Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 6
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Capítulo 6

Gabriel corrió hasta que el aire helado de la noche le quemó los pulmones.

No se detuvo al salir del callejón de los Kovář, ni al cruzar la plaza desierta donde la estatua de la Virgen le dio la espalda.

Solo frenó su carrera cuando las puertas de hierro de la iglesia de San Nicolás se cerraron tras él con un estruendo que sacudió la nave vacía.

Se desplomó en el primer banco, con la respiración entrecortada y las manos aferradas al respaldo de madera pulida hasta que sus nudillos blanquearon. Estaba en la casa de Dios, en teoría a salvo.

Levantó la vista hacia el altar mayor. El Cristo crucificado pendía en las sombras, con su expresión de eterno sufrimiento.

Gabriel había dedicado su vida a predicar la fortaleza del espíritu, la victoria de la luz.

Pero lo que había visto en los ojos de Ludmila Kovář no era una prueba espiritual; era una aberración física y voraz.

Su agua bendita, su estola, sus oraciones habían resultado ser herramientas romas contra una bestia que se reía de los ritos.

—Protégelos —⁠imploró, y su voz sonó frágil en la inmensidad vacía.

Se miró las manos. El temblor era incontrolable.

El crucifijo había funcionado, sí, pero Gabriel no podía sacudirse la sensación de que la cruz había obrado casi por su cuenta, a pesar de la pobreza de fe con que él la sostenía.

El hierro estaba bendecido; el hombre que lo empuñaba, no tanto. Había ganado tiempo, no la batalla.

Caminó hacia la sacristía con pasos pesados.

Se quitó la estola morada con lentitud, doblándola con un cuidado mecánico, intentando aferrarse a la rutina para no desmoronarse.

Su mente regresó sin remedio a aquella noche de hacía veinte años.

El jardín de la casa familiar. Su hermana Eliska.

La figura pálida de espaldas junto a la tapia.

Durante décadas, se había obligado a creer que fue una alucinación nacida del dolor.

Pero la presencia en la habitación de Ludmila, esa presión eléctrica y maliciosa en el aire, tenía el mismo sabor metálico.

No estaba loco. Y si el mal que se había llevado a Eliska había vuelto, o nunca se había ido, las oraciones del Breviario no bastarían para detenerlo. Necesitaba entender a qué se enfrentaba, aunque el mero intento fuera un pecado.

Esperó al amanecer sentado en la oscuridad de la sacristía, velando sus propias dudas.

Cuando la primera luz grisácea del día tocó los vitrales, Gabriel se cambió la sotana por un abrigo largo y oscuro y se puso un sombrero de ala ancha que ensombrecía su rostro.

No quería ser reconocido. Caminó hacia la Ciudad Vieja, hacia un callejón estrecho detrás del Carolinum donde recordaba una librería de antigüedades que en el seminario se mencionaba solo para advertir sobre la circulación de textos apócrifos.

Nunca había cruzado su umbral, pero sabía que existía.

El escaparate de Ignaz estaba sucio, abarrotado de mapas descoloridos y volúmenes que parecían deshacerse al tacto. Gabriel empujó la puerta y una campanilla oxidada anunció su llegada.

El interior olía a papel viejo y tabaco rancio.

El librero, un hombrecillo con gafas gruesas y dedos manchados de tinta, levantó la vista desde el mostrador.

En la pared detrás de él, entre dos estanterías, colgaba una pequeña mezuzá de plata desgastada, tan discreta que solo quien supiera buscarla la encontraría.

Sus ojos recorrieron la figura de Gabriel, deteniéndose un instante en el alzacuellos apenas visible bajo la bufanda, y volvió a su libro de cuentas sin decir nada, aunque Gabriel notó cómo lo seguía observando por encima de las lentes.

Gabriel se adentró en el laberinto de estanterías. Caminaba despacio, rozando los lomos de cuero con la mirada. No sabía bien qué título buscaba, pero sabía la materia. Pasó por secciones de historia natural, de filosofía, de teología ortodoxa. Nada de eso le servía.

Se adentró más hacia el fondo, donde las sombras se espesaban y los libros parecían más antiguos, menos ordenados. Allí, en un estante bajo, apartado de la vista casual, sus ojos se detuvieron en un grupo de volúmenes encuadernados en piel oscura, sin títulos dorados en el lomo.

Se agachó. Su mano se movió casi por instinto hacia uno de ellos. Era grueso, pesado. Al tocarlo, sintió una repulsión natural, el rechazo de su formación contra lo profano, pero su necesidad era mayor. Lo extrajo con cuidado.

Lo abrió al azar. Los grabados eran explícitos: anatomías grotescas, figuras que no pertenecían a la creación divina, rituales olvidados.

El texto estaba en un latín denso y arcaico, mezclado con glosas en un alemán antiguo y fragmentos de griego.

Gabriel leyó un encabezado: De Daemonibus et Eorum Potentia.

El texto era confuso, mezclando leyendas de Valaquia y Moravia.

Hablaba de almas impuras, de personas nacidas con condiciones que las predestinaban a volver.

Describía una naturaleza dual: «Dos corazones laten en el pecho del maldito; uno muere, el otro despierta».

Mencionaba una sed cuyo objeto no era el agua.

Era vis vitalis , la fuerza de la vida, a menudo tomada a través de la sangre.

Gabriel pasó las páginas deprisa, queriendo cerrar el libro pero incapaz de dejar de mirar. Su dedo rozó un grabado de un cuerpo saliendo de la tierra con dos corazones dibujados en el pecho. Cerró el libro de golpe. El corazón le martilleaba contra las costillas. Era ese. No necesitaba leer más.

Caminó hacia el mostrador y depositó el volumen sobre la madera. El librero acercó la cara al libro y lo miró. Una ceja se arqueó con sorpresa. Luego, levantó la vista hacia Gabriel.

—Un texto… pesado, para un hombre de su investidura —⁠dijo Ignaz, tamborileando los dedos sobre la cubierta desgastada⁠—. Rara vez vendo esto a quienes visten de negro. Suelen preferir quemarlos.

Gabriel mantuvo el rostro impasible.

—Estoy realizando un estudio sobre supersticiones locales. Para refutarlas, por supuesto.

El librero soltó una risa suave, quebradiza, que indicaba que no se creía una palabra, pero que respetaba el juego.

—Por supuesto. Refutarlas. Es un volumen raro, padre. Contiene grabados que ya no se imprimen. El precio es acorde a su rareza… y a su contenido.

—Pagaré lo que pida —⁠dijo Gabriel, sacando su bolsa de monedas con una precipitación que delataba su ansiedad.

Ignaz lo evaluó en silencio, no solo el dinero sino al hombre.

—Bien —⁠dijo el librero, cambiando a un tono profesional⁠—. Pero como vendedor honesto, le diré: es un libro antiguo. El latín es denso y las historias se te meten en la cabeza.

—Me llevaré el libro —⁠cortó Gabriel.

Pagó el precio sin regatear. Ignaz envolvió el libro en papel marrón con gestos rápidos y se lo entregó. Al hacerlo, sus dedos rozaron los de Gabriel y el librero sostuvo la mirada un segundo más de lo necesario.

—Que encuentre lo que busca… o que no lo encuentre —⁠dijo Ignaz con ambigüedad.

Gabriel salió de la tienda con el volumen apretado contra su costado, oculto bajo el abrigo.

La ciudad parecía la misma, pero él se sentía marcado.

Regresó a Malá Strana caminando rápido, con la cabeza baja, sintiéndose observado por cada estatua, por cada transeúnte.

Llegó a la modesta rectoría anexa a San Nicolás, cerró la puerta y echó el cerrojo con manos torpes.

Puso el libro sobre la mesa, aún envuelto. No se atrevió a abrirlo de nuevo. Se sentó frente a él, respirando con dificultad. ¿Qué estaba haciendo?

Un golpe contundente en la puerta de la calle lo hizo saltar de la silla. Gabriel miró el libro con pánico. Lo tomó y lo escondió bajo el colchón de su camastro, alisando la manta con nerviosismo. Se pasó una mano por el pelo, intentando componer su aspecto, y bajó a abrir.

Era Jaroslav. El carpintero conocía la puerta lateral de la rectoría como cualquier feligrés de San Nicolás que llevara años en el barrio.

Estaba empapado, temblando de frío y de terror, con la ropa manchada de barro y los ojos inyectados en sangre por la falta de sueño.

Parecía haber envejecido diez años en una noche.

—Se ha ido, padre —⁠gimió Jaroslav, su voz quebrándose antes de romperse en un sollozo ahogado⁠—. Ludmila no está.

Gabriel lo agarró por el brazo y lo metió en el zaguán, cerrando la puerta a toda prisa.

—¿Qué ha pasado? ¿Ha fallecido? —⁠preguntó, aunque en su interior temía una respuesta peor.

Jaroslav negó con la cabeza una y otra vez, las lágrimas surcando la suciedad de su rostro.

—No. Esta mañana, al amanecer, cuando me atreví a entrar… la cama estaba vacía. Las cuerdas estaban rotas, padre. Reventadas como hilo de coser. Y la ventana… había arrancado los tablones.

Gabriel sintió que las piernas le fallaban. Se apoyó en la pared del pasillo.

—¿La has buscado?

—No me atreví a salir hasta que hubo luz —⁠confesó Jaroslav, avergonzado⁠—. Pero anoche, antes de que se hiciera el silencio… ella hablaba. A través de la puerta. Con esa voz que no era la suya. Decía que tenía sed. Que la casa se le quedaba pequeña.

Gabriel cerró los ojos. Ludmila Kovář estaba suelta en Praga. Y lo que habitaba en ella tenía hambre.

—Vete a casa, Jaroslav —⁠dijo Gabriel, su voz carente de la autoridad pastoral habitual⁠—. Cierra todo. Asegura las ventanas. No abras a nadie si no es a plena luz del día.

—¿Y usted, padre? ¿Qué vamos a hacer?

Gabriel pensó en el libro escondido. Pensó en las atrocidades que describía como remedios. No podía decirle a ese hombre roto que quizás tendría que clavarle una estaca a su esposa. No tenía el valor. Ni la certeza.

—Voy a orar —⁠mintió Gabriel, sintiendo el peso del pecado en su lengua⁠—. Y voy a buscar consejo. Mantente a salvo, Jaroslav.

Cuando el carpintero se fue, Gabriel subió de nuevo a su habitación. Se sentó en el borde de la cama, sintiendo el bulto duro del libro bajo el colchón. No se sentía un guerrero. Se sentía un náufrago. Miró el crucifijo en la pared. Parecía pequeño, distante.

—¿Qué hemos despertado? —⁠preguntó a la habitación vacía.

Y por primera vez, tuvo miedo de que la respuesta estuviera justo debajo de él, esperando a ser leída.