Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Si el abogado era tan meticuloso como parecía, quizás vería lo que ella no había logrado ver. Quizás dos pares de ojos que no se fiaban de Frederick Vránský conseguirían lo que uno solo no había podido.

—Toda estructura tiene su lógica —⁠respondió Karl, tocando la cerradura de su maletín con la seguridad del racionalista⁠—. Solo hay que saber leer los planos.

Sophia bajó la mirada hacia el cuero del maletín y luego volvió a clavarla en los ojos de Karl. Hubo lástima en su expresión; también una advertencia.

—Tal vez aquí necesite más que lógica, señor Wagner —⁠dijo ella⁠—. Praga es una ciudad vieja. Y las cosas viejas tienen sus propias leyes, muy distintas a las de Berlín.

Karl asintió con una media sonrisa cortés, la sonrisa de quien escucha una leyenda local pintoresca antes de ponerse a trabajar en el mundo real.

—Las leyes no necesitan más que lógica, señorita Vránský.

Abrió el maletín. El sonido de los cierres metálicos resonó seco y nítido en la habitación, un disparo de modernidad en el corazón de la antigua mansión.

Pero antes de que pudiera extraer los documentos, un sonido diferente atravesó las paredes: un grito ahogado, femenino, procedente del piso superior. Luego, un golpe sordo.

Karl levantó la vista hacia el techo. Sophia ya estaba de pie, mirando hacia arriba.

—Es Anna —⁠dijo en voz baja⁠—. La criada. De un tiempo a esta parte tiene episodios.

—¿Episodios? —⁠repitió Karl.

—Desmayos. Pesadillas. El médico de la casa no acaba de saber qué tiene.

Antes de que Karl pudiera responder, Frederick irrumpió en la sala con pasos apresurados, sosteniendo un tintero que temblaba en su mano. Su rostro había perdido el poco color que tenía.

—Disculpen. Un incidente doméstico menor. —⁠Se acercó al escritorio, derramando tinta sobre el secante⁠—. Continuemos, señor Wagner. Tengo prisa por concluir este asunto.

Karl observó cómo la mancha negra se extendía sobre el papel absorbente, ramificándose como venas. Reprimió un pensamiento irracional: aquello parecía algo más espeso que la tinta.

—Por supuesto —⁠dijo Karl, extrayendo el primer contrato⁠—. Empecemos por la escritura de la mansión.

La revisión se prolongó hasta bien entrada la tarde.

Frederick pedía pausas frecuentes, con cualquier excusa: una carta urgente, un ataque de tos que lo obligaba a salir al pasillo.

Y cada pausa rompía el ritmo del trabajo.

Karl, acostumbrado a firmar protocolos enteros antes del almuerzo en Berlín, ajustó su paciencia a la cadencia enferma de la casa.

El almuerzo se sirvió a deshora y transcurrió sin conversación.

Cuando la luz empezó a caer, la ventana había pasado del gris al ocre y del ocre al azul profundo sin que el abogado terminara de levantar la cabeza.

Las velas se encendieron una a una, trayendo al estudio un olor a cera caliente que se imponía despacio sobre el frío del piso de piedra.

Mientras Frederick firmaba con mano nerviosa, Karl notó algo en el margen del documento: una anotación a lápiz con letra apresurada.

Y junto a ella, en la esquina inferior, casi del tamaño de una uña, alguien había estampado en tinta un pequeño emblema: un pájaro de alas plegadas, un cuervo quizá, que no correspondía a ningún sello notarial ni mercantil que Karl conociera.

Lo archivó en la parte de la cabeza donde guardaba los detalles que no significan nada hasta que, mucho después, lo significan todo.

«Cliente paga triple tarifa por discreción. No hacer preguntas.»

Frederick recogió los documentos firmados sin mirarlos y se levantó con una lentitud que pretendía ser dignidad.

—Tiene usted un largo camino de vuelta a la ciudad —⁠dijo desde el umbral⁠—. La casa tiene habitaciones. Quédese. Mañana revisaremos los planos con más calma.

El abogado miró el reloj. Las diez de la noche. Fuera, la niebla había borrado los faroles de la colina. Asintió.

Frederick salió. Sus pasos se alejaron hacia el ala oeste.

La habitación enmudeció. Recogió sus papeles con movimientos metódicos, ordenándolos por fecha, por objeto, por firmante.

—¿Lo hace siempre? —⁠preguntó Sophia.

Se detuvo. Ella seguía en su sillón, mirándolo ordenar los documentos.

—¿El qué?

—Ordenar las cosas cuando algo no encaja.

Se detuvo. Miró los papeles en su mano.

—Sí —⁠dijo.

Sophia asintió. Karl volvió a los documentos, pero esta vez los ordenó más despacio, consciente de que alguien lo estaba mirando con la misma atención con que él miraba un contrato que no terminaba de cuadrar.

Cuando volvió a mirarla, ella ya había apartado los ojos.

Los tenía fijos en la puerta, donde Anna había aparecido en el umbral con una bandeja de café, moviéndose con cautela, como quien ha aprendido que los ruidos atraen la atención.

Llevaba semanas así, con algo del comportamiento de los animales antes de una tormenta.

Anna dejó la bandeja sin hacer ruido y desapareció por la puerta de servicio.

Sophia tomó su taza. El café estaba frío.

Por encima de la conversación que no estaba teniendo lugar, la casa se ocupaba de sí misma. Desde el ala oeste llegó el sonido seco de una llave girando dos veces en una cerradura. Después una segunda cerradura, más grave, también dos vueltas. Después un cerrojo de hierro, corrido a fondo.

Karl no levantó la vista. Pero dejó de ordenar los documentos.

Una puerta se cerraba con tres cierres, y se cerraba desde dentro.

No era el modo en que se cierra una puerta para mantener fuera al que llega de la calle.

Era el modo en que se cierra una puerta para mantener dentro lo que ya está al otro lado.

Karl había alquilado pisos en Berlín durante quince años y había firmado contratos para todas las clases sociales del Imperio.

Sabía cómo se cerraban las puertas de las casas honradas y sabía cómo se cerraban las casas que tenían algo que ocultar. Esto era la segunda categoría.

Miró la anotación al margen del documento, la que había leído hacía una hora y había archivado sin comentarla. Cliente paga triple tarifa por discreción. No hacer preguntas. La leyó otra vez. Esta vez no le pareció una instrucción del bufete. Le pareció un aviso.

Sophia, en su sillón, también había oído los tres cierres. Tenía la taza de café frío en la mano y la mantenía a la altura del pecho sin haber bebido. Sus ojos no estaban en Karl. Estaban en la pared del fondo del estudio, la que daba al ala este.

Él la observó a ella, no a la pared.

Cuando Sophia se dio cuenta de que estaba siendo observada, no se movió. Solo dijo, sin mirarlo:

—No es la primera noche.

Karl no preguntó cuántas habían sido. No hizo falta. Recogió la pluma con cuidado, como se recoge un instrumento que va a hacer falta más tarde, y la dejó alineada con el borde superior del fajo de documentos.

Después se quedó en silencio, escuchando.