Capítulo 34 #2
Al llegar, había una furgoneta enorme frente a la casa. Era justo de la misma marca que había estado ojeando la semana anterior para comprármela. Mientras la miraba extrañado, Vicky aprovechó para abrir la puerta del copiloto de mi Land Rover y saltar al suelo de grava.
—¡ Vicky ! —exclamé cuando fue directa a la puerta principal—. ¿Qué haces? No puedes…
Me callé al verla abrir la puerta y colarse dentro.
—Mierda —mascullé. Fui con sigilo desde el Land Rover hasta la puerta abierta.
Cuando entré en la casa, Vicky estaba de pie en medio de la vasta estancia y me observaba con cautela.
—Cariño —dije, acercándome a ella mientras buscaba a los nuevos dueños. Fijo que estarían furiosos. Pero no había nadie más—. No sé cómo has conseguido la llave, pero no puedes entrar así sin más. No es…
Cuando me planté justo delante de ella, Vicky me cogió la mano, me la giró, dejó caer un juego de llaves en la palma y me cerró los dedos.
—Me enfadé mucho contigo cuando me enteré de que ibas a vender la casa —dijo.
Miré atónito las llaves que tenía en la mano. Estaba petrificado de la sorpresa.
—Es tu cabaña, Mike . No permitiré que nadie más ponga un pie en la casa que construiste.
—Nuestra cabaña —la corregí, levantando la vista de las llaves para mirar a Vicky .
—¿Cómo?
—Nuestra cabaña —repetí con decisión mientras apretaba las llaves.
—Nuestra cabaña —susurró Vicky , con los ojos llenos de lágrimas y una sonrisa trémula.
Solté las llaves y me lancé hacia ella para auparla. No iba a estar ni un minuto más sin esa mujer.
Le cayó una lágrima, pero sonrió más ampliamente mientras me abrazaba por el cuello.
La besé una vez, un pico fuerte y breve, y me dirigí a la escalera. Al llegar a la cama, nos desplomamos en ella conmigo encima.
Dos lágrimas más se deslizaron por sus sienes y se adentraron en su cabello mientras me sonreía.
La besé en una y luego en la otra mientras le enmarcaba el rostro con las manos.
—Cariño, has recuperado nuestro hogar —murmuré con voz grave. Asintió—. Vivirás aquí conmigo —dije. Torcí el gesto solo de imaginármela volviendo a Londres—. Puedes ir a trabajar y volver. A ver, podemos pasarnos por tu casa de Londres de vez en cuando, pero más que nada…
—Viviré aquí contigo —me interrumpió Vicky . La tensión que me atenazaba el cuerpo y de la que ni siquiera era consciente se disipó.
—Te casarás conmigo —añadí.
—Vale —dijo por toda respuesta.
—Serás la madre de mis hijos —insistí.
—Vale, Mike —respondió con tono afable mientras me acariciaba la mejilla.
Suspiré aliviado. Después de tanto tiempo pensando que la había perdido, sentí la necesidad de retenerla de todas las formas posibles.
¡Joder, vaya manera de pedirle matrimonio! ¡Qué poco romántico!
La mayoría de las mujeres querrían flores y diamantes, y tal vez París, no que un patán gigante las inmovilizase contra la cama en una cabaña de madera en medio del bosque y les anunciase que se iban a casar con él sin preguntarles siquiera.
—Lo haré como es debido —murmuré, besándola en la comisura de los labios.
—¿Como es debido? —musitó, restregándose contra mí mientras dejaba caer las piernas a ambos lados de mis caderas.
—Pedirte matrimonio —respondí contra su cuello mientras iba dejando un reguero de besos hasta su clavícula—. Te lo pediré como es debido.
— Mike . —Levanté la cabeza para mirarla—. No podrías habérmelo pedido mejor. Claro, conciso y sin ambigüedades.
— Vicky …
—¿Soy tuya?
—Ya te digo —gruñí.
—¿Y tú eres mío?
—Siempre.
—Pues con eso me basta y me sobra —dijo sonriendo.
Vicky
Me desperté por el sol que se colaba a raudales entre las vigas de madera. Al desperezarme, advertí que me dolía todo. Sonreí.
El primer polvo que eché con Mike la noche anterior fue rápido e intenso, como si ambos estuviéramos demasiado desesperados para ir despacio; demasiado marcados por nuestra separación.
Mike me inmovilizó y me poseyó con una urgencia igual a la que sentía yo. Llegamos al clímax juntos. Vi las estrellas y él rugió al eyacular.
Luego Mike nos preparó sándwiches con los ingredientes con los que llené la nevera el día anterior, y nos los comimos en la cama.
Era la primera vez que comía algo en la cama.
Aún no me había acostumbrado del todo a las migas.
Después tiró los platos al suelo y me hizo el amor, lento y con suma delicadeza, hasta que ambos volvimos a desmelenarnos.
Al acabar me abrazó y susurró contra mi pelo:
—Te echaba tanto de menos que me daba miedo. —Se le quebró la voz al final de la frase. Me sorprendió verle los ojos húmedos cuando lo aparté para mirarlo a la cara.
—Eres mi persona favorita —aseguré. Fue el mejor cumplido que se me ocurrió.
Me miró de hito en hito un buen rato, luego me levantó y me llevó a la ducha. Una vez bajo el agua caliente, me hizo poner las manos en los azulejos y me dijo que no las moviera. Me llamó buena chica por obedecerlo.
El sexo en la ducha era una pasada. Implicaba tres de mis cosas favoritas: limpieza, que me llamara «buena chica» y tener por lo menos dos orgasmos.
Cuando busqué a Mike a tientas, noté que su lado de la cama estaba frío. Abrí los ojos de golpe y me incorporé. Me giré para echar una ojeada a la cocina a través del balcón y suspiré aliviada al ver a Mike con el torso al aire, todo musculoso, metiendo pan en la tostadora.
Cuando vi que ponía el temporizador en el móvil, sonreí.
Pues claro que iba a prepararme el desayuno justo como yo quería.
Cruzamos miradas cuando bajé la escalera de caracol; su expresión se tornó posesiva al ver que solo llevaba puesta su camisa del día anterior. Abrió los brazos. Me lancé a ellos y me puse de puntillas para darle un beso.
—Hola —susurré al separarnos.
—Hola —respondió dándome un apretón—. Vicky , ¿la furgoneta que hay aparcada en la entrada es nueva?
Miré por la ventana que daba a la furgoneta estacionada.
—Sí.
Mike me miró ceñudo.
—¿Por qué has comprado una furgoneta?
Me encogí de hombros.
—Necesitabas una.
—Vale. Límites, ¿de acuerdo? —Asentí—. No me compres nada más.
—Mmm. —Me mordí el labio al pensar que entonces no le haría mucha gracia la nueva sierra circular industrial que le esperaba en su taller.
—Lo digo en serio, Vicky —insistió Mike con vehemencia mientras me levantaba la cara por el mentón y me miraba a los ojos—. Quiero cuidarte yo. No al revés.
Lo miré ceñuda y apoyé la cabeza en su pecho desnudo para disfrutar de la sensación de su piel bajo mi mejilla.
—Si ya me cuidas —susurré mientras escuchaba el fuerte latido de su corazón bajo mi oído. Justo en ese momento, sonó la alarma de su móvil—. Me preparas los huevos como a mí me gustan.
Su risa grave y cavernosa reverberó bajo mi cara.
—Preparar huevos no es igual que comprar una furgoneta y una casa.
—No, es más. Lo es todo. Es amor.