Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 11
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Capítulo 11

La morgue del Hospital General era un lugar donde los olores no cedían. El hedor dulzón y penetrante del fenol saturaba el aire, imponiéndose sobre el aroma subyacente de la carne que empieza a rendirse. Para Erik Schwartz, aquel era el olor de la rutina.

El nuevo cadáver yacía sobre la losa de zinc. Era un muchacho joven, apenas veinte años, vestido con la ropa raída de un estudiante. Lo habían encontrado en un patio interior de Malá Strana, ovillado contra una pared.

—¿Causa de la muerte? —⁠preguntó Erik, ajustándose los guantes de cuero fino que usaba para las inspecciones preliminares.

Franz, al otro lado de la mesa, terminó de cortar la camisa del joven.

—El cuerpo está intacto, doctor. Sin golpes en el cráneo. Solo… —⁠Franz señaló el cuello⁠—. Las dos marcas. Idénticas a las de la mujer de anteayer.

Erik soltó un suspiro que empañó sus gafas.

—Otra vez. Anemia aguda sin hemorragia externa. Es absurdo. Lávalo, Franz. Quiero hacer la autopsia antes de que el inspector Vodička empiece a inventarse teorías sobre sectas.

Erik se retiró a su escritorio, dándole la espalda a la mesa.

Franz se quedó solo con el muerto. Tomó la esponja húmeda y comenzó a limpiar el hollín de la ciudad de la piel cerúlea del chico. Al llegar a la mano derecha, se detuvo. Estaba cerrada en un puño apretado, un espasmo cadavérico que había bloqueado los dedos contra la palma.

Intentó abrirla. Estaba rígida como la piedra. Tuvo que hacer palanca con el pulgar, forzando las articulaciones con un chasquido desagradable.

Cuando por fin se separaron los dedos, una lluvia fina de polvo cayó sobre el metal de la mesa.

En la palma de la mano había una costra de suciedad.

Franz acercó la lámpara. Era una tierra rojiza, seca, casi arcillosa, que contrastaba con fuerza con el barro gris y limoso habitual de los adoquines de Praga tras la lluvia.

Y atrapado en esa tierra, había algo más: una lasca de metal negro, plana y oxidada, con un borde irregular y cortante.

Franz miró el cuerpo, luego la tierra. El chico había muerto en un patio empedrado. La presencia de esa arcilla roja era una anomalía absoluta en el centro de la ciudad. ¿A qué se había aferrado con tanta desesperación en sus últimos momentos?

—Doctor —⁠empezó a decir.

—¿Qué ocurre? —⁠respondió Erik sin levantar la vista, anotando en su cuaderno.

Franz dudó. Esa tierra tenía una textura grasa, desagradable al tacto.

—Nada —⁠dijo Franz, tomando una decisión impulsiva.

Con un movimiento rápido, recogió la tierra y el trozo de metal con su pañuelo, limpiando la mano del cadáver antes de que Erik se girara. Guardó el envoltorio en su bolsillo.

—Solo rigidez —⁠añadió, volviendo a frotar la piel con más fuerza de la necesaria.

La tarde en Vyšehrad tenía un color distinto al del centro. Franz bajó del ómnibus en la última parada de Nové Město y caminó el resto del trayecto, subiendo por los senderos embarrados hacia las ruinas de la antigua fortaleza. La niebla aquí parecía más espesa, menos industrial.

Llegó a la casa de su tía abuela con la respiración entrecortada. Era una huida hacia lo irracional. Božena estaba en la cocina, un espacio pequeño que apestaba a repollo cocido y a la leña de pino que ardía en la estufa.

—¡Franz! —⁠La anciana se limpió las manos en el delantal, sorprendida⁠—. Můj chlapec . Tienes mala cara. ¿Esos médicos alemanes no te dejan dormir?

Franz se dejó caer en una silla de paja.

—No es el trabajo, teta . Es… una duda.

Sacó el pañuelo del bolsillo y lo puso sobre la mesa, pero no lo abrió.

—Necesito que me digas algo. Tú conoces la tierra mejor que nadie. Trabajaste en el campo antes de venir aquí.

Božena lo miró con curiosidad, sentándose frente a él.

—La tierra es tierra, Franz. Da trigo o da patatas.

—Esta es diferente —⁠dijo él, y desplegó el pañuelo.

La luz de la tarde iluminó el montoncito de arcilla roja y la esquirla de metal oxidado.

Božena entornó los ojos. Se inclinó para mirar. Franz esperaba una respuesta geográfica, que le dijera si era arcilla de Moravia o del sur.

Božena extendió la mano, pero se detuvo antes de tocarla. Frunció el ceño, como si viera un insecto venenoso.

—¿De dónde has sacado esto? —⁠preguntó, y su voz perdió la calidez de la bienvenida.

—De un paciente —⁠dijo Franz, omitiendo los detalles⁠—. Lo tenía en la mano. Murió… mal.

La anciana miró la tierra, luego a Franz.

—Esto es arcilla muerta. Demasiado roja. —⁠Hizo un gesto vago con la mano, incómoda⁠—. Parece tierra estéril, de esa donde no da el sol.

—¿Y el metal? —⁠preguntó él.

Božena entrecerró los ojos ante la esquirla oxidada.

—Hierro viejo. Podría ser de un arado, o de una reja. Está comido por el óxido. —⁠Se encogió de hombros⁠—. ¿Por qué traes basura de un muerto a mi mesa, chico? Eso trae desgracia. Las cosas de los muertos deben quedarse con los muertos.

Franz insistió, buscando algo más concreto, una certeza que pudiera llevarse al laboratorio.

— Teta , necesito saber si has visto tierra así antes. Si hay algún lugar cerca de Praga donde el suelo sea rojo.

—Hay muchos lugares, Franz. Pero ninguno que se sienta así. —⁠Se levantó de la silla, con visible agitación⁠—. Mi madre decía que hay cosas que se pegan a las manos y cosas que se pegan al alma. Esta tierra tiene mala sombra.

—Solo necesito saber qué es.

—¡Es suciedad! —⁠Božena agarró las tenazas de la estufa, movida por un impulso repentino de limpieza⁠—. Y la suciedad se quema.

—¡Espera! —⁠Franz intentó detenerla⁠—. ¡ Teta , es evidencia!

—¡En mi cocina entra lo que yo digo! —⁠Božena barrió el pañuelo con un trapo hacia su mano callosa y caminó hacia la estufa con decisión.

Abrió la portezuela de hierro y arrojó el pañuelo con la tierra y el metal a las llamas.

Franz se levantó, frustrado. Iba a protestar, a decirle que había destruido la única pista física que tenía, cuando el sonido lo detuvo.

En lugar del crepitar habitual de la tierra seca, la arcilla reaccionó con violencia al tocar el fuego. Hubo un siseo agudo, vibrante, idéntico al de un trozo de carne cruda cayendo en una sartén hirviendo. Sssss-iiiii .

Una columna de humo negro y denso salió de la boca de la estufa, inundando la cocina con un olor acre, metálico y orgánico a la vez.

Un olor a matadero viejo y a azufre. Las llamas parecieron ahogarse por un segundo, volviéndose de un color azulado y enfermizo antes de recuperar su fuerza con un rugido sordo.

Božena retrocedió, tropezando con la silla, persignándose sin parar.

— Prokletí —⁠susurró, con los ojos muy abiertos, mirando la estufa como la boca del infierno⁠—. ¿Lo has oído, Franz? La tierra hace ruido de piedra, no de animal.

Franz miraba el fuego, paralizado. Su mente científica buscaba explicaciones: ¿Grasas en la muestra? ¿Algún mineral volátil? Pero el sonido había sido casi vocal. Y el miedo que se le agarró al estómago no tenía nada de científico.

—¿Qué era eso? —⁠preguntó, y su voz temblaba.

—No lo sé —⁠dijo Božena, agarrando su rosario del delantal con manos temblorosas⁠—. Pero lo que sea que mató a ese chico dejó un rastro en esa tierra. Algo sucio.

La anciana se giró hacia él, y Franz vio un miedo puro en su rostro.

—Vete, Franz. Vuelve a tu hospital. Y reza. Porque lo que has traído aquí es antinatural. Y el hierro… el hierro viejo a veces se usa para atar. Si eso estaba en su mano… tal vez intentó sujetar algo que se soltó.

Franz salió a la tarde gris. El olor a azufre se quedó en su abrigo. Lo llevó consigo hasta el hospital.

Cuando entró al laboratorio, Erik levantó la vista del microscopio.

—Llegas tarde —⁠dijo, sin acritud⁠—. Y con cara de no haber comido. ¿Dónde has estado?

Franz dejó la cartera sobre la mesa de mármol y se quitó el abrigo. Lo colgó del perchero, pero el olor no se quedó con la prenda: cruzó el laboratorio antes que él. Erik lo notó cuando Franz pasó a su lado: un punzante a azufre, mezclado con algo más espeso que le hizo apartarse del microscopio.

—Hueles a fragua quemada. ¿Te has metido en una herrería?

Franz dudó. Lo había ensayado durante el camino: contar lo justo, sin la parte de la curandera, sin el rosario, sin las palabras checas que su jefe encontraría pintorescas y que él había llegado a respetar a pesar suyo. Pero estaba demasiado cansado para mentir bien.

—Llevé una muestra a una persona que conoce los suelos del campo —⁠dijo despacio⁠—. La tierra del puño cerrado del primer cadáver. La tenía guardada en un pañuelo.

Erik no contestó. Esperó. Era la pausa del médico que sabe que el paciente no ha terminado de hablar.

—La señora la tiró a la estufa antes de que pudiera impedírselo —⁠siguió Franz⁠—.

Y la tierra hizo un ruido al arder. No el ruido de la tierra.

Un chisporroteo, como carne cruda en una sartén.

El humo salió negro y la llama se puso azul un segundo.

Eso es lo que huele en mi abrigo. Lo respiré durante varios minutos antes de salir.

Erik se quedó un instante mirándolo. Luego se acercó al perchero, descolgó el abrigo y lo trajo a la mesa de trabajo. Lo dobló del revés y olió la tela del forro, donde el olor había quedado más concentrado. Frunció el ceño y se quedó así varios segundos.

—Hay algo aquí debajo del azufre —⁠dijo al fin⁠—. No sé qué es. Pero quiero compararlo. Mañana, cuando abramos al segundo cadáver, abre los pulmones y los senos paranasales antes que la cavidad. Si encuentras la misma nota, la apuntamos. Sin nombres todavía. Solo la nota.

Devolvió el abrigo al perchero, lo dejó del derecho y volvió al microscopio. Antes de inclinarse otra vez sobre el ocular, añadió, sin mirar a Franz:

—Y lávate. Si esa cosa reacciona con el fuego, no sabemos qué hace en una mucosa. Por hoy ya hemos terminado, Franz. Vete a casa.