Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 20 #2
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Capítulo 20 #2

Sophia siguió la línea con el dedo. Empezaba en el río Moldava, cerca del Puente de Carlos. Cruzaba por debajo de la ciudad, ignorando propiedades y caminos, y subía hacia la colina. Terminaba justo debajo del dibujo de la Mansión Vránský.

—Un túnel —⁠murmuró, confundida.

No era una cloaca. La línea roja no seguía el alcantarillado que cubría el resto del plano: iba por su cuenta, recta, por debajo de calles y propiedades, como si el agua y las cañerías no existieran.

Sophia recordó entonces algo que en Praga se mencionaba sin darle importancia: que bajo la Ciudad Vieja y la colina del castillo quedaban galerías mucho más antiguas que las alcantarillas, abiertas en la Edad Media y tapiadas desde hacía siglos.

No eran cauces de agua. Eran caminos. Y aquella línea roja unía el río, sesenta metros más abajo, con el sótano de su propia casa.

Leyó una nota al margen: «Tramo 4: Galería medieval despejada. La conexión con el sótano oeste requiere romper el muro de contención. Discreción absoluta. La carga debe entrar sin ser vista desde la superficie.»

Sophia se quedó helada. La carga. Era contrabando.

Su mente buscó explicaciones lógicas. ¿Armas para los nacionalistas checos?

¿Opio? ¿Arte robado? Eso explicaría el sótano blindado, las llaves ocultas, el secreto paranoico de Frederick.

Explicaría por qué le molestaba la luz. Un contrabandista que mueve mercancía nocturna por debajo de la ciudad odia las ventanas abiertas tanto como cualquier criminal, pensó.

Pero entonces volvió a su memoria la respiración que había oído tras la puerta. ¿Qué clase de contrabando respiraba? Miró la palabra escrita al final de la línea roja, bajo su propia casa: TERMINUS.

Se llevó la mano a la boca. El sótano. La puerta bajo la escalera. Era una estación.

—Están haciendo un camino —⁠susurró Sophia, horrorizada.

Rebuscó entre los papeles restantes, intentando entender para qué era el camino. Debajo del libro de ingeniería, encontró una hoja de papel cebolla, arrugada y con sellos oficiales. Era un Manifiesto de Carga.

Sophia lo leyó a la luz de la lámpara, y el frío de la sala pareció meterse dentro de sus huesos.

KARPATIA

SPEDITIONSGESELLSCHAFT

Transporte Fluvial y Ferroviario⁠ — Viena / Budapest / Praga

CONOCIMIENTO DE EMBARQUE Nº   889-XZ

ORIGEN   Puerto de Galati (Vía Ferrocarril desde Bistritz).

DESTINO FINAL   Praga, Muelle Privado Nº 4 (Malá Strana).

CONSIGNATARIO   F. Vránský (Gestión: Agente R.M.)

FECHA DE LLEGADA AL DESTINO FINAL   Cajas y maquinaria, 10 de noviembre de 1880 (descarga completada al anochecer). Arcón de Seguridad nº 1: pendiente (véase Estado a la llegada).

DESCRIPCIÓN DE LA MERCANCÍA

Embalaje: Cajas (Roble reforzado)

Contenido Declarado: Tierra de cultivo seleccionada

Peso Bruto: 2.500 kg

Notas de Manejo: NO AbrIR — Sellar con plomo

Cantidad: 50

Embalaje: Cajas (Gran formato)

Contenido Declarado: Maquinaria Agrícola (Piezas)

Peso Bruto: 1.800 kg

Notas de Manejo: Estiba en bodega oscura

Cantidad: 01

Embalaje: Arcón de Seguridad

Contenido Declarado: «Patrimonio Familiar»

Peso Bruto: 450 kg

Notas de Manejo: FRÁGIL — Manipular solo de noche

INSTRUCCIONES ESPECIALES DEL CLIENTE

La carga debe permanecer en bodega sellada durante todo el tránsito por el Danubio y el Moldava.

Prohibida la inspección aduanera bajo Exención Imperial Clase A (Documento adjunto).

La descarga en Praga debe realizarse solo entre el ocaso y el amanecer.

En caso de retraso o avería, contactar de inmediato con la Casa Vránský . Bajo ningún concepto exponer el Arcón nº 1 a la intemperie o luz directa.

ESTADO A LA LLEGADA   Cajas (50) y maquinaria (1): recibidas con daños menores por humedad; el estibador reportó «vibraciones» en el lote nº 3; entrega inmediata.

Arcón de Seguridad nº 1: NO incluido en esta descarga.

Reexpedido por separado a petición del consignatario, con manipulación nocturna exclusiva; arribo posterior por vía fluvial, fecha sin confirmar.

Firma del Capitán   I. V.

Sophia bajó el papel despacio.

Viena. La empresa de transporte tenía sede en Viena.

Su padre había muerto en Viena en septiembre.

El especialista llamado desde Praga llegó tarde, o no llegó, o llegó y no pudo hacer nada.

Ella nunca supo qué pasó en esos tres días entre que su padre se puso enfermo y el médico cerró la puerta con esa delicadeza específica que tienen los médicos cuando ya no hay nada que hacer.

No era una prueba. Ni siquiera era una sospecha articulada: era la pura geometría de las fechas: su padre muere en septiembre, Frederick necesita vender la casa en noviembre, la carga llega de Bistritz via Viena.

Sophia dobló el Manifiesto con manos que no temblaban. Guardó el pensamiento en el mismo lugar donde guardaba todas las cosas que no podía probar todavía.

La voz de Frederick resonó en el vestíbulo, sobresaltándola. Era un grito estrangulado, mezcla de furia y dolor físico.

—¡Jardinero! —⁠bramó Frederick⁠—. ¡Cierra esas contraventanas! ¡Maldita sea, cierra cada rendija! ¡El brillo es insoportable!

Sophia apagó la lámpara de un soplido y se agazapó tras el escritorio. Escuchó los pasos de su tío en el piso de arriba, yendo de ventana en ventana, cerrando los postigos interiores con golpes violentos.

—¡Demasiado expuestos! —⁠mascullaba Frederick para sí mismo, su voz filtrándose por las vigas del techo⁠—. Cualquiera podría mirar dentro. La luz entra como cuchillos… y ellos miran. Siempre miran.

Sophia se estremeció. Su tío mezclaba el dolor sensorial con la vigilancia. ¿Le dolía la retina o le dolía la conciencia? Parecía creer que la luz del día agredía con cuchillos físicos, una entidad hostil que intentaba entrar en su fortaleza.

Se asomó por la ventana de la biblioteca, ocultándose tras la cortina. El jardinero estaba cerrando los postigos exteriores de la planta baja. La casa se estaba quedando a oscuras, convirtiéndose en una caja fuerte… o en una cripta.

Sophia miró el mapa sobre la mesa. Si Frederick descubría que ella lo sabía, que había visto la ruta del contrabando…

Tomó una decisión impulsiva. Enrolló el mapa y se lo metió bajo el brazo.

Era su única prueba. Si lograba salir, o si alguien entraba, ese papel demostraba que su tío estaba tramando algo ilegal a gran escala.

Pero necesitaba enviar un mensaje. Ahora. Antes de que cerraran la última rendija y la oscuridad fuera total.

Arrancó una hoja en blanco de un cuaderno. Escribió rápido, con mano temblorosa, aferrándose a lo que podía probar, no a lo que temía.

KARL⁠ — FREDERICK HA PERDIDO LA RAZÓN. TIENE UNA RUTA DE CONTRABANDO BAJO LA CASA QUE CONECTA CON EL RÍO. ME TIENE ENCERRADA. TRAIGA A LA POLICÍA.

Envolvió la nota alrededor de un pisapapeles de mármol y lo ató con una cinta.

Corrió hacia la ventana. Frederick estaba gritando en la otra ala de la casa, peleándose con una persiana atascada.

Sophia la abrió. El aire frío la golpeó.

No lanzó la piedra todavía. La verja estaba demasiado lejos y desierta.

Pero hizo algo más. Una provocación calculada.

Descorrió las cortinas de par en par. Encendió la lámpara de gas de la pared y la subió al máximo. Luego encendió otra. Y otra. La biblioteca se iluminó como un escenario en medio de la penumbra creciente de la casa.

Desde fuera, en la tarde gris y brumosa de Praga, esa ventana iluminada sería un faro. Una anomalía brillante en una casa que su dueño intentaba a toda costa oscurecer. Sophia no sabía si a su tío le dolería en el cuerpo o si le aterraría ser visto, pero en ambos casos, la luz era su arma.

—Que miren —⁠susurró Sophia, desafiante, plantándose frente al cristal⁠—. Si tanto temes que te vean, Frederick, voy a asegurarme de que todo Praga nos esté mirando.

Se giró para salir, con el mapa apretado contra su cuerpo y la piedra en el bolsillo.

Sabía que Frederick vería la luz pronto.

Sabía que bajaría furioso. Pero Sophia ya no era solo la sobrina asustada; ahora era el único testigo del crimen que se estaba gestando bajo el suelo. Y estaba dispuesta a hacer ruido.