Capítulo 18
El estudio de Frederick Vránský olía a encierro. Era el aire viciado de una jaula en el zoológico de Berlín donde un animal grande ha estado dando vueltas en círculos durante horas.
Karl Wagner cerró la puerta tras de sí. El chasquido del picaporte sonó pequeño, casi ridículo en la habitación en penumbra.
Las pesadas cortinas de terciopelo granate estaban corridas, bloqueando el sol de la mañana y dejando el despacho sumido en una oscuridad rojiza, apenas rota por la luz de la lámpara de aceite del escritorio.
—Pase, Wagner —dijo Frederick.
El barón no estaba sentado tras su mesa. Estaba de pie en el rincón más alejado, junto a la estantería de mapas, dando la espalda a la luz.
Karl avanzó, aferrando su carpeta de cuero como un escudo. Depositó los documentos sobre el escritorio, ordenándolos con movimientos precisos y deliberados. La rutina le calmaba. El papel tenía peso, textura, realidad.
—Todo está preparado, señor Vránský —anunció Karl, su voz sonando profesional y fría—. He incluido el anexo de responsabilidad sobre la estructura subterránea. La cláusula sexta exime a mi cliente de cualquier litigio derivado de… irregularidades catastrales en los cimientos.
Frederick se giró. En la penumbra roja, su silueta parecía más alta, estirada. Se acercó al escritorio con ese nuevo andar fluido y silencioso que hacía que el suelo de parqué, siempre ruidoso, pareciera haber enmudecido bajo sus botas.
—Irregularidades —repitió Frederick, con un tono de leve burla—. Siempre buscando la palabra precisa para domesticar el caos, ¿verdad, Wagner? Como si ponerle nombre a las cosas cambiara su naturaleza.
Al entrar en el círculo de luz de la lámpara, Karl pudo verlo bien.
La vitalidad maníaca del desayuno se había asentado en algo más peligroso: una quietud absoluta.
Frederick no parpadeaba. Sus manos, apoyadas ahora sobre el respaldo de su silla de cuero, estaban quietas como las de una estatua, pero los nudillos estaban blancos por la tensión.
La piel del dorso, notó Karl con un respingo de repulsión, tenía un tono azulado bajo las uñas, como las manos de alguien que llevara demasiado tiempo a la intemperie.
Las campanas de San Vito marcaron las once desde el interior del castillo, tan cerca que el sonido llegó por la piedra misma antes que por el aire, vibrando en el suelo bajo los pies de Karl.
Cuatro días en Praga y seguía sin acostumbrarse a esa proximidad.
En Berlín, las iglesias sonaban desde lejos.
Aquí sonaban desde dentro de las paredes.
—La ley requiere precisión, no poesía —respondió Karl, y mojó la pluma en el tintero de viaje.
El olor a tinta fresca se mezcló con la nota seca y mineral que ahora emanaba del noble, y que Karl había aprendido a no nombrar—.
Si firma aquí, el contrato será vinculante.
La libranza bancaria por el importe íntegro está depositada desde anteayer en la notaría del distrito, en custodia del doctor Procházka.
En cuanto le presente este documento sellado, el notario procederá al endoso a nombre del barón.
Podrá retirar los fondos del banco contra esa libranza cuando lo estime oportuno.
Frederick rodeó el escritorio y se dejó caer en su sillón. El cuero gimió bajo su peso. Tomó el contrato, pero no lo leyó. Sus ojos, pupilas negras rodeadas de un iris azul eléctrico, estaban fijos en el cuello de Karl, justo donde el pulso latía contra el cuello almidonado de la camisa.
—Viena —murmuró Frederick, como si hablara de un lugar en otro planeta—. Una ciudad hermosa. Bulliciosa.
—¿No es allí a donde piensa retirarse? —preguntó Karl, empujando el tintero hacia él.
Frederick sonrió. Fue una sonrisa lenta, que mostró sus encías retraídas.
—Oh, sí. Viena ofrece… oportunidades. Praga se ha vuelto pequeña. Vieja. Aquí la tierra es pesada, Wagner. Se aferra a los tobillos. En Viena, la modernidad hace que la gente camine más rápido… y mire menos a las sombras.
A Karl se le erizó la piel del antebrazo. Había en el tono de Frederick una ambición de general planificando una campaña, impropia de un hombre arruinado. Planificando una campaña.
—La firma, por favor —instó Karl, señalando la línea punteada.
Frederick tomó la pluma. Su mano, grande y venosa, envolvió el instrumento delicado con una fuerza desproporcionada.
—Usted cree que esto importa, ¿verdad? —dijo el barón, mirando la punta de oro de la pluma—. Cree que porque escribimos nuestros nombres en un papel, la propiedad cambia de manos. Que la tinta pesa más que la sangre.
—Es la base de la civilización, señor Vránský.
—La civilización es un acuerdo de caballeros para no mirarnos los dientes los unos a los otros. —Frederick hizo un gesto despectivo—. Firmo porque es el ritual necesario para que usted se vaya. Y para que mi… socio… tenga su fortaleza.
Karl se tensó.
—¿Su socio? Los documentos están a nombre de un consorcio anónimo. ¿Hay una tercera parte física involucrada?
Frederick soltó una carcajada seca.
—No se preocupe por los detalles, abogado.
Hice un pacto hace treinta y cinco años, cuando era joven y estúpido y creía que la alquimia podía restaurar el oro de mi familia.
Fui al Este. Me marcaron. Pensé que se habían olvidado de mí…
pero Él nunca olvida una dirección. El dinero es bueno, ¿no?
Eso es lo único que importa en su mundo.
Frederick atacó el papel. No escribió su nombre; lo grabó. La pluma rasgó la superficie del documento con violencia, y la tinta salpicó un poco. Frederick Freiherr Vránský. La firma era angulosa, agresiva, una cicatriz sobre la página.
Soltó la pluma, que rodó por el escritorio, y se recostó.
—Hecho. La casa ya no es mía. —Su sonrisa desapareció, reemplazada por una seriedad de hielo—. Y eso significa, Herr Wagner, que nuestra transacción ha concluido.
Karl recogió el contrato deprisa, sopló sobre la tinta para secarla y lo guardó en su carpeta. Había conseguido lo que quería. Tenía la firma. Legalmente, su trabajo había terminado. Podía irse, tomar el tren a Berlín. Pero la imagen de Sophia en el desayuno, pálida y aterrorizada, lo detuvo.
—La señorita Sophia —dijo Karl, cerrando la carpeta con un chasquido— viajará conmigo a la estación. Tengo instrucciones de su bufete en Berlín de ofrecerle escolta hasta que se reúnan con usted en Viena. Es una cortesía profesional.
Frederick inclinó la cabeza, observándolo con curiosidad, como un entomólogo que ve a un escarabajo intentar salir de un frasco.
—¿Instrucciones? Qué amable. Pero Sophia no irá a ninguna parte.
—El ambiente en esta casa no es saludable para ella —insistió Karl, abandonando la cautela legal—. Se la ve enferma, señor Vránský. Agotada. Un cambio de aires le vendría bien antes del viaje.
Frederick se levantó. El movimiento fue rápido, pero controlado. Se inclinó sobre el escritorio, invadiendo el espacio personal de Karl. El olor a tierra mojada y a moho de bodega, que parecía venir de las propias ropas del barón, golpeó al abogado en la cara.
—Le agradezco su preocupación, Herr Wagner —dijo Frederick, con una voz suave y peligrosa—. Pero le recuerdo que Sophia tiene veintidós años. Según la ley imperial, sigue siendo menor de edad y yo soy su único pariente varón y tutor legal. Ella está bajo mi techo y bajo mi protección.
Karl apretó la mandíbula. La ley estaba del lado del barón. Sin una orden judicial o una prueba de maltrato flagrante, llevarse a Sophia era secuestro.
—¿Protección? —replicó Karl, bajando la voz—. Hay cosas en esta casa, señor Vránský… ruidos bajo el suelo, puertas que no deberían abrirse. No parece el lugar más seguro para una joven.
Las pupilas de Frederick se dilataron hasta engullir el azul.
—Esta casa es segura para quienes pertenecen a ella. Para los extraños… —Frederick hizo una pausa, y su mirada recorrió a Karl de arriba abajo, deteniéndose en su cuello—. Para los extraños, Praga puede ser traicionera al anochecer.
Frederick se apartó y señaló la puerta con un gesto teatral.
—Váyase, Wagner. Váyase ahora que todavía brilla el sol. Cerraremos las puertas temprano hoy. Y no me gustaría que se perdiera en el camino de vuelta. Los caminos aquí son… confusos de noche.
Era una amenaza, pero velada. «No eres bienvenido». «Eres una presa fácil».
Karl agarró su maletín. Su mente racional le gritaba que corriera, pero su ética le pesaba.
—Si le ocurre algo —empezó Karl.
—Buenas tardes, abogado —cortó Frederick, dándole la espalda y volviéndose hacia los mapas en la pared.
Salió del estudio sin dar la espalda del todo.
Al salir al pasillo, el aire más fresco del vestíbulo le pareció gloria bendita.
Cerró la puerta y se apoyó un momento contra la pared, respirando con agitación.
Miró el reloj de bolsillo. Las once de la mañana.
Tenía el contrato. Estaba libre. Miró hacia las escaleras que llevaban a las habitaciones superiores.
Sophia estaba allí, legalmente atada a un hombre que parecía estar perdiendo su humanidad, o encontrando una nueva y terrible.
Karl Wagner era un hombre de lógica. Sabía que no podía sacar a Sophia por la fuerza; la Gendarmería lo detendría antes de llegar al puente. Pero también sabía que el contrato tenía una cláusula de «saneamiento» y que él tenía una obligación moral.
Bajó las escaleras hacia el vestíbulo principal.
No se iría a la estación. Iría a buscar a Erik Schwartz al Hospital General.
Después del Registro Civil de anteayer y de la sacristía de anoche, Erik era ya el único en Praga capaz de poner palabra clínica a lo que él acababa de ver en el estudio.
Necesitaba que un médico examinara a Frederick.
—Una opinión médica —murmuró Karl, ajustándose el sombrero—. Si logro demostrar que Vránský no está en sus cabales, quizás pueda anular la tutela.
No había subido a recoger el equipaje. El cuaderno de notas y los duplicados de los contratos los llevaba consigo, en la carpeta, como llevaba siempre lo que no estaba dispuesto a perder; pero el baúl con su ropa y sus efectos seguía arriba, en la habitación de invitados.
Frederick no le había dado margen y él no había pedido permiso.
Una parte de él prefería que fuera así. Mientras algo suyo siguiera dentro, tenía una razón legal para volver.
Abrió la puerta principal y salió a la niebla de Praga.
Pero mientras caminaba hacia la verja donde esperaban los carruajes, Karl miró atrás.
La cortina de terciopelo del estudio se movió un poco.
Y Karl supo que la tutela de Frederick sobre Sophia tenía un límite legal: dos años.
A los veinticuatro, la ley imperial la liberaba sin más trámite.
Dos años era demasiado tiempo. Había dejado a Sophia en una prisión construida con leyes humanas, pero gobernada por una jurisdicción que no era la imperial.