Capítulo 9
Karl subió a la mansión desde el Registro a paso vivo.
La cuesta de Hradčany, que a primera hora le pareció una formalidad geográfica, ahora pesaba de otra manera.
En menos de una hora había oído lo suficiente para no poder ya fingir lo contrario: un médico con tres cadáveres drenados sobre la mesa de zinc, un sacerdote que sondeaba a desconocidos por el barón Vránský, una mención oscura a una oleada de desangrados en el invierno del sesenta y una cita en una sacristía para la noche siguiente.
Se había despedido de los otros dos con una cortesía seca y sin comprometerse a nada.
No había hecho falta: los tres sabían que irían.
Entró por la puerta de servicio sin quitarse el abrigo y pidió los planos del ala oeste.
La reunión se celebró en el estudio privado de Frederick. El aire estaba cargado con el tufo a tabaco rancio y a café fuerte. La luz de la mañana, filtrada por la niebla exterior, apenas lograba iluminar los rincones de la estancia, donde las sombras parecían haberse acumulado como polvo viejo.
Karl Wagner desplegó los planos arquitectónicos sobre el escritorio de roble. Frente a él, Frederick Vránský estaba sentado con una rigidez que pretendía ser autoridad. El barón tamborileaba los dedos sobre el brazo de su sillón, un ritmo errático que rompía el silencio de la sala.
Sophia ocupaba un asiento cerca de la ventana, con las manos enguantadas descansando sobre su regazo. Su rostro era una máscara de porcelana, impasible, observando la escena con una distancia cortés.
—Los contratos están listos para la firma preliminar, Herr Wagner —dijo Frederick, su voz un poco más alta de lo necesario—. Mi notario en Viena ha sido informado. Espero que podamos concluir este asunto hoy mismo.
Karl alisó el papel azul de los planos con la palma de la mano, tomándose su tiempo.
—La celeridad es una virtud, señor Vránský, pero la precisión es una obligación. Antes de proceder, debo señalar una irregularidad en la documentación técnica del ala oeste.
Frederick dejó de tamborilear.
—¿Irregularidad?
—He cotejado las mediciones exteriores del catastro con los planos interiores que usted me facilitó —explicó Karl, señalando una sección del mapa con su pluma—.
Las matemáticas no mienten. Hay una discrepancia de casi cuatro metros en el grosor del muro de cimentación.
O los planos originales son incorrectos, o existe un espacio no declarado en esta sección.
Sophia bajó apenas la cabeza y sus ojos oscuros pasaron del plano a la cara de su tío, ilegibles.
No eran ilegibles para ella. Frederick había reaccionado igual tres semanas antes, cuando el administrador de la finca mencionó de pasada que el nuevo fontanero necesitaría acceder al sótano oeste para revisar las cañerías.
Frederick lo había despedido esa misma tarde.
En aquel momento, Sophia lo había atribuido al mal humor de un hombre arruinado.
Ahora, viendo cómo los dedos de su tío dejaban de tamborilear en el preciso instante en que Karl mencionó los cimientos, supo que no era humor.
Guardó esa información en silencio. Era la tercera pieza. El administrador despedido. Las llaves de hierro en el cajón. Y ahora esto.
Frederick soltó una risa breve y áspera.
—Es una casa antigua, Wagner. Construida sobre ruinas medievales. Esos muros son contrafuertes, piedra sólida para evitar que la colina se trague la casa. No hay ningún «espacio». Solo roca y relleno.
—Es posible —concedió Karl, manteniendo el tono neutral—.
Pero mi cliente adquiere la estructura completa.
Un muro de ese grosor sin función estructural clara podría ocultar patologías: humedad, asentamientos, grietas internas.
Recomiendo una cata técnica. Un simple sondeo para verificar la solidez.
Se puso de pie de golpe y derribó una pila de papeles con el brazo.
—¡De ninguna manera! —exclamó, y por un instante, la máscara de nobleza se deslizó—. No permitiré que unos albañiles entren aquí a picar mis suelos históricos por un capricho burocrático. Esta casa ha estado en pie trescientos años sin sus «catas».
Karl lo observó con frialdad.
—Es una medida estándar de diligencia debida, señor Vránský.
—¡Es un insulto! —bramó Frederick, caminando hacia la puerta—. Si su cliente quiere la casa, la comprará como está. «Cuerpo cierto», creo que lo llaman ustedes. Sin agujeros. Sin espías. Redacte el contrato final con esa condición o lárguese a Berlín.
Frederick salió del estudio dando un portazo que hizo tintinear los cristales de la vitrina.
El silencio que siguió fue denso. Karl se quitó las gafas y las limpió con su pañuelo, dándose un momento para ordenar la escena. Sophia seguía en su silla, inmóvil.
—Su tío parece… muy apegado a la integridad de sus muros —comentó Karl, lanzando un anzuelo.
—Es un hombre de principios tradicionales —respondió ella. Su voz era velada, una defensa perfecta.
Karl se volvió hacia ella. Sophia seguía compuesta, pero había una tensión en sus hombros que no estaba allí antes.
—Señorita Vránský —dijo Karl, cambiando de táctica—. Perdone mi franqueza, pero hay algo que no encaja en esta transacción. Su tío tiene una prisa desesperada por vender. Habla de Viena como de la Tierra Prometida.
—Las deudas son… apremiantes —concedió ella, mirando por la ventana.
Abajo, Malá Strana yacía como una maqueta empapada.
Los tejados de teja roja desaparecían por capas en la niebla, y el Moldava se delataba solo por el frío húmedo que subía por la ladera.
Las campanas de San Nicolás marcaron la hora con esa resonancia grave que en Hradčany siempre llegaba con retraso, como si el sonido tuviera que escalar la colina.
—Mi padre murió en septiembre. De forma repentina.
—Sophia mantuvo la vista en el cristal—.
Cuando empeoró, la familia llamó a un especialista de Praga.
Un tal Schwartz, del Hospital General Imperial.
Llegó tarde. O eso nos dijeron. Supuse que era una coincidencia que el médico viniera de aquí. Ahora ya no estoy segura de nada.
—Sin duda. Pero si la mudanza es inminente… —Karl señaló las estanterías repletas de libros, los cuadros en las paredes, los objetos personales que abarrotaban el escritorio—. ¿Dónde están las cajas?
Sophia parpadeó, sorprendida por la pregunta. Miró a su alrededor, recorriendo la habitación con la mirada. Karl vio el momento exacto en que la comprensión golpeó a la joven. Sus ojos se detuvieron en el escritorio abarrotado, en los recuerdos familiares que seguían acumulando polvo en su sitio.
—Un hombre que planea irse mañana ya habría empezado a empacar —continuó Karl, implacable—. No he visto ni un solo baúl en el vestíbulo. Ni una funda en los muebles. Todo sigue en su sitio.
Sophia mantuvo un mutismo tenso. La observación del abogado era irrefutable. Karl vio cómo la duda cruzaba su rostro, agrietando un poco su fachada.
—Tal vez piensa dejarlo todo —dijo ella al cabo, con una voz carente de convicción.
—Nadie deja todo, señorita. Siempre hay papeles, recuerdos. —Karl se acercó al escritorio y recogió sus documentos—. Su tío vende la casa, sí. Pero su comportamiento es el de alguien que se atrinchera.
Karl cerró su maletín con un chasquido tajante.
—Redactaré el contrato con la cláusula de exención que pide. Ganaremos un día. Pero le aconsejo que, si en serio planean irse a Viena, empiece usted misma a hacer las maletas. Porque tengo la impresión de que su tío no tiene ninguna intención de llamar a los mozos de mudanza.
Se dirigió a la puerta, pero se detuvo con la mano en el pomo.
—Ese muro del ala oeste… si yo fuera usted, no me acercaría mucho. La «piedra sólida» no suele poner a los hombres tan nerviosos.
Karl salió, dejándola sola en el estudio.
Sophia se quedó sentada un largo rato, escuchando el eco de los pasos del abogado alejarse.
Miró el escritorio de su tío, el desorden de una vida que no parecía estar preparándose para partir.
Luego, su mirada se desvió hacia los planos enrollados.
Karl Wagner tenía razón. Frederick no estaba haciendo las maletas. Frederick no se iba a ir.
Se levantó y caminó hacia la estantería. Rozó con los dedos los libros polvorientos. Si su tío no se iba, ¿para qué quería el dinero? ¿Y qué era tan vital en ese muro oeste que valía más que su propia salvación financiera?
A Sophia se le secó la boca. Por primera vez, tuvo la certeza de que la venta era una farsa. Una pantalla de humo para financiar algo que ocurría en el silencio de esos «muros de carga». Y ella estaba atrapada dentro.
No era una manera de hablar. A los veintidós años seguía siendo, para la ley imperial, menor de edad bajo la tutela de su tío: sin un florín propio, sin más techo que el suyo, sin un solo pariente vivo a quien acudir.
Irse a pie por la cuesta de Hradčany habría servido de poco: una mujer sin dinero ni nombre, a quien cualquier gendarme devolvería a esta misma puerta antes del anochecer.
Y preguntarle a Frederick a la cara qué guardaba en aquel muro era el modo más rápido de averiguar qué hacía su tío con la gente que sabía demasiado.
Le quedaba una sola vía, la más lenta y la única suya: mirar, entender y no dejar que él supiera nunca que lo miraba.
Pero no sin recursos. Tenía las piezas. Solo le faltaba el plano.
MEMORANDO CONFIDENCIAL
PARA Herr Hubertus Schneider, Socio Director, Bufete Schneider & Preuss, Berlín.
DE Karl Wagner, Abogado Asociado.
UBICACIÓN ACTUAL Mansión Vránský, Hradčany.
FECHA 13 de noviembre de 1880.
ASUNTO Informe Preliminar sobre la Gestión de Activos en Praga — Cliente «Praetor».
Estimado Herr Schneider:
La revisión de la Mansión Vránský avanza según lo previsto.
El propietario, el Barón Frederick Vránský, se muestra cooperativo aunque nervioso.
No hay impedimentos legales que comprometan la firma.
Sin embargo, el propósito de este memorando es alertarle de ciertas peculiaridades operativas que, en mi opinión profesional, merecen su atención antes de que procedamos.
Recomendación
Legalmente, nuestra posición es sólida. Cada transacción está documentada y los contratos se redactan con la precisión habitual.
No obstante, la suma de estas excentricidades me obliga a recomendar cautela superior a la habitual.
El anonimato de «Praetor» y la comunicación solo a través de intermediarios nos sitúan en una posición de ignorancia estratégica considerable.
Mi instinto profesional me indica que no estamos gestionando una consolidación ordinaria de patrimonio.
Procederé con la debida diligencia, pero sugiero que nos ciñamos a nuestro mandato legal.
Continuaré informándole.
Atentamente,
Karl Wagner
Schneider & Preuss