Capítulo 16
Frederick Vránský abrió los ojos. No hubo transición, ni el habitual arrastrarse fuera del pozo etílico de cada mañana. Sin más, estaba despierto.
Esperó el dolor habitual: el latido en las sienes, la boca pastosa, el temblor incontrolable de las manos buscando la botella de láudano o brandy en la mesilla.
Pero el dolor no llegó. En su lugar, había un silencio interno absoluto, tan profundo que le resultaba antinatural: nervios cauterizados, sustituidos por alambres tensos.
Se sentó en la cama. No se sentía joven, ni rejuvenecido en el sentido poético.
Se sentía… tenso. Como el mecanismo de un reloj al que le han dado demasiada cuerda, a punto de saltar.
Sus músculos vibraban con una frecuencia baja, un hormigueo continuo que le picaba debajo de la piel, como si la sangre se le hubiera vuelto arena fina.
La luz de la mañana entraba por las rendijas de los postigos, gris y sucia.
Frederick parpadeó. Sus ojos, de costumbre nublados por la resaca, captaban ahora cada mota de polvo que bailaba en el haz de luz con una nitidez irritante.
El tictac del reloj de pared en el pasillo le sonaba como golpes de martillo.
Podía oler la cera rancia del suelo y el almidón de sus propias sábanas con una intensidad que le revolvía el estómago.
Era demasiado. El mundo se había vuelto áspero y ruidoso.
Se levantó y caminó hacia el espejo. Sus movimientos eran rápidos, espasmódicos, carentes de la fluidez natural. Se movía como una marioneta manejada por una mano inexperta.
Se miró. Las bolsas bajo sus ojos no habían desaparecido por arte de magia, pero habían cambiado de color; ya no eran violáceas, y eran ahora de un gris cerúleo, y la piel parecía más fina, estirada sobre el hueso como pergamino seco.
Sus pupilas estaban dilatadas, engullendo el iris azul, dándole una expresión de perpetuo sobresalto.
—Limpio —graznó. Su voz tenía una aspereza nueva, una talla más estrecha que la suya de siempre.
Se tocó la garganta. Tenía sed. No la sed de agua, ni la del alcohol. Era una sequedad árida que parecía nacer en el estómago y subir como humo.
Un sonido rompió su concentración. Bzzz.
Una mosca de invierno, grande y letárgica, golpeaba contra el cristal de la ventana.
Frederick volvió la cabeza con una sacudida. El sonido le resultaba insoportable, una agresión directa a sus nervios desollados. Pero, al mismo tiempo, había algo en ese zumbido… una vibración. Una chispa diminuta, sucia, pero viva.
Se acercó a la ventana. Observó al insecto frotar sus patas delanteras. Vio el brillo aceitoso de su abdomen. Sintió una curiosidad infantil y morbosa. ¿Cómo algo tan insignificante podía contener el calor de la vida? ¿Qué movía sus alas?
Su mano se movió antes de que él lo decidiera. Fue un gesto torpe, un manotazo rápido.
Atrapó la mosca contra el vidrio. La sintió vibrar bajo su palma, un cosquilleo frenético que le recorrió el brazo y le provocó un escalofrío. Era el alivio momentáneo de un picor profundo, no placer.
La tomó entre el pulgar y el índice. El insecto agitaba las patas sin parar.
—Tan pequeña —murmuró Frederick, fascinado por la lucha inútil—. Tan llena de ruido.
La acercó a su cara. Podía olerla. Olía a polvo y a algo orgánico, húmedo. Sin pensarlo, obedeciendo a un impulso que nacía más abajo del cerebro, en la nueva fiebre que le latía en la sangre, se la llevó a los labios.
La punta de su lengua tocó el cuerpo quitinoso. Sintió el sabor amargo, terroso. Y luego, casi por un espasmo de la mandíbula, la aplastó contra sus dientes. Un estallido minúsculo de fluidos fríos.
Tragó.
Fue una gota en el desierto, algo insignificante, repugnante. Frederick se llevó la mano a la boca, con una arcada de asco tardío. ¿Qué acababa de hacer? Se limpió los labios con el dorso de la mano, horrorizado, escupiendo una pata negra al suelo.
Pero el picor de la piel se aplacó por dentro, igual que se aplaca un escozor cuando uno por fin se rasca el sitio exacto.
La sed árida en el estómago bajó un peldaño.
La hipersensibilidad de los oídos se atenuó por un instante, como si alguien hubiera bajado la mecha de un quinqué.
Había funcionado. Esa pequeña chispa de vida ajena había alimentado, por un momento, el vacío que lo devoraba.
—Estoy enfermo —se dijo, mirando su mano temblorosa—. El vino estaba picado. Me ha sentado mal.
Se vistió con prisa, intentando ignorar lo que acababa de ocurrir. Se puso su levita negra, abotonándose hasta el cuello para ocultar la delgadez repentina que sentía. Necesitaba normalidad. Necesitaba firmar esos papeles y terminar con todo esto.
Salió al pasillo. Sus pasos sobre la alfombra sonaban huecos.
Se cruzó con Anna, la criada. La chica llevaba una pila de toallas. Al verlo, se detuvo y bajó la cabeza.
—Buenos días, señor.
Frederick se detuvo. El olor de la chica lo alcanzó.
El olor llegó sin ser invitado: no perfume, jabón barato, lana húmeda, y por debajo de los tres, el calor corporal de un ser vivo a treinta y siete grados, una temperatura que le pareció escandalosa contra el frío sin nombre que ya empezaba a instalarse en él.
No la deseó. No supo si quería tocarla o apartarse de ella.
Solo registró, como se registra una luz demasiado brillante, que ese cuerpo emitía algo que él ya no emitía.
Dio un paso hacia ella, invadiendo su espacio personal. Anna retrocedió, apretando las toallas contra su pecho, los ojos muy abiertos.
—Señor… ¿se encuentra bien?
Frederick parpadeó. El reflejo del parpadeo, que llevaba la mañana entera sin obedecer, lo trajo un segundo de vuelta a sí mismo. Lo que quedaba de su mente racional, avergonzado, tiró de las riendas.
—Estoy… mejor, Anna —dijo, forzando una sonrisa que resultó ser una mueca tensa—. Solo tengo… prisa. Hay mucho que hacer.
—Sí, señor.
—Dile al cocinero… —Frederick tragó, sintiendo el regusto amargo de la mosca—. Que no me prepare desayuno. Solo café. Negro, bien cargado. Nada más esta mañana. Los huevos y la mantequilla no me hacen falta. El estómago no los pide.
—Sí, señor.
Se alejó de ella con prisa, bajando las escaleras con movimientos rígidos, sintiéndose sucio por dentro.
En el comedor, la atmósfera era densa. Karl Wagner y Sophia estaban sentados en silencio. Cuando Frederick entró, ambos lo miraron.
Hubo un instante de suspensión, una pausa en la que el aire de la habitación pareció espesarse como la niebla del exterior.
Karl Wagner sostenía su taza de café a medio camino de los labios y Sophia mantenía las manos bajo la mesa, ocultando el temblor que le había provocado el sonido de las botas militares sobre la madera.
Frederick no arrastró los pies. Avanzó hacia la cabecera de la mesa con una fluidez que no le pertenecía, moviéndose con la precisión espasmódica de una marioneta cuyos hilos han sido tensados al máximo.
No había rastro de la fatiga alcohólica de las semanas anteriores.
Arrastró su silla de respaldo alto. El chirrido de la madera contra el suelo fue agudo, como el grito de un gozne oxidado.
—Buenos días —dijo. Su voz carecía de la carraspera habitual; era clara, resonante, con un timbre limpio y duro que no le pertenecía, una voz prestada a un cuerpo que llevaba veinte años acostumbrado a otra.
Se sentó y miró a sus comensales con una sonrisa que no le salía bien: los músculos de la cara obedecían un poco a destiempo, como los de un hombre que ha estado mucho rato bajo el frío y trata de articular sin tener todavía control completo de la cara.
Sus ojos, por lo común huidizos y acuosos, se clavaron primero en Karl y luego en Sophia, brillando con una intensidad fija, similar a la de las aves de presa disecadas en el gabinete de ciencias.
—Tío Frederick —dijo Sophia, y su propia voz sonó frágil en la inmensidad del comedor de techos altos—. Pareces… recuperado.
—Me siento magnífico, querida. —Frederick tomó la servilleta de lino y la desplegó sobre su regazo con un chasquido seco—. La noche ha sido… purgante. A veces, el cuerpo solo necesita expulsar los malos humores para restablecer el equilibrio.
Karl dejó la taza en el plato con un tintineo suave de porcelana.
Observó al barón buscando la grieta, el punto exacto por donde el testimonio se rompería.
No le gustaba esa vitalidad repentina. Le recordaba a la lucidez terminal de los tísicos justo antes del final, o a la euforia maníaca de los jugadores en los salones de Berlín.
Además, notó algo más. Un olor. Bajo el aroma a agua de colonia de lavanda con el que Frederick se había rociado a manos llenas, había una nota amoniacal y otra de fenol médico, una limpieza agresiva de laboratorio, como las manos de un cirujano que se ha lavado con lejía y tapa mal lo que hay debajo.
—Me alegra oír eso, señor Vránský —dijo Karl, manteniendo el tono neutral, propio de su oficio—. Sobre todo porque hoy requerimos de toda su claridad mental. Los contratos finales aguardan.
Frederick soltó una risa breve, un sonido seco que no llegó a mover su pecho.
Sus ojos recorrieron la mesa con desdén.
Empujó lejos de sí la cesta de panecillos vieneses como si contuviera piedras.
Observó los huevos pasados por agua con una mueca de asco genuino; para sus nuevos sentidos, aquello pertenecía a una categoría de comida muerta y blanda que el cuerpo ya no aceptaba.
—¿Nada más? —masculló, mirando hacia la puerta de servicio con impaciencia, sus fosas nasales dilatándose—. Le dije a esa chica… Anna… que necesitaba sustento real. Carne. Esto es… paja.
Miró el plato de Sophia, donde una tostada permanecía intacta, con una curiosidad fija, como si tratara de recordar para qué servía aquello y no terminara de hacerlo.
—Los contratos… sí. Esa obsesión prusiana con la tinta y el papel —dijo, volviendo su atención a Karl e invadiendo su espacio al inclinarse sobre la mesa—. ¿Los ha traído, Wagner? ¿O sigue preocupado por fantasmas en mis cimientos?