Upír: Sombras sobre Praga Capítulo 1
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Capítulo 1

Desde la ventanilla del vagón de primera clase, Karl Wagner observó cómo la silueta de Praga emergía entre la bruma: una acumulación de agujas góticas y cúpulas barrocas que sostenían el cielo de plomo con una obstinación casi desafiante.

Cerró su carpeta de cuero, alisando el escudo grabado de su bufete berlinés.

Para un hombre acostumbrado a la eficiencia de la nueva Alemania unificada, el caos administrativo de la Doble Monarquía resultaba irritante.

Su cliente, ese tal «Praetor», era un enigma.

La carta de instrucciones había llegado al bufete semanas antes, en papel centroeuropeo sin filigrana, con una letra aprendida y sin personalidad.

Pero el sello lo había detenido: un dragón en relieve, las alas extendidas sobre un campo liso, la cola enrollada sobre sí misma.

No era la heráldica de ninguna familia austríaca ni bohemia que pudiera identificar, y Karl conocía los escudos de todas las casas con dinero suficiente para pagar sus honorarios.

«Praetor»… un título militar romano, no un nombre de pila.

Un comandante, un magistrado. Quien se hacía llamar así en el siglo XIX buscaba autoridad, no anonimato.

Había trazado una red de adquisiciones —⁠una capilla, una torre, un almacén y la mansión Vránský⁠— que formaba una geometría demasiado precisa para este lugar de supersticiones y burocracia lenta.

El tren se detuvo con un estertor metálico bajo la inmensa bóveda de la estación.

Al descender, el aire helado le mordió el rostro, cargado de un olor a carbón húmedo que se pegaba a la garganta.

El andén era un tumulto de voces. El alemán, la lengua de la administración y el poder, resonaba con autoridad sobre el murmullo sibilante del checo que hablaban los mozos y los vendedores ambulantes.

Karl se abrió paso con la barbilla alta, su abrigo de corte prusiano actuando como una armadura contra el desorden bohemio.

Eligió un carruaje conducido por un hombre de rostro pétreo que fumaba una pipa corta de arcilla.

—A la Mansión Vránský, en Hradčany —⁠ordenó Karl en un Hochdeutsch nítido y cortante.

El cochero se detuvo en mitad de una calada. Se giró despacio, escrutando a Karl con unos ojos entrecerrados. Al reconocer el acento de Berlín, una sombra de desagrado cruzó su rostro. Pero al entender el destino, el desagrado se tornó en algo más físico. Se tensó.

—Vránský —⁠repitió el hombre. Más que una pregunta, fue una confirmación cargada de recelo⁠—. El camino es malo. El barro se come las ruedas allí arriba.

—Se le pagará por el barro y por el tiempo. —⁠Karl subió sin esperar permiso.

El hombre murmuró algo en checo, una frase rápida y baja que sonó a una oración o a una maldición, antes de azuzar a los caballos con un chasquido brusco.

Al girar en una esquina cerrada cerca del Hospital General, el carruaje frenó en seco.

Un grupo de gendarmes bloqueaba en parte la callejuela.

Karl bajó la ventanilla, impaciente. A través de la niebla, vio a dos hombres arrodillados junto a un bulto cubierto en el suelo.

Uno de ellos, un médico con gafas y levita manchada, levantó la vista hacia el carruaje.

Sus ojos se encontraron por un segundo: la mirada fría y analítica del abogado cruzándose con la mirada cansada y horrorizada del médico.

—Solo es otro cadáver callejero, señor —⁠dijo el cochero, azuzando a los caballos para rodear la escena⁠—. En Praga la gente muere en silencio.

Karl subió la ventanilla. Volvió a sus papeles, pero la frase del cochero se le quedó dando vueltas un momento más de lo que le habría gustado.

La palabra cadáver era cosa común en cualquier ciudad de medio millón de habitantes; el verbo que la acompañaba, no.

Morir en silencio. La gente, en las ciudades organizadas, moría haciendo ruido.

La frase del cochero describía otra cosa.

La niebla se espesó al subir la colina de Hradčany, borrando los contornos de la realidad y amortiguando el ruido de los cascos sobre la piedra. El carruaje se detuvo al inicio de un largo sendero de grava flanqueado por árboles esqueléticos que arañaban la niebla.

—El camino termina aquí —⁠gruñó el cochero, bajando el equipaje con una prisa nerviosa⁠—. Los caballos no pasarán de la verja. Se espantan con el aire de esa casa.

Karl observó el camino. Estaba húmedo, pero transitable. Antes de que pudiera señalar la falta de profesionalidad del hombre, este ya había vuelto al pescante.

— Sbohem —⁠dijo el conductor, lanzando una despedida que sonó definitiva.

El carruaje giró en redondo y se perdió en la bruma con una urgencia que dejó un silencio denso tras de sí.

Karl se ajustó los guantes y tomó su maletín.

La Mansión Vránský se recortaba contra el cielo gris: una bestia de piedra dormida que rezumaba la decadencia de la vieja nobleza.

El musgo devoraba la mampostería y las grietas se extendían como venas negras por la fachada.

Donde otros habrían visto fantasmas, Karl vio una factura de reparaciones exorbitante y una clara negligencia en el mantenimiento.

Cruzó el sendero. Al llegar a la pesada puerta de roble, esta se abrió con un gemido de bisagras secas antes de que sus nudillos tocaran la madera. Un sirviente de edad avanzada lo recibió. Su librea estaba raída en los puños y su postura denotaba una fatiga crónica.

—Señor Vágner —⁠pronunció el hombre, alargando la primera vocal a la manera checa, con una reverencia mecánica que carecía de servilismo real.

El vestíbulo era una caverna de sombras y corrientes de aire helado.

Karl notó la ausencia de calefacción moderna; el lugar olía a cera vieja y a algo floral que había dejado de ser floral: el rastro dulzón y seco de flores que llevaban demasiado tiempo en sus jarrones, más cerca del polvo que del perfume.

Siguió al hombre bajo la mirada severa de los retratos que flanqueaban el corredor: rostros aristocráticos oscurecidos por el barniz viejo, enmarcados en madera lacada de negro.

Lo condujeron a un estudio en penumbra. La única luz provenía de una chimenea moribunda y una lámpara de aceite sobre el escritorio.

Las cortinas de terciopelo negro estaban a medio correr, dejando una rendija por donde entraba la niebla de Praga como si tuviera derecho.

Frederick Vránský estaba de pie junto al ventanal, una silueta alta y delgada que parecía fundirse con la tela oscura.

—Praga es fascinante —⁠dijo Vránský, su voz llegando desde la penumbra en un alemán culto, pero con la cadencia arrastrada y arcaica de la vieja aristocracia bohemia⁠—. Cada rincón tiene algo que contar… si uno se detiene a escuchar.

—Es una ciudad con carácter, sin duda —⁠respondió Karl, depositando su maletín sobre una mesa auxiliar⁠—. Traigo los contratos para su firma, señor Vránský.

Frederick se giró. La luz de la lámpara reveló el rostro de un hombre que rondaría los sesenta y cinco años, de facciones patricias pero marcadas por la ansiedad.

Sus ojos azules brillaban con una intensidad febril.

Sobre la repisa de la chimenea, entre dos candelabros de plata apagados, había una botella pequeña de vidrio marrón con una etiqueta de farmacia.

El temblor de Frederick no era el de un borracho; era el de alguien que lleva demasiado tiempo tomando algo para no pensar.

—Contratos… sí. Por supuesto. —⁠Frederick se apartó de la ventana⁠—. Señor Wagner, permítame presentarle a mi sobrina.

Karl siguió la mirada de Frederick hacia el rincón más oscuro de la sala.

Sophia Vránský estaba allí, sentada en un sillón de respaldo alto, inmóvil como una muñeca de porcelana olvidada.

Su vestido negro era de luto formal, con el cuello alto cerrado por botones de azabache y las mangas rematadas en encaje oscuro que le llegaba hasta los nudillos.

Se confundía con las sombras dejando ver solo la palidez extrema de su rostro y las manos, que descansaban sobre el regazo con una quietud calculada.

Karl la registró sin querer registrarla del todo: la postura quieta, los hombros rectos, las manos visibles.

La quietud de Sophia era la de alguien que ha decidido, por motivos que el observador no conoce, no dar información gratis.

Karl había visto esa quietud en testigos que vienen a un despacho a no decir lo que saben.

Pero los testigos solían tener cuarenta años. Ella no tendría más de veintidós.

Miró a Frederick. Su tío sonreía con los labios pero no con los ojos, y sus dedos tamborileaban sobre el muslo con un ritmo que Sophia había aprendido a reconocer: lo hacía cuando mentía o cuando tenía miedo. Aquella mañana hacía ambas cosas.

Se levantó con una fluidez silenciosa y le tendió la mano.

—Un placer, señor Wagner —⁠dijo ella. Su alemán era impecable, sin rastro del acento local, pero su tono tenía una seriedad inusual.

Karl tomó su mano. Sophia sintió la presión justa de alguien acostumbrado a los apretones de negocios, y le sostuvo la mirada el tiempo suficiente para ver que él también la estaba evaluando, y que su evaluación era más inteligente de lo que su expresión cortés pretendía.

Bien. Necesitaba a alguien inteligente. Necesitaba a alguien que hiciera preguntas.

—El placer es mío, señorita Vránský —⁠murmuró Karl, soltándola con cuidado.

Frederick carraspeó, rompiendo el momento con impaciencia.

—Buscaré tinta fresca. Disculpen.

Vránský salió a toda prisa, dejando tras de sí un silencio que parecía tener peso propio.

—Tienen una propiedad singular, señorita —⁠dijo Karl, recuperando su compostura profesional⁠—. Aunque la arquitectura local presenta ciertos desafíos de conservación frente a este clima.

Sophia lo miró sin parpadear.

—No es una casa fácil de conocer —⁠dijo, su voz suave, casi un susurro⁠—. A veces, ni los que vivimos aquí la entendemos del todo.