Capítulo 5
La casa del carpintero era una estructura modesta de dos plantas, encajonada entre dos edificios más altos que la privaban de luz incluso a mediodía. Ahora, en la oscuridad de la noche, parecía una boca negra abierta en la fachada de la calle.
Gabriel se detuvo en el umbral. Jaroslav abrió la puerta con una llave pesada de hierro, sus manos temblando tanto que el metal repiqueteó contra la cerradura.
—Está arriba —musitó el hombre, como si temiera que su voz pudiera despertar a algo más que a su esposa.
El interior estaba helado, mucho más que la calle. Era el frío de los espacios que algo ha vaciado de calor con una intención que el viento no tiene. Gabriel notó que las ventanas de la planta baja estaban cubiertas con tablones, convirtiendo la casa en un cajón hermético.
Subieron la escalera de madera, que crujía bajo sus pasos como huesos secos.
Jaroslav se detuvo frente a la puerta del dormitorio principal.
Había reforzado el marco clavando tablas transversales.
En lugar de cerradura, había pasado una cadena gruesa alrededor del pomo, asegurada con un candado.
Sobre la madera, alguien había dibujado con torpeza una cruz con carbón.
—No la escuche, padre —suplicó Jaroslav, con los ojos llenos de lágrimas mientras buscaba la llave del candado—. No escuche lo que dice. Solo… haga que vuelva.
Gabriel asintió, aferrando el crucifijo de hierro en su bolsillo. La cadena cayó con un ruido sordo. Entraron.
La habitación estaba sumida en una penumbra asfixiante.
Las ventanas estaban tapiadas con mantas gruesas clavadas a los marcos, bloqueando cualquier atisbo de la calle.
La única luz provenía de un par de velas de sebo que ardían sobre la cómoda, proyectando sombras largas y danzantes en el techo bajo.
Ludmila Kovář estaba en la cama.
A primera vista, parecía un cadáver preparado para el velatorio.
Su piel tenía el color de la cera vieja, amarillenta y traslúcida, y sus manos descansaban sobre su pecho.
Pero no estaba en paz. Estaba atada. Gruesas cuerdas de cáñamo amarraban sus muñecas y tobillos a los postes de la cama.
La piel bajo las ligaduras estaba levantada, tensa y amoratada, pero no sangraba; era la herida de un cuerpo que ya no tenía humedad que perder.
Gabriel se acercó despacio. El aire alrededor de la cama vibraba con una tensión estática.
—¿Ludmila? —llamó en voz baja.
Los párpados de la mujer se abrieron de golpe. No hubo transición de sueño a vigilia. Sus ojos, antes de un marrón cálido, ahora eran pozos oscuros, con las pupilas dilatadas hasta devorar casi todo el iris, rodeadas de una esclerótica inyectada en sangre.
—Padre… —Su voz era un susurro áspero, como hojas muertas arrastradas por el viento—. Padre Gabriel… desáteme.
—Ludmila, soy yo. He venido a rezar contigo.
Ella giró la cabeza hacia él con la lentitud de los depredadores calculando distancias, no la de los cuerpos enfermos.
—No necesito oraciones —dijo, y una sonrisa torcida deformó su rostro. Gabriel vio sus encías, retraídas y pálidas, y los dientes, que parecían demasiado largos—. Necesito agua. Tengo sed, padre. Una sed que me quema la garganta.
—Jaroslav dice que no puedes beber —dijo Gabriel, manteniendo la distancia.
—Jaroslav es un necio —siseó ella, su voz cambiando de súplica a desprecio en un segundo—. Me tiene aquí como a un animal. Mire mi piel, padre. Mire lo que me ha hecho.
Ludmila estiró el cuello hacia la luz de la vela. Gabriel ahogó una exclamación. En el lado izquierdo de su rostro y cuello, la piel estaba levantada en ampollas horribles, quemaduras rojas donde la epidermis parecía haberse separado del hueso.
—Fue el sol —susurró ella, con un terror que parecía genuino—. Abrió la cortina. Quería matarme.
Gabriel miró a Jaroslav, que sollozaba en la puerta.
—Solo quería que le diera el aire, no sabía…
—¡Quema! —bramó Ludmila, y su cuerpo se arqueó sobre el colchón con una fuerza que hizo gemir la madera de la cama—. ¡El día es fuego! ¡Desáteme! ¡La oscuridad es lo único que alivia!
Gabriel sacó la estola morada y se la puso alrededor del cuello. Sacó el frasco de agua bendita.
— In nomine Patris …
En cuanto las primeras gotas salpicaron la frente de la mujer, el grito que salió de su garganta no tuvo nada de humano: un chillido agudo, animal, de puro dolor y furia.
Donde el agua tocó la piel, la carne siseó y se ennegreció al instante, como si le hubieran arrojado ácido.
Ludmila se sacudió con una violencia aterradora.
Las cuerdas se tensaron al límite, crujiendo bajo la presión.
—¡Maldito! —rugió, y su voz ya era pura garganta, gutural, profunda, resonando desde el pecho—. ¡Sacerdote de un dios muerto! ¡Tu agua no limpia, quema!
Gabriel retrocedió.
—¡Jaroslav, ayúdame! —gritó Gabriel, pero el carpintero estaba paralizado por el horror, pegado al marco de la puerta.
Ludmila fijó su mirada en Gabriel.
—Te oigo el corazón, curita. Late como el de un pájaro asustado. Tienes la sangre caliente… la puedo sentir desde aquí.
Con un estallido fibroso, una de las cuerdas de la muñeca cedió.
La mano liberada se disparó hacia adelante.
Los dedos, con las uñas rotas y sucias, se cerraron en la sotana de Gabriel y tiraron de él con una fuerza imposible para una mujer enferma.
Gabriel cayó de rodillas junto a la cama.
El rostro de Ludmila quedó a centímetros del suyo.
Sintió su aliento en la cara: no había calor, solo una corriente de aire frío que salía de unos pulmones muertos.
La boca de la mujer se abrió, desencajando la mandíbula más allá de lo natural. Los caninos brillaron a la luz de la vela, afilados como agujas. Buscó su garganta.
—¡No! —Gabriel alzó el crucifijo de hierro, interponiéndolo entre él y la bestia.
Al tocar el metal frío contra la frente de Ludmila, ella se convulsionó hacia atrás como si hubiera recibido una descarga eléctrica. Soltó la sotana y se golpeó la cabeza contra el cabecero con un sonido sordo y brutal. Quedó inmóvil.
El silencio regresó a la habitación, roto solo por la respiración jadeante de Gabriel. Se puso de pie, temblando, retrocediendo hacia la puerta. Ludmila yacía en la cama, con la cabeza en un ángulo extraño, los ojos abiertos y fijos en el techo. No respiraba. O al menos, su pecho no se movía.
—¿Está…? —preguntó Jaroslav, con un hilo de voz.
Gabriel se tocó el cuello. Sentía el roce fantasma de los dientes.
—No lo sé —respondió el sacerdote, y la verdad de esas palabras le dolió más que cualquier golpe—. No lo sé, Jaroslav. Pero no desates esa cuerda. Por lo que más quieras, no la desates y vuelve a poner la cadena.
Gabriel salió de la habitación, tropezando en el pasillo.
Mientras bajaba las escaleras a trompicones, huyendo de su deber pastoral, escuchó un sonido a sus espaldas.
Desde la habitación cerrada, llegó una risa.
Baja, gorgoteante y carente de humor. Y luego, el sonido de una voz que tarareaba una canción de cuna, desafinada y cruel, en la oscuridad.