Capítulo 8
La oficina del Registro Civil olía a polvo de archivo y cera de lacre.
Karl Wagner esperaba frente al mostrador impaciente: estaba acostumbrado a que la burocracia funcionara a su ritmo, no al revés.
Necesitaba confirmar la titularidad histórica de la Mansión Vránský antes de proceder con la transferencia.
Una simple formalidad que, en Berlín, habría tomado veinte minutos.
Llevaba allí una hora.
El funcionario, un hombre de bigote gris y expresión de hastío perpetuo, hojeaba legajos con una lentitud que parecía vengativa.
—«Vránský, Vránský…» —murmuró primero en checo, sin levantar la vista. Desde enero, la nueva ordenanza imperial le daba ese derecho. Karl lo sabía. Lo encontraba irritante de todas formas. El hombre cambió al alemán con la misma lentitud calculada—. Muchos Vránský. ¿Cuál era la dirección?
Karl reprimió un suspiro.
—Hradčany. Distrito del castillo. La mansión es inconfundible, es la más grande del…
—Ah, sí. —El funcionario levantó la vista con una expresión que Karl no supo interpretar—. Esa casa.
Hubo algo en el tono. El funcionario había reconocido el nombre, sí, pero de la manera en que se reconoce algo que uno preferiría no haber recordado.
—¿Hay algún problema con la propiedad? —preguntó Karl.
—No, no. Ningún problema legal. —El hombre cerró el legajo con un golpe seco—. Solo que no es la primera vez que alguien pregunta por esa casa esta semana.
—¿Quién más ha preguntado?
—Un sacerdote. Lleva semanas viniendo. Pregunta por registros de defunciones vinculadas a esa dirección en los últimos veinte años.
Antes de que Karl pudiera encajar esa información, la puerta de la oficina se abrió con brusquedad.
Entró un hombre joven con levita manchada y gafas redondas, cargando una carpeta de cuero bajo el brazo.
Tenía el aspecto de quien ha pasado la noche en vela: ojeras profundas, barba de dos días, mirada febril.
—Necesito acceso a los registros de inhumaciones del cementerio de Olšany —dijo el recién llegado al funcionario, sin saludar—. En concreto, exhumaciones no autorizadas en el último mes.
El funcionario suspiró con teatralidad.
—Doctor Schwartz, ya le dije ayer que esos documentos requieren autorización del Hospital General.
—Tengo la autorización. —Erik Schwartz arrojó un papel sellado sobre el mostrador—. Y tengo prisa. Hay tres cadáveres más esta mañana, drenados hasta los capilares.
Karl se giró hacia el médico, alarmado a su pesar.
—¿Drenados? —repitió—. ¿Qué quiere decir con eso?
Erik lo miró por primera vez, evaluándolo con esa mirada profesional de médico habituado a diagnosticar a desconocidos.
—¿Y usted es?
—Karl Wagner, abogado. Disculpe la intromisión, pero ¿ha dicho que los cuerpos están vacíos de sangre?
—Casi vacíos. Hipovolemia compatible con exanguinación masiva, pero sin la herida que la justifique ni el hematoma que indicaría hemorragia interna.
Ni un charco, ni un coágulo, ni una rotura vascular significativa.
La sangre falta y no sé por dónde se ha ido.
Eso es lo que no encaja con ningún caso clínico que yo haya visto ni leído.
Por eso estoy aquí, buscando precedentes administrativos antes de que la histeria popular convierta esto en una caza de brujas.
El funcionario dejó escapar una risa nerviosa.
—Demasiado tarde para eso, doctor. La gente ya está hablando. Mi cuñado trabaja en el hospital y dice que…
—Lo que dice la gente es irrelevante —cortó Erik—. La ciencia se basa en hechos, no en chismes.
—A veces los chismes señalan patrones que los hechos aislados no muestran —dijo una voz desde la entrada—. Yo no descartaría tan rápido lo que dice la gente, doctor.
Los tres hombres se giraron. En el umbral, con sotana negra y expresión grave, estaba el Padre Gabriel. Sostenía un cuaderno de notas y tenía la mirada fija en Karl con una intensidad incómoda.
—Disculpe la familiaridad —dijo Gabriel, dirigiéndose a Karl con un tono de estudiada cortesía—. Lo vi cruzar la plaza ayer por la tarde. Conozco a casi todo el mundo en Malá Strana, y los rostros nuevos llaman la atención.
Karl sintió una oleada de irritación defensiva.
—Karl Wagner. Estoy alojado en Hradčany de momento, por motivos profesionales. ¿Algún problema?
—Ningún problema —dijo Gabriel con suavidad—.
Solo curiosidad pastoral. Como decía el doctor, la gente está hablando estos días, y a uno le interesa saber quién entra y sale del barrio.
—Hizo una pausa, y añadió, sin levantar la voz—: ¿Tendría inconveniente, los dos, en acompañarme un momento fuera?
Necesitaría comentarles algo que no es asunto de oficina.
Hubo un breve silencio. Erik miró al sacerdote con fastidio profesional.
—Padre, con todo respeto, tengo tres autopsias que practicar antes del mediodía.
—Doctor Schwartz. —Gabriel pronunció el nombre con cuidado, registrando que ya lo conocía—. Le ofrezco cinco minutos a cambio de algo que puede ahorrarle un día de trabajo en los archivos del hospital. ¿Le parece un mal trato?
Erik lo miró un instante más. La carpeta de cuero pesaba bajo su brazo. Había pasado la noche sin dormir y la propuesta de un atajo, viniera de quien viniera, le pareció menos absurda de lo que habría aceptado nueve horas antes.
—Cinco minutos.
Karl recogió su carpeta del mostrador sin decir una palabra. El funcionario los miró salir con una avidez mal disimulada y se inclinó de nuevo sobre sus legajos.
Fuera, en la pequeña plaza adoquinada que separaba el Registro Civil de los soportales del antiguo ayuntamiento, el aire frío recortaba el aliento.
Gabriel los condujo bajo los soportales, donde el ruido del mercado era suficiente para tapar una conversación sin que dos hombres a tres pasos pudieran seguirla.
—Disculpen el secreto —empezó Gabriel, sin sacar el cuaderno del bolsillo, las manos juntas dentro de la sotana—. El funcionario tiene cuñado en el hospital y boca larga. Lo que les voy a preguntar, prefiero que no salga de los tres.
Gabriel sostuvo la mirada de Erik antes que la de Karl. Eligió primero al hombre cuya respuesta no podía manipularse.
—Doctor, esos cuerpos drenados que ha mencionado: ¿alguno aparecía en el Hospital General hacia finales de 1860? Le pregunto por el archivo, no por su memoria. Usted no ejercería aún en Praga, entonces.
Erik no se movió. Era una pregunta concreta, no especulativa, y eso la hacía profesionalmente intolerable de ignorar.
—No lo recuerdo de memoria —dijo despacio—. Pero sí recuerdo haber visto una caja en el sótano, con etiqueta de invierno del sesenta, sellada por el doctor Dittl en persona. Nunca la abrí. ¿Por qué pregunta esa fecha?
—Eso prefiero contárselo en otro lugar. Solo le diré que aquel invierno hubo gente en el barrio que se desangró sin herida, igual que estos cuerpos suyos.
Y que los registros se cerraron de un día para otro cuando murió cierta persona en la casa de Hradčany.
—Gabriel se volvió ahora hacia Karl—. Y a usted, señor Wagner, una pregunta más franca, si me lo permite.
El barón Frederick Vránský: ¿le ha causado alguna impresión que un abogado prudente debiera dejar por escrito?
Karl no contestó. La ley le prohibía hablar de un cliente con un tercero, y la formulación del cura, de una precisión irritante, parecía conocer ese límite y bordearlo a propósito.
Pero la pregunta no exigía traición: exigía solo el reconocimiento de que la pregunta tenía sentido.
Karl pensó en la mancha de tinta. En el cochero que no se acercaba.
En el candado nuevo del almacén. En el sótano sellado con plomo donde había oído algo respirar.
—No puedo discutir a un cliente —dijo al fin—. Pero no rechazo la pregunta.
Era casi un sí. Gabriel lo registró sin satisfacción, como se registra un síntoma que ya se esperaba.
—Caballeros, no les voy a pedir que me cuenten nada hoy.
Les voy a pedir que vengan a mi iglesia mañana por la noche, después del toque de queda.
La sacristía es tranquila y las paredes son gruesas.
Cada uno de ustedes ha visto un fragmento de algo.
Yo tengo otro fragmento. Por separado parecen tres historias inconexas.
Quizá no lo sean. Si me equivoco, habrán perdido una hora; si no me equivoco, sabrán por qué les dije que vinieran.
Erik miró su reloj de bolsillo con un gesto mecánico, y luego al cura, y luego al abogado prusiano que tenía al lado.
—¿San Nicolás de Malá Strana?
—La misma. Entren por la puerta lateral del patio. Estará abierta a las nueve.
Karl asintió con la economía del que toma una decisión que aún no se ha permitido examinar.
Erik soltó algo entre suspiro y resoplido y se marchó hacia la calle del Hospital General sin despedirse.
Karl se quedó un momento más, mirando la silueta verde de la cúpula que se recortaba a lo lejos contra el cielo gris.
—Padre, una cosa —dijo Karl, en voz baja—. ¿Por qué nos pregunta a nosotros y no a la Gendarmería?
Gabriel lo miró con una sonrisa breve y sin alegría.
—Eso también se lo cuento mañana, señor Wagner.
Tres hombres distintos. La misma casa. El mismo momento. Karl se subió el cuello del abrigo y echó a andar hacia Hradčany.
El funcionario del registro, olvidado en su mostrador, se persignó en silencio.
K.K. POLIZEIDIREKTION PRAG
(Dirección de Policía Imperial — Distrito I y II)
TURNO DE GUARDIA Noche del 12 al 13 de noviembre.
OFICIAL AL MANDO Sargento Vodička.
RESUMEN DE INCIDENCIAS
23:15 — Puente de Carlos: Un ciudadano denuncia haber visto cómo arrojaban «bultos grandes» al río desde una barcaza sin luces.
La patrulla fluvial investigó. No se encontraron cuerpos, solo restos de cajas de madera y paja flotando.
Se asume contrabando menor o vertido ilegal de basura. No se abre expediente.
01:30 — Calle Ostruhová: Quejas por disturbios en la residencia de la viuda Jelinek.
La anciana afirma que su hijo, fallecido de tisis hace tres días, estaba «golpeando la ventana» desde el exterior pidiendo entrar.
Al llegar la patrulla, no había nadie. La viuda estaba en estado de alteración nerviosa severa.
Se recomienda asistencia clerical. Causa probable: Histeria femenina / Exceso de láudano.
02:15 — Calle Ostruhová, nº 14: Hallado el cuerpo de Tomáš B.
, panadero, 44 años. Encontrado por su esposa en el patio trasero.
Sin signos de violencia externa. Palidez extrema.
El médico de guardia certifica paro cardíaco por anemia aguda.
La esposa insiste en que «algo le vaciaba por las noches» y que llevaba semanas sin comer.
Causa probable: Agotamiento crónico / Cardiopatía no diagnosticada. No se abre expediente.
03:45 — Cementerio de Olšany (Perímetro Norte): El guarda nocturno reporta profanación. Dos tumbas recientes (parcela de indigentes) han sido removidas. La tierra estaba esparcida hacia afuera, como si hubieran cavado desde el interior.
Nota del Oficial: Quizá ladrones de cadáveres para las facultades de medicina o perros salvajes. Se han reforzado las rondas.
05:10 — Muelle de Halar: Hallado el cuerpo de un estibador (Václav R.).
Desaparecido hace tres días. El cuerpo apareció encajado bajo los pilotes del muelle.
Estado de descomposición avanzado e inusual para las bajas temperaturas (hinchazón, olor fétido).
La piel presenta marcas necróticas extensas de origen desconocido, con aspecto de quemadura en frío, incompatibles con traumatismo por agua o exposición térmica convencional. Se descartan causas ambientales.
Dictamen: Accidente laboral / Ahogamiento. Caso cerrado.
OBSERVACIONES GENERALES La niebla, más densa de lo común, está facilitando la actividad criminal.
Se reporta un aumento del 40% en denuncias de «personas desaparecidas» en los barrios bajos en la última semana.
El Comisario exige resultados, no cuentos de viejas.
Se recomienda a los ciudadanos evitar el tránsito nocturno sin compañía en los distritos de Malá Strana y Hradčany hasta nuevo aviso. Medida preventiva no vinculante.
Sgto. J. Vodička