Capítulo 7
Esa mañana Karl había dejado la mansión.
Una noche bajo el techo de un cliente era cortesía aceptable; dos habrían sido una familiaridad que su sentido profesional no toleraba, y además quería un sitio neutral donde pensar sin que las paredes escucharan.
Había tomado una habitación en el Zlatá Hvězda, en Staré Město, aunque el trabajo lo obligara a volver a Hradčany cada día.
La cafetería del hotel estaba casi vacía.
Un viajero de comercio dormitaba sobre un vaso de vino en la mesa del fondo.
El camarero, un checo joven con mandil blanco, pulía copas detrás del mostrador con la concentración de quien hace eso desde hace horas y no espera que cambie nada.
Karl había pedido café y no quería nada más.
Tenía la carpeta de cuero abierta sobre la mesa: el contrato de custodia, la copia que había pedido a Frederick antes de que la tinta secara, las notas del día.
Llevaba una hora con los mismos tres folios.
Los papeles decían lo que decían, y lo que decían no tenía explicación jurídica que le satisficiera.
El problema no era la forma. Esta era impecable: cláusulas equilibradas, lenguaje técnico correcto, firma legítima.
El problema era la sustancia. Una custodia que, en vez de propiedad, transfería una obligación de alojamiento.
Una duración sin límite temporal. Un cedente cuyo nombre, Praetor, no aparecía en ningún registro mercantil del Imperio que Karl hubiera consultado esa tarde.
Karl anotó en el margen: Cedente sin registro. Duración indefinida. Fecha de origen incompatible con continuidad jurídica ordinaria. Verificar: ¿existe precedente de custodia hereditaria en el derecho bohemio medieval?
Levantó la vista.
El hombre estaba sentado frente a él.
No había oído pasos. No había oído la silla. El hombre estaba ahí, con las manos anchas apoyadas sobre la mesa, mirándole con una atención más callada y más paciente que la curiosidad.
Karl lo miró. La cara era fuerte, con un perfil que avanzaba hacia delante, cejas oscuras y espesas casi unidas sobre la nariz.
La piel muy pálida, del tipo que en los documentos médicos de los que Karl había tenido que ocuparse como abogado se describía como palidez de origen constitucional .
Las manos: anchas, con los dedos cortos y las uñas algo más largas de lo que dictaba la moda.
El traje: correcto hasta el punto de que uno tardaba en recordar el color.
— Herr Wagner —dijo el hombre. Hablaba un alemán culto, sin acento regional reconocible, sin entonación de pregunta.
Karl cerró la carpeta. Con calma. La misma calma con que había aprendido en quince años de bufete a cerrar expedientes cuando un cliente pronunciaba algo que no debería saber.
—Está usted en ventaja —dijo Karl.
El hombre bajó apenas la cabeza. Lo hizo como quien reconoce un hecho, no como quien concede algo.
—He leído su correspondencia con el bufete —dijo—. Schneider tenía, en cambio, la atención del que oye en las campanas algo que Karl no oía.
—¿Puedo preguntarle —dijo Karl cuando cesaron— qué interés tiene en hablar conmigo?
El hombre volvió la vista hacia él.
—Usted es un hombre metódico —dijo—. Va a seguir tirando del hilo. Es comprensible. Es, dentro de sus términos, correcto. —Una pausa—. No le pido que deje de hacerlo.
Karl lo miró.
—¿Qué me pide?
—Nada. —El hombre se puso de pie. El movimiento fue silencioso hasta el punto de que Karl no registró cuándo había ocurrido: un momento estaba sentado y el momento siguiente estaba de pie, sin que hubiera sonido de madera ni de ropa ni de ninguna de las cosas que produce un cuerpo al levantarse—.
Solo le digo esto: cuando haya terminado de reunir lo que va a reunir, que el expediente llegue a manos de alguien de confianza.
Alguien fuera del continente, quizás. La distancia tiene utilidad para este tipo de documentos. Preserva la perspectiva.
Dicho con naturalidad. Con el tono de quien da a alguien más joven un consejo de procedimiento.
Se inclinó un poco. Y salió de la cafetería.
Karl no se giró a mirarlo marchar. Esperó a que llegara el sonido de los pasos cruzando el suelo de madera.
No llegó ningún sonido.
Al cabo de un momento, Karl llamó al camarero.
—El caballero que estaba sentado frente a mí —dijo—. ¿Cuándo entró?
El camarero lo miró. Después, la silla vacía. Volvió a mirar a Karl con la expresión de alguien que intenta ser honesto y no encuentra el material para serlo.
— Herr —dijo—. Desde que usted llegó, no se ha sentado nadie en esa mesa.
Miró la silla. La observó durante el tiempo que tarda un abogado en aceptar que un documento dice lo que dice aunque no deba decirlo.
Después abrió la carpeta. Pasó al último folio en blanco. Anotó con letra pequeña:
12 nov. Cafetería hotel. Hombre: cara fuerte, cejas juntas, piel pálida, manos anchas. Habla alemán culto, sin acento regional. Lee la correspondencia del bufete. No está en el espejo. Sin pasos al entrar ni al salir. El camarero no lo vio.
Dice: el cedente precede a la convención jurídica.
Dice: expediente a manos de alguien fuera del continente. ¿Por qué fuera del continente? ¿Qué sabe del expediente que yo voy a reunir?
Cerró la carpeta. Pagó el café y la consulta al camarero con una propina que era el doble de lo habitual, que era lo que Karl hacía cuando necesitaba que alguien recordara haberle atendido aunque fuera solo a él.
Subió a su habitación. Se sentó en el borde de la cama con el abrigo puesto.
Había un tren a Berlín a las seis cuarenta de la mañana. Karl lo sabía porque había consultado el horario al llegar, por hábito profesional, antes incluso de deshacer el equipaje.
Estuvo sentado quince minutos en el borde de la cama.
Después se quitó el abrigo, lo dobló sobre la silla, y se tumbó sin desvestirse, con los ojos abiertos en el techo de yeso, pensando en la palabra expediente dicha por alguien que no debería saber que iba a haber un expediente.
A las seis cuarenta, el tren salió de Praga sin Karl Wagner.