Capítulo 3
La iglesia de San Nicolás se alzaba en Malá Strana como un gigante de piedra barroca, desafiando la gravedad con su cúpula verde. Esa noche, el Padre Gabriel sentía que la arquitectura no se elevaba hacia Dios, y le pesaba, aplastándolo con toneladas de historia.
Arrodillado ante el altar mayor, Gabriel entrelazó sus dedos huesudos con fuerza. El frío de la nave no se parecía al de la calle; era un frío de interior, un peso mineral que bajaba desde la bóveda y se posaba en los hombros como una mano que conociera el oficio.
— Domine, exaudi orationem meam —susurró.
Las palabras latinas cayeron muertas antes de tocar el suelo. No hubo respuesta. Solo el eco hueco de sus propios susurros recorriendo un laberinto sin salida.
Gabriel se levantó con un crujido de rodillas. Era un hombre consumido desde dentro; la sotana le quedaba holgada y su rostro era un mapa de surcos profundos. A sus cincuenta años, cargaba con setenta.
Llevaba veinte años ordenado, consagrado en Olomouc en el año de la gran sequía, cuando todavía creía que la fe era un escudo y no una herida.
Caminó hacia el confesionario. En las últimas semanas, ese cajón de madera oscura se había convertido en una cámara de tortura. Los fieles ya no confesaban pecados veniales; venían a confesar miedos. Miedos sin nombre.
Recordó la voz temblorosa de la anciana señora Vlček esa misma tarde.
«No es mi nieto, padre. Tiene sus ojos, tiene su voz, pero cuando me mira desde la esquina de la habitación…
hay un frío que no es suyo. Y los gatos…
los gatos le bufan». O Tomáš, el panadero de la calle Ostruhová, un hombre robusto que lloraba al otro lado de la rejilla, con la voz débil y las manos de una palidez que Gabriel había atribuido entonces al frío.
«Sombras, padre. No se van cuando enciendo la luz.
Se quedan pegadas a las paredes, esperando.
Y mi mujer… padre, mi mujer lleva tres noches sin dormir.
Dice que alguien rasca la ventana del patio».
Praga estaba enferma, y ni la tisis ni el cólera daban nombre a su mal: era una fiebre espiritual. Sentía una presión en el aire, una densidad eléctrica similar a la que precede a una tormenta de verano, pero esta tormenta traía silencio en lugar de truenos.
Se detuvo frente a la estatua de San Judas Tadeo. La madera policromada lo miraba con ojos de vidrio inexpresivos.
La sensación lo golpeó sin aviso. Hacía veinte años.
Eliska, su hermana menor, había cambiado en sus últimos días de una manera que era más que enfermedad: una ausencia.
Como si algo hubiera bebido su esencia y hubiera dejado una cáscara preciosa pero vacía.
Gabriel la había encontrado una noche al fondo del jardín familiar, de espaldas, descalza sobre la hierba mojada.
Cuando se giró le sonrió con una sonrisa que nunca había sido suya: demasiado ancha, demasiado quieta. Le extendió la mano.
Gabriel no fue. Se quedó paralizado con el farol en alto y luego entró a la casa, cerró la puerta y rezó.
Por la mañana, Eliska no estaba.
Nunca supo si ella habría podido salvarse si él hubiera cruzado el jardín. Esa pregunta era la bala que llevaba dentro, alojada entre las costillas, demasiado peligrosa para extraer.
Un golpe seco en la puerta principal de la iglesia rompió su ensimismamiento.
El sonido reverberó en la nave, urgente, desesperado. Gabriel miró hacia la entrada, donde la oscuridad era más densa.
—¿Hola? —llamó, su voz con un temblor.
La puerta cedió con un quejido de hierro viejo, dejando entrar una ráfaga de niebla y viento helado que hizo parpadear todas las velas del altar. Una figura entró, tropezando, empapada y temblorosa.
Gabriel se acercó deprisa, alzando su candil. Al entrar en el círculo de luz, reconoció al hombre. Era Jaroslav Kovář, el carpintero. Un hombre de manos grandes y callosas, conocido en el barrio por su fuerza tranquila y su trabajo honesto. Pero el hombre que estaba frente a él era una ruina.
Jaroslav estaba pálido, con los ojos desorbitados y la ropa desaliñada. Estaba retorciendo su gorra de lana entre las manos como quien estruja un trapo mojado.
—¡Padre! Gracias a Dios que está aquí —jadeó Jaroslav, cayendo de rodillas sobre el mármol, sin importarle el impacto.
Gabriel lo tomó por los hombros, intentando levantarlo.
—Jaroslav, por el amor de Dios, levántate. ¿Qué ocurre? ¿Ha habido un accidente?
El carpintero levantó la cabeza. En sus ojos, Gabriel vio el reflejo de un terror absoluto, un miedo que no pertenecía al mundo de los vivos.
—Es Ludmila, padre. Mi Ludmila… —La voz de Jaroslav se rompió en un sollozo seco—. Algo le ha pasado. No es una enfermedad. El médico vino, el joven del hospital, pero no supo qué decir. Dijo que era una infección de la sangre. Pero no es eso.
Gabriel notó que se le tensaba la nuca.
—¿Qué quieres decir, Jaroslav? Explícate.
—Las ampollas, padre. —Jaroslav levantó la vista con los ojos secos de quien ya no puede llorar—.
Cerré las ventanas porque gritaba. Solo por un rayo de sol.
Le salían ampollas. Mi Ludmila, que en verano se quedaba horas en el huerto…
—Se interrumpió. Tragó saliva—. Empezó hace tres días. Fiebre, pensamos. Un mal aire.
Gabriel soltó los hombros del hombre y retrocedió un paso. Lux inimica . La frase latina flotó en su mente, un fragmento de un texto prohibido que había leído en su juventud y que había intentado olvidar.
—¿Ampollas por la luz? —repitió Gabriel, buscando una explicación racional—. Quizás sea una reacción a algún medicamento, o una fiebre exantemática…
—¡No! —gritó Jaroslav, agarrando la sotana del sacerdote—.
¡No me escucha! ¡Ella ha cambiado! Esta tarde intenté darle sopa.
Ella me miró, padre. Me miró como si no me conociera.
Como si yo fuera… comida. Intentó morderme la mano.
Tuve que atarla a la cama. ¡He tenido que atar a mi propia esposa a la cama porque ruge como una bestia!
El silencio que siguió al grito de Jaroslav fue ensordecedor.
Gabriel miró el crucifijo sobre el altar. El Cristo de madera parecía distante, ajeno a la monstruosidad que se describía a sus pies. Atada a la cama. Rugiendo. Quemada por el sol.
—Jaroslav —dijo Gabriel, forzando una calma que no sentía—, esto es grave. Ludmila necesita un médico especialista, alguien del Hospital General.
—¡Necesita a Dios, padre! —interrumpió el carpintero, desesperado—. ¡La ciencia no sabe lo que hay en esa habitación! Huele a tierra, padre. La habitación huele a tierra mojada aunque estemos en un segundo piso. ¡Venga conmigo! ¡Tiene que venir! Quizás una oración, quizás los óleos…
Gabriel sintió el peso de su propia insuficiencia. ¿Qué podía hacer él, un sacerdote con la fe agrietada, contra algo así? Pero no podía negarse. Era su deber.
—Está bien —dijo Gabriel, su voz sonando extraña en sus propios oídos—. Iré contigo. Espera un momento.
Fue a la sacristía. Sus manos temblaban mientras recogía su estola morada y el agua bendita.
Se detuvo un segundo frente al armario donde guardaba los objetos litúrgicos.
Dudó. Luego, con un movimiento rápido, casi culpable, tomó un pesado crucifijo de hierro antiguo, no el de madera que solía llevar a las visitas de enfermos.
El hierro se sentía frío y sólido en su mano.
Al salir de nuevo a la nave, Jaroslav lo esperaba junto a la puerta, una figura rota recortada contra la noche.
—Vamos —dijo Gabriel.
Salieron a la calle. La niebla se cerró tras ellos y engulló la iglesia.
Mientras caminaban con prisa hacia la casa de los Kovář, a través de las calles desiertas de Malá Strana, Gabriel no rezaba.
Su mente estaba fija en una sola idea, una certeza fría que se asentaba en su estómago: esa noche, la fe no sería suficiente.