Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 17
20%

Capítulo 17

El amanecer no trajo esperanza a la casa del carpintero Kovář; solo trajo una luz grisácea y sucia que reveló la magnitud del asedio.

Gabriel se apartó de la ventana tapiada.

Sus dedos estaban rígidos, entumecidos por haber aferrado el crucifijo de hierro durante seis horas interminables.

El silencio que había caído sobre la casa con el primer canto del gallo era más pesado que los gritos de la noche anterior.

Fuera, el rascado había cesado. La voz burlona de Ludmila se había disuelto con la niebla.

Jaroslav estaba ovillado en un rincón, con la cabeza entre las rodillas. No lloraba. Estaba más allá de las lágrimas, en ese estado de catatonia que sigue al colapso de la realidad.

—Se ha ido —⁠susurró el carpintero sin levantar la cabeza⁠—. Por ahora.

Gabriel se frotó la cara con las manos, sintiendo la barba de dos días raspar contra sus palmas.

Se sentía sucio. Por dentro, donde no llegaba el agua.

Había pasado la noche usando la fe como un escudo, pero en el fondo de su corazón sabía que sus oraciones no habían mantenido a la bestia fuera; la habían detenido la insistencia en que la invitaran a entrar y el miedo atávico al sol.

—No se ha ido, Jaroslav —⁠dijo Gabriel. Su voz sonaba ronca⁠—. Solo se ha escondido.

El sacerdote caminó por la habitación. Sus botas levantaban pequeñas nubes de astillas y serrín.

Necesitaba pensar. El libro, el maldito De Daemonibus que había dejado en su rectoría, era claro.

«El Strigoi no abandona su territorio. Busca la oscuridad de la tierra natal para digerir la vida robada».

Ludmila no podía estar lejos. Y de pronto Gabriel entendió por qué la criatura había desistido de la ventana del dormitorio mucho antes del amanecer. No se había marchado. Había bajado. Esta era su casa, y aquí los umbrales estaban cedidos desde hacía dieciséis años.

—Tenemos que encontrarla —⁠dijo Gabriel.

Jaroslav levantó la vista. Sus ojos eran dos agujeros rojos en un rostro de ceniza.

—¿Para qué, padre? ¿Para rezarle los óleos? Ya vio que el agua bendita la quema. Mi Ludmila… —⁠La voz se le quebró⁠—. Mi Ludmila es un monstruo.

—Para darle descanso —⁠corrigió Gabriel, aunque la palabra «descanso» le supo a mentira en la boca. No buscaba descanso; buscaba exterminio.

Bajaron por la escalera de servicio hasta el taller.

La carpintería estaba en silencio, con olor a madera de pino y barniz.

Gabriel miró las herramientas colgadas en la pared: sierras, martillos, cinceles.

Herramientas de creación. Herramientas que San José habría usado.

Ahora, a la luz cruda de la mañana, a Gabriel le parecían instrumentos de tortura.

—¿Tiene sótano esta casa? —⁠preguntó Gabriel.

Jaroslav asintió despacio, señalando una puerta baja detrás del banco de trabajo.

—La carbonera. Y el pozo de hielo. Pero es solo un agujero en la tierra, padre. Solo guardamos carbón y patatas.

Gabriel se acercó a la puerta. Había marcas en las tablas. Arañazos profundos en la madera que conducían hacia la carbonera, acompañados de un rastro de suciedad negra y viscosa. Más que sangre, era una mezcla de tierra y humedad fluvial.

—¿Cómo entró? —⁠preguntó Gabriel sin girarse, con los ojos fijos en el rastro.

Jaroslav tardó en responder.

—La cocina —⁠dijo Jaroslav. La voz le salió rota, sin volumen⁠—. Los postigos. Yo arriba, claveteando el dormitorio. Yo arriba.

Gabriel cerró los ojos un instante. Lo entendió todo sin que el carpintero tuviera que detallarlo: la noche entera claveteando arriba, donde oyeron los arañazos, donde la voz llamó, donde la criatura estuvo a un palmo del cristal.

Toda la defensa orientada al frente equivocado, porque el frente equivocado era el único frente visible.

La cocina, abajo, en el silencio, no formaba parte del combate de esa noche.

Ludmila no la había tocado. Y Jaroslav, agotado, había clavado tablas allí donde sentía el peligro, no allí donde un estratega frío las habría clavado.

—Abre —⁠ordenó Gabriel.

Jaroslav dudó, pero el hábito de obediencia al clero pudo más que su terror.

Sacó una llave del cinturón y abrió el candado.

Al abrir la puerta, una exhalación de aire helado y viciado golpeó sus rostros.

Olía a humedad cerrada, a hongo y a algo más…

un olor como carne dejada al sol, pero mezclado con el aroma mineral de la tierra profunda.

Gabriel tomó una lámpara de aceite del banco de trabajo y la encendió. La llama tembló.

—Quédate aquí, Jaroslav.

—Es mi casa, padre —⁠dijo el carpintero, tomando un mazo pesado del banco. Sus manos temblaban, pero había una determinación suicida en su mirada⁠—. Y es mi mujer.

Gabriel no discutió. Asintió y comenzó a bajar.

La escalera era de piedra basta, resbaladiza por el moho.

Cada paso resonaba en la oscuridad. Abajo, la temperatura bajó de pronto.

El aliento de Gabriel formaba nubes blancas frente a su cara.

La carbonera era un espacio estrecho, con paredes de ladrillo antiguo que sudaban salitre.

Al fondo, una montaña de carbón negro brillaba a la luz de la lámpara.

Y allí estaba.

Estaba metido dentro del carbón. Ludmila Kovář se había enterrado a medias, como un animal buscando el frescor de la tierra.

Solo su torso y su cabeza eran visibles.

Estaba inmóvil. Sus ojos estaban cerrados, pero apretados con fuerza, sin la relajación del sueño, como si la luz de la lámpara le causara dolor incluso a través de los párpados.

Su piel, que la noche anterior parecía de cera, ahora tenía un tono grisáceo, similar al plomo.

Las venas de su cuello y sus brazos se marcaban en negro bajo la superficie, una red de carreteras muertas.

Gabriel sintió que las piernas le fallaban. Verla así, a la luz, era peor que en la oscuridad. Era una blasfemia biológica. Su pecho no se movía. No respiraba.

Un pensamiento cruzó su mente, frío y preciso como una aguja: la mujer encontrada en Malá Strana la semana pasada.

Sin nombre. Sin sangre. El informe había llegado a la parroquia como aviso sanitario.

La habían encontrado en un callejón a dos manzanas de aquí.

La misma blancura cadavérica. Las mismas marcas en el cuello.

El mal no había llegado a los Kovář por azar. Había caminado desde el río en línea recta.

—Ludmila —⁠gimió Jaroslav detrás de él.

El cuerpo reaccionó al sonido del nombre.

Un espasmo recorrió los hombros de la mujer, y sus labios se retrajeron, mostrando los dientes manchados de algo oscuro y seco.

Siseó, un sonido bajo y continuo, como gas escapando de una tubería, pero no abrió los ojos.

Lux inimica . La luz la mantenía en un estado de letargo doloroso.

Gabriel le pasó la lámpara a Jaroslav.

—Sostenla. No dejes que se apague. Quédate atrás.

Gabriel avanzó hacia el cuerpo. Recordó el libro.

«Cortar la cabeza. Clavar el corazón». Miró a su alrededor buscando algo.

No había estacas de fresno. No había espadas sagradas.

Su mirada cayó sobre un cincel largo de hierro forjado que Jaroslav había dejado olvidado sobre un barril, junto a un martillo de ebanista. Hierro. El libro mencionaba el hierro.

Gabriel tomó el cincel. El metal estaba helado.

Pesaba. Pesaba demasiado. «Soy un sacerdote», pensó, con el estómago revuelto.

«Mis manos consagran el pan. No derraman sangre».

Pero al mirar el rostro de Ludmila, esa máscara de odio congelado, supo que no había nada que salvar.

El alma de Ludmila Kovář ya no estaba allí.

Lo que ocupaba ese cuerpo era una enfermedad sin nombre.

—Padre… ¿qué va a hacer? —⁠preguntó Jaroslav, horrorizado al ver al cura sopesar el cincel.

—Lo necesario —⁠dijo Gabriel. Su voz sonó extraña, metálica.

Se colocó sobre el cuerpo. Puso la punta del cincel sobre el esternón de Ludmila, justo donde el libro decía que latía el «segundo corazón», el oscuro. La carne bajo el hierro se sentía dura, fibrosa, como madera verde.

—Requiem aeternam dona eis, Domine —⁠empezó a rezar, más para calmarse a sí mismo que por el rito.

Levantó el martillo.

Ludmila abrió los ojos.

No eran humanos. La esclerótica estaba inundada de negro, y las pupilas eran dos rendijas verticales, reptilianas, que se contrajeron con dolor ante la luz de la lámpara. No hubo reconocimiento en esa mirada. Solo hambre y una furia atávica.

—Sacerdote —⁠gruñó ella, sin mover los labios. La voz resonó dentro de su pecho, vibrando contra el cincel.

Gabriel golpeó.

El sonido no fue el que esperaba. No fue metal contra hueso. Fue algo más blando y más resistente a la vez, como golpear madera verde recién cortada. El cincel entró unos centímetros y se detuvo. Gabriel miró su propia mano en la empuñadura del martillo y tardó un segundo en reconocerla como suya.

Ludmila no gritó. Emitió algo más parecido a una presión que a un sonido, una onda que apagó la lámpara en manos de Jaroslav y golpeó a Gabriel en el pecho como un puño abierto. El cristal estalló. La oscuridad se abalanzó sobre ellos, rota solo por la mecha agonizante que cayó al suelo.

—¡Luz! —⁠gritó Gabriel⁠—. ¡Jaroslav, no dejes que se apague!

El cuerpo bajo él se arqueó con una fuerza hidráulica.

Gabriel salió despedido hacia atrás. Golpeó contra la pared de ladrillo y el aire salió de sus pulmones de golpe.

Quedó un momento sin poder moverse, con la mejilla contra el ladrillo húmedo, sintiendo el frío del suelo en las palmas.

La mujer se incorporó sobre los codos con una fuerza que no correspondía a un cuerpo con hierro en el esternón, mirándolo con esos ojos negros sin fondo, y Gabriel entendió en ese momento, con una claridad que le avergonzó después, que lo que había hecho no había sido suficiente.

En la penumbra vio a Ludmila intentando arrancarse el cincel del pecho. Sus manos eran garras, arañando su propia carne. El hierro le quemaba; salía humo negro de la herida, con olor a azufre y pelo quemado.

—¡Jaroslav! —⁠gritó Gabriel, buscando a tientas en el suelo el martillo que había perdido.

El carpintero se había quedado paralizado, mirando lo que ya no era su mujer. Ludmila se giró hacia él. Con el cincel aún clavado, se arrastró sobre el carbón con movimientos espasmódicos, rotos.

—Ja-ro… slav —⁠dijo. Su voz osciló, volviendo a ser dulce, humana, terrible⁠—. Duele… Sácalo…

Jaroslav dio un paso adelante, sollozando, extendiendo la mano.

—No… Ludmila…

—¡Es una trampa! —⁠rugió Gabriel.

Encontró el mazo. Se puso de pie. Cruzó el sótano con tres pasos que no decidió dar, los pies moviéndose antes de que su cabeza autorizara nada. Se interpuso entre Jaroslav y la cosa que arrastraba el cincel hacia su marido.

Esta vez no pensó en Eliska. No pensó en nada. Solo en el peso del mazo en la mano y en la cabeza del cincel y en la distancia entre los dos.

Golpeó.

Y otra vez.

Clanc . Clanc .

El hierro se hundió profundo. Hubo un sonido final, como si algo viscoso se rompiera dentro del pecho de la mujer.

Ludmila se convulsionó una última vez, arqueando la espalda hasta que la columna crujió, y luego se desplomó sobre la montaña de carbón.

Un líquido negro y espeso brotó de la herida, siseando al tocar el suelo frío.

El silencio volvió al sótano. Solo se oía la respiración jadeante de Gabriel y el llanto roto de Jaroslav.

Gabriel se dejó caer de rodillas. Sus manos estaban manchadas de esa sangre negra. Quemaba apenas al tacto, como ortigas. Miró el cuerpo. Ludmila estaba quieta. Quieta de verdad esta vez. La tensión antinatural de sus músculos había desaparecido, dejándola como una muñeca rota.

—Perdóname, Dios mío —⁠susurró Gabriel, dejando caer el mazo. Se miró las manos. Temblaban sin control.

Era el temblor del reconocimiento. Sus manos, que habían repartido la comunión cada domingo durante veinte años, que habían sostenido la cabeza de los moribundos y ungido a los niños en el bautismo, tenían ahora ese líquido negro adherido a los nudillos.

No se iría con agua. Gabriel lo sabía con una certeza visceral, irracional, la misma certeza con la que los campesinos de su infancia hablaban de la mancha que deja tocar lo impuro.

Pensó en Eliska. En el jardín. En la noche en que no hizo nada porque rezar le pareció suficiente.

Había pasado veinte años construyendo una fe lo bastante sólida para no tener que volver a ese jardín.

Y ahora estaba de rodillas en un sótano de carbón con las manos manchadas de algo que no era sangre, y la única diferencia entre esta noche y aquella era que esta vez había actuado.

No sabía si eso era mejor.

Jaroslav lloraba en silencio detrás de él.

Gabriel escuchó ese llanto y sintió que no tenía ningún consuelo que ofrecerle.

Las palabras del oficio de difuntos, que había pronunciado cientos de veces sobre cuerpos de feligreses, se habían vuelto polvo en su boca.

¿Qué se dice sobre algo que no debería haber vivido? ¿Qué rito existe para esto?

Ninguno. Eso era lo más aterrador. Había actuado fuera de los límites de todos los ritos que conocía, y tendría que seguir haciéndolo.

—Tenemos que quemarla —⁠dijo Gabriel, su voz endurecida por una nueva y terrible frialdad⁠—. Ahora. Antes de que se ponga el sol.

Jaroslav dejó de llorar. Ya no le quedaban fuerzas; el dolor seguía intacto. Siguió a Gabriel hacia las escaleras del sótano en silencio, como un hombre que ha visto derrumbarse la última pared de su mundo y todavía no sabe que está de pie.