Capítulo 19
El sótano de la morgue del Hospital General era un mundo en escala de grises, y lo único que se movía allí era el vaho blanco que salía de la boca de Franz con cada exhalación.
El asistente arrastró el bloque de hielo con las tenazas de hierro, sus botas resbalando sobre el suelo de baldosas húmedas.
Pesaba treinta kilos. Era el cuarto viaje que hacía desde el pozo de nieve del patio trasero hasta la sala de aislamiento, y el frío le había entumecido los dedos a pesar de los guantes de lana.
—Más rápido, Franz —ordenó una voz desde el interior de la celda—. La temperatura ambiente está subiendo.
El joven se detuvo frente a la puerta de hierro. Giró la rueda de presión exterior para liberar los pernos y tiró de la pesada hoja hacia el pasillo. La puerta giró sobre sus goznes hacia afuera, diseñada así para que los pacientes no pudieran bloquearla desde el interior.
La sala, pensada en origen para contener brotes de cólera, se había transformado en una nevera improvisada. Erik había ordenado sellar los respiraderos y cubrir las ventanas altas con mantas empapadas en agua, que ahora estaban rígidas como tablas de piedra por la helada.
En el centro de la habitación, sobre una mesa de metal inclinada, yacía el estudiante.
El cuerpo estaba cubierto de escarcha. Su piel había adquirido un tono azulado y translúcido, similar a la porcelana fina. El médico lo había rodeado de bloques de hielo tallado, creando un muro térmico que solo dejaba al descubierto su rostro y su pecho.
Franz depositó el bloque nuevo junto a las piernas del chico. El golpe sordo resonó en las paredes alicatadas.
—Doctor… el pozo está bajando. Si no hiela esta noche, mañana no tendremos con qué cubrirlo.
El médico no levantó la vista. Estaba inclinado sobre el paciente, con el estetoscopio presionado contra el esternón inmóvil. Llevaba su levita abotonada hasta el cuello y una bufanda de lana.
—Shhh —chistó, cerrando los ojos—. Ahí está. Un latido. Uno solo. Lento. Como el mecanismo de un reloj al que se le acaba la cuerda.
Se apartó y anotó en su cuaderno.
—Frecuencia: dos pulsaciones por minuto. Temperatura: coincide con la ambiental. Sin embargo, no hay cristalización de los tejidos. Franz, ¿entiendes la magnitud de esto?
El asistente se frotó los brazos, mirando al estudiante con recelo.
—Significa que está muerto, doctor.
—Significa que está en Vita minima . —Erik anotó el dato con un trazo nervioso. No estaba muerto. Era como los batracios en el barro invernal: el frío no mataba, solo pausaba—. No confundas el silencio con el final, Franz. Solo está ahorrando energía.
Franz miró el rostro del estudiante. Tenía los ojos cerrados, pero las pestañas no tenían escarcha.
—Mi abuela decía que el frío los duerme, pero que el hambre los despierta —murmuró, retrocediendo un paso hacia la puerta abierta—. Deberíamos avisar a las autoridades, doctor. O a la Iglesia.
Erik no contestó. Tampoco levantó la vista del cuaderno.
Hizo el gesto que hacía siempre cuando un dato le incomodaba: se ajustó las gafas.
Después extrajo la funda de cuero del bolsillo y tomó la temperatura del paciente con los mismos gestos precisos de siempre.
Miró la escala. Anotó. Esperó treinta segundos y volvió a medir.
El número era idéntico: una temperatura que no correspondía a un vivo ni a un muerto, un punto que el termómetro no tenía nombre para describir.
Guardó la funda sin comentario. Después, casi para sí mismo, dijo: —Su sangre no congela, Franz.
Eso es un hecho clínico, no un cuento. Y cuando entendamos por qué, podremos hacer cosas en cirugía que ahora no se pueden hacer.
—Hizo una pausa breve—. Eso es lo que me tiene aquí abajo.
Si quieres ayudarme, quédate. Si no, sube. Pero no me hables de la abuela.
Se giró para ajustar la válvula de gas de la lámpara, dándole la espalda a la mesa.
Sobre sus cabezas, el hospital seguía funcionando. Franz podía sentirlo en las plantas de los pies: el peso sordo de pasos en los corredores, el traqueteo de una camilla sobre losetas. La vida ordinaria, a un piso de distancia. El mundo donde las cosas tenían nombre y remedio.
En ese instante, Franz lo vio. Los párpados del estudiante no se abrieron de golpe.
Fue un movimiento lento, perezoso. Una rendija de blanco sucio apareció bajo las pestañas.
Y luego, la pupila. No miró a Erik. Miró al asistente.
Fue una mirada directa, lúcida. No había la confusión de un despertar traumático. Había reconocimiento.
Los labios del estudiante, azules y secos, se separaron apenas un milímetro.
—Zima… (Frío…) —susurró.
Lo dijo como una constatación, sin queja. Una palabra dicha con una voz que sonaba como el crujido de un lago congelándose bajo el peso de un paso.
Franz soltó las tenazas. El estruendo del hierro contra el suelo hizo que Erik saltara.
—¡Maldita sea, muchacho! ¡Silencio!
—¡Ha hablado! —gritó el asistente, pegándose al marco de la puerta—. ¡Me ha mirado!
Erik se giró hacia el paciente. El estudiante yacía inmóvil, con los ojos cerrados de nuevo. El médico se acercó deprisa, revisando las ataduras, levantando los párpados del chico. Las pupilas estaban fijas, sin reacción a la luz.
—No hay respuesta a estímulos —dijo, irritado—. Ha sido un escape de gas de sus cuerdas vocales, Franz. O el hielo asentándose. El aire atrapado en la laringe puede producir sonidos al comprimirse. Pasa con los ahogados.
—Dijo «Frío» —insistió el joven, temblando—. Me lo dijo a mí. Sabe que soy yo quien trae el hielo.
Erik suspiró, pasándose la mano por la cara cansada.
—Estás agotado. El miedo te hace imaginar cosas. Este hombre está en un estado cataléptico profundo. Su cerebro apenas funciona para mantener el latido. No puede hablar, y mucho menos reconocerte.
—Doctor…
—Sal fuera —ordenó Schwartz, señalando el pasillo—. Ve a la recepción. Prepara café caliente. Y no vuelvas a bajar hasta que hayas recuperado la compostura. Necesito un asistente de ciencia, no una vieja asustada.
Franz miró una última vez al cuerpo. Podría haber jurado que la comisura de los labios del estudiante se curvaba apenas hacia arriba. Asintió, derrotado, y salió de la cámara.
El pasillo de la morgue le pareció templado en comparación. Empujó la pesada puerta de hierro para cerrarla contra el marco y giró la rueda de seguridad, asegurándose de que los pernos quedaran bien trabados. Se apoyó contra el metal frío, jadeando.
Arriba, a través de las tuberías del techo abovedado, le llegaron los sonidos amortiguados del Hospital General: el rodar de las camillas de hierro, los pasos apresurados de las enfermeras de la Caridad y algún grito lejano de dolor.
El mundo de los vivos seguía girando tres metros más arriba, ruidoso y ajeno a lo que ocurría en el subsuelo.
Esa normalidad distante hizo que el silencio de la morgue pareciera aún más antinatural.
Estaban solos en el vientre de piedra del edificio.
Caminó hacia el despacho de la entrada. Mientras se lavaba las manos en la pila para quitarse la sensación del hielo sucio, escuchó golpes en la puerta exterior que daba al callejón de carga. Eran golpes secos, espaciados. La llamada de alguien que espera ser atendido por derecho, no por urgencia.
Se acercó a la ventanilla. A través del cristal esmerilado, vio una silueta alta, con sombrero de copa. Abrió la puerta.
El hombre que estaba al otro lado era impecable, aunque su rostro estaba pálido y perlado de sudor frío. Llevaba un abrigo de corte prusiano y apretaba un maletín de cuero contra el pecho como si llevara dentro algo que no quería soltar.
—Vengo a ver al doctor Schwartz —dijo el visitante en un alemán culto y cortante—. Es urgente.
Franz negó con la cabeza, bloqueando la entrada con su cuerpo por instinto.
—El doctor está ocupado realizando una investigación. No recibe visitas. Si es por un certificado, vuelva mañana.
El hombre se quitó el sombrero. El asistente vio sus ojos. Eran los ojos de quien ha visto caer el velo de la realidad, pero que se niega a aceptarlo. Había miedo allí, sí, pero un miedo controlado, intelectual, que buscaba a la desesperada una salida lógica.
—No vengo por un certificado —dijo el visitante, sacando una tarjeta de su bolsillo con mano firme—.
Soy Karl Wagner, abogado. Represento a la familia Vránský.
El doctor Schwartz y yo estamos en contacto desde hace dos días por otro asunto.
Necesito hablar con él hoy. Es un peritaje médico que no admite espera.
Franz miró la tarjeta. Karl Wagner. Abogado. Berlín.
—¿Peritaje?
—Sí —dijo Wagner, bajando la voz, rompiendo por un segundo su fachada profesional—. Necesito una opinión experta sobre patologías nerviosas. Necesito saber si existe alguna enfermedad que anule la respuesta al dolor y provoque estallidos de violencia física.
Hizo una pausa, tragando saliva al rememorar la escena del desayuno.
—He visto a un hombre beber líquido hirviendo sin pestañear. He visto una rigidez en la mirada que no es humana. Estoy hablando de indicios de intoxicación severa por estupefacientes o una enajenación mental agresiva. Necesito una base científica para solicitar una incapacitación legal.
Franz sintió un nudo en el estómago. Debería echarlo. Debería decirle que se fuera, cerrar la puerta y cumplir con la cuarentena estricta que Erik había impuesto bajo amenaza de despido. Era peligroso. Si lo que había abajo era contagioso, dejar pasar a este hombre era un crimen.
Pero luego miró la puerta del sótano. Erik estaba solo allí abajo, cegado por su ambición, convencido de que tenía el control.
El asistente sabía que no era así. La criatura había hablado.
El hielo se estaba derritiendo. Necesitaba un aliado.
Necesitaba que alguien más viera la locura, alguien con traje, con leyes, con la autoridad para decir «basta» que él no tenía.
—Está prohibido bajar —dijo, midiendo sus palabras—. El doctor ha impuesto una cuarentena estricta. Dice que es un riesgo biológico.
—Es una emergencia legal —insistió Wagner, dando un paso adelante.
Franz se apartó del umbral, y no para abrirle camino: se rendía ante una idea desesperada.
—Esto no es una emergencia legal, señor. Es… otra cosa. —Señaló con la cabeza hacia el pasillo oscuro—. El doctor cree que ha encontrado una respuesta médica. Yo solo veo que se nos acaba el hielo y que el frío no es suficiente.
Wagner dudó un segundo, la mano en el aire.
—¿Me está permitiendo el paso?
—Le estoy permitiendo que baje y lo vea con sus propios ojos —dijo Franz, girando la llave del cerrojo de la puerta interior—. Baje y dígame si sus leyes sirven de algo ahí abajo. Porque yo ya no sé qué pensar.
Abrió la puerta de madera, pero se quedó clavado en el sitio. No pensaba bajar. No volvería a bajar hoy.
—La puerta de hierro tiene una mirilla. El doctor está al otro lado. No le va a abrir, pero podrá verle.
Karl asintió, tensando la mandíbula, y se adentró en la oscuridad del pasillo. Franz lo vio desaparecer escaleras abajo.
—Dígale lo que quiera —susurró antes de cerrar la puerta—. A mí hace días que no me escucha.