Capítulo 20
El sonido de las ruedas del carruaje de Karl Wagner triturando la grava del camino fue el más desolador que Sophia había escuchado en su vida.
Lo oyó alejarse desde la ventana del primer piso, vio cómo la caja negra del vehículo era engullida por la niebla que subía desde el río, llevándose consigo la última conexión con la lógica, con Berlín, con el siglo XIX.
Cuando el silencio volvió a asentarse sobre la mansión, Sophia sintió un cambio físico en la atmósfera. Fue como si la casa, liberada de la presencia intrusa del abogado, exhalara un suspiro de alivio y sus muros se contrajeran un poco, haciéndose más estrechos, más íntimos.
Sophia se apartó de la ventana. Karl le había devuelto las llaves antes de irse, con instrucciones de no dejarlas a la vista.
Las llevaba en el bolsillo de la falda, el metal frío contra el muslo.
Una responsabilidad que nadie le había pedido que aceptara y que había aceptado de todas formas, pensó ella con amargura.
Significaba que la puerta del sótano seguía accesible para quien las tuviera.
—¿Qué estás tramando, tío Frederick? —susurró a la habitación vacía.
Necesitaba entender. La ignorancia, en esa casa, se había convertido en un peligro mayor que la propia amenaza. No podía enfrentarse a su tutor legal sin pruebas, y Karl se había llevado los contratos.
Bajó a la planta principal. La casa estaba en una quietud extraña.
Caminó hacia las cocinas en busca de Anna, la única persona cuerda que quedaba bajo ese techo.
Al empujar la puerta batiente, encontró la gran cocina en penumbra.
El fuego de la estufa de hierro se había dejado morir.
El cocinero no estaba. Solo Anna permanecía allí, sentada en un taburete bajo, mirando al vacío con las manos apretadas en el regazo.
—Anna —dijo Sophia.
Anna dio un respingo.
—¡ Slečna !
—¿Dónde están los demás?
—Se han ido, slečna . Hicieron sus hatillos en cuanto el abogado cruzó la verja. Dijeron que el aire de la casa se había vuelto… pesado. Que los perros no dejaban de aullar.
Su mirada recorrió la cocina. Sobre la mesa de madera, había una cesta de mimbre con conejos de campo. Uno de ellos había sido sacado y estaba… destrozado. Faltaba un trozo considerable del lomo, arrancado con violencia, y la carne expuesta estaba seca, de un modo extraño.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó Sophia, sintiendo una náusea helada.
Anna se estremeció.
—El señor Frederick… bajó hace un rato. Dijo que tenía «un agujero en el estómago».
Dijo que la comida cocinada le sabía a ceniza.
—Anna tragó saliva—. Tomó un trozo. Crudo, slečna .
Se limpió la boca con el pañuelo y volvió a subir a su estudio.
Estaba… extraño. Se tapaba los ojos. Decía que la luz era como agujas, pero luego se puso a gritar que cerrara las cortinas porque «el jardín tenía demasiados ojos».
El detalle se quedó suspendido un momento entre las dos.
—¿Ojos? ¿Había alguien fuera?
—Nadie, slečna . Solo la niebla. Pero él insistía en que la luz lo dejaba expuesto. No sé si le dolía la cabeza o el miedo.
Sophia tomó nota mental sin asentir. La pregunta era si era enfermedad o algo que todavía no tenía nombre en ningún manual.
—Anna —dijo Sophia.
Ella levantó la vista.
Sophia miró la puerta de servicio. Miró a Anna. Anna tenía dieciséis años y llevaba tres meses en la mansión, lo suficiente para haber aprendido que en esa casa las cosas que no se ven son más peligrosas que las que se ven, y no lo suficiente para saber qué hacer con ese conocimiento.
—¿Tienes familia en la ciudad?
—Mi madre, slečna . En Žižkov.
—Coge tu abrigo —dijo Sophia—. Ahora.
Anna se llevó una mano al delantal sin saber qué hacer con ella.
— Slečna , yo no puedo…
—Coge el abrigo.
Sophia fue al aparador de la cocina. En el cajón inferior, donde Frederick guardaba el dinero de los gastos corrientes, había un sobre con billetes para la semana.
Lo abrió. Contó sin mirar: todo lo que había.
Lo dobló y lo metió en el bolsillo del delantal de Anna antes de que ella pudiera protestar.
—Sal por la puerta de servicio. Tira por la calle lateral hasta el cruce con Loretánská. No subas por el camino principal. No mires atrás aunque oigas algo.
— Slečna , no puedo dejarla aquí sola con él…
—Yo no soy de quien me preocupo —dijo Sophia.
Lo dijo con una calma que era otra cosa distinta de la serenidad, algo que venía de haber calculado ya todas las posibles variantes de la situación y haber decidido que esta era la única con un resultado aceptable para alguien que no era ella.
Anna la miró. Tenía los ojos llenándose de agua, la boca apretada con el esfuerzo de no llorar, y Sophia reconoció esa expresión porque era la de alguien que entiende lo que le están diciendo y no quiere entenderlo.
—Ve —dijo Sophia.
Anna cogió el abrigo del gancho junto a la puerta. Se lo puso con manos torpes. Sophia sujetó el pomo de la puerta de servicio y la abrió. El aire frío de Praga entró en la cocina con olor a piedra mojada y a carbón.
— Slečna …
—Ve, Anna.
Anna cruzó el umbral. Sus pasos sonaron en los adoquines del callejón lateral, irregulares al principio, después más seguros. Sophia mantuvo la mano en el pomo de la puerta abierta, escuchando alejarse aquel taconeo.
El sonido se detuvo.
Sophia esperó. Diez segundos. Veinte. Después oyó volver los tacones: más lentos esta vez, arrastrados, con la cadencia de alguien que camina de espaldas porque no quiere dar la vuelta del todo.
Anna reapareció en el umbral. Tenía la cara blanca. No de miedo. De algo anterior al miedo, algo que el miedo no alcanza a nombrar.
—No puedo —dijo.
Solo eso. Sophia la miró. No le preguntó por qué porque la respuesta estaba en la cara de Anna y era la misma respuesta que Sophia había estado evitando desde la primera noche: que había algo en los límites de la propiedad que no era la verja.
—Está bien —dijo Sophia.
Abrió la puerta un poco más para dejarla pasar. Anna entró. Sophia cerró la puerta detrás de ella y giró el cerrojo.
La cocina estaba igual que antes. El conejo destrozado sobre la mesa.
El fuego muerto en la estufa. Anna en el taburete, con el abrigo puesto y el dinero todavía en el bolsillo del delantal, mirando el suelo con la expresión de alguien que ha intentado cruzar una línea que no existe en ningún mapa y ha descubierto que existe de todas formas.
Sophia le puso una mano en el hombro un segundo. Solo un segundo.
—Sube a mis habitaciones —dijo—. Cierra por dentro. No abras a nadie que no sea yo.
Anna asintió sin levantar la vista.
Sophia la vio subir las escaleras de servicio y esperó hasta que el ruido se apagó en el primer rellano.
Después se quedó sola en la cocina, con la mano todavía en el cerrojo de la puerta del callejón, pensando en lo que significaba que una chica de dieciséis años con dinero en el bolsillo y la madre en Žižkov hubiera llegado a la verja y no hubiera podido cruzarla.
Y en el mismo pensamiento le cupo otra cosa que llevaba semanas sin explicarse: por qué a una casa medio vacía, con el servicio huido y sin más vigilancia que la costumbre, no había entrado en todo ese tiempo ni un ladrón ni un mendigo a dormir bajo techo.
No era el muro, ni la verja, ni la ronda de la Gendarmería por el barrio del castillo.
Era la misma línea que no había dejado salir a Anna: una frontera que no figuraba en ningún plano y que se cerraba en las dos direcciones.
No lo nombró. Pero lo anotó en algún lugar sin papel ni tinta, en el registro interno donde Sophia guardaba las cosas que aún no tenían explicación pero que ya tenían peso.
Luego se apartó.
Se dirigió a la biblioteca. Si Frederick estaba paranoico, debía tener un motivo real para temer ser visto.
Había gastado la fortuna familiar en algo.
Karl había hablado de obras, de cimientos.
Sophia necesitaba encontrar las facturas, los planos, cualquier cosa que explicara por qué su tío se comportaba como un animal acorralado.
Entró en la biblioteca. Olía a tabaco frío y a cuero. Fue hacia la mesa de trabajo principal. Estaba abarrotada de documentos que nadie había recogido en semanas. Frederick, en su deterioro reciente, se había vuelto descuidado.
Entonces oyó el ruido en el techo.
Aquello no eran pasos: era un arrastre largo, lento, con el peso de algo que se desplaza sin prisa de un extremo al otro de la sala. Se detuvo justo encima de donde ella estaba.
Sophia no se movió. Contó treinta segundos en silencio.
La gota cayó junto a su pie derecho. Sophia la miró. Era casi negra, más densa que el agua, y no se extendió al golpear el parqué: se quedó del todo redonda sobre la madera, como una lente oscura, como un ojo cerrado.
Sophia rodeó la gota con cuidado al moverse hacia la mesa. No volvió a mirarla.
Sophia encendió una lámpara, manteniendo la llama baja para no llamar la atención. Apartó libros de contabilidad y cartas de acreedores. Debajo, encontró un cilindro de cuero porta-planos. Lo abrió y desplegó el contenido sobre la mesa.
Esperaba ver planos arquitectónicos de la mansión.
Lo que encontró fue una copia de los archivos imperiales: Sistema de Drenaje y Galerías Subterráneas (Distrito de Hradčany — 1750).
Sophia frunció el ceño. Era un mapa técnico, una maraña de líneas azules y negras que representaban el alcantarillado y los antiguos cauces de agua bajo la ciudad.
No tenía sentido. ¿Por qué un aristócrata estudiaría las cloacas?
Se fijó en las anotaciones. Estaban hechas con la caligrafía de Frederick, pero la de hace meses: firme, elegante, racional. Había cálculos de metros cúbicos de tierra. Presupuestos para «cuadrillas nocturnas». Y una línea roja trazada con regla que no seguía ninguna calle.