Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 12
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Capítulo 12

La noche había caído sobre Malá Strana, pero en la pequeña rectoría de San Nicolás una vela seguía ardiendo con terquedad.

Gabriel estaba sentado a su mesa, con el grimorio De Daemonibus abierto ante él.

No lo leía con avidez de erudito. Lo leía como quien debe diseccionar un animal enfermo.

El latín era denso, una mezcla de superstición medieval y observaciones anatómicas que la Iglesia había intentado borrar.

Necesitaba ponerle nombre a lo que había visto para saber si podía matarlo.

Pasó una página, buscando con desesperación algo que encajara con los síntomas de Ludmila Kovář.

«De los Nachzehrer , o Devoradores de Sudarios» —⁠leyó en voz baja, traduciendo del alemán antiguo⁠—. «Se les conoce por el sonido. No salen de la tumba, sino que yacen en ella masticando su propia mortaja. Mientras comen, sus parientes en la superficie se marchitan».

Gabriel negó con la cabeza. Ludmila no estaba en una tumba. Ludmila caminaba. Y Ludmila ardía con el sol.

Pasó más páginas, sintiendo que el papel viejo le ensuciaba los dedos.

«El brucolaco o vrykolakas . El cuerpo rechazado por la tierra sagrada se hincha y se tensa como la piel de un tambor. Llama a las puertas de sus antiguos vecinos. Si alguien responde al primer golpe, la muerte entra».

Tampoco. Ludmila no estaba hinchada como un ahogado; estaba pálida, seca, fibrosa. Y su fuerza era explosiva, no torpe. El libro era un laberinto de pesadillas regionales, cada una peor que la anterior. ¿Y si no había un nombre para esto? ¿Y si era un mal nuevo?

Estaba a punto de cerrar el volumen cuando un grabado le detuvo. Mostraba una figura emergiendo de la tierra con una fluidez depredadora, sin la torpeza que cualquier libro decente atribuiría a un cadáver. El título al margen, escrito en tinta roja desvaída, rezaba: Strigoi .

Gabriel se inclinó sobre el texto.

«La naturaleza aborrece la duplicidad, pero el strigoi nace con ella.

Dicen los doctores escolásticos que dos corazones laten en su pecho; pero quien ha abierto a uno de ellos sabe que la víscera es solo una, y que la duplicidad está en el latido.

El primero, mortal, se detiene. El segundo no es órgano nuevo: es el mismo corazón despertando bajo un fuelle que no es suyo.

Por eso el cuchillo del médico encuentra solo lo que el médico espera encontrar, y el grimorio sigue siendo más útil que el bisturí.

Estas criaturas son cadáveres movidos por su propia alma corrupta, que se niega a partir».

«Buscan primero a su familia, pues la sangre llama a la sangre. Temen la luz pura del día, que es enemiga de su carne corrupta ( lux inimica ), y el hierro forjado, que les recuerda a los clavos de la Pasión».

Pasó la página. El siguiente apartado estaba encabezado con una distinción que el autor subrayaba con énfasis casi irritado: De Gradibus Corruptionis (Sobre los Grados de la Corrupción).

«El ignorante trata a todos los malditos como iguales y muere por ello.

El recens infectus , el recién corrompido, conserva aún los últimos vestigios del alma que abandona su cuerpo.

En este estado, puede ser salvado en las primeras horas si se elimina la fuente de corrupción.

Los símbolos de lo sagrado le repelen, pero también pueden alcanzarlo: a través de ellos parte de su alma todavía oye.

Pasado ese umbral, ya no se le salva: solo se le destruye.

El plene conversus , el transformado del todo, ya no puede ser salvado por nadie.

Sus vísceras ya no responden a la oración ajena, solo a su propia voluntad.

Pero los símbolos sagrados siguen actuando sobre él, y con más fuerza, porque su carne ha aprendido a reconocerlos como enemigos durante años, a veces durante siglos.

Lo que cambia no es la repulsión: cambia el remedio.

Al recién corrompido se le puede devolver al mundo.

Al transformado del todo solo se le puede sacar de él, y para eso no basta el rito: hace falta también el fuego que consume la carne, el hierro que destroza el tejido, y el frío que aletarga el metabolismo hasta la inmovilidad».

—Hierro —⁠susurró Gabriel⁠—. Y el sol.

Era eso: las ampollas, la fuerza, la obsesión con volver a casa.

Pasó la página buscando cómo detenerlo. Sus ojos se detuvieron en un apartado titulado De Insidiis (Sobre las Trampas).

«El strigoi no es un animal estúpido. Conserva la memoria del cuerpo que habita, pero despojada de afecto.

Usará los nombres de sus hijos, los secretos del lecho conyugal y la voz de la ternura pasada usada ahora para abrir puertas, no para amar.

El depredador se viste con la piel del cordero para que el pastor baje la guardia.

La invitación no necesita ser abrir una puerta; a veces basta con abrir el oído».

Gabriel sintió que algo le recorría la espalda. Recordó la risa que había escuchado al huir de la casa. Era hambre y, sobre todo, burla. Tenía que advertir a Jaroslav.

Más adelante, en el margen, una nota a tinta diferente, más reciente, añadía una precisión en latín escolástico: «Haec lex ad domos privatas pertinet tantum.

Loca publica et institutionalia legem ignorant, quia nemo ea possidet per sanguinem».

Esta ley pertenece solo a los hogares privados.

Los espacios públicos e institucionales ignoran la ley, porque nadie los posee por sangre.

Gabriel frunció el ceño ante la nota. Era una distinción técnica, casi jurídica, que no encajaba con el tono del texto principal. Como si alguien hubiera añadido una advertencia práctica después de aprender la regla por las malas.

Por fin llegó a la sección de Remedios . Esperaba encontrar una oración, un rito de expulsión. Lo que leyó le revolvió el estómago.

«Para el strigoi no hay salvación, solo destrucción. Se debe cortar la cabeza y colocarla entre los pies. Se debe clavar una estaca de fresno o espino a través del segundo corazón para fijarlo a la tierra. Se debe quemar hasta que no quede más que ceniza».

Gabriel cerró el libro de golpe, sintiendo náuseas. Barbarie. Carnicería. Sus manos estaban consagradas para bendecir y perdonar, no para mutilar cadáveres de feligreses con estacas de madera. Se negó a aceptar esa parte. Tenía que haber otra manera. La fe tenía que ser suficiente.

Miró por la ventana hacia la calle desierta. Los cristales estaban empañados del frío. Jaroslav estaba solo en esa casa esperándole. Y Ludmila estaba suelta.

Gabriel se puso el abrigo, guardó el pesado crucifijo de hierro en el bolsillo —⁠el único escudo que tenía⁠— y salió a la noche.

Dudó un instante en la puerta y volvió. Cogió el libro de la mesa, lo envolvió en un paño viejo y se lo metió bajo el brazo.

No por valor: por si llegaba a necesitar volver a abrirlo.

No quería tener que correr a buscarlo a la rectoría si la noche se torcía.

El trayecto hasta la casa de los Kovář fue un calvario de sombras.

Al llegar, encontró la casa a oscuras, blindada como una fortaleza improvisada. Tuvo que llamar varias veces, susurrando su nombre a través de la madera mientras golpeteaba la puerta de forma rítmica, antes de que Jaroslav abriera.

El carpintero parecía un espectro. Tenía los ojos hundidos y sostenía un martillo con un agarre tan fuerte que la mano estaba blanca y morada.

—Padre —⁠exhaló Jaroslav, dejándolo pasar y cerrando los cerrojos a toda velocidad⁠—. Pensé… pensé que era ella.

El interior olía a miedo. Era un olor agrio, humano.

—¿Ha vuelto? —⁠preguntó Gabriel.

—Aún no. Pero la siento. —⁠Jaroslav se tocó el pecho⁠—. Siento que me mira.

Subieron al dormitorio principal. Jaroslav había tapiado la ventana rota con tablas nuevas, cruzadas y fijadas con clavos largos. Se sentaron en la oscuridad, con una única vela en el suelo para no proyectar sombras en las cortinas.

—Jaroslav —⁠dijo Gabriel en voz muy baja⁠—, escúchame bien. He leído… he consultado textos antiguos. Lo que hay ahí fuera no es Ludmila. Tiene sus recuerdos, tiene su voz, pero es una trampa. Si viene, intentará hablarte. Usará tu nombre.

El carpintero asintió, con lágrimas en los ojos. —⁠Es mi mujer, padre.

—No —⁠lo cortó Gabriel con dureza, recordando el pasaje del libro⁠—. Es un depredador con la piel del cordero. Si te habla, no contestes. Si te suplica, reza. Pero no le hables. La voz es el primer gancho.

Comenzó la vigilia.

Las horas pasaban con una lentitud agónica. Gabriel intentó rezar el rosario, pero su mente volvía una y otra vez a las palabras del libro. «Cortar la cabeza… clavar una estaca».

Desde la calle, amortiguado por los tablones de la ventana, llegaba el ladrido intermitente de los perros del barrio.

Gabriel los había oído toda la noche sin prestarles atención, el mismo fondo sonoro de cualquier madrugada en Malá Strana: un perro que empieza, otro que responde, el coro desganado de animales que ladran sin saber bien por qué.

Era un sonido tan habitual que se volvía invisible.

Por eso lo notó cuando paró.

Fue simultáneo: todos a la vez, como si alguien hubiera cortado un hilo.

El silencio que quedó tenía una textura distinta al silencio normal.

Gabriel levantó la vista del libro. Miró a Jaroslav, que también había dejado de moverse.

Los dos escucharon ese silencio nuevo durante dos o tres segundos, sin nombrarlo.

Fue entonces cuando el silencio se rompió.

Más que un golpe, era apenas un roce. Fssshhh… Fssshhh… Suave, deliberado. Como si alguien pasara la palma de la mano por la madera de la puerta de la calle, dos pisos más abajo.

Jaroslav se puso rígido. —⁠Está aquí.

El sonido cesó abajo, pero segundos después se oyó algo en la fachada. Un sonido de arrastre, de tela y uñas sobre la piedra rugosa, subiendo hacia la ventana tapiada. Era un sonido de una lentitud imposible, burlón.

Gabriel se puso de pie. El corazón le martilleaba en la garganta. El ruido se detuvo justo detrás de los tablones de la ventana.