Capítulo 10
La noche cayó sobre Praga con la pesadez de una sentencia.
En la Mansión Vránský, el silencio era una tregua frágil entre sus habitantes.
Karl Wagner se había retirado a su habitación, y Sophia se había encerrado en la suya, dejando la casa sumida en una quietud que amplificaba cada lamento de la madera.
Frederick Vránský se ajustó el cuello del abrigo frente al espejo del vestíbulo.
La imagen que le devolvía el cristal estaba fragmentada por las manchas de azogue viejo: un hombre alto, distinguido, pero con los ojos de un animal acorralado.
Se alisó el cabello plateado con mano temblorosa.
Necesitaba salir. La presión de las paredes, la mirada inquisitiva de su sobrina y la arrogancia prusiana de ese abogado le estaban asfixiando.
Abrió la puerta principal con cuidado y salió a la noche. El aire frío le golpeó la cara. No pidió que prepararan el carruaje; los sirvientes tenían ojos y lenguas. Caminaría.
El descenso desde Hradčany fue rápido. Frederick conocía los atajos, las escaleras estrechas que cortaban a través de los jardines en terrazas y desembocaban en las calles oscuras de Malá Strana.
Cruzó el Puente de Carlos. A esa hora, las estatuas de los santos eran solo siluetas negras contra el cielo gris.
Su destino estaba en la otra orilla, en el laberinto de callejones de la Ciudad Vieja, donde la arquitectura se volvía más densa y desordenada.
Se detuvo frente a una puerta baja, encajonada entre una taberna cerrada y un almacén de especias.
No había letrero, solo un símbolo tallado en la madera podrida: una balanza desequilibrada.
Llamó tres veces, hizo una pausa y luego cinco.
La mirilla no se abrió, pero el cerrojo se deslizó con un chasquido bien engrasado.
Frederick empujó la puerta y entró. No había humedad allí dentro; el aire estaba saturado de polvo secular, de papiro quebradizo y del hedor agrio de los productos químicos usados para taxidermia.
Estaba en la trastienda de un anticuario.
Estanterías abarrotadas de objetos que nadie en su sano juicio querría comprar: relojes sin agujas que marcaban horas muertas, instrumentos quirúrgicos oxidados y animales disecados que lo miraban con ojos de vidrio.
—Llegas tarde, Vránský —dijo una voz desde la oscuridad.
Un hombre estaba sentado detrás de un mostrador abarrotado, limpiando una lente con un paño de terciopelo. Era delgado hasta la emaciación, con una piel que parecía papel pergamino estirado sobre el cráneo.
—Tengo… complicaciones —respondió Frederick, quitándose el sombrero. Odiaba tener que dar explicaciones a este hombre, un simple intermediario—. El abogado alemán es meticuloso. Ha encontrado discrepancias en los planos. Quiere picar las paredes.
El hombre dejó la lente y levantó la vista. Sus ojos eran de un color indefinido, acuosos.
—Picar las paredes —repitió con desdén—. Eso sería… inoportuno. La estructura debe permanecer sellada hasta el momento preciso.
—Lo detuve —se apresuró a decir Frederick, notando cómo le temblaban las manos—. Gané tiempo. Pero no podré contenerlo mucho más. Necesita firmar mañana o traerá a un perito. Estoy… agotado. No duermo. Siento que pierdo el control de mi propia casa.
El anticuario lo observó en silencio, evaluando su estado físico: el sudor frío, la palidez, el temblor constante.
—Te veo débil, Frederick. La ansiedad es un mal consejero.
El hombre se giró hacia una estantería detrás de él. Apartó unos libros y sacó una botella de vidrio oscuro, sin etiqueta, cubierta de una fina capa de polvo gris. Tomó dos copas pequeñas de cristal tallado.
—Necesitas centrarte —dijo el anticuario, descorchando la botella. El líquido que vertió era espeso, de un rojo tan profundo que parecía negro a la luz de la lámpara—. Un brindis. Por el cierre del trato.
Frederick miró la copa.
—¿Qué es?
—Una añada de los Cárpatos —respondió el hombre con indiferencia—. Fuerte. Bueno para la sangre y los nervios. Te ayudará a dormir… o a despertar, según lo que necesites.
Frederick dudó un instante. Su garganta estaba pastosa, rasposa por los cigarros y la tensión. Necesitaba algo que calmara el martilleo en su pecho. Tomó la copa. El líquido era denso, girando despacio contra el cristal.
De la calle llegaba el eco amortiguado de unos cascos sobre adoquines mojados y el olor acre del carbón de las chimeneas colándose por las grietas de la piedra. La Ciudad Vieja a esa hora olía siempre igual: a combustión y a piedra que nunca termina de secarse.
—Por el trato —murmuró Frederick. Y bebió de un trago.
El sabor lo golpeó de inmediato. No era como ningún vino que hubiera probado. Tenía un gusto férrico, intenso y salado, con un fondo amargo que le hizo arrugar la nariz. Era como chupar una moneda vieja o morderse la lengua por accidente. Tosió, llevándose la mano a la boca, sintiendo una arcada.
—Dios… está avinagrado. Sabe a hierro.
—Es antiguo —dijo el anticuario, observándolo sin beber de su propia copa—. Tiene mucho cuerpo. Dale un momento.
Frederick se apoyó en el mostrador, esperando que la náusea pasara.
Pero lo que vino después no fue malestar.
Un incendio frío y eléctrico estalló en su estómago y se disparó hacia sus extremidades.
El temblor de sus manos cesó de golpe. Su visión, que había estado borrosa por la fatiga, se aclaró con una nitidez dolorosa.
Notaba que hasta los sonidos eran más cristalinos.
Se irguió, sorprendido por la repentina oleada de vigor. Se sentía… sólido.
—Mejor, ¿verdad? —preguntó el anticuario con una mueca que imitaba una sonrisa.
—Sí —dijo Frederick, mirándose las manos. Ya no parecían las manos de un viejo arruinado. Parecían las manos de otro, prestadas, capaces de algo que él no había decidido todavía—. Mucho mejor. Es potente.
—Llévaselo al abogado mañana. Que firme. Y si intenta mirar donde no debe… —El hombre se encogió de hombros—. Ahora tienes la fuerza para ser persuasivo.
Frederick asintió.
—Firmará —aseguró Frederick—. Me aseguraré de ello.
Salió a la calle. La niebla ya no le molestaba; el frío de la noche le resultaba indiferente, casi agradable contra su piel, que ahora ardía por dentro.
Caminó de vuelta hacia el puente con paso firme, sin la vacilación de la ida.
Mientras subía de nuevo hacia la colina de Hradčany, Frederick Vránský no se dio cuenta de que su sombra, proyectada por las farolas de gas sobre los adoquines, parecía moverse con una fluidez que no correspondía a la de un hombre de su edad.
A mitad de la subida, se detuvo bajo un farol.
El cansancio había desaparecido junto con el temblor de las manos.
Se había parado porque un gato callejero cruzó la calle frente a él y se quedó inmóvil.
El animal lo miraba desde el centro del adoquín con las pupilas dilatadas al máximo, el lomo arqueado, el pelo erizado.
No huyó. Se quedó paralizado. Frederick lo miró.
Notó, con una extrañeza distante y clínica, que podía oír el corazón del gato.
Cuatro metros de distancia, a través del aire frío, el latido del animal le llegaba con la claridad de un reloj de bolsillo.
Pum-pum. Pum-pum. Rápido. Asustado. El gato echó a correr.
Frederick siguió subiendo. Eso también lo anotó, aunque no supo en qué categoría archivarlo.
Todavía era Frederick Vránský. Pero ya empezaba a ser otra cosa: algo que aprendía a escuchar los latidos a través del aire frío.