Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 2
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Capítulo 2

El frío de la morgue era una quietud estancada, el aliento helado de siglos acumulados entre los muros de piedra.

Erik Schwartz se ajustó las gafas con el dorso de la muñeca.

Bajo la luz vacilante de las lámparas de gas, su rostro afilado parecía tan inerte como los cuerpos que lo rodeaban.

Sus manos, enrojecidas por los desinfectantes, se movían con memoria propia.

—Bisturí —⁠ordenó, extendiendo la palma sin apartar la vista del cuerpo.

Franz, su joven asistente, tardó un segundo de más. El tintineo del metal rompió el silencio, sonando como un disparo.

—Lo siento, doctor —⁠murmuró el muchacho. Su voz temblaba. No era solo el frío.

Erik ignoró la disculpa y se centró en la mujer. Encontrada al atardecer en Malá Strana. Sin nombre. Parecía dormir, si no fuera por la palidez cerúlea que había drenado su humanidad.

—Sujeto femenino, treinta años. Rigor mortis avanzado —⁠dictó Erik con voz monótona, trazando una línea recta desde el mentón hasta el pubis⁠—. No hay signos de violencia contundente. Ni hematomas defensivos.

La piel se separó bajo el filo, pero lo que Erik esperaba no ocurrió. No hubo brote oscuro de sangre venosa. Los tejidos estaban secos, pálidos y fibrosos, como carne de animal sacrificado horas atrás. Erik frunció el ceño. La anomalía era una ofensa a su experiencia.

—Anota eso, Franz. Exanguinación masiva.

Vasos colapsados. El corazón… —⁠Erik palpó el órgano— …

vacío. —⁠Se limpió los dedos en el paño y extrajo del bolsillo interior del abrigo una funda de cuero negro.

Del interior sacó un termómetro de mercurio de precisión, más fino que los de dotación hospitalaria, con una escala graduada hasta cuatro décimas de grado.

Lo introdujo bajo la axila del cadáver y esperó, mirando el reloj de pared.

Cuando lo retiró lo sostuvo a la luz de la lámpara. Anotó el número sin comentario alguno.

Franz escribía sin parar, apretando el lápiz hasta casi partirlo. El muchacho había crecido en los Cárpatos, alimentado con leche de cabra y cuentos viejos. La facultad de medicina había intentado pulir sus supersticiones, pero noches como esta las sacaban a flote.

—Doctor —⁠empezó Franz.

—Habla. La ciencia no admite vacilaciones.

—No había sangre en el callejón —⁠dijo el joven, bajando la voz⁠—. El informe lo dice. Ni una gota en los adoquines. Si se desangró… ¿dónde está la sangre?

Erik levantó la mirada. Sus ojos grises no parpadearon.

—La ausencia de evidencia no es magia, Franz. Pudo ser asesinada en otro lugar. O una hemorragia interna no detectada.

—Pero las marcas —⁠insistió Franz, señalando el cuello.

Erik suspiró, exhalando vapor. Se inclinó sobre la carótida. Dos punciones limpias rompían la piel. Precisas, circulares, con bordes violáceos.

—Heridas punzantes —⁠diagnosticó Erik⁠—. Un instrumento médico modificado. Una joya afilada.

—Parecen… mordeduras —⁠susurró Franz.

Erik soltó el bisturí con estrépito.

—Suficiente. Estamos en Praga, 1880. Somos hombres de ciencia, herederos de Virchow, no campesinos asustados contando historias de upíres .

Se dirigió al lebrillo de porcelana y sumergió sus manos en la solución de ácido fénico. El olor químico, punzante y alquitranado, llenó el espacio.

—Las mordeduras de animales son sucias, desgarran. Esto es limpio. Esto es humano.

—Mi abuela decía…

—Tu abuela no tenía un título en patología —⁠cortó Erik, secándose con un paño áspero⁠—. Si quieres monstruos, ve a la ópera. Aquí buscamos causas de muerte.

Erik volvió a la mesa, pero la inquietud se le había instalado en el estómago. Franz tenía razón en una cosa: la fisiología era imposible. Un cuerpo no se vacía así sin dejar rastro.

Las luces de gas parpadearon. En ese segundo de penumbra, la atmósfera cambió. Fue una presión en la garganta, un gusto mineral que no pertenecía a una sala de disección estéril.

Se giró. Franz estaba paralizado, mirando hacia la esquina más oscura.

—¿Lo ha sentido? —⁠preguntó el asistente con un hilo de voz.

—Es el desagüe. O el gas.

—No es el gas —⁠replicó Franz con una certeza que heló a Erik⁠—. Es lo que traen las cajas del este. Es… tierra antigua.

Erik cruzó la sala a zancadas. Agarró a Franz por el hombro.

—Recoge las muestras. Cierra el informe: síncope cardíaco por anemia aguda. Y vete a casa.

—Pero doctor…

—¡Ahora, Franz!

El joven asintió y comenzó a recoger el instrumental con manos torpes. Cuando la pesada puerta de hierro se cerró tras él, Erik se quedó solo.

Franz se había ido hacía una hora.

Erik seguía allí. Cerró el informe, firmó el dictamen — paro cardíaco por anemia perniciosa severa — y después se quedó sentado frente a la mesa de zinc con la pluma en la mano y el cuaderno abierto en una página en blanco.

Era un problema técnico sin resolver.

La fisiología del cadáver era imposible y Erik no toleraba lo imposible como categoría de cierre.

Lo imposible era solo lo que todavía no tenía nombre.

Le había ocurrido antes: en Viena, durante su segundo año de residencia, un paciente había presentado una bradicardia tan extrema que tres médicos lo habían certificado muerto antes de que Erik encontrara el pulso, cuatro latidos por minuto, casi imperceptibles.

Lo imposible tenía siempre una explicación.

Solo requería más tiempo y mejor instrumental.

Se levantó. Fue al lebrillo, se lavó las manos por tercera vez desde que Franz se había marchado, y volvió al cadáver.

La mujer yacía con la misma blancura sin reflejos de unas horas antes, la piel del color de la cera dejada al sereno. Erik levantó la lámpara de gas y la acercó al rostro. Las pupilas estaban fijas, sin respuesta a la luz. Eso era correcto. Lo que no era correcto era la temperatura.

Volvió a sacar la funda de cuero negro y repitió la operación: el termómetro bajo la axila del cadáver, la espera reglamentaria con la vista en el reloj de pared, la lectura a contraluz.

Se quedó mirando la columna de mercurio.

Anotó el dato en el cuaderno con su letra habitual, pequeña y sin márgenes: Temperatura axilar: 34,1°C. Hora: 01:47 h. Tiempo transcurrido desde el hallazgo: unas seis horas.

Dejó la pluma sobre la mesa.

Volvió a cogerla.

Debajo del dato escribió la implicación, porque así trabajaba, anotando no solo los hechos sino su consecuencia lógica: A esta temperatura ambiente y con seis horas de exposición, la temperatura corporal debería haber descendido entre ocho y diez grados según la Ley de Newton. Descenso real registrado:

Se detuvo.

Miró el termómetro otra vez. Luego miró el reloj. Luego volvió al termómetro.

Completó la frase: Descenso real registrado: dos grados, más o menos.

Leyó lo que había escrito. Después tachó las dos últimas líneas con un trazo único, horizontal, tan firme que casi rompió el papel.

Arrancó la hoja. La dobló en cuatro sin mirarla y la metió en el bolsillo del chaleco.

Abrió el cuaderno en la página siguiente y escribió de nuevo, solo el dato: Temperatura axilar: 34,1°C. Sin la implicación. Sin la consecuencia lógica. Solo el número, flotando en la página sin contexto, que era la única forma en que podía dejarlo escrito sin que lo que seguía tuviera que existir.

Cerró el cuaderno.

Se quedó un momento de pie junto a la mesa, con la lámpara en la mano, mirando el rostro de la mujer. En la quietud de la morgue, el único sonido era el siseo del gas en los quemadores y, muy lejos, el río.

Erik apagó la lámpara extra. Recogió su abrigo.

En la puerta se detuvo. Se giró hacia el cadáver una vez más, con un gesto automático, para comprobar que todo quedaba en orden antes de marcharse. La mano derecha de la mujer no estaba donde él la había dejado.

Solo unos centímetros, sin nada dramático.

Pero Erik era un hombre que registraba posiciones exactas, y la mano derecha de la mujer había estado con el pulgar hacia arriba y los dedos semiflexionados hacia el borde interior de la mesa.

Ahora los dedos apuntaban al borde exterior.

La diferencia era de unos cuatro centímetros.

Erik dejó la lámpara en el gancho de la pared. Volvió a la mesa. Comprobó el pulso, la temperatura, la rigidez de las articulaciones. Todo igual que una hora antes. Recolocó la mano en la posición original, con el pulgar hacia arriba. La soltó despacio.

Recogió la lámpara. Fue hacia la salida.

Antes de que la puerta se cerrara del todo, desde el interior de la sala, llegó un sonido suave y seco: el de algo que se arrastra sobre metal.

Erik mantuvo la mano en el pomo de la puerta cerrada durante veinte segundos.

No volvió a entrar.

La mujer estaba igual que antes: inmóvil, pálida, los ojos cerrados.

Erik salió y cerró la puerta.

No volvió a mencionar la temperatura en ningún informe posterior. La hoja doblada en el bolsillo del chaleco la encontraría tres días después, al mandar la ropa a lavar, y la quemaría sin releerla.