Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

Karl sintió un sudor frío en la espalda al recordar el momento, apenas unas horas antes, en que había devuelto las llaves de hierro a Sophia con instrucciones de no volver a sacarlas del bolsillo.

El tacto frío del metal al pasarlas de mano en mano aún le pesaba en los dedos como una acusación.

Había sido un riesgo calculado: que las guardara ella, que Frederick no las encontrara de menos, pero quedándose él con el terrible conocimiento de lo que abrían.

Sabía lo que había abajo: plomo, tierra grasa, huesos.

Frederick no era un noble excéntrico que ocultaba algo profano bajo su propia casa.

La mente racional de Karl buscaba una respuesta jurídica, no supersticiosa. No encontraba ninguna que encajara.

—No son fantasmas, señor Vránský. Son realidades físicas —⁠respondió Karl, tensando la mandíbula⁠—.

He revisado las cláusulas. Estoy dispuesto a proceder con la firma, siempre y cuando se incluya un anexo de responsabilidad total del vendedor sobre cualquier…

«vicio oculto» en la estructura subterránea.

Era una trampa legal. Si Frederick firmaba eso, Karl podría demandarlo por fraude —⁠o algo peor⁠— en cuanto se abriera oficialmente la puerta del sótano ante un notario.

Frederick ni siquiera parpadeó. Sus ojos seguían abiertos, sin necesidad de humedecerse.

—Redáctelo como quiera. Añada todas las palabras latinas que le hagan sentir seguro, abogado.

—⁠Estiró la mano y tomó la cafetera de plata.

Se sirvió café negro, humeante, llenando la taza hasta el borde⁠—.

Vendo la casa. Vendo la tierra. Vendo la historia.

Lo que su cliente haga con ella después, o lo que encuentre durmiendo en la oscuridad… es problema suyo.

Bebió un sorbo largo. El café estaba muy caliente; Karl vio el vapor levantarse del borde de la taza y rozarle la cara, perlándole las cejas y la frente sin que un solo músculo del barón reaccionara.

Cualquier hombre normal habría apartado la taza un segundo, habría chasqueado la lengua, habría hecho la mueca pequeña que hacen los hombres cuando se queman sin querer reconocerlo.

Frederick tragó. Entre la lengua y la conciencia se había abierto una distancia que ya no dejaba pasar la información del dolor a tiempo.

Sophia observaba a su tío con un nudo en el estómago. Aquel hombre se parecía a Frederick, vestía su levita, usaba sus gestos, pero el ritmo era incorrecto. Era como escuchar un vals tocado demasiado rápido.

—Tío —⁠empezó ella, sintiendo la necesidad de romper aquel silencio antinatural⁠—, anoche oí ruidos. En el pasillo.

Frederick dejó la taza. Giró la cabeza hacia ella con lentitud mecánica, el cuello rígido.

—Es una casa vieja, Sophia. La madera se queja con el frío. Se asienta.

—No eran crujidos. Era un tarareo —⁠insistió ella, buscando una reacción humana en esa máscara de cera⁠—. Parecías… feliz.

La sonrisa de Frederick se ensanchó, tirando de la piel de sus mejillas hasta que pareció que iba a rasgarse.

—¿Y no tengo derecho a la felicidad, sobrina? —⁠preguntó en voz baja, sibilante⁠—. Estoy a punto de librarme de la asfixia de mis deudas. A punto de ser libre. Deberías alegrarte por mí.

Extendió la mano sobre la mesa, buscando la de ella. Sophia tuvo el impulso instintivo de retirar la suya, pero la rígida educación vienesa la paralizó. Frederick cubrió la mano de Sophia con la suya.

Su piel estaba seca, apergaminada. Pero lo peor fue la temperatura.

Sophia no sintió el calor de un tío afectuoso.

Sintió un estremecimiento, como el aire cargado y pesado que precede a una tormenta de verano, cuando el vello de la nuca se eriza por el magnetismo invisible.

Una tensión contenida y peligrosa, no calor.

—Tienes el pulso acelerado, pichoncito —⁠susurró Frederick, saboreando la palabra⁠—. Pum-pum. Pum-pum. Estás asustada. Como un gorrión en la mano.

—Frederick —⁠intervino Karl, su voz cortante como un latigazo. Se puso de pie de golpe, haciendo tintinear la cubertería⁠—. Traeré los documentos. Firmaremos en el estudio en diez minutos.

Frederick retiró la mano con lentitud, dejando una sensación de suciedad fría en la piel de Sophia.

—Diez minutos —⁠concedió el barón, volviendo a su café⁠—. No tarde, Wagner. El sol de invierno es breve.

Karl hizo una señal imperceptible a Sophia con los ojos, instándola a salir, pero Frederick habló de nuevo, sin mirarlos, concentrado en una mosca gorda y lenta que había empezado a zumbar alrededor del azucarero de plata.

—Sophia se queda. —⁠Su voz fue plana, autoritaria⁠—. Es familia. Debe ser testigo de cómo salvamos nuestro apellido.

Karl dudó en el umbral, con la mano en el pomo de la puerta. Miró a Sophia. Ella asintió, pálida como el mantel, pero irguió la espalda con dignidad.

—Vaya, señor Wagner —⁠dijo ella, con un hilo de voz⁠—. Traiga los papeles. Terminemos con esto.

Karl salió del comedor, sintiendo que dejaba a la joven en la jaula de una bestia que había aprendido a usar cubiertos.

Mientras sus pasos se alejaban por el pasillo, Frederick siguió la trayectoria de la mosca con la mirada.

Su cabeza se movía con sacudidas microscópicas, imitando el vuelo errático del insecto.

—¿Sabes, Sophia? —⁠dijo Frederick, con tono de confidencia, mientras sus dedos tamborileaban un ritmo frenético sobre el mantel⁠—. Siempre pensé que esta casa me estaba consumiendo. Que me bebía la vida gota a gota.

Atrapó la mosca en el aire. El movimiento fue inhumano, pero no por la velocidad.

Frederick no se movió rápido; se movió tarde.

Esperó a la mosca con una quietud absoluta que duró el tiempo justo, y luego cerró los dedos en el momento exacto en que el insecto cruzaba el plano de su mano.

Como si hubiera contado al vuelo. Cerró el puño sobre la mesa. El zumbido cesó al instante.

Miró a su sobrina con una seriedad terrible.

—Estaba equivocado. La casa no me estaba matando. Me estaba conservando. Como la sal conserva la carne. Para esto.

En el segundo que siguió, antes de que la mano se abriera, algo cambió en el rostro de Frederick.

No fue una expresión que Sophia pudiera nombrar, porque duró menos de lo que dura nombrar una cosa.

Fue el gesto de un hombre que ha oído su propia voz desde fuera y no ha reconocido en ella nada que le pertenezca.

Sus ojos, que llevaban días sin necesitar parpadear, parpadearon.

Una vez. Frederick vio lo que estaba haciendo con la mano cerrada sobre la mesa, y lo supo.

Una pequeña mancha negra y viscosa en la inmaculada blancura del lino.

Frederick sonrió, y por un segundo, a la luz gris de la mañana, Sophia vio en el rictus de su tío un vacío donde debía haber una expresión: la cara de un hombre que ha aprendido a producir gestos humanos por imitación de fuera y todavía no consigue que le parezcan suyos.

Después él tomó la taza y ocultó la boca tras la porcelana pintada.