Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 21
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Capítulo 21

El pasillo que conducía a la sala de aislamiento estaba oscuro, y no por falta de luz: por la ausencia de esperanza.

Las paredes de ladrillo rezumaban una humedad pegajosa que olía a moho antiguo y a desinfectante rancio.

Karl Wagner avanzaba con el pañuelo apretado contra la nariz, siguiendo la espalda encorvada de Franz.

El sonido de sus pasos cambiaba a medida que descendían. Dejaron atrás la madera crujiente de la planta baja para pisar piedra desnuda y resbaladiza. Y con cada metro, el aire se enfriaba un poco más.

Llegaron a una puerta de hierro pesado, reforzada con remaches. El marco estaba forrado con tiras de cuero grueso para asegurar un sellado hermético. Parecía la entrada a una caja fuerte bancaria, diseñada para que nada entrara… o para que nada saliera.

—Está ahí dentro —⁠susurró Franz, deteniéndose a una distancia prudencial⁠—. No voy a abrir, señor Wagner. Toque usted. Si el doctor quiere recibirle, es bajo su propia responsabilidad.

Karl se ajustó el cuello del abrigo. Miró al muchacho, vio el terror puro en sus ojos, y por un momento, su instinto le gritó que diera media vuelta. Pero la imagen de Sophia, sola en aquella casa que se cerraba como una trampa, lo clavó al suelo.

Levantó el puño y golpeó el metal. Clanc . Clanc . Clanc . El sonido fue sordo, pero la vibración recorrió el hierro. Sabía que, aunque el aislamiento detuviera el aire, el metal transmitiría el impacto al interior como una campana sorda.

Silencio. Volvió a golpear, esta vez con más fuerza, usando el sello de su anillo contra la placa de hierro para crear un ruido agudo y molesto. Acercó la cara a la pequeña mirilla de vidrio blindado, empañada por la condensación.

—¡Doctor Schwartz! —⁠gritó, aun sabiendo que su voz llegaría demasiado amortiguada al otro lado⁠—. ¡Abra!

A través del vidrio grueso, vio una sombra moverse en la niebla azulada del interior. La sombra se acercó. Un ojo, magnificado y distorsionado por la lente y las gafas de protección, le devolvió la mirada desde el otro lado. Erik lo había visto.

Se oyó el chirrido de los cerrojos interiores al descorrerse, liberando el pestillo de seguridad. La puerta se abrió hacia afuera, invadiendo el pasillo con un gemido metálico. El aire que salió del interior era frío, seco y olía a ozono.

Erik Schwartz apareció en el umbral. No parecía un médico eminente. Parecía un náufrago. Llevaba un grueso abrigo de lana sobre la bata manchada y mitones en las manos. Su rostro estaba grisáceo por la fatiga y el frío constante, y sus gafas estaban empañadas.

—¿Quién golpea así? —⁠preguntó, irritado, quitándose las gafas para ver mejor⁠—. Estaba en mitad de una medición crítica. El ruido altera las lecturas.

—Soy yo, doctor —⁠dijo Karl, aprovechando la apertura para meter la bota en el hueco antes de que Erik pudiera empujar la puerta de nuevo⁠—. Wagner. Necesito hablar con usted ahora.

—¿Wagner? —⁠Erik parpadeó, y su irritación dio paso a una cautela clínica⁠—. ¿Trae noticias del barón?

—Vengo por mi cuenta. Acabo de salir del estudio del barón, y lo que he visto allí esta mañana entra ya en su jurisdicción, doctor, no en la mía.

Erik miró un instante a Karl, después la sala a su espalda, después otra vez a Karl. La urgencia profesional del abogado pesó más que la medición que estaba haciendo abajo.

—Entre rápido. No podemos permitir que suba la temperatura.

Wagner cruzó el umbral. Franz se quedó fuera, retrocediendo hacia las sombras del pasillo. Erik tiró de la puerta de hierro hacia el interior de la sala, cerrándola con un golpe sordo, y volvió a echar los cerrojos interiores, sellando de nuevo el mundo.

La sala de aislamiento estaba en penumbra.

Las ventanas altas estaban cubiertas con mantas húmedas congeladas para aislar el interior.

Hacía frío, lo suficiente para que el aliento fuera visible, pero un frío de este mundo: el húmedo y penetrante de una bodega profunda o un pozo de nieve en invierno.

En el centro, sobre una mesa de metal rodeada de bloques de hielo que goteaban en cubos de zinc, estaba el cuerpo.

Karl se acercó, sintiendo una repulsión instintiva. El joven estudiante estaba pálido, con un tono violáceo bajo los párpados, que tenía cerrados.

—¿Está muerto?

—Eso es lo que intento determinar —⁠murmuró Erik, volviendo a su cuaderno de notas⁠—. No tiene pulso. No respira. Su temperatura es la del ambiente. Pero sus células no se degradan. Es… una preservación perfecta.

Karl se obligó a apartar la vista del cadáver y mirar al médico.

—Doctor, mi cliente ha cambiado. En cuestión de horas. Esta misma mañana, en su estudio, he estado a un metro de él y le doy mi palabra de que lo que firmó el contrato no era ya el barón Vránský que usted vio en el certificado de defunción del padre.

Buscó las palabras, tratando de describir lo indescriptible sin sonar histérico.

—He visto cómo bebía café hirviendo sin hacer un gesto de dolor.

He visto sus ojos… sus pupilas están dilatadas, fijas, como si estuviera bajo el efecto de la belladona, pero su comportamiento no es letárgico.

Es… violento. Rápido. Y tiene una fuerza en las manos que no corresponde a un hombre de su edad y condición física.

Erik dejó de escribir. Levantó la vista despacio.

—¿Ausencia de dolor? ¿Hiperactividad motora?

—Y una sensibilidad extrema a la luz —⁠añadió el abogado⁠—.

Se queja de que le hiere los ojos, como si tuviera una migraña perpetua.

Ha ordenado cerrar toda la casa. Doctor, necesito saber si existe alguna patología, alguna intoxicación por metales o drogas, que explique esto.

Necesito una base para incapacitarlo antes de que… haga daño a alguien.

El médico se quitó las gafas y las limpió con el borde de su bata. Sus manos temblaban un poco.

—Los estimulantes agotan el cuerpo, Wagner.

La estricnina y los demás estimulantes que conocemos provocan espasmos, temblores, un colapso posterior.

No otorgan esa fuerza sostenida que usted describe, y desde luego no eliminan la respuesta al dolor térmico de esa manera.

Lo que usted describe… —⁠Se giró hacia la mesa y señaló al estudiante⁠—.

Es el reverso exacto de lo que tengo aquí.

—¿Qué quiere decir?

—Mire esto. —⁠Tomó un bisturí y, con cuidado, levantó el labio superior del estudiante. Las encías estaban pálidas, retraídas, haciendo que los dientes parecieran más largos⁠—. Este chico llegó aquí vacío de sangre. Sin causa de muerte visible. Su cuerpo está en pausa, esperando energía.

—¿Energía?

—Su cliente, el barón —⁠habló con la fascinación contenida del clínico que formula una hipótesis arriesgada⁠—.

Quizá él no fue drenado. Es probable que conserve su sangre, pero algo la está alterando.

La «fiebre» que usted describe no es una infección que mata, Wagner.

Es un metabolismo que se acelera. El cuerpo está consumiendo sus recursos con una voracidad desesperada para adaptarse a… lo que sea que tenga dentro.

—Eso es absurdo —⁠dijo Karl, retrocediendo⁠—. Soy un hombre de leyes, doctor. Busco un diagnóstico médico, no teorías experimentales.

—¡Esto es medicina! —⁠replicó Erik con vehemencia, su voz resonando en la cámara⁠—. ¡Observe!

Agarró una de las correas de cuero que ataban el brazo del estudiante y tiró de ella para comprobar la tensión.

El movimiento brusco provocó una reacción.

No fue un espasmo galvánico. El estudiante inhaló.

Hhhhhhh … Fue un sonido seco, como aire entrando en un fuelle de cuero viejo. El pecho se hinchó.

Karl se quedó petrificado.

—¿Ha visto eso?

El estudiante abrió los ojos. Eran negros, abismales. Y se clavaron en él. Las fosas nasales del chico se dilataron, olfateando el aire. Su cabeza giró despacio hacia el abogado, ignorando al médico, como un sabueso que ha captado un rastro.

—Huelo —⁠susurró el estudiante. La voz era apenas un siseo, pero articulada.

Erik dio un paso atrás, sorprendido.

—Nunca había hablado con tanta claridad…

—Huelo… la tierra —⁠continuó la cosa, sus ojos fijos en el abrigo del prusiano⁠—. Huelo… en ti…

A Karl se le secó la boca y la base del esternón se le endureció como un puño. Recordó el polvo de la mansión, el olor del almacén, el aire viciado del estudio de Frederick. Llevaba el aroma de la casa impregnado en la ropa.

El estudiante sonrió. Fue una mueca horrible, carente de emoción.

—Él está despierto —⁠dijo, mirando al abogado⁠—. El Padre… tiene hambre. Y la chica…

La mención de una «chica» rompió la parálisis de Karl. Sophia.

—¿Qué dices? —⁠preguntó, con un hilo de voz.

—La chica —⁠gorgoteó el estudiante, y su voz se volvió burlona, cruel⁠—. Cuando caiga el sol.

El cuerpo sobre la mesa se arqueó, tensando las correas hasta que el cuero crujió. Era un intento de ataque más que de dolor. Quería alcanzar a Karl. Quería la fuente de ese olor.

—¡Atrás! —⁠gritó Erik, empujando al abogado hacia la puerta⁠—. ¡Está reaccionando a su presencia! ¡Salga!

Karl no necesitó que se lo dijeran dos veces.

Se giró hacia la puerta de hierro, descorrió el pestillo de seguridad interior y empujó la pesada hoja hacia el pasillo.

Sus manos temblaban tanto que apenas podía coordinar.

Detrás de él, oyó el sonido de hielo rompiéndose y la voz clínica, pero aterrorizada, de Erik intentando sedar a algo que no tenía torrente sanguíneo.

La puerta se abrió hacia el pasillo. Wagner salió, aspirando el aire húmedo y mohoso como el más puro de los oxígenos. Franz estaba allí, mirándolo con ojos muy abiertos.

—Señor Wagner…

Karl se agarró a la pared para no caer. Su mente racional, construida sobre códigos y precedentes, acababa de derrumbarse. No había diagnóstico médico. No había juicio posible.

—No hay leyes para esto —⁠jadeó, pálido como el papel.

Se apartó del muro y echó a correr hacia la escalera, subiendo los peldaños de dos en dos.

El mensaje era claro. Sophia estaba sola en la casa.

Estaba encerrada con Frederick. Y el sol se estaba poniendo.

Tenía que volver a Hradčany. Tenía que sacarla de allí, aunque tuviera que derribar la puerta con sus propias manos.