Capítulo 34
Nuestra cabaña
Mike
Vicky seguía furiosa por mí. Parecía una bolita de indignación y rabia. Llevaba semanas sin sentirme tan bien.
Esta Vicky —la Vicky que temblaba de ira a mi lado— era sin duda mejor que la Vicky inexpresiva de antes, la que se mostraba impasible.
Con esta Vicky sí que podía lidiar.
—Se lo has dejado claro, eso seguro —advirtió Ollie , divertido.
Felix reprimió una risotada.
—Sí, has salvado al pobre Mikey de la malvada supermodelo que iba a embaucarlo.
La rabia de Vicky disminuyó, pero la duda apareció en su rostro cuando Felix mencionó que era supermodelo.
Lo miré mal.
—Cállate, Moretti —le espeté—. ¿Quién dice que no necesitaba que me salvaran?
Vicky se mordió el labio.
—Quizás podrías habértelas apañado solo —susurró—. Es que te estaba manoseando y…
—Me alegro mucho de que la hayas puesto en su sitio, cariño —le aseguré en tono afable.
—No me ha gustado que te tocara —susurró.
—A mí tampoco —le respondí también susurrando.
—Qué bonito ha sido lo que has dicho, cielo —le dijo mamá a Vicky con dulzura.
—¿Verdad? —secundó Lucy .
Vicky se sonrojó y agachó la cabeza.
—No debería haberlo hecho —murmuró. Volvió a encerrarse en sí misma. Percibí que se refugiaba tras sus muros. Las bromas de buen rollo que le habían dirigido la habían afectado. Pijos de mierda. Les habría borrado la sonrisa de un puñetazo—. Sería mejor pareja para ti de todos modos.
Esa última frase fue la gota que colmó el vaso. Todas esas semanas de aguardar pacientemente, de anhelarla, de preocuparme por ella, me hicieron estallar.
Me giré hacia Vicky y la miré mal.
—No, no es cierto —aclaré lentamente, apretando los dientes.
— Mike , yo no…
—Estoy hasta los cojones de oír lo que no eres, Vicky —dije, alzando la voz.
Me dio igual con quién estuviéramos y quién nos oyera—.
Lo único que he oído salir de tu boca estas dos últimas semanas es que no eres normal, que no eres lo que necesito, que no eres lo suficientemente buena.
¿Cuándo vamos a empezar a hablar de lo que sí eres? Porque eres preciosa.
Vicky se estremeció ligeramente al oír esa afirmación. Sabía que era hermosa, así que no debió de parecerle un gran halago. Al fin y al cabo, odiaba el apodo de princesa de hielo y la percepción que la mayoría de los hombres tenían de ella: que era intocable.
Pero aún no había terminado, ni mucho menos.
—Eres amable, eres un auténtico genio, eres una gran hermana, una gran hijastra, una gran amiga. Eres la persona más desinteresada que conozco. Gracias a ti mi hermana se sintió a gusto cuando se mudó a Londres.
—No es cierto —gritó, con los ojos llenos de lágrimas—. Decepcioné a Lucy .
—Cometiste un error.
Maldita sea, sabía que aún le remordía la conciencia.
Felix fue más canalla que ella, y mi hermana se iba a casar con ese canalla, pero aun así Vicky no se lo perdonaba.
—Pero antes de eso, cuidaste de mi hermana, y lo has seguido haciendo desde entonces.
—No…
— Lottie y Ollie jamás se habrían reencontrado de no ser por ti. Puede que Lottie ni siquiera tuviera la custodia de su hermana si no hubieras insistido en que trabajara para ti. No tengo ni idea de por qué crees que eres una carga y que hay que cuidarte.
Vicky abrió los ojos de par en par. Abrió y cerró la boca varias veces, pero no le salió ninguna palabra.
Bien, porque tenía más que decir.
—En definitiva, eres una buena amiga. Eres divertidísima; nunca me he reído tanto con una mujer como contigo. Ninguna me ha parecido tan interesante como tú.
—¿Interesante? —repitió Vicky , sorprendida—. ¿En serio? ¿Incluso cuando doy la brasa con mis estúpidas obsesiones?
—¡Oye, que los erizos no son estúpidos! —protesté—. Me encanta saber más de ellos. Y todos deberíamos preocuparnos más por el medio ambiente.
—Me estás tomando el pelo —susurró Vicky , y se me formó un nudo en el estómago. Se la veía tan insegura y triste…, pero en el fondo había un atisbo de esperanza en su voz.
—No te estoy tomando el pelo, cariño —dije suavemente.
Y entonces hice lo que debería haber hecho hacía semanas: la abracé y le aparté el cabello de la cara, manteniéndola ligeramente inclinada hacia atrás para mirarla a los ojos mientras le decía el resto—.
Eres todo eso, Victoria Harding . Pero, sobre todo, eres la mujer de la que estoy locamente enamorado.
Se hizo un largo silencio. Daba la impresión de que todo el bar contenía el aliento.
Vicky me miró parpadeando: miedo, ansiedad y esperanza se mezclaban en sus ojos.
—¿Me quieres? —susurró.
—Desde el momento en que me dijiste que estar en mi casa es como que te abracen todo el tiempo.
—Yo me enamoré de ti nada más verte —me confesó.
Me reí.
— Vicky , cariño, tenías seis años.
Asintió.
—Lo sé. Llegaste a Buckingham Manor con un erizo herido. Te sangraban las manos por las púas, pero te dio igual. Caminaste tres kilómetros cargando un erizo.
Buah, había olvidado que Vicky estuvo ahí. ¿Cómo había podido olvidarla? Pero claro, apenas le presté atención las pocas veces que la vi de niña.
—Siento haber pasado de ti entonces —añadí.
—No pasa nada. Yo era…
—Claro que pasa. Era un cretino inseguro y resentido, y me desquité contigo entonces y de nuevo hace unos meses, cuando te me insinuaste. Pero ahora que lo hemos arreglado todo, ahora que eres mía, no vas a volver a aceptar ese comportamiento de nadie. ¿Entendido?
—¿Soy tuya? —susurró. La esperanza venció al miedo mientras se animaba más de lo que la había visto en semanas. Y con eso me bastó.
Se acabó esperar para reclamarla. Se acabó tantear el terreno.
Enredé ambas manos en su pelo y la besé.
Se sobresaltó un instante, pero después se derritió en mis brazos y abrió la boca para mí.
Pero entonces se oyeron los primeros vítores y se puso rígida.
Las muestras de afecto en general eran algo nuevo para Vicky ; las demostraciones públicas de cariño debían hacerse poco a poco.
Además, mi madre estaba sentada a pocos metros, así que me aparté un poco y la rodeé con un brazo.
—Nos vamos —les anuncié a los de nuestra mesa, los cuales nos sonreían.
—Ya era hora, Mayweather —masculló Felix .
—Aunque tenga que echarme lejía en los ojos, estoy muy contenta —añadió mi hermana mientras daba botes en su asiento.
—Ahora cuídala —me dijo mamá con ternura.
—Eso —apuntó Margot —. No la cagues, Michael . Me he esforzado mucho para arreglar lo vuestro.
Puse los ojos en blanco y señalé a Margot .
—No te metas más.
—Desagradecido…
—Ahí Mike le ha dado, Margot —dijo Lottie con tono jocoso.
Margot resopló.
—Nadie aprecia mi esfuerzo.
—Bueno, nos vamos —mascullé, alejando a Vicky de los locos de nuestros familiares y amigos.
Pensé que se opondría un poco al menos mientras la llevaba a mi Land Rover , pero, en todo caso, se arrimó aún más a mí.
Cuando llegamos a la puerta del copiloto, la giré hacia mí para observar su rostro. Parecía un poco aturdida, pero, para mi alivio, no había ni una pizca de indiferencia en su expresión.
—¿Estás bien, cariño? —le pregunté con dulzura.
—¿Hablabas en serio ahí dentro? —me preguntó—. Yo no soy como Lottie . No sé detectar si la gente miente.
—Jamás te mentiré, Vicky —le aseguré—. Jamás.
Bajó tanto la voz que tuve que esforzarme para oír lo que dijo a continuación.
—¿De verdad piensas todo eso… de mí?
—Todos lo pensamos, cariño.
—¿De verdad me quieres? —susurró. Noté una opresión muy fuerte en el pecho al percibir la esperanza y el anhelo en su voz.
—Te quiero tanto que me falta el aire si no estás —dije, abrazándola—. Llevo más de un mes sin poder respirar como Dios manda.
Plantó sus pequeñas manos en mi pecho mientras me miraba fijamente, como si escudriñase mi rostro. Fuera lo que fuera lo que vio en él le impactó, porque, para mi sorpresa, se puso de puntillas y me besó.
Tardé un momento en recuperarme, pero una vez que lo hice, no perdí el tiempo. Enredé una mano en su cabello y con la otra la pegué a mí.
—Buena chica —murmuré contra sus labios mientras se abrazaba a mis caderas con las piernas y soltaba uno de esos gemiditos que tanto me gustaban.
—Te he echado de menos —susurró entre besos—. Te quiero.
Gemí. El sonido que hizo la puerta del bar al abrirse me devolvió al presente, por lo que dejé de besarla y apoyé la frente en la suya.
—Te vienes a casa conmigo —gruñí.
—Sí —musitó, asintiendo con entusiasmo al oír mi propuesta—. Sí, Mike . Llévame a casa.
Pero mientras conducía hacia mi taller, Vicky negó con la cabeza.
—No —dijo con firmeza—. Por ahí no se va a tu casa.
La miré extrañado.
— Vics , cielo, ahora vivo encima del taller de Moonreach . ¿No te lo ha dicho Margot ? He vendido la cabaña para devolverle su inversión.
—¿Por qué lo has hecho? —me preguntó con cariño.
—Ya lo sabes —respondí con voz tensa—. Debía demostrarte que solo te quería por quien eres. Me equivoqué al no contarte lo de la inversión de Margot . Siento haber herido tus sentimientos, preciosa. Nunca fue por dinero. Lo sabes, ¿no?
—Sí —dijo por toda respuesta. Suspiré aliviado—. Llévame a la cabaña.
— Vicky , ¿no lo entiendes? La he vendido. —Sentí el dolor familiar de la pérdida al pronunciar esas palabras, pero luego sacudí la cabeza para despejarla.
Sí, construí la cabaña con mis propias manos. Sí, era mi sueño desde crío, pero solo era un edificio.
No importaba.
Lo único que importaba era la confianza de Vicky . Y, de todos modos, no había sueño sin ella.
—Llévame —me volvió a pedir, terca. Suspiré. Quizá necesitase ver la cabaña ocupada por otra persona para asimilar la realidad.
—Está bien, cariño —acepté con resignación—. Podemos ir a verla, supongo.
Pero no quería ver que vivía otra persona en la cabaña. Quería ir ahí y abrir la puta puerta que yo mismo había tallado. Quería llevar a Vicky al altillo y follármela en la cama que yo mismo había fabricado.
Apretaba el volante con demasiada fuerza. Conducía como un bruto mientras descendíamos por el largo sendero de grava.