Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 22
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Capítulo 22

El patio trasero del taller de carpintería de Jaroslav daba a un solar abandonado, un terreno baldío lleno de escombros y ortigas que bajaba a plomo hacia un canal lateral del Moldava.

Era un lugar olvidado por Dios y por el catastro municipal, perfecto para un acto que ninguna ley, divina o humana, aprobaría.

La pira no tenía nada de ceremonial: una pila tosca de maderas de descarte, virutas de pino y barniz viejo, empapada en aceite de lámpara. Sobre ella, envuelto en una sábana de lino manchada de negro, yacía el cuerpo de Ludmila.

Gabriel estaba de pie junto a Jaroslav. El carpintero sostenía una antorcha improvisada, con la mirada perdida en el bulto inmóvil.

No había rezado. Desde que subieron el cuerpo del sótano, Jaroslav no había pronunciado una sola palabra.

Su silencio era más pesado que cualquier llanto; era el silencio de un hombre cuyo mundo se ha roto por el eje.

—Hazlo, Jaroslav —⁠dijo Gabriel con dulzura⁠—. Antes de que la luz cambie.

El sol de la tarde, rojo y enfermo, se estaba hundiendo tras la colina de Petřín. Las sombras de las chimeneas se alargaban como dedos sobre los adoquines, queriendo tocar la pira.

Jaroslav asintió, un movimiento mecánico. Dejó caer la antorcha. El fuego prendió con un rugido repentino, alimentado por el barniz y la madera seca. Una columna de humo denso y graso se elevó hacia el cielo plomizo.

Gabriel esperó el olor a carne quemada, preparándose para la náusea.

Pero lo que el fuego liberó fue un olor químico, acre, nada que ver con el hedor orgánico de un cuerpo humano.

Azufre. Cobre hirviendo. Tierra podrida.

El cuerpo bajo la sábana no se contrajo con el calor, no hubo el «baile de los muertos» que provocan los tendones al encogerse.

Ludmila ardió como madera seca, como yesca olvidada.

Hubo un silbido agudo, como el de una tetera olvidada al fuego, cuando el icor negro que sustituía a su sangre se evaporó.

—No era ella —⁠murmuró Jaroslav, mirando las llamas con ojos secos⁠—. Mi Ludmila tenía miedo al fuego. Se quemó una vez con la plancha y lloró toda la tarde. Esa cosa… esa cosa no llora.

Gabriel apretó el hombro del hombre.

—Una cáscara —⁠dijo⁠—. Un traje que el mal usó para entrar en tu casa.

Vieron el fuego consumir la sábana, la carne grisácea, el hueso.

Gabriel sostuvo su crucifijo de hierro, pero no sintió consuelo en el metal.

Había matado. Había usado la violencia. Y aunque su mente teológica le decía que había destruido un monstruo, su corazón sacerdotal se sentía manchado de hollín.

Cuando la pira se redujo a brasas brillantes y ceniza gris, el sol terminó de ocultarse.

El crepúsculo cayó sobre Praga como un martillo.

El cambio en la atmósfera fue instantáneo.

La presión barométrica espiritual que Gabriel había aprendido a temer aumentó de golpe.

El aire se volvió más frío, más nítido. Los ruidos de la ciudad se apagaron, como si Praga entera hubiera contenido la respiración.

—Ya viene —⁠susurró Gabriel, mirando las sombras que se espesaban en las esquinas del solar.

Jaroslav se giró hacia él. En su mano, aún apretaba el mazo pesado de carpintero que había bajado al sótano. No lo había soltado en horas.

—¿Quién viene, padre?

—La Noche —⁠dijo Gabriel.

El sacerdote se giró hacia la ciudad, buscando algún consuelo en la civilización.

Pero Praga le dio la espalda.

La ciudad no estaba iluminada por el pánico; estaba agazapada. Las farolas de gas de la calle Ostruhová eran islas patéticas y amarillentas, halos borrosos que apenas lograban perforar la niebla antes de ser devorados por la oscuridad.

Las casas eran muros ciegos. No había ventanas encendidas; los postigos estaban cerrados a cal y canto, las cortinas corridas.

La gente no intentaba luchar contra la noche con luz; intentaba negarla, encerrándose en sus habitaciones, atrancando las puertas con el miedo atávico de quien sabe que algo camina por las calles y prefiere no ver qué es.

No se oía nada. Ni ladridos de perros, ni ruedas de carruajes. Solo el goteo de la humedad y el rumor lejano del Moldava.

—¿Se ha acabado? —⁠preguntó Jaroslav, rompiendo el silencio con un susurro, como si temiera despertar a la ciudad.

Gabriel se tocó el pecho, donde el libro De Daemonibus pesaba contra sus costillas, tan frío como una piedra.

—No —⁠respondió Gabriel, pateando una brasa suelta hacia el centro de la hoguera⁠—. El fuego funciona. El hierro funciona. Pero esto —⁠señaló las cenizas⁠— esto era solo un síntoma.

—¿Un síntoma?

—Ludmila no enfermó por sí misma, Jaroslav. Fue… corrompida. Como la peste que salta de un cuerpo a otro. Apenas he podido entender unas páginas de ese libro maldito, pero sugiere que estas cosas no brotan de la nada. Alguien le pasó el mal. Y ese origen sigue ahí fuera.

Jaroslav apretó el mango de su mazo con tanta fuerza que los nudillos le crujieron. Sus ojos recorrieron la oscuridad impenetrable de los callejones, los tejados picudos, las torres góticas que se clavaban en el cielo como agujas negras.

—Dígame dónde, padre. Dígame a quién tengo que golpear.

Gabriel miró la inmensidad de Praga. Se sintió abrumado, pequeño hasta lo ridículo.

No era un detective ni un soldado, solo un cura de cincuenta años con las manos manchadas de ceniza impía.

No tenía ni idea de dónde empezar. ¿En el cementerio judío?

¿En las catacumbas de la catedral? ¿En los barcos del río?

La ciudad era un laberinto de piedra vieja y secretos, y el enemigo podía estar en cualquier sótano.

—No lo sé —⁠confesó Gabriel, y la admisión le supo a bilis⁠—. Estamos ciegos, Jaroslav. Sabemos qué son, pero no sabemos dónde se esconden.

El sacerdote se sacudió la ceniza del abrigo. Se sentía viejo y cansado, pero una nueva determinación, fría y práctica, se había instalado en su estómago. La fe ciega no bastaría; necesitaría estrategia.

—Vete a casa. Sube al piso más alto y atranca la puerta. No te quedes cerca de la carbonera.

—No voy a dormir —⁠dijo el carpintero, mirando las cenizas de su esposa⁠—. Voy a vigilar.

Gabriel asintió. No podía ofrecerle paz, así que le ofreció la verdad de la guerra. Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la iglesia de San Nicolás, encogiéndose dentro de su abrigo.

Mientras sus botas resonaban en los adoquines húmedos, Gabriel sintió que la ciudad lo observaba.

Las gárgolas, las estatuas del puente, las ventanas ciegas…

todo parecía contener el aliento. Habían ganado una noche, pero el enemigo seguía ahí fuera, invisible, oculto en la geografía de una ciudad diseñada para guardar secretos.

Tendría que volver a leer el libro. Tendría que leer las páginas que se había saltado por asco. Porque si quería encontrar al «Padre» de esa abominación en un pajar de piedra como Praga, tendría que dejar de pensar como un hombre de Dios y empezar a pensar como un depredador.