Capítulo 30
La última llama de gas murió con un siseo agónico, como el último aliento de un animal pequeño.
Sophia, sentada en el centro de su cama con las rodillas pegadas al pecho, vio cómo la luz amarilla de la lámpara de pared parpadeaba una vez, se volvía de un azul enfermizo y luego desaparecía, dejando tras de sí un hilo de humo acre.
La oscuridad no cayó de golpe; se deslizó desde las esquinas, densa y pesada, reclamando el espacio que la luz había defendido durante horas.
—Se ha ido —susurró Sophia. Su voz no tembló. El terror había pasado de ser un grito en la garganta a un frío estático en los huesos.
La presión en las tuberías había desaparecido: algo en los cimientos rompió los conductos, o quizás la propia mansión decidió que ya no necesitaba luz.
Sophia encendió la única vela de cera que le quedaba, protegiendo la llama con la mano ahuecada. El pequeño círculo de luz naranja apenas iluminaba sus pies y el abrecartas de plata que sostenía como una espada.
El silencio era absoluto. Demasiado absoluto.
Hacía una hora, escuchó el trajín de cuerpos pesados arrastrando cosas en el piso de abajo. Oyó el chapoteo de agua y el crujido de la madera. Pero ahora, todo se había detenido. Sin viento en las ventanas. Sin crujidos de asentamiento. Era como estar dentro de un pulmón que ha dejado de respirar.
Se bajó de la cama, caminando descalza sobre la alfombra. Necesitaba saber.
Se acercó a la puerta del pasillo. La silla que había colocado bajo el pomo seguía ahí, una barricada ridícula contra lo que habitaba al otro lado. Pegó la oreja a la madera.
—¿Tío Frederick? —llamó, muy bajito.
Nadie respondió. Pero el aire que se filtraba por debajo de la puerta traía un olor nuevo. Ya no olía a cera vieja o lavanda. Olía a río profundo, a cieno negro y a humedad estancada. El olor del sótano había subido, conquistando el pasillo, impregnando los tapices y las alfombras.
—Duerme, pichoncito.
La voz sonó justo al otro lado, pegada a la madera, a la altura del suelo. Sophia dio un salto atrás, ahogando un grito. Frederick no estaba de pie; estaba sentado, o quizás tumbado, en el umbral de su puerta.
—¿Por qué sigues despierta? —preguntó la voz de su tío. Era una voz pastosa, satisfecha, como la de alguien que acaba de terminar un banquete copioso y tiene sueño—. La casa ya descansa. Él ya descansa.
Sophia apretó el abrecartas, obligándose a no retroceder más.
—Tengo frío —dijo ella, intentando que su voz sonara firme—. El gas se ha ido.
—El gas es ruido —susurró Frederick—. El frío conserva. Acostúmbrate, Sophia. A partir de ahora, viviremos en un invierno largo.
Hubo un sonido de tela rozando contra la madera. Frederick se estaba moviendo, quizás apoyando la cabeza contra el panel para escucharla respirar.
—No intentes salir —continuó él. Su tono se había vuelto algo burocrático, ya sin amenaza, como si le estuviera explicando las normas de un internado estricto—. Las puertas exteriores están selladas. El jardín ha sido… clausurado. Nadie entra. Nadie sale.
—¿Me vas a matar? —preguntó Sophia. Necesitaba saberlo. Necesitaba saber si esa noche era la última.
Frederick soltó una risita suave, gorgoteante, que hizo vibrar la madera de la puerta.
—¿Matarte? —repitió, paladeando la palabra—. Oh, no, querida. Eso sería… sucio.
—Entonces déjame ir. Karl volverá. Traerá a la policía.
—Karl no es nadie —cortó Frederick con desdén—. Y la policía no mira dentro de las casas respetables. Tú te encargarás de eso, Sophia.
—¿Yo?
—Mañana. Y al día siguiente. Y al otro. Te pondrás tus mejores vestidos.
Te sentarás junto a la ventana del salón.
Sonreirás si alguien pasa por la verja. —La voz de Frederick se vació de toda inflexión humana, perdiendo cualquier rastro de humanidad—.
Serás la niña bonita en la casa bonita. Porque si la casa parece tranquila, nadie querrá entrar a molestar Su sueño.
—Soy tu prisionera —dijo ella, entendiendo al fin su función. No era comida; era un señuelo.
—Eres parte del mobiliario ahora —corrigió Frederick—. Una muñeca en el escaparate. Pórtate bien, Sophia. Si lloras, si gritas, si rompes el silencio… tendré que bajar y coserte la boca. Y Él odia que le despierten con ruidos feos.
Algo se le cerró en el pecho. No había plazo. No había fecha de salida.
—¿Hasta cuándo? —preguntó, con un hilo de voz—. ¿Cuánto tiempo tengo que fingir?
Silencio. Solo el sonido de Frederick poniéndose de pie, sus articulaciones crujiendo como ramas secas.
—El tiempo ya no importa aquí arriba —dijo él, alejándose por el pasillo—. Duerme. O no duermas. Da igual.
Sophia escuchó cómo sus pasos se desvanecían en la oscuridad. Se alejó de la puerta, sintiendo que las paredes de la habitación se cerraban sobre ella.
Caminó hacia la ventana. Los postigos estaban cerrados, pero había una rendija.
Miró hacia afuera. La niebla cubría el jardín, pero pudo ver sombras.
Eran figuras inmóviles, de pie junto a la verja, bajo la lluvia.
Hombres con abrigos largos que no se movían, no fumaban, no patrullaban.
Solo estaban allí, formando un perímetro silencioso.
El jardín clausurado del que había hablado su tío.
Sophia sopló la vela. Se sentó en el suelo, en la oscuridad, con el abrecartas en su regazo.
No sabía qué estaba pasando en el sótano, ni por qué su tío hablaba de un «Él».
Solo sabía que estaba sola en una casa que se estaba pudriendo desde dentro, y que su única tarea era sonreír mientras el mundo se acababa.
Sophia miró hacia la puerta de comunicación con el cuarto de servicio, la que daba al pasillo interior donde estaban las habitaciones del personal.
Llevaba horas sin oír a Anna. Eso podía significar dos cosas: que la chica estaba muerta, o que estaba tan quieta como ella.
Sophia se obligó a contemplar las dos posibilidades a la vez, ya no como hipótesis abstractas.
Como hecho que tenía consecuencias para alguien que se llamaba Anna y que nació en un pueblo cuyo nombre Sophia jamás se molestó en preguntar.
Le hizo preguntas estratégicas durante días.
Le deslizó peticiones disfrazadas de confidencias.
La usó como se usa una herramienta limpia, sin agradecerle nunca el filo.
Y ahora la chica podía haber muerto por algo que Sophia puso en marcha y que Anna nunca pidió formar parte.
Esperó diez minutos. Luego llamó con tres golpes suaves en esa puerta. El código que había acordado con Anna aquella tarde: tres golpes, pausa, uno.
Silencio.
Esperó. Nada.
Sophia apoyó la frente contra la madera fría un segundo.
Solo un segundo. Luego se apartó, tomó una hoja suelta de la mesilla y escribió doce palabras en ella.
El manifiesto de carga ya no lo tenía: lo había hecho salir de la casa esa tarde, por la verja del norte, con cuatro palabras escritas en el reverso.
Esto era otra cosa, y para nadie de fuera.
Dobló el papel hasta convertirlo en un rectángulo del tamaño de un pulgar.
Lo deslizó por la ranura inferior de la puerta de comunicación de todas formas.
Por si acaso.
Sophia se sentó en el suelo y esperó.
—No voy a llorar —susurró a la habitación helada—. Voy a mirar. Voy a contar. Y cuando Karl vuelva… si es que vuelve… le diré dónde esconderse.
Se quedó un momento escuchando esas palabras como si las hubiera dicho otra persona.
Voy a mirar. Voy a contar. La economía de la frase, la manera en que ordenaba el caos en dos verbos cortos y un plan, le sonó conocida con una familiaridad que le subió por la espalda antes de que ella pudiera evitarla.
Era el tono de su tío. Del Frederick joven que recordaba de su infancia, el que firmaba contratos a los treinta y dos años con una pluma que no temblaba y que decía, ante cada problema doméstico, frases breves del tipo «se hace así, así y así».
Aquel hombre habría aceptado lo que estaba aceptando ahora, fuera quien fuese el huésped del sótano, fuera lo que fuese aquello a lo que su tío llamaba «Él», acaso con la misma calma operativa con que ella acababa de planear los próximos días.
El pensamiento la dejó muy quieta. Frederick tampoco había llorado, quizá, la noche en que había entendido lo que estaba aceptando.
Habría hecho una lista mental. Habría calculado plazos —la casa, el apellido, los tres préstamos, lo que se podía y lo que no—.
Dos verbos cortos para describir lo que iba a hacer.
Y habría salido del estudio convencido de que controlaba algo, igual que ella estaba ahora convencida de que controlaba algo, sentada en el suelo de su habitación.
Sophia apretó el abrecartas hasta que el filo de plata se le marcó en la palma.
La frialdad no la separaba de Frederick; eso lo tenían los dos.
Lo que los distinguía estaba en otra parte, y tenía que encontrarlo.
Porque si no, acabaría convirtiéndose en su tío de todas formas, solo que más despacio.
Y a Praga no había venido a heredar eso.
Se levantó del suelo. Volvió a la puerta de comunicación con el cuarto de Anna.
Esta vez no usó el código. Apoyó la palma abierta contra la madera y dio tres golpes lentos con la base de la mano: sin pregunta, sin espera.
Solo porque, si Anna estaba en condiciones de oír cualquier cosa, quería que oyera un golpe que dijera estoy aquí, te recuerdo, perdóname si vives.