel al instante.
—La ciencia observa —susurró el estudiante, tirando de Erik hacia sí hasta que sus rostros quedaron a centímetros—. Pero la fe… la fe prueba.
La boca del estudiante se abrió. Un hilo de saliva viscosa colgó de sus colmillos. Iba a morder.
—¡Suéltelo!
El miedo de Franz se transformó en puro arrebato. No buscó el cloroformo. Levantó la pala de hierro con ambas manos, como un hacha de leñador.
Corrió hacia la mesa y descargó el golpe con toda su alma.
CLANG .
El borde de la pala impactó en el hombro del estudiante, justo en la clavícula.
El golpe hubiera derribado a un buey. Al estudiante apenas lo hizo girar la cabeza. Pero el impacto vibratorio fue suficiente. Soltó a Erik por sorpresa.
El médico cayó al suelo, retrocediendo a gatas sobre las baldosas mojadas, acunando su muñeca magullada.
El estudiante miró a Franz. La sonrisa desapareció. Sus orificios nasales se dilataron.
—El chico del fuego —siseó—. Hueles a miedo. Y a ceniza.
Franz levantó la pala como un escudo, temblando.
—Atrás… En el nombre de…
—Tus nombres están vacíos aquí abajo.
La cosa se sentó en la mesa. Con un tirón seco, rompió la hebilla de la segunda correa. Bajó las piernas. Estaba desnudo, pálido, imponente.
Levantó su mano derecha, la que pendía floja en un ángulo imposible.
La sostuvo a la altura del pecho, la examinó con curiosidad clínica —como si la mano no fuera suya— y con la mano izquierda empezó a colocar los metacarpianos uno por uno, presionando con los pulgares, recolocando los huesos en su sitio con la precisión de quien recoloca piezas de un mecanismo conocido.
No hubo prisa. Tampoco hubo dolor en su rostro.
Croc. Croc. Croc.
La mano quedó otra vez en su sitio, deforme todavía, los nudillos torcidos en ángulos que no eran los suyos.
La piel sobre las articulaciones tenía el color violáceo opaco de la carne sin riego, sin la inflamación que habría producido un cuerpo vivo.
El estudiante movió los dedos despacio, comprobándolos.
Funcionaban. No estaba curado; estaba reparado, que era distinto.
Erik, desde el suelo, miraba la escena con la mente destrozada.
—¡La puerta, doctor! —gritó Franz, agarrando a Erik por el cuello de la bata y tirando de él—. ¡Corra!
El estudiante dio un paso hacia ellos. Sus pies desnudos chapotearon en el agua del hielo derretido. No corrió. Caminó con la lentitud arrogante de lo inevitable.
Franz empujó a Erik hacia el pasillo. El médico salió trastabillando y chocó contra la pared de enfrente.
Franz saltó hacia atrás, fuera de la celda.
La puerta había quedado abierta de par en par. Para encerrar a la bestia había que empujarla de vuelta contra el quicio.
Pero el estudiante ya estaba en el umbral.
—No os vayáis —ronroneó la voz—. Tengo tanta sed…
La mano pálida del monstruo se disparó hacia la puerta para mantenerla abierta, aferrándose al canto metálico.
—¡Atrás! —aulló Franz.
No podía empujar sin más; la fuerza del estudiante al otro lado era inmensa. Franz lanzó una patada brutal con su bota de trabajo, apuntando a los dedos que asomaban por el borde.
CRAC .
La bota impactó contra las falanges. La cosa siseó, y por un instante de puro reflejo retiró la mano por completo, replegándola hacia el pecho como hace un animal con la zarpa quemada. Fue un latido. Suficiente.
Franz aprovechó el segundo. Agarró el tirador de hierro con ambas manos y tiró con todo su peso hacia él, arrastrando la pesada hoja de metal hacia el marco.
¡BLAM!
La puerta golpeó el marco de piedra con un estruendo que sacudió el suelo. El impacto fue sólido, definitivo. La hoja encajó en el rebaje.
Franz giró la rueda de seguridad con todas sus fuerzas. Una vuelta. Dos vueltas. Las barras de acero se deslizaron, anclando la puerta al muro.
Franz se dejó caer al suelo, respirando como un fuelle roto.
Hubo un segundo de silencio.
Y entonces…
BONG.
Algo golpeó la puerta desde dentro. El metal vibró, pero la piedra aguantó el impacto. Al abrir hacia afuera, los golpes desde el interior solo servían para asentar más la puerta contra sus topes.
BONG.
Otro golpe. Polvo de mortero cayó de las juntas del marco.
—Vámonos —jadeó Franz, levantando a Erik—. ¡Camine!
Arrastró al médico hacia las escaleras. Mientras subían, escucharon el sonido nuevo.
Ya habían dejado de ser golpes brutos: un chirrido agudo de metal siendo rasgado.
Los pestillos de seguridad interiores estaban siendo arrancados de cuajo.
Pero la rueda exterior, diseñada para contener plagas, aguantaba.
—Ha salido —gimió Erik—. Ha salido de la cuarentena.
Franz no contestó. Sabía que la ingeniería del Imperio austrohúngaro era buena, pero no estaba diseñada para esto. La puerta aguantaría un poco. Solo un poco.
El Padre había llegado. Y sus hijos tenían hambre.