Única (Soñadora 3) Capítulo 29
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Capítulo 29

Yo no amenazo

Vicky

No sabía a qué esperaba.

Permanecer veinte minutos sentada en el coche, mirando a la nada, no era productivo. Debía levantarme y obligarme a entrar en esa casa.

Cortar la comunicación con mi madre y Rebecca no había sido tan sencillo como bloquear sus números y ya. Vale, no les abrí la puerta cuando vinieron a casa, pero los incesantes golpes no eran lo ideal, pues vivía en un barrio tranquilo.

Por no hablar de los mensajes que dejaban en la recepción de mi oficina.

Por nada del mundo podía permitir que se entrometieran en mi vida profesional.

Lo único que tenía era mi vida profesional.

Así que ahí estaba yo, sentada en mi coche, frente a su casa, veintiún minutos y treinta y dos segundos más tarde de la hora acordada.

Me habían prometido que Darrell no estaría presente y que el acoso disminuiría si me reunía con ellas ese día.

No tenía claro si creerles o no, pero el coche de Darrell no estaba ni ahí ni en las calles cercanas (las había rastreado).

—Es seguro —me susurré mientras cerraba los ojos—. Estás a salvo. Tú puedes.

Unos fuertes golpes en la ventanilla me sobresaltaron. Al abrir los ojos del susto, vi a mamá frunciendo el ceño.

—¿Entras o qué? —preguntó, retrocediendo un poco y cruzando los brazos sobre el pecho en actitud defensiva.

Respiré hondo y exhalé lentamente antes de obligarme a abrir la puerta del coche.

«No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy», diría Margot . «Haz lo difícil primero, no lo pospongas».

Mientras acompañaba a mamá a casa, seguí haciendo los ejercicios de respiración que me había enseñado Abdul . No le haría gracia que estuviese ahí ese día. Estaba totalmente de acuerdo con Mike y los demás en que no debía tener contacto con mi familia.

—Rara vez recomiendo un distanciamiento prolongado, Vicky —me había dicho la semana anterior—. Pero tampoco me he topado con gente tan despreciable como tu madre y tu hermana.

Así que no, Abdul no creería que fuese buena idea.

Y si yo me hubiera empeñado en ir, sin duda habría querido que me acompañaran Ollie , Felix u otra persona.

Antes de revelarle lo de la inversión de Margot , también me habría sugerido a Mike , pero ahora parecía casi tan decepcionado con él como yo.

Incluso lo llamó gilipollas en una de las contadas ocasiones en que dejaba de mostrarse profesional.

Pero, aunque creí a Ollie , Claire y Margot cuando insistieron en que me consideraban parte de la familia, sabía que, dijeran lo que dijeran, debía ser un miembro dócil. Ya había dado una cantidad inaceptable de problemas ese mes; no necesitaba añadir más arrastrándolos a mi embrollo.

Se me cayó el alma a los pies al entrar en la cocina y ver todo el desorden.

—Hola —me saludó Rebecca en voz baja, sentada a la mesa con todos los platos y tazas sucios apilados frente a ella.

—Hola —respondí con cautela.

Rebecca no llevaba su habitual ropa de marca. Es más, ni siquiera iba maquillada y tenía ojeras.

—¿Y tu padre?

Mamá me miró con los ojos entornados.

— Gareth no es asunto tuyo —me espetó—. No eres su hija.

Me encogí de hombros. Al fin y al cabo, era cierto.

—Bueno, ¿qué queréis? —dije, manteniendo un tono neutral.

—Que retires los cargos contra Darrell —me contestó mamá, iracunda.

Me dieron unas ganas terribles de taparme los oídos, pero sabía que me llamarían bicho raro si lo hacía.

—No puedo hacer eso —repuse con sinceridad—. Ya he prestado declaración.

—Pero si solo estaba bromeando —argumentó mamá—. ¿Quién narices va a la poli por una simple broma?

Ladeé la cabeza sin dejar de observarla.

—Me hizo daño —alegué con voz queda.

Mamá puso los ojos en blanco y Rebecca se hundió aún más en su silla. Me sorprendió que no quisiera gritarme también.

—Siempre has sido una sensiblona. Déjalo estar. De todos modos, es tu palabra contra la suya.

Negué con la cabeza.

—Hubo testigos.

—Un testigo —recalcó mamá—. Y te lo tiras, por lo que no costaría mucho silenciarlo.

—Mamá —intervino Rebecca , levantándose de su asiento en la mesa de la cocina—. ¿Puedes dejar de decir…?

Interrumpí a Rebecca .

—No me lo tiro —dije por toda respuesta.

—¿Ya se ha cansado de ti? —se mofó mamá—. Sabía que le pagaban por estar contigo.

Palidecí y di un paso atrás.

¿Cómo podía saberlo?

Me empezó a dar vueltas la cabeza y se me hizo un nudo en la garganta.

Mamá me observaba con una sonrisa de suficiencia, como si le complaciera turbarme.

—Esto es ridículo. —Me sobresalté al oír la voz fuerte y seca de Margot .

Al volverme, la vi entrar en la cocina con paso ligero, haciendo ruido con las botas al pisar el embaldosado—.

Janet , Rebecca , como siempre, un fastidio.

Veo que vuestras habilidades para con las tareas del hogar no han mejorado con los años.

Mamá se enderezó de golpe y miró con odio la otra punta de la cocina.

Rebecca observaba a Margot con recelo mientras esta se plantaba a mi lado.

— Vicky , querida —me dijo—. ¿Qué diantres haces aquí con esta gente?

—Te-tenía que…

—No, no tenías por qué. Siento haber insinuado que debías mantener contacto con tu madre biológica.

—¡No tienes ningún derecho a estar aquí! —le gritó mamá—. ¡Largo de mi casa!

Margot se giró hacia mamá, irguiéndose y ajustándose el bolso al hombro. Dio la impresión de que la temperatura de la estancia había bajado unos cuantos grados.

—¿Tu casa? —preguntó Margot . Observé con fascinación que mamá se quedaba lívida—.

¿Que esta es tu casa, dices? —Se hizo un breve silencio.

La mirada gélida de Margot se posó en mamá, quien se rindió primero y apartó la vista—.

Esta casa forma parte de Buckingham Estate, al igual que los terrenos que la rodean.

Ha pertenecido a Buckingham Estate durante más de quinientos años. Mi hijo es el dueño de esta casa.

—¡Joder con los aristócratas! ¡Sois los dueños del país, macho! —le espetó mamá, con el rostro enrojecido por la furia.

Margot sonrió y asintió.

—Estoy de acuerdo. Al menos del setenta y cinco por ciento, así que sí, de la gran mayoría.

—Bajó el tono y dejó de sonreír—. ¿Crees que una familia que ha mantenido una fortuna tan grande como la nuestra lo ha hecho sin cierta crueldad?

—Y le susurró con una voz grave y letal—: ¿Crees que una familia así permite que la gentuza como tú putee a sus miembros? ¿Que les ponga las manos encima?

Mamá parecía que estaba a punto de vomitar.

—¿Me estás amenazando? —preguntó con voz trémula.

Margot esbozó una sonrisa que parecía más bien un gesto de enfado. Mamá se estremeció.

—Para nada. Yo no amenazo; yo sentencio.

Antes de que acabe el mes estarás fuera de esta casa.

No volverás a hablar con Vicky ni tratarás de contactar con ella por ningún medio.

Ya he hablado con tu futuro exmarido, que nunca estuvo a favor de este pacto, y está completamente de acuerdo en buscar otra vivienda.

Aunque, dado lo disgustado que está por cómo tratas a Vicky y lo mucho que se enfadó al enterarse de que has abusado física, emocional y económicamente de tu hija durante todos estos años, supongo que no la compartirá contigo.

—N-n-no puedes hacer eso —tartamudeó mamá.

—Mi familia ha hecho lo que le ha dado la gana durante más de quinientos años.

Ten por seguro que puedo y que lo haré. Con razón o sin ella, cuento con el apoyo de los tribunales, la policía local y el poder judicial.

Tengo un ejército de abogados a mi disposición y un equipo de excelentes investigadores privados que ya han desenterrado suficientes trapos sucios vuestros como para empapelaros a las dos.

—No es tu lucha, Margot —murmuró mamá entre dientes—. Ni siquiera es tu hija. Es la bastarda de tu marido, fruto de sus revolcones conmigo cuando se cansó de ti. ¿Por qué te importa?

—Mi marido era un cabrón sin escrúpulos. Y tú eres un despojo humano. Pero Vicky es, y siempre ha sido, absolutamente maravillosa. Es hermana de sangre de mis hijos, y la reconozco como mi hija por elección propia.

—¡Lo que dices no tiene sentido! —exclamó mamá, alzando la voz—. Deberías odiar a Vicky . Deberías…

—Si crees que debería odiar a tu hija, ¿por qué la dejaste en mi casa cuando tenía seis años?

—No había quien la aguantase —protestó mamá.

—Pues yo sí la aguantaba —replicó Margot —. De hecho, creo que Vicky era la niña más dócil que he conocido. ¿Por qué la trajiste sin avisar? ¿Por qué no intentaste cuidar de tu propia hija? ¿Qué clase de monstruo insensible…?

—¡No paraba de gritar! —estalló mamá.

Retrocedí un paso.

—¿Qué di…? —empezó Margot , pero mamá la interrumpió.

—Tu maridito le dijo que era un error, y nada más hacerlo, la niña empezó a gritar y no paraba. Venga a gritar y gritar.

—¿Qué le hiciste? —susurró Margot .

Eché un vistazo a Rebecca , quien, pálida, miraba a mamá.

—¿Qué iba a hacer? No se callaba. El duque se piró y el muy capullo me dejó con la loca esta. No me funcionó nada: la zarandeé y la abofeteé, pero seguía gritando. Tenía que hacer algo.

—¿Que la zarandeaste y la abofeteaste? —se escandalizó Margot en alto—. ¿Y no se te ocurrió abrazarla?

—¿Abrazarla? ¿Estás de coña? ¿Recompensarla por ese comportamiento? ¡Ni hablar! —Mamá se sonrojó y apretó los puños a los costados—. Los vecinos la oían. Fue horrible. Así que hice lo único que se me ocurrió.

Noté una opresión en el pecho y se me cerró la garganta. Era como si volviera a estar allí. Las paredes frías, las arañas, el pánico que me daba quedarme sola y no saber cuándo volvería mamá.

—¿Qué le hiciste? —repitió Margot , casi susurrando.

—La encerré en el sótano —dijo mamá entre dientes—. Y la dejé salir cuando…

—Cuando dejé de gritar —logré decir pese al nudo de la garganta. Horrorizadas, todas guardamos silencio—. Me dejaste salir cuando dejé de gritar. Pero no fuiste tú quien me dejó salir, mamá.