Capítulo 26
¿Qué quieres? ¿Matarme?
Vicky
Me quedé mirando el móvil.
Para ser sincera, no me lo creía. Después de lo que me había hecho Darrell , casi lo primero que pensé fue que mi madre y mi media hermana me lo harían pagar. Me imaginé el aluvión de mensajes y llamadas.
Cuando me agredió hacía dos años, me amenazaron una y otra vez; tantas que al final me estremecía cada vez que me sonaba el móvil. Pero ahora… nada.
Porque Mike había pulsado unas teclas y las había bloqueado. Y cuando mi tía me llamó unos días antes y me dijo a voces que había traicionado a la familia y herido a mi media hermana, que sabía que era retrasada mental pero que no era excusa, Mike me quitó el teléfono, colgó y la bloqueó también.
Pero me hallaba en un sinvivir. No estaba preparada para creer que fuera a ser tan sencillo desconectar de mi familia.
Durante años me habían inculcado lo afortunada que era de tener una familia que me tolerara. Así que bloquearlos me causaba ansiedad, pero sabía que contactar con ellos sería peor.
Además, era feliz en la cabaña.
Mike nos había enseñado a las niñas y a mí a soldar.
Aquello supuso que Mike maldijera sin parar y se lamentara de lo mucho que deseaba tener una novia y unas sobrinas que quisieran ir de compras un domingo en vez de incendiar su taller; una evaluación injusta, en mi opinión, pues fuimos muy cuidadosas con el soplete y solo le prendimos fuego a algo una vez.
Luego, cuando las chicas se fueron a casa, llamó a Felix .
Al parecer, faltaría al trabajo la semana siguiente y me quedaría con Mike en la cabaña. Jamás se me había pasado por la cabeza no ir a trabajar. Casi nunca me cogía días libres. Le conté a Mike que había seguido trabajando tras la última agresión pese a que sufría crisis de ansiedad en silencio.
Se lo dije como si nada, pero no lo tranquilizó; de hecho, a juzgar por el rubor que apareció en lo alto de sus pómulos y la mirada furiosa que me dirigió, es posible que hubiese agravado la situación.
—Pues ni de coña vas a trabajar la semana que viene —me dijo, seguido de una retahíla de palabrotas de todo tipo.
Como parecía muy importante para él y yo me sentía mucho más segura en la cabaña, acepté.
Y, a pesar del finde traumático, esa última semana fue la mejor semana de mi vida. Mejor que la semana en que gané mi primer millón. Mejor que la primera semana en que me mudé a una casa en la que podía mantener mi hábitat seguro y ordenado.
Mejor que cualquier cosa.
Sin embargo, la segunda noche discutimos. Mike me había prometido que me enseñaría a hacer una felación después de seis citas más. Llevaba la cuenta.
Le dije que consideraba una cita ir al taller (aunque también hubiera dos niñas de ocho años) y que debíamos proseguir.
Parecía escandalizado. Me dijo que estaba traumatizada y que no debía sentirme obligada a tener relaciones con él. Que estaba encantado con que nos acurrucásemos en el sofá y viésemos programas de organización.
Pero yo me moría de ganas de aprender a hacer una felación y Mike ya había abusado bastante de su poder.
La verdad es que no me había opuesto porque bloquear a mi familia y quedarme en la cabaña eran cosas que realmente deseaba hacer.
Pero su arrogancia y su actitud mandona me sacaron de mis casillas, lo cual era muy poco frecuente.
Hasta levanté la voz, algo que rara vez hacía, y lo llamé mentiroso y emisor de falsas promesas, lo que hizo que esbozara una sonrisilla muy inoportuna y me enfadase aún más.
Finalmente, levantó los brazos en señal de derrota y exclamó:
—Vale, vale. Puedes hacerme una mamada. ¡Esto me pasa por ser majo!
Se me pasó el enfado al instante y sonreí al ver que me había salido con la mía. Me arrodillé frente a él, sentado en el sofá.
—A ver —anuncié—. Me he documentado a fondo, pero quizá deberíamos repasar unos detallitos logísticos antes de empezar. Habría visto porno para prepararme, pero me temo que me da asco ver a otras personas desnudas.
—¿Unos detallitos logísticos? —preguntó Mike con los ojos como platos y una voz más chillona de lo normal—. ¿Q-qué detallitos?
—Tengo un problema con la parte de la eyaculación.
—¿Qué? —dijo débilmente mientras le iba desabrochando los botones de los vaqueros.
—No tolero muy bien el desorden, y a juzgar por mi aversión a las salsas, probablemente no me guste tener semen en la boca.
Mike se frotó los ojos y me sujetó las manos.
—No hace falta que te lo tragues, Vicky —apuntó con voz áspera.
Sonreí.
—Menos mal, porque es lo único que creo que no iba a soportar. Tener un pene en la boca sí que me parece bien, aunque el tuyo sea un pelín grande. Ya me las apañaré. Soy muy perfeccionista y me concentro mucho en las tareas, así que quiero hacerlo bien.
—Vale, bien —dijo con voz ronca—. Vicky , hagas lo que hagas será perfecto, te lo prometo.
Creo que hice un trabajo decente.
A ver, tuve que parar a preguntarle… un montón de veces, pero no parecía molestarle tener que instruirme.
De hecho, cuando hube terminado, me cogió en brazos y me estrechó contra él mientras murmuraba sin cesar lo perfecta que era, lo guapa que era… Y así.
Por lo que no debí de hacerlo tan mal.
La próxima vez lo haría mejor. Aunque, cuando se lo dije, me contestó con la voz de pito de antes: «Joder, ¿qué quieres? ¿Matarme?».
El resto de la semana mejoró por momentos.
Durante el día, aprovechando que me habían enviado las cosas que tenía en Londres, incluido el portátil, asistía a algunas reuniones por videollamada desde la cabaña.
Lottie se quedaba en Buckingham Manor con Hayley porque la niña estaba de vacaciones, así que se venía conmigo y me hacía señales como cuando estábamos juntas en la sala de conferencias.
Su habilidad para calar a la gente no era tan fina cuando teletrabajaba, pero aun así logró identificar embustes en un par de negociaciones.
Mike me dejaba verlo lijar, barnizar, soldar y tallar en su taller.
Siempre me habían dicho que mirar fijamente era de mala educación. Desconcertaba a mucha gente, pero a Mike no parecía importarle que lo mirara. De vez en cuando, levantaba la vista y me sonreía, o me preguntaba algo, o soltaba sus herramientas y venía a besarme.
En un par de ocasiones no solo me besó. Una vez incluso demostró lo fuerte que estaba de cintura para arriba: me aupó, me pegó a la pared y, ahí anclada, me poseyó mientras me susurraba al oído todo tipo de elogios obscenos y me decía lo buena chica que era.
No tenía claro qué era lo que hacía tan bien, pues no era yo quien se deslomaba, pero acepté el elogio de todos modos.
En otra ocasión, me inclinó sobre la lisa madera de su banco de trabajo.
Al acabar le comenté que esa postura era mi segunda favorita, justo después de esa en la que me sujeta contra la pared, y que me gustó que me inmovilizase y me agarrase del pelo.
—Vas a acabar conmigo —masculló con voz entrecortada.
De hecho, cuanto más me sujetaba, más segura me sentía. Me hacía sentir a salvo, igual que un buen abrazo.
Así que, bajo mi punto de vista, el sexo era una pasada. No estaba segura de que Mike opinara lo mismo. Él juraba que sí, pero yo era extremadamente inexperta y sabía que él había tenido un montón de relaciones sexuales.
En el pasado, oía a chicas hablar de él en la Madriguera del Tejón, y veía a sus ex, tanto las de Londres como las de Little Buckingham .
No tenían pinta de detenerse a media felación para preguntar si habría que usar la mano en la zona que no cubre la boca, para luego cuestionarse en voz alta si tienen la coordinación necesaria para ello, y descubrir que no, que para nada.
A ver, a Mike no pareció importarle en ese momento, pero sabía que, a diferencia de mí, la gente no siempre decía lo que pensaba.
El lunes por la noche me llevó a casa de su madre, algo que me inquietó.
Hetty siempre se había portado muy bien conmigo, y fue muy amable el día de la boda, pero la verdad es que no la conocía mucho.
Cuando llegué, me sorprendió ver a Lucy y Felix sentados en su cocina, esperándonos.
Como si no fuera impensable que Felix estuviera en Little Buckingham a mitad de semana.
—Pero ¡¿quién dirige la empresa?! —pregunté. Una pregunta lógica, pues ambos estábamos allí.
—Tranqui, Vics —dijo Felix , dándome un abrazo fuerte—. He estado allí hoy. Hemos venido a pasar la noche.
—¿Por qué?
Felix me miró como si hubiera dicho un disparate.
—¿Cómo que por qué? Vicky , queríamos verte. Estábamos preocupados por ti.
—Ah.
Que yo supiera, el interés de Felix por mí se limitaba a que éramos socios. Le hacía ganar un montón de pasta. Punto.
—¿Estás bien, cariño? —me preguntó Lucy , dándome también un abrazo fuerte tras una breve pausa y un asentimiento por mi parte.
—Sí —respondí, desconcertada por toda la atención.
—¿Quieres ver mis nuevos mapas? —ofreció.
Sonreí.
—Sí, por favor.
Lucy era una exitosa autora de fantasía épica. Sabía que me encantaba cómo estructuraba sus mundos y la complejidad de los mapas que su ilustradora creaba para ella.
Entonces los perros entraron corriendo y se abalanzaron sobre mí.
Hetty tenía dos golden retrievers enormes. Solo los había visto de lejos, y siempre me habían parecido preciosos. El más pequeño, Samsagaz, se emocionó tanto al verme que me saltó al pecho y me lamió la cara.
Mike me lo quitó de encima y le gritó que bajara, pero yo me agaché para que ambos perros pudieran lanzarse, y los abracé por el cuello.
Samsagaz se emocionó de nuevo y me derribó, y luego decidió sentarse con sus patas delanteras sobre mi pecho, inmovilizándome con su peso mientras el perro mayor, Frodo, me lamía la cara.
—Pero ¡bueno! —gritó Lucy —. Mamá, a ver si los adiestras, que esto ya pasa de castaño oscuro.
Mike me apartó a los perros para que pudiera ponerme de pie.
Cuando levanté la vista, Lucy y Felix intentaban sacar a un poni gordo de la cocina.
Los perros seguían restregándose contra mis piernas, así que hundí las manos en su espeso pelaje.
—Lo siento, cielo —se disculpó Hetty , que no parecía arrepentida en lo más mínimo—. A veces mis peluditos se pasan un poco de cariñosos. Es su manera de decirte que les caes bien.
—Mamá —le espetó Mike —. Vicky no quiere que…
—No importa —le interrumpí, sonriendo a los «peluditos» de Hetty . Había un labrador negro en Buckingham Manor . Lo quería más que a nada.
De niña, el contacto físico me resultaba más difícil, pero no con los animales.
Mientras cenábamos, el poni gordo se abrió paso por las puertas dobles y se comió mi ensalada con su hocico aterciopelado.
De las mejores comidas a las que he asistido. Hacía años que no me reía tanto.
Al día siguiente, cenamos de nuevo en la Madriguera del Tejón, pero en lugar de volver directamente a casa, Mike me llevó a casa de Pete y Emily para ver a los erizos.
Margot vino dos veces. La segunda ya no lloró, lo que me pareció un avance. Sin embargo, por alguna razón desconocida, Mike no parecía del todo cómodo con ella. Es más, la miraba como si fuera una bomba a punto de explotar cuando estaba cerca de mí.
Y sus visitas le provocaban ansiedad. Como si estuviera preocupado por algo. Cuando se fue la segunda vez, los vi por la ventana discutir acaloradamente junto a su coche.
No oí lo que decían, pero Mike parecía alterado y la miraba ceñudo mientras hablaba.
Le pregunté al respecto después, pero le restó importancia.
Entonces, pensando que de nuevo estaba tratando de mostrarse protector, le aseguré que Margot siempre había sido maja conmigo y no tenía por qué preocuparse por ella cuando estuviéramos juntas.
—Lo sé, cariño —dijo en voz baja, aún con expresión preocupada—. Te quiere con locura. Créeme, lo sé.
Y la reacción de Mike cuando me ofrecí a comprarle una furgoneta nueva después de que se averiara por segunda vez también fue extraña. Se opuso rotundamente, hasta el punto de resultar ridículo.
La verdad es que no entendía su actitud. Era un disparate que no dispusiera de un vehículo en condiciones.
—Invierto en negocios a diario —argumenté cuando intentó callarme a besos, lo que, para ser sinceros, le había funcionado bien hasta entonces.
Cuando mencioné que invertía, se puso rígido y se apartó.
—No necesito tu dinero, Vics —me soltó—. No estoy contigo por eso, ¿vale? Te quiero por cómo eres.
Lo miré extrañada.
—Ya lo sé, Mike . Nunca tendría tan mala opinión de ti. Eres más íntegro que cualquier persona que conozco.
Le cambió la cara cuando dije eso. No se me daba bien interpretar emociones. Si tuviera que apostar, habría dicho que parecía asustado, pero no podía ser.
¿Qué temía Mike ?
Pero antes de que pudiera preguntarle, me abrazó con tanta fuerza que me faltó el aire.
—Lo digo en serio, Vicky —insistió contra mi pelo, con voz ronca—. Solo te quiero a ti, ¿vale?
Su camisa ahogó mi asenso, pero lo tranquilizó lo bastante como para relajar los brazos y permitirme coger el oxígeno que tanto necesitaba.
Mike era muy cauteloso con las finanzas.
Las finanzas eran lo mío, como diría Lottie .
Si alguien podía ayudarlo a cuadrar las cuentas, esa era yo.
Asimismo, tenía claro que Mike necesitaba expandirse.
No daba abasto con tantos pedidos. Debía ampliar su plantilla y necesitaba un repartidor. Pero era testarudo.
Yo también, así que no me rendiría.
Pero, mientras tanto, yo era algo que no había sido en mucho tiempo, si es que alguna vez lo había sido.
Era feliz.
Tan feliz que bajé la guardia.
Olvidé quién era yo, quién era Mike , y lo improbable que era que alguien como él estuviera con alguien como yo sin un motivo.