Upír: Sombras sobre Praga
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Prólogo
El Moldava se arrastraba aquella madrugada como algo herido. Oscuro, espeso, golpeando los cascos de las barcazas con un sonido blando y repetido que el muelle absorbía sin devolver eco.
La niebla había borrado Praga hacía rato.
Del otro lado del río llegaba, amortiguado por el agua, el golpe metálico intermitente de los martillos de la fundición de Smíchov, que hacía el turno nocturno en los hornos de recocido.
El aire olía a carbón mojado y a aceite quemado, el olor del progreso industrial que la ciudad llevaba diez años digiriendo sin terminar de acostumbrarse.
Para Václav, el estibador más viejo de la bodega número siete, el mundo se había reducido al círculo amarillento de su farol y a los diez pasos de tablones mojados que conocía de memoria.
Casi medianoche. Aseguró el último candado y se giró con la cabeza ya puesta en casa. Pensaba en la sopa caliente y en el peso del colchón cuando lo sintió subir por las suelas.
Un latido. Grave. Sordo. Subiendo por la madera del suelo desde algún lugar del fondo de la bodega.
Pum-pum. Pum-pum.
Venía de la zona de carga internacional, de la pila de cajas sin marcar que esa tarde habían descargado del este y apilado al fondo, apartadas del resto de la mercancía como si los otros estibadores hubieran preferido, sin saber por qué, no acercarse demasiado.
Václav levantó el farol y avanzó hacia el fondo.
Fue entonces cuando notó el silencio. No el silencio del muelle de noche, que era un silencio relativo, lleno de agua y madera y ratas moviéndose entre las vigas.
Este era otro silencio: el de las ratas que no se movían.
Treinta años en la bodega le habían enseñado que las ratas de río no se están quietas nunca.
Comen de noche, se pelean de noche, caen al agua de noche.
Siempre hay algo. Esa noche no había nada.
Ni un roce. Ni un chapoteo. Como si todo lo que vivía bajo los tablones hubiera decidido, al mismo tiempo y sin consultarse, que era mejor no estar.
El olor llegó antes que la luz: algo entre la humedad de una iglesia cerrada en verano y el regusto animal de la lana mojada, pero con una nota por debajo, densa y orgánica, que se pegaba al fondo de la garganta como si no quisiera salir.
La tapa de la caja más grande tenía los clavos vencidos hacia fuera. Desde dentro.
Václav se detuvo. El latido había cambiado de ritmo. Más lento ahora. Más espaciado. Como si algo al otro lado de la madera hubiera notado que él estaba ahí y hubiera decidido, con toda la calma del mundo, esperar.
Debería haber dado media vuelta. Lo supo con la certeza cansada del hombre que distingue los problemas suyos de los que no lo son, y este no era suyo.
Y sin embargo deslizó la palanca en la ranura. Hizo fuerza. La madera resistió. Gimió.
Crrrac.
El latido cesó.
Una bocanada de frío absoluto salió de la grieta —el aliento de un lugar que nunca había conocido el calor— y en la oscuridad del fondo, la tierra se movió. Despacio. Con la lentitud soberana de algo que no ha necesitado apresurarse en mucho tiempo.
Václav abrió la boca. No salió ningún sonido.
La mano emergió primero. Pálida hasta la obscenidad. Enorme. Lo tomó por el cuello con una precisión que excluía cualquier posibilidad de azar, con una frialdad que quemaba más adentro que la carne. Un tirón seco. Total. Y Václav desapareció en la oscuridad de la caja.
Su farol cayó. El cristal estalló. La llama lamió el aceite derramado y proyectó contra la pared, por un instante exacto, la sombra de un hombre al que la tierra se tragaba. Luego se apagó con un siseo breve, casi discreto.
Lo que ocurrió dentro de la caja durante los tres días siguientes no tiene nombre en ningún idioma que Václav hubiera conocido.
Solo esto: cuando los otros estibadores lo encontraron encajado bajo los pilotes del muelle cuatro, la cara miraba hacia arriba.
Los ojos estaban abiertos. Y en la expresión —algo anterior al miedo, y más limpio, que los hombres del depósito judicial tardaron días en identificar porque no sabían que una cara humana pudiera hacer eso— había una especie de reverencia absoluta.
Como la de alguien que ha visto, en el último momento, algo tan vasto y tan verdadero que morir fue lo de menos.