Capítulo 15
DEL CUADERNO DE CAMPO DEL DR. SCHWARTZ Apuntes sobre el letargo producido por el frío
«La naturaleza posee mecanismos de pausa.
He observado batracios que sobreviven congelados en el barro invernal y lirones que reducen su latido a lo imperceptible.
Mi hipótesis es audaz: la muerte funciona como un dial, no como un interruptor.
Si logramos bajar ese dial al mínimo absoluto ( Vita minima ) sin romper la cuerda, el sujeto no muere. Solo espera.»
«Nota posterior: La mujer fue consumida. El estudiante fue transformado. Son estadios distintos del mismo proceso. Esto tiene implicaciones que aún no he logrado formular con precisión.»
El Hospital General de Praga llevaba ya dos horas en su rutina matinal, con el cambio de turno y los carros de café recorriendo los pasillos, pero la morgue, dos plantas más abajo, conservaba la quietud de los lugares donde no hay nada que esperar.
Solo el zumbido constante de los quemadores de gas, monótono y sin urgencia.
Erik Schwartz se frotó los ojos detrás de las gafas. Le dolía la cabeza, un latido sordo en las sienes provocado por el olor a fenol y por la frustración. El cuerpo del estudiante yacía sobre la losa de zinc, abierto y expuesto.
No había encontrado nada.
Los órganos estaban sanos, aunque pálidos como el papel. El corazón, intacto pero vacío. Los pulmones, limpios. No había rastro de veneno, ni de embolia, ni de trauma interno. El chico se había apagado.
Miró el reloj de pared. Habían pasado seis horas desde el hallazgo. El cuerpo debería haber empezado a enfriarse siguiendo la curva de Algor mortis. Debería haber signos de livor mortis en la espalda, las manchas violáceas de la sangre estancándose por la gravedad.
Pero la espalda del chico estaba blanca como el mármol. No había manchas porque no había sangre que estancar.
Erik se quitó el guante y posó el dorso de su mano sobre la frente del cadáver.
No estaba caliente, pero tampoco tenía el frío profundo de la muerte. Y la piel… la piel mantenía una elasticidad imposible. Al presionar con el dedo, la carne recuperaba su forma al instante, sin la rigidez cerosa del rigor mortis que Franz había reportado horas antes.
—Imposible —murmuró Erik, anotando el dato en su cuaderno con un trazo furioso—. Regresión espontánea del rigor en menos de cuatro horas. Inaudito.
Se levantó y fue hacia el microscopio. Había logrado extraer una muestra de fluido de los bordes de la herida del cuello. No era sangre; era un icor transparente, apenas unas gotas de suero linfático.
Ajustó la lente. En el campo de visión, las pocas células de tejido aparecían rodeadas por una sustancia extraña. No eran bacterias. Eran filamentos oscuros que parecían tejerse alrededor de los tejidos sanos, conservándolos.
Erik se apartó del ocular. Miró el microscopio: lentes de cristal óptico, resolución máxima de dos micras, el mejor instrumento disponible en Bohemia hasta ese momento.
Suficiente para ver bacterias, insuficiente para ver qué hacían esos filamentos.
Lo que necesitaba era algo que no existía todavía: un método para observar tejido vivo en movimiento sin matarlo en el proceso, o una forma de medir la actividad eléctrica de células que no respondían a los estímulos normales.
Anotó en el margen del cuaderno, con letra más pequeña de lo habitual: Instrumental insuficiente.
El fenómeno es visible pero no medible. Sin medición, no hay ciencia.
Solo observación. Debajo, después de un momento, añadió: La diferencia entre los dos es lo que nos separa de los campesinos de Franz.
No estaba seguro de que esa diferencia fuera tan grande esta noche.
El sonido de la puerta al abrirse le hizo levantar la cabeza. Era Franz.
El asistente había dormido un par de horas y se había cambiado de ropa. Traía el pelo todavía húmedo y la cara de quien aún no ha desayunado. Cerró la puerta sin decir nada y se quedó un segundo en el umbral, mirando el cuerpo abierto sobre el zinc.
—Acércate —dijo Erik, sin levantar la vista del microscopio—. Lo he abierto entero. No hay nada. Y a la vez hay demasiado. Necesito tu memoria del momento del ingreso.
Franz se acercó al borde de la mesa. No tocó el cuerpo.
—Cuando llegó, ¿en qué estado lo encontraste?
Franz cerró los ojos un instante, recuperando el detalle.
—Rígido como una tabla. Tuve que hacer palanca con un escoplo para abrirle el puño derecho y sacarle la tierra.
La mandíbula también estaba apretada; no le pude abrir la boca para mirarle la lengua.
Eran las tres y media de la madrugada. Lo recuerdo bien porque me corté con su propio dedo, mire, todavía tengo aquí la marca.
Erik anotó la hora en el cuaderno. Después se levantó, fue al lado izquierdo de la mesa y, con dos dedos, levantó la muñeca del cadáver.
La articulación se flexionó con una suavidad aceitosa.
El brazo cayó sobre la mesa con un golpe blando y rebotó un poco, con una elasticidad gomosa.
Erik no se inmutó. Llevaba dos horas haciendo el mismo gesto cada cuarto de hora, anotando.
—A las tres y media estaba en rigor —dijo—.
A las cinco menos cuarto, cuando empecé yo, también.
A las seis empezó a ceder la mandíbula. A las siete y media los dedos se relajaron sin que yo los moviera.
Ahora, a las ocho, no queda rigor en ningún grupo muscular.
La curva está invertida. El rigor mortis normal aparece a las dos o tres horas y se mantiene veinticuatro o más antes de ceder.
Aquí ha aparecido y desaparecido en cinco horas. Eso no es la curva de un cadáver.
Franz miraba el brazo flácido con los ojos muy fijos. No habló.
—Tampoco hay livideces —siguió Erik, con la voz cada vez más plana, casi conferencial—.
La sangre que debería haberse asentado en la espalda por gravedad no está asentada porque, como ya sabíamos los dos, casi no hay sangre.
Y el icor que extraje del cuello no es suero linfático limpio: hay filamentos.
Vivos, en mi opinión. No me atrevo a llamarlos parásitos porque no se parecen a ningún parásito que esté descrito.
Erik volvió a su cuaderno. Anotó la respuesta de Franz. Después se quedó un momento mirando el cuerpo, con la pluma suspendida.
—Doctor —dijo Franz despacio—. Lo de la tierra de ayer. Mi tía dijo que la tierra estaba «mala». Que lo que mató al chico dejó algo en ella. ¿Es posible que ese algo siga aquí? ¿En el cuerpo?
—«Algo» no es un término clínico, Franz.
—No, doctor. Pero los filamentos sí lo son.
Erik lo miró. Por una vez no lo corrigió.
—Está vivo, doctor. De alguna forma.
—Está muerto —sentenció Erik—. Y te lo voy a demostrar. Si hubiera actividad vital, o incluso actividad refleja post-mortem, respondería al galvanismo.
Erik fue hacia el armario de instrumentos y sacó una batería voltaica, un aparato de madera y cobre con dos electrodos de latón. Era una herramienta común para estudiar el sistema nervioso.
—Si es un cadáver normal, los nervios estarán muertos o responderán con un espasmo simple —explicó Erik, conectando los cables—. Si está «esperando», como tú dices… veamos qué hace.
Colocó un electrodo en la base del cuello del estudiante y el otro en la mejilla, cerca del nervio facial.
—Observa. Ciencia, Franz. No superstición.
Erik giró la rueda de la batería.
La descarga eléctrica golpeó el músculo.
Lo que ocurrió no fue un tic nervioso.
Los ojos del cadáver se abrieron de golpe.
No parpadearon. Se abrieron y se fijaron en Erik. Las pupilas, dilatadas al máximo, se contrajeron en un instante al recibir la luz del gas, enfocando con una precisión aterradora. Los labios se separaron despacio, en una inhalación suave, sibilante, que llenó los pulmones vacíos.
Hhhhhhh …
Erik soltó los electrodos, retrocediendo tan rápido que derribó su taburete.
El cadáver exhaló. Los ojos siguieron a Erik mientras se movía. No era un reflejo galvánico. Era consciencia. Una consciencia fría, reptiliana, atrapada en un cuerpo inmóvil.
Franz estaba pegado a la puerta, murmurando oraciones.
Erik miró el cuerpo. Los ojos del estudiante se cerraron despacio, como si el esfuerzo hubiera agotado la poca energía que la electricidad le había prestado. El pecho bajó. Volvió a ser un objeto inerte.
Pero Erik lo había visto. Había visto la contracción de las pupilas.
—Eso no fue un reflejo —dijo Erik, y su voz sonaba hueca—. Las pupilas reaccionaron a la luz. El cerebro… el cerebro está activo.
—Es un Upír —dijo Franz—. Tenemos que cortarle la cabeza.
—¡No! —gritó Erik, recuperando el control por puro pánico—. ¡Nadie va a cortar nada! Esto… esto es una catalepsia profunda. O un patógeno que mantiene las funciones cerebrales latentes. Es… es un descubrimiento médico sin precedentes.
—Doctor, nos miró.
—¡Es una infección, Franz! —Erik caminó hacia el cuerpo, pero se detuvo a un metro de distancia, sin atreverse a tocarlo de nuevo—. Una infección que preserva el huésped. Si lo decapitamos, destruimos la evidencia. Si lo soltamos, propagamos la plaga.
Erik miró a su alrededor.
—Trae la camilla de transporte. La de las correas de cuero.
—¿Qué va a hacer?
—Vamos a llevarlo a la cámara de aislamiento del sótano.
La que se usaba para el cólera. —Erik miró el rostro pacífico del estudiante—.
Lo ataremos. Cerraremos con doble llave.
Y pondremos bloques de hielo hasta el techo.
El frío frena el metabolismo. Si está vivo…
el hielo lo mantendrá dormido hasta que yo entienda qué demonios es esto.
—Deberíamos llamar a un cura —sugirió Franz.
Erik se giró, con los ojos brillantes de fiebre científica.
—No. La religión lo llamará milagro o demonio. La ciencia lo llamará el foco original. Nadie entra ni sale de aquí, Franz. ¿Me oyes? Esto es una cuarentena.