Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 4
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Capítulo 4

La cena había sido un trámite silencioso, ejecutado bajo el tintineo monótono de la plata contra la porcelana.

Frederick se había retirado temprano a su estudio, alegando la necesidad de revisar los contratos preliminares, y Karl Wagner, con su eficiencia prusiana, se había excusado para organizar su correspondencia.

La mansión, liberada de la obligación de la etiqueta, exhaló un suspiro de aire viciado y se sumergió en su verdadero estado: una vigilia de sombras y crujidos.

Sophia no subió a sus habitaciones.

Su cuarto en la mansión Vránský tenía las paredes tapizadas de un damasco gris que en verano habría parecido plateado y que en noviembre era el color del agotamiento.

Sobre la cómoda, alguien había dejado un candelabro de cinco brazos del que colgaban lazos de seda negra, anudados como en los velatorios, que Sophia había intentado quitar el primer día y que había dejado donde estaban porque quitarlos habría requerido preguntarle a alguien por qué estaban ahí.

La muerte repentina de su padre en Viena, el otoño anterior, había terminado por empujarla a Praga hacía poco más de un mes, y en ese tiempo la gratitud inicial por la acogida de su tío se había transformado en una vigilancia cautelosa.

Había notado cómo la decadencia de la casa parecía reflejarse en la mente del propio noble.

Sus mentiras piadosas sobre las finanzas y sus desapariciones nocturnas no encajaban con la imagen del patriarca solvente que se proyectaba hacia el exterior.

La inquietud que le había provocado la llegada del abogado no le permitía el descanso.

Wagner hablaba de ventas y activos, pero Sophia sabía que las cuentas de la familia no cuadraban.

Si Frederick estaba vendiendo la herencia ancestral, debía ser por una deuda colosal.

Y como futura heredera, necesitaba saber cuán profundo era el agujero.

Era la clase de detalle que Sophia archivaba sin proponérselo.

Su padre le había enseñado, más con el ejemplo que con sermones, que una casa dice la verdad en las cosas pequeñas que nadie se molesta en ordenar —⁠los lazos que sobran, los cubiertos que faltan, una cifra demasiado redonda en una columna de gastos⁠— y que leerlas era, más que curiosidad, el modo de no dejarse engañar.

En Viena lo había hecho con los libros de cuentas de su padre casi como un juego.

En esta casa había dejado de ser un juego sin que ella eligiera el momento.

Se dirigió a la biblioteca a buscar números, no fantasmas.

Llevaba seis semanas en la mansión sentándose, durante las visitas de su tío, en el rincón exacto desde el que veía a la vez la puerta, la ventana y el rostro de Frederick.

Lo hacía por geometría más que por timidez.

Lo había aprendido en Viena, en los tres días que siguieron a la muerte de su padre: la información útil estaba en las manos de la gente, en lo que hacían con ellas mientras hablaban, no en las palabras.

Esa misma tarde lo había aplicado al abogado prusiano.

Wagner había tocado el cierre de su maletín cuatro veces durante la presentación.

Un hombre que toca su maletín no está seguro. Un hombre que no está seguro es útil.

La estancia era una caverna de conocimiento olvidado.

Las estanterías de roble oscuro se alzaban hasta un techo que se perdía en la penumbra.

Sophia encendió una lámpara de aceite sobre la mesa de lectura y se dirigió a la sección administrativa, donde se guardaban los libros de contabilidad de la finca.

La búsqueda fue tediosa y frustrante. Durante una hora, solo encontró registros de cosechas fallidas, impuestos imperiales y gastos domésticos mundanos.

Sus guantes se mancharon de hollín y polvo gris.

No había ningún secreto evidente, solo la crónica lenta de una fortuna que se desvanecía por mala gestión.

Estaba a punto de rendirse cuando un volumen más antiguo, encuadernado en piel de cerdo agrietada, llamó su atención. Era el libro mayor de gastos de 1742.

Lo abrió con cuidado. Las páginas crujieron, secas como hojas muertas. Sus ojos recorrieron las columnas de gastos, buscando alguna extravagancia, alguna deuda de juego antigua que explicara la ruina actual.

Lo que encontró fue más extraño.

En el invierno de 1742, la familia Vránský había gastado una fortuna en materiales de construcción. Sophia frunció el ceño, repasando las cifras.

—Veinte carretas de piedra de granito —⁠murmuró, traduciendo las anotaciones arcaicas⁠—. Barras de hierro forjado. Plomo.

Eran materiales para una fortificación, no para una residencia. Sin embargo, no recordaba ninguna ala de la casa construida en esa época. ¿Dónde habían ido a parar toneladas de granito y hierro?

Siguió leyendo. Los pagos a los albañiles eran regulares hasta noviembre.

Entonces las entradas cambiaban: una serie de bonificaciones finales que triplicaban el salario anual de un obrero.

Y justo debajo, una nota al margen con una caligrafía distinta, rápida y nerviosa: «Arquitecto K.

enviado a Viena. Obra concluida. Acceso oeste clausurado por filtraciones. »

Sophia levantó la vista, mirando hacia la oscuridad de la sala.

La mansión tenía bodegas, por supuesto. Pero aquellas bodegas eran de ladrillo común, húmedas y sencillas.

No había granito, ni hierro, ni plomo. Los materiales de 1742 no se habían usado para construir nada que ella hubiera visto en la superficie.

Si esas toneladas de roca y metal seguían en la casa, solo podían estar en un lugar: sepultadas bajo sus propios pies, formando una estructura que no figuraba en ningún plano moderno.

La lógica le decía que debía ser un error de contabilidad, o quizás una obra en una finca lejana que ya no poseían.

De repente, la llama de la lámpara vaciló.

No había corrientes de aire; las ventanas estaban cerradas a cal y canto. Sin embargo, la temperatura cayó de golpe. Sophia se frotó los brazos, sintiendo cómo el frío traspasaba la tela de su vestido.

Escuchó algo entonces. Era un sonido bajo y constante, casi en el límite de la audición, más que un paso o un golpe. Como si alguien estuviera arañando piedra muy lejos. O muy profundo.

Sophia levantó la vista hacia el ventanal.

La biblioteca daba al jardín lateral, a la franja de grava que separaba la fachada oeste de la verja.

La luz de la lámpara le devolvió primero su propio reflejo en el cristal, el óvalo pálido de la cara sobre el cuello oscuro del vestido, y detrás del reflejo, en el ángulo izquierdo, había una segunda figura.

Un hombre de pie en la grava. Inmóvil. Sin sombrero.

La cara vuelta hacia el cristal. No era la silueta pesada y aburrida de un gendarme en ronda —⁠Sophia conocía las rondas⁠—: era la de alguien que había ido hasta allí solo para mirar, y que sabía hacerlo sin ser visto.

Sophia retuvo la respiración el tiempo que se tarda en contar hasta tres.

Cuando volvió a mirar, no había nadie. Solo la grava húmeda y el hueco entre los árboles esqueléticos, donde la niebla se cerraba sobre sí misma como si nunca hubiera dejado pasar nada.

Se obligó a aceptar la única explicación admisible: que el cristal de noviembre devolvía sombras donde no las había, y que una mente fatigada las completaba.

Lo aceptó. Pero al apartar la vista del ventanal notó, con una precisión que no había buscado, que su mano izquierda había cerrado el libro mayor sin que ella le hubiera dado la orden de hacerlo.

El sonido cesó tan de golpe como había empezado cuando la puerta de la biblioteca se abrió.

Sophia dio un respingo, cerrando el libro de golpe.

Era Anna, la criada. La joven entró con la cabeza gacha, sosteniendo una bandeja de plata que tintineaba apenas, delatando el temblor de sus manos.

— Slečna —⁠dijo Anna en voz baja, manteniendo la vista fija en la tetera⁠—. El señor Frederick… dijo que quizás querría té antes de retirarse.

Sophia exhaló, intentando disimular su agitación.

—Gracias, Anna. Déjalo aquí.

La criada avanzó hasta la mesa, depositó la bandeja y se dispuso a marcharse, con la eficiencia mecánica del que quiere salir cuanto antes de la habitación.

—Espera un momento, Anna —⁠dijo Sophia.

La chica se detuvo, pero no se giró del todo. Mantuvo una postura rígida, las manos entrelazadas sobre el delantal.

—¿Sí, slečna ?

—Llevas años sirviendo en esta casa, ¿verdad? Conoces sus rincones mejor que yo.

—Mi madre sirvió aquí. Y su madre antes que ella —⁠respondió Anna. Su tono era neutro, defensivo.

—He encontrado unos registros de obras antiguas —⁠continuó Sophia, observando la espalda de la criada⁠—. Hablan de un nivel inferior, construido con piedra y hierro. ¿Sabes si hay sótanos viejos bajo el ala oeste?

El silencio de Anna se alargó un segundo de más. Cuando respondió, su voz sonó plana, ensayada.

—No hay nada abajo, slečna . Solo la tierra húmeda. El río se filtra cuando llueve mucho. Por eso se cerraron algunas partes hace años. Por la humedad.

—¿Solo humedad? —⁠insistió Sophia⁠—. Los registros hablan de granito y plomo. Eso no es para el agua.

Anna se giró al fin. Su rostro estaba compuesto, pero sus ojos evitaban mirar hacia la oscuridad de las estanterías. Había una tensión en su mandíbula, el gesto de alguien que ha aprendido a guardar silencio para sobrevivir.

—Los señores antiguos construían cosas extrañas, slečna . Nosotros solo limpiamos el polvo de arriba. —⁠Dio un paso hacia la puerta⁠—. Debería subir. Esta sala es muy fría de noche.

—Anna —⁠dijo Sophia, probando una última vez⁠—. ¿Has oído eso? Antes de entrar. Un ruido… como de arrastre.

La criada se detuvo en el umbral. Su mano se quedó un segundo de más sobre el picaporte antes de girarlo.

—Es una casa vieja, slečna —⁠dijo Anna sin volverse⁠—. Las casas viejas se asientan. Es mejor no prestar atención a los ruidos. A veces… a veces los ruidos se quedan si uno los escucha demasiado.

Salió y cerró la puerta con suavidad, dejándolos a Sophia y al silencio del otro lado.

Sophia se quedó mirando la madera oscura de la puerta. Bebió un sorbo de té. Estaba frío.

Volvió la vista al libro de cuentas. Las cifras seguían allí: granito, hierro, plomo. No había encontrado el rastro del dinero perdido de Frederick, pero había encontrado un hueco en la historia de la casa. Un hueco del tamaño de un sótano que nadie quería visitar.

Tomó la lámpara y se dirigió a su habitación. Al pasar por el pasillo, el tintineo del cristal en el estudio le confirmó que su tío seguía despierto.

Ya en su cama, Sophia escuchó el viento. La casa crujía, asentándose sobre sus cimientos desconocidos. Y por primera vez, se preguntó si esos crujidos eran de veras la madera vieja, o el eco de aquello que requirió tanto hierro para ser olvidado.