Capítulo 14
La mañana llegó a la Mansión Vránský sin traer luz, solo una dilución grisácea de la oscuridad nocturna. Karl Wagner estaba despierto desde el amanecer, sentado ante el pequeño escritorio de su habitación de invitados, con los contratos finales desplegados ante él.
La pluma se secaba en su mano. Su mente, de ordinario un archivo ordenado de hechos y precedentes, volvía una y otra vez a la imagen del plano arquitectónico y a ese vacío de treinta metros cuadrados que Frederick defendía con tanta vehemencia.
Unos golpes suaves en su puerta lo sacaron de su abstracción. Eran toques vacilantes, apenas audibles. Karl se levantó, abotonándose el chaleco, y abrió.
Sophia estaba en el pasillo. Llevaba el mismo vestido negro del día anterior y ojeras profundas bajo los ojos. Miró a ambos lados del corredor antes de hablar, con una tensión que Karl no le había visto antes.
—Señor Wagner —dijo en voz baja—. Necesito pedirle algo. Algo que va más allá de sus funciones legales.
Karl asintió y se hizo a un lado para dejarla pasar, pero ella negó con la cabeza, manteniéndose en el umbral.
—Mi tío ha salido hacia las caballerizas. Tenemos poco tiempo. Usted dijo ayer que algo no encajaba. Que Frederick se estaba atrincherando.
—Lo sostengo —respondió Karl, bajando el tono—. Su negativa a la inspección fue… inusual.
Sophia metió la mano en el bolsillo de su falda y sacó algo pesado envuelto en un pañuelo. Lo depositó en la mano de Karl. El metal estaba frío y áspero a través de la tela. Karl destapó el objeto: el llavero de hierro de las tres llaves.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Las localicé anoche en el doble fondo del cajón central de su escritorio. Las dejé donde estaban. Esta mañana, en cuanto él bajó al despacho del centro, volví a cogerlas. Hay que devolverlas a su sitio antes de la noche. No abren ninguna puerta de la zona habitada. Lo he comprobado.
Karl sopesó las llaves. Eran herramientas de una época anterior, diseñadas para cerrojos grandes.
—¿Sabe qué abren?
—Hay una puerta —explicó Sophia, y su voz tembló—.
Bajo la escalera principal, la que lleva al desván.
Es una puerta pequeña, de servicio. Siempre pensé que era un armario de limpieza clausurado.
Anoche la abrí. No tiene cerradura por el lado del pasillo, solo una manilla, y cede sin ruido: alguien le engrasa los goznes. Pero no es esa la puerta que importa.
Karl la miró con atención.
—¿Y?
—Detrás de esa primera puerta hay un descansillo y un corredor corto, con una lámpara de aceite encendida al mínimo.
Y al fondo del corredor, una segunda puerta, baja, de roble con bandas de hierro.
Esa sí está cerrada. No me acerqué: me había impuesto no pasar del umbral.
Pero estas llaves son de hierro viejo, de paletón grande, y no abren nada de la zona habitada.
Son para esa puerta. —Sophia levantó la vista y lo miró a los ojos—.
Y oí algo, Herr Wagner. Subía por el corredor, desde mucho más abajo.
—¿Qué oyó?
—Respirar.
La palabra quedó flotando en el aire frío del pasillo. Karl la registró sin entenderla del todo, su mente racional buscando explicaciones inmediatas.
—Las corrientes de aire en los sótanos viejos a menudo suenan como…
—Sé lo que es el viento, señor —lo cortó ella con firmeza—. Esto no era viento. Era lento. Húmedo. En el espacio que no existe en sus planos.
Karl miró las llaves en su mano. Allanamiento.
Esa era la palabra legal. Pero la descripción de Sophia, unida a la negativa de Frederick y a las huellas en el almacén del río, formaba un caso circunstancial imposible de ignorar.
Su cliente estaba comprando esa casa. Si había un ocupante ilegal o un animal peligroso encerrado en los cimientos, era su deber saberlo.
—Quédese aquí —dijo Karl, tomando una decisión—. Vigile el vestíbulo. Si su tío vuelve, golpee la barandilla.
—¿Va a bajar?
—Voy a verificar la estructura —dijo Karl, guardándose las llaves—. Y el origen de ese sonido.
Salió al pasillo, dejando a Sophia de guardia.
La casa estaba en silencio. Karl se dirigió al hueco de la escalera principal.
Encontró la puerta enseguida, oculta en la penumbra: una hoja baja de servicio, sin cerradura por el lado del pasillo, solo una manilla.
Como había dicho Sophia, cedió sin ruido, con los goznes suaves de lo que alguien mantiene engrasado.
Detrás bajaban tres escalones de piedra hasta un descansillo encalado, y de ahí arrancaba un corredor corto, iluminado al fondo por una lámpara de aceite con la mecha al mínimo.
Al final del corredor estaba la verdadera puerta: baja, de roble oscuro reforzado con bandas de hierro.
Probó las llaves. Una vez que la encontró tuvo que usar más fuerza de lo normal para girarla, sintiendo cómo el óxido se quebraba dentro del mecanismo. El clack del cerrojo al liberarse sonó como un disparo.
Empujó. La puerta no cedió. Estaba atascada del todo. Karl apoyó el hombro y empujó con todo su peso, apretando los dientes. La madera gimió y, de repente, la hoja cedió con un golpe seco y liberó una nube de polvo y aire viciado.
Karl tosió, sacando su pañuelo para cubrirse la boca. El aire que salía del hueco era denso, nauseabundo. No olía a vino añejo. Apestaba a agua estancada, a cal viva y a algo orgánico que se pudría con lentitud en la oscuridad.
Encendió una cerilla para iluminar el descenso.
Ante él se abría una escalera de piedra estrecha, que bajaba en espiral hacia las tinieblas.
Las paredes rezumaban humedad, brillando bajo la luz vacilante.
Bajó con cuidado, contando los escalones.
A medida que descendía, la temperatura caía en picado y el silencio se volvía físico, una presión en los oídos.
Al llegar al final de la escalera, se encontró en un pasillo abovedado.
Karl encendió otra cerilla y buscó un soporte para la antorcha de gas portátil que había traído de su habitación. La luz titilante iluminó el espacio, arrancando sombras alargadas a la piedra.
Las paredes eran de bloques de granito masivo, ajustados sin mortero. Y sobre la piedra, clavadas con remaches de hierro oxidados, había planchas de metal grisáceo que cubrían el techo y el suelo.
—Plomo —masculló.
Pero el plomo no estaba intacto. En la base de los muros, donde los remaches de hierro se habían oxidado hasta soltarse, las planchas se habían combado y separado por las juntas; y por esas grietas, y por las junturas sin mortero de los bloques de granito, rezumaba un barro oscuro y húmedo con olor a lodo de río, empujado desde abajo, como si el subsuelo de la colina llevara años filtrándose despacio en la cámara por donde podía.
Lo habían construido para encerrar algo; pero la piedra y el metal envejecían, y la tierra no.
El lugar no parecía una bodega; parecía una cámara de descontaminación.
El aire estaba quieto, muerto. Avanzó por el pasillo, sus pasos resonando demasiado fuertes.
Al fondo, el pasillo desembocaba en una sala circular de unos ocho metros de diámetro, de bóveda baja de ladrillo y paredes de granito, como el fondo de un pozo ancho.
El centro estaba vacío: solo tierra apisonada, lisa.
Y contra el muro curvo, siguiendo la pared en un anillo cerrado, estaban apiladas las cajas.
Karl notó, antes de mirar las cajas, que la sala no era el final.
Del lado opuesto al que él había entrado, otro pasillo arrancaba hacia el norte y se perdía en una oscuridad de la que llegaba un olor distinto al del sótano: lodo de río, piedra mojada, algo metálico.
La galería seguía. No era horizontal: descendía.
Se alejaba hacia el norte y, sobre todo, hacia abajo, hundiéndose por dentro de la colina hacia algún punto situado mucho más hondo que aquel sótano.
Hacia el río, pensó Karl, aunque el río quedaba lejos y muy por debajo del cerro de Hradčany; y no supo explicarse cómo una galería excavada en una colina podía bajar tanto.
Eran idénticas a las que había deducido por las huellas en el almacén del río. Madera basta, sin marcar, reforzada con aros de hierro. Había demasiadas para contarlas en la oscuridad. Una de ellas tenía la tapa desplazada, los clavos arrancados desde dentro.
Karl se acercó, manteniendo las manos pegadas al cuerpo. No quería tocar nada. No quería dejar rastro de su presencia en aquel lugar que olía a enfermedad. Iluminó el interior con su lámpara.
Tierra. La caja estaba llena hasta el borde de una tierra rojiza, apelmazada y húmeda.
Parecía grasa, como si hubiera absorbido aceite o…
otra cosa. Karl reprimió una arcada. Se inclinó un poco más, sin tocar.
En la superficie de la tierra, algo sobresalía.
No era una joya. Aquello, más que contrabando, era un hueso.
Una costilla humana, amarillenta y porosa, asomando entre la tierra roja como una raíz macabra.
Karl retrocedió un paso, el asco subiéndole por la garganta.
Entonces lo oyó. No fue el viento. En un sótano sellado con plomo no había viento.
Fue una exhalación. O algo que se le parecía: el aire desplazado por un movimiento lento, como el que hace un pantano al asentarse, o un organismo muy grande al cambiar de posición en la oscuridad.
Algo más vasto y más paciente que cualquier cosa que él conociera.
Hhhhhhh …
Era un sonido húmedo, gorgoteante, como el aire escapando de unos pulmones llenos de fluido. Karl se quedó paralizado. La lámpara tembló en su mano, proyectando sombras danzantes que parecían estirarse hacia él.
—¿Quién está ahí? —preguntó. Su voz salió estrangulada, carente de autoridad.
La respuesta fue un sonido de arrastre, lento y pesado: algo blando rozando contra la piedra fría. Y luego, el chasquido húmedo de algo que se despega del suelo.
Goteo. Goteo.