Capítulo 13
El reloj del vestíbulo sentenció las dos de la madrugada, pero la Mansión Vránský no dormía. La casa parecía haberse contagiado del insomnio de su dueño, crujiendo y asentándose con una inquietud que hacía vibrar los cristales de las ventanas.
Sophia estaba de pie junto a la puerta de su habitación, con la oreja pegada a la madera fría. Llevaba una hora escuchando los pasos de su tío.
Frederick había regresado de la ciudad hacía poco, pero no con el paso arrastrado y cansado que solía caracterizar sus noches de alcohol.
Sus pisadas eran firmes, rítmicas, casi militares.
Iban y venían por el pasillo del primer piso, deteniéndose de vez en cuando frente a su puerta antes de continuar hacia el ala oeste.
Lo que acompañaba a los pasos era peor: un tarareo.
El sonido se alejó hacia el final del corredor y luego cesó. No hubo portazo.
Sophia esperó diez minutos para asegurarse. Luego, abrió su puerta. El pasillo estaba sumido en las tinieblas, iluminado apenas por el resplandor agónico del gas que subía desde el vestíbulo. El aire estaba helado.
Caminó descalza para no hacer ruido, con el candelabro apagado en la mano por si necesitaba usarlo como arma.
Se dirigió hacia el estudio de su tío. Si Frederick había bajado a algún lugar que no aparecía en los planos, la llave de ese lugar no la llevaría encima; Frederick era descuidado con sus bolsillos cuando bebía.
La puerta del estudio estaba entreabierta.
Sophia entró. La habitación conservaba el calor residual de la chimenea y un olor nuevo, punzante. Era un aroma ferroso, denso, pegajoso al aliento, como si en vez de aire la sala respirara matadero. Provenía de una copa de cristal vacía sobre la mesa de trabajo.
Se acercó. La superficie estaba hecha un caos de papeles revueltos. Abrió los cajones con sumo cuidado. Recibos, cartas de acreedores, plumas secas. En el cajón central, bajo un doble fondo mal disimulado por el tapete de terciopelo, sus dedos tocaron metal frío.
Sacó un juego de llaves. Un anillo de hierro forjado, pesado y negro, con tres llaves grandes de paletón complejo. El metal estaba áspero por la corrosión y frío como el hielo.
Sophia las tomó, sintiendo su peso. Sabía que no abrían ninguna puerta de la zona habitada.
Salió del estudio y se dirigió al ala oeste, siguiendo la dirección que Karl había señalado en el mapa.
Hacia el muro grueso. El pasillo del ala oeste era una zona muerta de la casa: sábanas blancas sobre los muebles, aire estancado, el olor a humedad y madera podrida que solo crece cuando nadie pasa.
Sophia se detuvo en la entrada del corredor y miró el suelo.
El polvo cubría las tablas de pared a pared, gris y uniforme, sin una sola pisada. No era allí por donde entraba su tío.
Avanzó pisando solo donde un ratón podría pisar para no dejar marca propia, hasta el final del corredor.
Según los planos de Karl, allí debería haber un vacío de cuatro metros.
Pero frente a ella solo había un tapiz enorme, apolillado, que representaba una escena de caza medieval.
Sophia levantó el tapiz. Detrás no había nada.
Solo un panel de madera oscura, parte del revestimiento original.
Recorrió el panel con los dedos. No había mecanismos ni resortes ocultos. La pared era sólida. Golpeó con los nudillos. Sonido macizo. Piedra detrás de madera.
Retrocedió. Si el muro grueso del plano no estaba ahí, la entrada tenía que ser otra.
Volvió sobre sus pasos hasta el arranque de la escalera principal y miró el hueco bajo el rellano.
Encajada en las sombras había una puerta baja, de servicio, que cualquier visitante habría tomado por un armario de limpieza. Sophia se acercó.
Lo notó al instante. El polvo del suelo, hasta entonces virgen, frente a aquella puerta estaba removido y compactado por el paso reciente de un hombre.
Había un surco mate sobre la madera, junto al pomo, allí donde la mano se apoyaba al entrar.
Y los goznes, cuando rozó la hoja con la palma, se sintieron suaves, sin el agarrotamiento del hierro abandonado: alguien los engrasaba.
Era allí. En lugar de pomo común, la puerta tenía una manilla baja sin cerradura visible, lo que confirmaba la sospecha: la puerta no se cerraba con llave por el lado del pasillo. Frederick salía por aquí y volvía a entrar como quien sale al jardín. La cerradura debía de estar al otro lado.
Empujó la manilla. La puerta cedió en silencio, con un movimiento bien calibrado.
Detrás se abría un descansillo estrecho de paredes encaladas, con tres escalones de piedra que bajaban a un corredor de servicio iluminado por una sola lámpara de aceite que alguien había dejado encendida con la mecha al mínimo.
Sophia se quedó en el umbral. Fue entonces cuando entendió para qué eran las llaves del cajón.
Esa puerta estaba abierta; lo cerrado con llave aguardaba al final del corredor.
No bajó. Era la primera regla que se había impuesto: localizar, no enfrentar. Memorizó la disposición del descansillo, la dirección del corredor, la posición de la lámpara. Cerró la puerta con el mismo cuidado con que la abrió, dejándola como la encontró.
Solo entonces, en el silencio de la pausa, se permitió oírlo.
Subía por algún conducto del muro, amortiguado pero presente, desde algún punto situado mucho más abajo que el corredor que acababa de ver.
Era un arrastre. Lento. Pesado. Piedra contra piedra.
Y debajo del arrastre, otro sonido húmedo, rítmico.
Goteo. Goteo. Goteo.
Y debajo de eso, una respiración. Era una inhalación demasiado profunda, demasiado espaciada. Un aire que silbaba a través de conductos secos y una exhalación que sonaba como un fuelle roto.
Sophia se apartó de la pared. Volvió por el pasillo de la zona habitada con el paso medido del que ha tomado una decisión, no del que huye.
Entró en el estudio de su tío, devolvió las llaves de hierro al cajón central, las encajó bajo el doble fondo en la posición exacta en que las había encontrado y volvió a cubrirlas con el tapete de terciopelo.
Frederick contaba. Frederick siempre contaba.
Las llaves no podían faltar mañana cuando él volviera a abrir ese cajón, porque si las llaves faltaban, ella faltaba después.
Cerró el cajón. Salió del estudio. No corrió. Subió a su habitación pisando donde sabía que las tablas no crujían. Frederick no estaba protegiendo una bodega de contrabando. Estaba haciendo otra cosa. Y lo que respiraba abajo era la única cosa que importaba, ahora, en toda la casa.
Mañana se lo contaría a Karl: la puerta bajo la escalera, los goznes engrasados, la lámpara baja, las tres llaves de hierro en el doble fondo del cajón central. Karl sabría qué hacer con esa información. Ella no podía sacar las llaves. Pero podía decir dónde estaban.
Se tumbó sin desvestirse, con la lámpara encendida. No durmió.
Poco después de las tres, los pasos de Frederick volvieron al corredor.
El pasillo estaba en penumbra. La única luz provenía del extremo opuesto: una franja amarilla y temblorosa que salía por debajo de la puerta del ala oeste, que estaba entreabierta.
Sophia avanzó pegada a la pared, donde las tablas del suelo eran más estables.
A ambos lados del corredor, entre las puertas cerradas, había pedestales de madera oscura con figuras de bronce y porcelana que a esa hora, sin luz directa, tenían el aspecto neutro y algo amenazante de los objetos que llevan mucho tiempo en el mismo sitio.
En uno de los pedestales había un jarrón bajo con un ramo seco que Sophia había pasado cien veces sin mirar y que ahora, en la penumbra, parecía un manojo de huesos pequeños.
Cuando llegó al umbral se detuvo. Por la rendija podía ver el interior sin ser vista: el pasillo de servicio que llevaba a la escalera del sótano, las paredes de piedra sin revestir, la lámpara de aceite colocada en el suelo.
Y Frederick.
Estaba arrodillado con la espalda recta, las manos apoyadas sobre los muslos, los ojos abiertos y fijos en la puerta del sótano. La postura de un hombre en oración, o de un hombre esperando una instrucción.
Sophia no respiró.
Lo que la detuvo fue el reconocimiento de que lo que estaba viendo no tenía categoría disponible. Frederick estaba inmóvil, escuchando algo que los demás no oían.
Entonces Frederick habló.
Fue un murmullo continuo, bajo, del tipo que producen los labios cuando repiten algo aprendido de memoria. Sophia no reconoció el idioma. Era algo más arcaico que el alemán y el checo, más consonántico, con una gutural recurrente que ella no supo comparar con nada que hubiera oído antes.
Sophia miró sus manos. La palma derecha de Frederick estaba apoyada en el suelo, los dedos extendidos sobre las baldosas.
Y debajo de esa mano, la piedra estaba húmeda.
Era una humedad oscura, casi negra, que se extendía despacio desde la palma hacia afuera, siguiendo las juntas entre las baldosas como si tuviera dirección propia.
Frederick no parecía sentirla. Seguía mirando la puerta del sótano. Seguía murmurando.
Sophia dio un paso atrás. Luego otro.
Lo que se le quedó grabado fue esto: en todos los minutos que había estado mirando, el pecho de su tío no se había movido.