Capítulo 32
Me encanta. Me encantas
Mike
—¿Qué cojones pasa aquí? —mascullé mientras Ollie , Felix y yo entrábamos en la Madriguera del Tejón.
—Menos mal que habéis venido —dijo Jimbo —.
No aguanto más. ¡Mira cómo están! ¿Qué hace el poni de las narices en mi bar?
El muy gordinflón se ha cagado al lado de la barra.
Ya sé que por aquí no somos tan elegantes como los sitios de lujo a los que vais vosotros en Londres, pero no queremos boñiga de caballo en el suelo, coño.
—La madre que me parió —exclamó Felix mientras se frotaba la cara—. Pues sí que se han desmadrado rápido.
—¡Mi marido! —gritó mi hermana—. ¡Mi futuro marido!
Tan grande y guapo. ¡Está aquí! —Se puso de pie como para ir hacia él, pero se tambaleó—.
Uy, qué mareo. —Se desplomó de nuevo en su asiento cual muñeca de trapo—.
A este paso va a tener que llevarme en brazos —les dijo a las demás mujeres de la mesa—.
A veces lo hace. —Bajó la voz hasta susurrar, pero habló casi más fuerte que de costumbre—. Es muy sexy .
—Me encanta que hagan eso —comentó Lottie , mirando embelesada a Ollie .
La tía ni siquiera podía culpar al alcohol, pues no bebía.
—A mí también me gusta mucho —intervino Vicky , lo cual me sorprendió, pues pensaba que se había quedado dormida en el hombro de Claire . Tenía los ojos cerrados y sonreía ligeramente—. Me siento querida y protegida. Es posible que sea mi detalle favorito.
—Uf, poto —le espetó Claire , que cogió un chupito que tenía delante—. Qué asco dais. Debería estar prohibido que os lleven a cuestas. Que no sois bebés, joder. Va, brindemos.
—Eso, queridas —balbuceó Margot , que tenía el brazo alrededor de mi madre—. No dejéis que os lleven en brazos. Da mala imagen.
—Pues yo no le haría ascos —dijo mamá, quien, para mi horror, le guiñó un ojo a Jimbo poco a poco.
—¡Mi niño! —exclamó Bianca al ver a Felix .
Felix pasaba con creces del metro ochenta, así que de niño nada. Pero se le borró la sonrisa al vislumbrarnos a los demás.
—Qué pillines sois. Hoy es noche de chicas. Solo gallinas. Nada de gallos.
A Lucy le entró la risa mientras se tomaba el chupito.
—Eso, nada de gallos, chicos.
Luego se giró hacia Felix y le guiñó un ojo como buenamente pudo.
—Hasta más tarde —volvió a susurrar en voz alta.
—Poto otra vez —dijo Claire —. Venga, uno, dos, tres…
—¡Salud! —gritó Bianca .
Los tres nos abalanzamos sobre ellas al verlas levantar los chupitos llenos —salvo Lottie , que alzó una lata de Coca-Cola— y corear a Bianca , pero no fuimos lo bastante rápidos y se los bebieron de un trago. Todas menos Vicky , que afortunadamente seguía dormida en el hombro de Claire .
—Creo que voy a vomitar —anunció Claire después de un momento, con el rostro de una palidez antinatural, mientras se iba a toda prisa.
Vicky se tambaleó cuando se quedó sin su almohada humana, pero me lancé al asiento para sujetarla y que no se cayera de bruces en la silla de al lado.
Sostuve su cuerpecillo entre mis brazos; su aroma a lavanda mezclado con tequila me envolvía. La oí soltar un leve suspiro mientras se acurrucaba más contra mi pecho. Se le fue una manita a mi paquete. Apreté los dientes. No quería que se me empalmara en presencia de mi madre y mi hermana.
—Tengo que llevarte a casa, cariño —murmuré pegado a su cabello.
—Me encanta la cabaña —susurró, lo que me dejó de piedra.
Los demás intentaban espabilar a las otras.
Mamá discutía con Felix por la hora.
— Hetty —dijo Felix con la paciencia de un santo—. Son las tres de la mañana. Jimbo quiere que os larguéis y os llevéis a Legolas . Es que ¿por qué lo has traído?
—Es la despedida de soltera más rara que he visto en mi vida —comentó Ollie mientras él y Lottie intentaban que Margot levantase el culo.
Lottie se estaba riendo tanto que no era de mucha ayuda.
Sabía que debería haber ido a echarle un cable a Felix , el cual tenía que lidiar con mi madre, con la suya y con mi hermana, pero pasé de todo el mundo y me concentré en lo que acababa de decirme Vicky .
—¿Te gusta la cabaña, cielo? —le pregunté con dulzura.
—Me encanta —aseguró, cada vez más bajito conforme se iba relajando—. Me encantas.
El corazón me iba a tope. Tuve que tragar saliva para poder hablar de nuevo.
—Y tú a mí, preciosa.
Entonces, para mi horror, me noté la camisa mojada.
Vicky estaba llorando.
—Eh —le dije, acercándola más a mí—. ¿Por qué estás triste?
—Te echo de menos —susurró.
—Y yo a ti, joder. Muchísimo.
—No es para mí.
—¿Qué no es para ti?
—Tú.
— Mayweather —me espetó Ollie , que estaba tirando de su madre para sacarla de la silla mientras Lottie seguía tronchándose en vez de ayudar—. Nos vamos, tío. Jimbo está que trina.
Así que me levanté con Vicky en brazos. Dormía como un tronco.
—Y una polla no soy para ti —mascullé con decisión.
Cuando salimos del bar, el aire frío nos golpeó con tanta fuerza que despertó a Vicky .
Fue abriendo los ojos despacio. El frío debió de haberla espabilado un poco, porque se puso rígida.
—Bájame —ordenó.
— Vicky …
—¡Que me bajes! —Alzó tanto la voz que el variopinto grupo que nos rodeaba enmudeció y nos miró—. Hablo en serio, Mike .
No tuve más remedio que ponerla de pie.
Se tambaleó un instante. Extendí la mano para sujetarla del codo y estabilizarla, pero se apartó bruscamente.
—¡No! —gritó a media voz.
Levanté ambas manos en señal de rendición.
—Vale, cariño. No te tocaré.
—Me duele demasiado —dijo con la voz rota. Volví a sentir una opresión en el pecho. Negó con la cabeza.
—Yo también sufro, cariño. Yo también te echo de menos. Si tan solo…
—¡No! —exclamó casi a grito pelado. Trastabilló hacia atrás y a punto estuvo de caerse, pero el poni pequeño y regordete estaba detrás de ella. Hundió la mano en su pelo y se dejó caer encima de él. Lo abrazó por el cuello y ocultó la cara en su tupido pelaje.
Legolas resopló suavemente y la acarició con el hocico.
— Mike —me llamó Ollie , poniéndose delante de mí para impedirme ver a Vicky abrazada a Legolas —. Déjalo por esta noche. Ya la llevo yo a la mansión. No está en condiciones. Y, de todas formas, tienes que ayudar a Felix .
Miré a Felix , que se esforzaba por guiar a su madre y a la mía hasta su coche mientras Lucy se aferraba felizmente a su cuello. Suspiré frustrado al darme cuenta de que tenía razón.
«Me encanta. Me encantas».
—Oye —continuó Ollie , sacándome de mis pensamientos—. Sé por experiencia lo que es arrastrarse. Pero hay que saber elegir cuándo. Es la primera vez que Vicky se emborracha. No es momento de cogerla en brazos cual cavernícola y llevártela a casa.
—Está hecha polvo, Ollie —dije apesadumbrado—. Se está haciendo polvo, cuando yo podría hacerla feliz. Sé que sí. Ha vuelto a adelgazar. Y diría que no duerme. Estoy preocupado.
—Está bien. La…
—No está bien —le espeté—. He estado investigando, y las mujeres autistas e inteligentes tienen ocho veces más probabilidades de… —Dejé la frase ahí y parpadeé para que dejasen de escocerme los ojos. No me veía capaz de repetir las aterradoras estadísticas que había encontrado—. Como la pierda…
— Mike —me interrumpió Ollie con firmeza.
Me agarró del cogote con una mano y me plantó la otra en el hombro—.
La estamos cuidando, te lo prometo. Cuando no está con mi madre en la mansión, está bajo vigilancia las veinticuatro horas en Londres.
Y ya no la dejaremos esconderse cuando esté mal.
La hemos decepcionado como familia, pero eso es agua pasada. Así que no está sola.
—Vale —dije con la voz rota.
—Tendrás tu oportunidad —me aseguró. Me dio una palmada en la espalda y, antes de alejarse, añadió—: Pero no será esta noche.
Sorbí por la nariz, respiré hondo y enderecé los hombros. Me costó mucho alejarme de Vicky y dejar que Ollie la despegara del poni.
—Pero bueno, Jimbo —oí decir a mamá arrastrando las palabras mientras Jimbo salía del bar y les echaba una mirada asesina a ella y a todos los de su alrededor—. ¿Qué te pasa, guapo?
Entonces mi madre abrazó al dueño del bar y le dio un beso en la mejilla.
Lo que alcanzaba a ver del rostro de Jimbo bajo su espesa barba adquirió un tono rosa chillón. Abrió los ojos de par en par.
—Esto…, Hetty —murmuró, extendiendo los brazos a los lados—. Estás un poquito perjudicada. Tal vez cuando estés sobria y no te acompañe ningún poni, podríamos…
—¡Me chifla tu barba! —gritó mamá. Hasta aquí habíamos llegado.
Separé a mi madre de Jimbo , aterrorizado, y acto seguido Felix y yo los metimos a todos en nuestros coches.
Ollie ya había alcanzado a Vicky y se dirigía a su coche, donde ya había dejado a su madre y a Lottie . Al pasar junto a mi parabrisas, Vicky me miró fijamente. Estuve a punto de salir corriendo del coche para ir con ella.
Dolía ver la tristeza y la añoranza que reflejaba su mirada.
Apreté los dientes al arrancar y sacudí la cabeza para despejarme, pero no podía olvidar sus palabras.
«Me encanta. Me encantas».