Capítulo 23
La oscuridad se había vuelto densa, casi líquida.
Frederick había ido apagando las lámparas de gas una por una a medida que avanzaba la tarde, incapaz de soportar el siseo brillante de la llama.
Ahora, deambulaba por los pasillos del primer piso en penumbra, con la levita desabrochada y los pies descalzos sobre la alfombra persa.
Se detuvo frente a un espejo veneciano en el rellano.
La casa estaba en silencio, pero su propia cabeza no lo estaba.
Sentía un zumbido constante, una tensión febril bajo la piel que le impedía quedarse quieto.
La fatiga crónica de sus sesenta y cinco años, el dolor en las articulaciones, la niebla mental del alcohol…
todo había desaparecido. En su lugar había una energía nerviosa y desagradable, como si sus nervios fueran alambres tensados a punto de romperse.
Frederick acercó su rostro al espejo, intentando ver sus propios ojos en la oscuridad. Sus pupilas estaban dilatadas al máximo, engullendo casi todo el iris azul, convirtiendo sus ojos en dos discos negros y brillantes. Eran los ojos de un animal nocturno forzado a adaptarse a la falta de luz.
—Magnífico —susurró. Su voz sonó rasposa en el silencio.
Se detuvo. Lo paraba, justo eso, no reconocerse en el cristal.
Había algo en ese rostro que le resultaba insoportable: lo que había detrás de la deformación física.
En el azogue manchado vio por un segundo al hombre que había sido: el barón arruinado, el cobarde que fue al Este buscando oro y encontró otra cosa.
Frederick Freiherr Vránský, que tuvo miedo y firmó lo que le pusieron delante.
Siguió caminando antes de que ese hombre pudiera decirle algo.
Pero la energía tenía un coste. Un vacío en el estómago que iba más allá del hambre ordinaria: un pozo helado que le exigía calor. Calor pequeño. Calor vivo.
Fap-fap-fap.
El sonido fue leve, el roce de unas alas polvorientas contra el papel pintado de la pared.
Frederick giró la cabeza. Sus ojos tardaron un segundo en enfocar. Una polilla nocturna, gorda y gris, golpeaba con torpeza contra el marco del espejo.
La observó con una fascinación intensa. Podía ver el patrón de sus alas, la pelusa grisácea de su cuerpo.
Se movía con una vitalidad estúpida y ciega.
Frederick sintió que se le hacía la boca agua.
Era una compulsión, no deseo gastronómico: un picor en el fondo de la garganta que le gritaba que apagara esa pequeña chispa de vida para quedársela él.
Su mano salió disparada. No fue un movimiento sobrenatural, solo el reflejo desesperado de un adicto.
Atrapó la polilla en el aire. Sintió el aleteo frenético contra la palma de su mano, una vibración cosquilleante que le recorrió el brazo y le provocó un escalofrío. No era placer; era el alivio momentáneo de un picor profundo.
Frederick miró su puño cerrado. Él era un Vránský. Un barón del Imperio. No comía insectos. Pero el frío en su estómago se retorció, doloroso y agudo, dándole una punzada de náusea. La lógica aristocrática se derrumbó ante la necesidad biológica pura.
Se llevó la mano a la boca deprisa, con vergüenza, como quien bebe un trago a escondidas.
El estallido fue minúsculo. Un sabor amargo, terroso, seguido de un calor breve que bajó por su garganta. Frederick cerró los ojos y exhaló, apoyando la frente contra el espejo frío. El alivio fue instantáneo. La tensión bajo su piel se calmó un poco. El frío retrocedió.
Se limpió los labios con un pañuelo de seda, sintiéndose sucio y extasiado a la vez.
—Medicina —se dijo a sí mismo, guardando el pañuelo—. Solo es medicina para los nervios.
Se giró para seguir su ronda y se detuvo en seco, siseando de dolor. Se cubrió los ojos con el antebrazo.
Al final del pasillo, bajo la puerta de la habitación de invitados, salía una línea de luz.
Era una franja amarilla, intensa, brutal, que cortaba la oscuridad del corredor como un cuchillo.
Para las pupilas dilatadas de Frederick, aquel resplandor era una agresión física.
Le clavaba agujas en el nervio óptico, provocándole un latido doloroso en las sienes, idéntico al de una migraña severa.
—Sophia —gruñó, entornando los párpados hasta dejarlos casi cerrados para tolerar el brillo.
La niña. La sobrina. Tenía todas las lámparas encendidas al máximo ahí dentro. ¿Por qué tanta luz? En una casa que él intentaba mantener en calma, aquello era una declaración de guerra.
Frederick avanzó por el pasillo, protegiéndose los ojos con la mano como si caminara contra un viento fuerte. Llegó a la puerta. Estaba cerrada con llave.
Apoyó la oreja contra la madera. No oyó llanto. No oyó pánico. Oyó el paso de una página de papel. Ras. Y una respiración controlada, rítmica. Pum-pum .
Estaba leyendo. O fingiendo leer. No estaba acurrucada bajo las sábanas; estaba sentada, despierta, esperando.
Frederick golpeó la madera con los nudillos. Un golpe seco, autoritario.
—Sophia —dijo. Su voz era tranquila, la de un superior ejerciendo su derecho, pero había un temblor de irritación en el fondo—. Esa luz es excesiva. Se filtra por debajo de la puerta y me causa dolor de cabeza. Apágala.
Silencio al otro lado. Luego, la voz de Sophia, calmada, sin un ápice de temblor ni de calor.
—Estoy leyendo, tío Frederick. Es temprano.
—No es temprano para esta casa —replicó él, pegando la frente al marco para evitar mirar la rendija brillante—. La casa necesita descanso. Y el gas es caro. Como tu tutor, te ordeno que bajes la intensidad.
—Como mi tutor, tienes el deber de proveer un ambiente seguro —respondió ella—. Y yo me siento más segura con la luz encendida. No la apagaré.
Frederick apretó los dientes. La insolencia. Podía oler su tensión a través de la madera —un aroma ácido, metálico— pero ella se negaba a ceder. Estaba usando la luz como una barricada. Sabía que le dolía.
—Estás abusando de mi paciencia, pichoncito —susurró Frederick—. Esta es mi casa. Tengo la llave maestra en mi estudio. Podría entrar y apagarla yo mismo.
—Hazlo —desafió ella.
Frederick sintió el pulso del sótano bajo sus pies, ese latido magnético de la tierra ya instalada. Las cajas habían llegado días antes. Habían preparado el lecho. Pero el Arcón, el que importaba, el que contenía al Padre mismo, seguía en tránsito. Sin él, la tierra era solo tierra.
Un impulso lo instó a destrozar la puerta. Su mano se crispó sobre el pomo, probando la resistencia. La madera crujió. Podía hacerlo. Sentía una fuerza en los brazos que no había tenido en veinte años. Podía arrancar los goznes.
El dolor en sus ojos era insoportable, pulsante, rojo. La voz calmada de Sophia, su desafío, el brillo hiriente bajo la puerta… todo se mezcló en su cabeza con el zumbido de sus nervios.
Apágala. Apágala ahora.
Frederick respiró hondo, y la pulsación que venía de los cimientos subió por las plantas de los pies y se le instaló detrás del esternón.
No era furia suya. Era la presión empujando hacia arriba a través de él, como empuja el agua subterránea cuando sube de nivel.
Se olvidó de ser un caballero. Se olvidó de ser un tío.
Solo quería oscuridad. Iba a entrar. Iba a romper la puerta, destrozar esa maldita lámpara y arrastrar a Sophia a la negrura del pasillo para que aprendiera a respetar el silencio.
Levantó el pie, listo para lanzar una patada contra la cerradura. Sus músculos se tensaron, vibrando con violencia contenida.
TOC. TOC. TOC.
El sonido rompió el momento como un cristal cayendo al suelo.
Eran tres golpes secos, espaciados, ejecutados con una calma mecánica sobre la aldaba de la puerta principal.
El sonido resonó en el vestíbulo vacío, subiendo por la escalera con una claridad cristalina. A Frederick, con sus sentidos hipersensibles, le pareció que golpeaban de lleno sobre el hueso de su cráneo, sacándolo de su trance de furia.
Se quedó inmóvil, con el pie en el aire, bajándolo despacio. El impulso homicida se disolvió, reemplazado por la confusión y el miedo instintivo.
¿Quién llamaba así? No era la policía. La policía golpea con prisa. Esto era… protocolo.
Frederick se asomó a la barandilla de la escalera, olvidando por un momento a Sophia. Bajó la vista hacia el vestíbulo en penumbra. No podía ver quién estaba fuera, pero aguzó el oído. No oyó jadeos, ni respiración agitada. Solo el silencio de alguien que espera porque sabe que le van a abrir.
Volvió la cabeza hacia el pasillo de Sophia. La luz seguía saliendo por debajo de su puerta. Ella también debió oírlo, porque el paso de páginas se detuvo.
Frederick se alisó la levita, intentando recuperar la compostura, temblando por la descarga nerviosa que no había liberado. Se pasó la mano por el pelo alborotado. Bajó las escaleras descalzo, aferrándose a la barandilla.
Mientras descendía, vio una araña en la voluta de madera. Se detuvo un segundo, atrapándola con un movimiento fluido y llevándosela a la boca. Necesitaba calmar los nervios antes de abrir. Tragó, sintiendo el pequeño estallido de vida, y con esa energía prestada, caminó hacia la puerta principal.
Quitó la cadena con cuidado. Giró la llave.
Abrió la hoja de roble apenas un palmo, protegiéndose tras la puerta, listo para echar a cualquier mendigo o viajero perdido.
Pero el hombre que estaba en el umbral no era un mendigo.
Era alto, delgado, vestido con un abrigo gris de corte impecable.
Tenía pómulos eslavos, altos y marcados, y una tez cetrina, casi grisácea.
Parecía húngaro o quizás de más al este, de las tierras donde los apellidos terminan en consonantes duras.
Llevaba un sombrero de copa baja y guantes de piel gris perla.
Los ojos eran otra cosa. Tenían algo «muerto» en la mirada, una opacidad lechosa como el vidrio empañado de una vitrina sin limpiar, carente de cualquier brillo de curiosidad o empatía.
La niebla parecía respetar su espacio: se abría a su alrededor, evitándolo.
Frederick sintió un nudo en el estómago. No sabía quién era, pero su instinto, ese nuevo sentido que le advertía de los peligros, se encogió dentro de su cráneo.
—La casa está cerrada —dijo Frederick, intentando sonar firme, aunque su voz vaciló.
El hombre no sonrió. Bajó la cabeza, un gesto de cortesía mínima, casi burlona.
—Barón Vránský —dijo el visitante. Su voz era suave, con un acento extranjero, gutural y mineral—. Hay demasiada luz en el piso de arriba. Se ve desde el río.
Frederick parpadeó, sorprendido. ¿Venía por la luz?
—¿Quién es usted?
—Soy quien supervisa que las inversiones lleguen a buen puerto —respondió el hombre, señalando con vaguedad hacia el suelo con su guante gris, indicando los cimientos—. Tenemos un cargamento en tránsito, Barón. Y usted está convirtiendo su casa en un faro. Eso es… negligente.
Frederick se sintió ofendido, pero el miedo le mantenía la lengua quieta.
—Tengo una invitada difícil —se justificó Frederick, odiando la nota de disculpa en su voz—. Mi sobrina. Es… rebelde. Pero está bajo control.
El hombre de los guantes grises dio un paso hacia adelante. Se detuvo justo en el umbral, donde la piedra del exterior se encontraba con la madera del interior. No cruzó la línea.
—¿Bajo control? —El visitante levantó la vista hacia la ventana iluminada del primer piso con sus ojos muertos—. El control es silencio, Barón. El control es oscuridad. Un faro atrae barcos, sí. Pero también atrae a otros que husmean en la oscuridad. Y eso trae problemas.
El desconocido ladeó la cabeza y se fijó en Frederick. Sus ojos parecieron diseccionarlo, notando el sudor, la pupila dilatada, el temblor de las manos. Notando la «medicina» de insectos en su aliento.
—Se le ve… alterado, Frederick. Hambriento. Quizás necesita ayuda para gestionar la casa.
El hombre extendió una mano enguantada hacia el interior, con la palma abierta.
—Invíteme a entrar. Me ocuparé de la luz. Y de la chica.
Frederick miró la mano. Sintió una presión en la nuca, un deseo abrumador de abrir la puerta de par en par, de someterse, de dejar que alguien más fuerte tomara el mando y apagara esa maldita luz que le dolía tanto. Sería tan fácil… dejarle entrar y que todo terminara.
Pero entonces, algo se rebeló en sus entrañas.
Lo movía el puro orgullo de propietario más que el honor.
Esta era su casa. Su apellido estaba en la puerta.
Y aunque una parte de él quería someterse, otra parte más orgullosa y obstinada se negó.
No cedería su autoridad. No dejaría que un extraño diera órdenes bajo su techo.
Frederick se irguió, luchando contra la presión mental que sentía en las sienes. Apretó la puerta con la mano, cerrando el hueco un poco más.
—No —dijo Frederick. Le costó decirlo. Sentía una presión física en la nuca, como si una mano invisible intentara forzarle a asentir—. No necesito ayuda. Yo me encargo de mi sobrina.
El hombre de los guantes grises lo sostuvo un segundo más con sus ojos lechosos, impasible. La presión desapareció de golpe, dejada caer con indiferencia.
—Bien —dijo el visitante, retirando la mano—. La independencia es un rasgo… interesante. Pero peligroso.
El hombre se giró con un movimiento fluido, dándole la espalda.
—La Carga llega por el río en dos horas —añadió sin volverse—. Asegúrese de que el acceso esté abierto, Barón. Y apague esa luz. Si no lo hace usted… lo haremos nosotros.
El visitante se desvaneció en la niebla con una rapidez imposible. Frederick cerró la puerta de golpe y echó el cerrojo, con la respiración entrecortada, con el corazón golpeándole las costillas como un martillo.
Miró hacia las escaleras, hacia la luz que seguía filtrándose desde la habitación de Sophia, hiriente y amarilla.
—Dos horas —susurró Frederick, tocándose la boca donde aún sentía el sabor amargo de la araña.
Tenía dos horas.