Epílogo
¿Una plasta entrometida y controladora?
Vicky
—¿He hecho algo mal? —le pregunté a Lottie mientras miraba la carta mecanografiada que me acababa de entregar.
—Claro que no, cielo —dijo con dulzura—. Pero me toca pasar página. Como sabes, ya me he graduado en Psicología, y el siguiente paso, mientras me preparo para trabajar con niños, me va a requerir mucho más tiempo.
Fruncí el ceño.
—Te doblaré el sueldo. Ipso facto .
Lottie se rio. Saltaba a la vista que no era consciente de la gravedad del asunto.
— Vics , cariño, ya me has doblado el sueldo estos dos años. No es cuestión de dinero.
Negué con la cabeza.
—Pues te necesito, así que no puedes irte y punto. Me niego.
—Pues bien que no te quejaste cuando estuve de baja por maternidad.
—Era distinto. Sabía que sería temporal.
Lottie suspiró.
— Vics , tú quieres que sea feliz, ¿no?
—Pues claro. Eres feliz trabajando para mí.
—Me encanta trabajar para ti, cariño. Pero quiero trabajar con niños. Ayudarlos a superar sus traumas, igual que los terapeutas ayudaron a Hayley . Es mi vocación.
—Pero es que necesito que me ayudes —protesté refunfuñando.
—Victoria Mayweather —dijo Lottie bruscamente. Levanté la vista de la carta para mirarla a los ojos. Lottie rara vez me hablaba con un tono cortante, pues sabía que me afectaba, como también sabía que me molestaba lo formal que sonaba mi nombre completo—. No me necesitas.
Arqueé las cejas.
—Eso es mentira. Me decepciona muchísimo que intentes engañarme.
Lottie ladeó la cabeza.
—¿Por qué crees que me necesitas?
La miré confusa.
—Para que deje de hiperconcentrarme, para que deje de insultar a la gente, para interpretar la situación, para ayudarme a distinguir si me están mintiendo o no…
—Vale, vale, lo último lo pillo. Es mi superpoder.
Y Felix me necesita tanto como tú en ese sentido.
Le he prometido que asistiría a alguna reunión de vez en cuando, cuando sea necesario; saber interpretar la situación os da ventaja en las negociaciones.
Pero ¿que impida que Vicky sea Vicky ? Y una polla, francamente.
—Has dicho una palabrota.
Lottie me sonrió.
—Ya.
—Tú nunca dices palabrotas.
—Pues con este tema sí, me cago en todo. —Su tono era fiero—. No estoy de acuerdo con que tengas que medir tus palabras para complacer a los demás todo el tiempo. Tu franqueza os puede ser muy útil, y si no te aceptan tal y como eres, ¿por qué querrías hacer negocios con ellos?
Abrí la boca para responder, pero me di cuenta de que no tenía una respuesta lógica a lo que había dicho Lottie . Eso me irritó muchísimo. Sin embargo, a pesar de mi irritación, sus palabras me alegraron el corazoncito.
—¿No crees que necesite…? —No tenía claro qué estaba preguntando—. ¿Crees que está bien que sea… yo misma?
—¿Te puedo abrazar de lado? —me preguntó Lottie .
Asentí. Vino a donde yo estaba sentada, me rodeó con el brazo y me estrechó fuerte y con una presión firme y constante, justo como me gustaba—.
Siempre debes ser tú misma, cariño. Eres suficiente.
Lamento que los demás te hayan hecho sentir que no lo eras. Incluida yo.
Me aclaré la garganta cuando Lottie se apartó.
Recé para que dejaran de escocerme los ojos.
Al fin y al cabo, estábamos en una oficina; no era el lugar apropiado para tener interacciones emocionales.
Así que sorbí por la nariz y parpadeé varias veces.
Cuando estuve segura de que todo volvía a estar en orden, proseguí.
—Te voy a echar de menos —solté—. Sabes que no me gustan los cambios. Que no vayas a estar en la oficina es inaceptable.
Lottie me sonrió.
—Yo también te echaré de menos, cariño. Pero nos veremos a menudo. ¿Olvidas que estoy casada con tu hermano? ¿O que vivimos casi siempre en el mismo pueblo? Me verás constantemente.
—Te veré menos, y eso sigue siendo un cambio inaceptable.
—Pero tú quieres que sea feliz, ¿no?
—Pues claro.
—Pues trabajar con niños me hará feliz.
Uf. Que los demás fuesen autónomos era un verdadero incordio. Pero sí, claro que quería que fuera feliz. Me importaban mucho Lottie y su felicidad. Me crucé de brazos.
—Sigue sin convencerme que lo mejor para la empresa sea que yo sea yo misma. Le iría mucho mejor si…
—¿Qué dices tú ya? —me interrumpió Mike con su voz grave, lo que me hizo levantarme de un bote.
Bueno, lo habría hecho de no ser por el enorme bebé del tamaño de Mike que él había engendrado.
Así que, más que dar un bote, di un respingo lento en el que me serví del escritorio y del brazo de la silla como apoyo.
Para cuando me puse en pie, Mike ya había entrado en mi despacho, así que no tuve que caminar mucho para llegar hasta él.
Entonces, planté ambas manos en su pecho mientras él me rodeaba con sus brazos, barrigón incluido, y me puse de puntillas para besarlo.
Este seguía siendo el saludo habitual de Mike , incluso estando los dos casados y yo embarazada de su hija.
Unos meses antes, a raíz de que sus amigos de la Madriguera del Tejón se burlaran bastante de él, le pregunté si quería cambiar de costumbre.
Resultó ser una pregunta imprudente, pues lo sacó de sus casillas.
Les dijo a sus amigos que se fueran a tomar por culo, que besaría a su parienta cuando le saliera de las pelotas y que los muy cabrones no deberían incomodarme, lo cual me pareció extremadamente grosero, pero a juzgar por sus sonrisas y sus efusivas disculpas, se lo tomaron con muy poca animadversión.
—Hola —dije sonriéndole. A veces, sonreír a Mike lograba distraerlo. Había aprendido a usarlo a mi favor. Me dio un apretón y me miró ceñudo. Estaba claro que esa vez mi táctica no estaba surtiendo efecto.
—¿Por qué preguntas si está bien ser tú? ¿Te han dicho algo?
—Tranqui, grandullón —respondió Lottie entre risas—. Nadie le ha dicho nada a Vics . —Cuando volvió a hablar, su tono era más amable—. Estábamos charlando de mi dimisión, pero Vics no está del todo de acuerdo.
—Ah, vale —repuso Mike . Apoyé la cabeza en su pecho para que me retumbase su voz grave. Era una de las mejores maneras que conocía para calmarme si me molestaba algo—. ¿Y crees que necesitas a Lottie aquí?
Me encogí de hombros.
— Lottie está siendo ilógica.
—¿Por qué lo dices?
—Porque dice que no necesito que me ayude a cambiar de actitud. Que al parecer debería ser yo misma.
—¿Y por qué es ilógico eso? Yo te quiero tal y como eres.
Aparté la cabeza de su pecho a regañadientes para mirarlo mal.
—Tú, Mike Mayweather , eres la excepción que confirma la regla. La semana pasada ofendí tanto a un grupo de contratistas que salieron de la oficina echando pestes.
—Ay, sí —soltó Felix desde la puerta—. Deberías haberlo visto, tío. Fue la leche.
—No fue la leche, Felix —protesté—. Podría afectar al progreso del proyecto y…
—En serio, Vics —me interrumpió Felix —.
Cuanto antes sepamos que son gilipollas, mejor, que luego cuesta horrores sustituirlos.
Solo les hiciste unas preguntas. No es culpa tuya que sepas más de ingeniería estructural que ellos.
Eso ya es una señal de alerta. Si fueran competentes, podrían haberte plantado cara.
Me puse a una distancia prudencial de Mike ; lo adecuado en una oficina. Pero la separación no duró mucho, pues enseguida me rodeó con el brazo y me arrimó a él.
—Pues si te parece bien que vaya por ahí sin… morderme la lengua, prepárate para tener muchos más clientes y contratistas descontentos.
Felix suspiró.
— Vics , ¿no crees que te convendría ser más sincera? —me dijo con cariño. No daba crédito—. ¿Y qué si perdemos clientes? Como ya te he dicho en alguna ocasión, ¿quién querría trabajar con ellos?
—Ocultar quién eres a cada segundo no te hace ningún bien, cariño —murmuró Mike a mi lado. Me pegó aún más a él.
—Ah —dije en voz baja, con los ojos escociéndome de nuevo. Me habían dicho demasiadas veces que ocultara quién era. Cambiar esa mentalidad exigiría un esfuerzo mayúsculo.
—Quiero que seas la Vicky de verdad, la que no se muerde la lengua —continuó Felix con decisión.
El escozor me empeoró con el nudo de la garganta.
A Felix se le relajó el semblante al ver que me caía una lágrima—.
¿Puedo darte un abrazo? —me preguntó. Asentí—.
Eh…, Mike , suéltala un momento, macho. No quiero comerme tu barba.
—Vale —gruñó Mike . Dejó caer el brazo para que Felix me diera un abrazo breve y fuerte. Enseguida volvió a arrimarme a él.
—Me disculpo por esta muestra de emoción tan poco profesional en mi lugar de trabajo —murmuré, tensa.
—Los mellizos trajeron ayer un cerdito a la oficina, Vics —apuntó Felix con tono seco—. A profesional no te gana nadie.
—Sí, qué acontecimiento más… inusual para un jueves por la mañana.
Felix se encogió de hombros.
—A Bea le ha dado por los cerdos últimamente y Lucy pensó que un cerdito animaría al personal.
—Fue entretenido —añadió Lottie —. Pero los chillidos sobraban.
—Y eso que solo fue Felix —dijo Tabitha mientras le daba unas palmaditas en el brazo.
Sonreí. El cerdito había sido entretenido, aunque no del todo apropiado para el ámbito laboral. Entonces me entró un cansancio monumental, así que me apoyé más en Mike y reprimí un bostezo.
—Bueno, me llevo a mi mujer de este manicomio —anunció Mike —. Está que se cae.
—Si solo son las tres de la tarde.
—Y tú estás de treinta semanas de embarazo, cariño —repuso él.
—Y te has quedado dormida en la sala de juntas hace un rato —se sumó Lottie .
La miré con suspicacia.
—Lo has llamado tú, ¿no?
Se mordió el labio.
—¿Puede?
—El embarazo es un estado fisiológico natural —le dije—. No requiere de ningún tratamiento especial. Que me duelan los pies porque mi bebé es enorme no significa… —Dejé la frase a medias porque Mike me levantó en brazos—. ¿Qué haces?
Me miró confundido.
—Levantarte del suelo.
Dio media vuelta y abandonó el despacho conmigo en brazos como si no pesara nada. Nada más lejos de la realidad.
—Mira que eres mandón —dije sin acritud mientras hundía la cara en su cuello e inhalaba el aroma a Mike con ese toque amaderado.
—Lo sé —murmuró mientras se giraba para llamar al ascensor. Estaba hecha polvo, así que, por más absurdo que fuera que me llevaran en brazos siendo una mujer ya crecidita en cuyo útero crecía otro ser, decidí dejarlo pasar—. Va, ahora aprovecha y duérmete en el coche de camino a la cabaña.
Sonreí contra su cuello mientras entrábamos en el ascensor y las puertas se cerraban a nuestra espalda.
—Me encanta la cabaña —comenté adormilada.
Me dio un achuchón.
—Lo sé, cariño.
—¿ Mike ?
—Dime.
—¿De verdad crees que debería ser yo misma?
—Pues claro, cielo.
—¿Y si me paso de sincera por ser yo misma? —expresé mi temor en voz baja.
—Te queremos, Vicky —dijo Mike con firmeza—. Nunca pensaremos que te pasas. ¿Y qué si hay quienes no te entienden? Que les den. Lo mejor es ser uno mismo. Total, los demás ya están cogidos.