Capítulo 25
¿Qué hace aquí tu madre?
Mike
Me pitaban un poco los oídos por la furia residual mientras agarraba el volante con tanta fuerza que se me pusieron los nudillos blancos.
Vicky no dejaba de echarme miraditas furtivas durante el trayecto, sin duda preocupada por mí.
Sí, preocupada por mí.
Mientras nos alejábamos de la mierda de boda en la que habían agredido a mi novia, Vicky me preguntó si estaba bien.
La habían agredido a ella y me preguntaba a mí cómo estaba.
Le dije la pura verdad: que no, no estaba bien. Me estaba costando Dios y ayuda no dar media vuelta y rematar al cabrón ese y despacharme a gusto con el resto de su familia.
Nunca había tenido tantas ganas de hacerle daño a una mujer como a la madre y la hermana de Vicky .
«Le salen moretones con solo mirarla».
Esa señora estaba como una puta cabra.
—Vaya —respondió Vicky en voz baja—. Lo siento.
—¿Que lo sientes? —dije apretando los dientes—. ¿Qué coño es lo que tienes que sentir?
—No debería haberte llevado a la boda. Es mi familia. Debería haber afrontado el trance sola.
—Tú tranquila —dije con absoluta convicción—, que nunca, bajo ninguna circunstancia, volverás a enfrentarte sola a ningún miembro de tu familia. ¿Me he explicado bien?
—Ah…, vale.
Luego tuve que presenciar el interrogatorio de Vicky en comisaría, donde contó lo que ese violador, Darrell , le había hecho hacía dos años y lo que le había hecho ese día.
Les dije a los agentes que era autista, y la verdad es que se portaron muy bien con ella, pero fue un proceso la hostia de largo.
Nos dieron las diez y Vicky estaba exhausta.
—¿Adónde vamos? —me preguntó, lo que me hizo darme cuenta de que estaba tan consumido por la furia y la preocupación que ni me había molestado en ponerla al corriente.
Me obligué a agarrar más flojo el volante y a comportarme como una persona racional y cariñosa. Miré a Vicky y se me vino el mundo encima. Carraspeé e intenté suavizar la voz al hablar.
—A la cabaña.
—Ah.
Pensaba que se opondría, pero cabe destacar que estaba un poco grogui; probablemente no tenía fuerzas para discrepar.
Al cabo de media hora, cuando llegamos a la cabaña, noté que se relajaba mientras cruzábamos el camino de entrada. Suspiré aliviado al pensar que quizá hubiera hecho lo correcto. Pero cuando aparcamos fuera, se tensó de nuevo al mirar la puerta principal.
—¿Qué hace aquí tu madre? —susurró, mirándola fijamente. La mujer, pletórica, se acercaba al coche dando botes.
Me froté la frente.
—Lo siento, pero tenía que llamarla.
La había telefoneado mientras Vicky estaba con el agente realizando los últimos trámites. Siendo sincero, estaba muy preocupado por ella, y sabía que mamá sabría qué hacer.
—Suponía que no habrías comido, y mi madre lo…, lo mejora todo. Sé que me ayudará a animarte.
—Hola, cariñito —saludó mamá mientras abría la puerta del copiloto.
Vicky la miró con recelo y dio un respingo cuando le desabroché el cinturón.
—¿Bajas? —le preguntó mamá mientras me apeaba yo de un salto. Fui hasta ellas y vi a Vicky salir poco a poco del Land Rover .
— Mikey me ha contado qué ha pasado —le informó mamá con dulzura—. Siento mucho que te hayan hecho daño.
Vicky nos miró a mamá y a mí y se abrazó a sí misma.
—No ha sido culpa suya, señora Mayweather —susurró.
—Lo sé, cariño —repuso mamá, aún más dulcemente—. Pero no por ello lo siento menos. Eso sí, lo que me sabe peor es no haber estado ahí con mi rodillo para partir cabezas.
Vicky enarcó las cejas y casi sonrió. Quizá pensara que mamá bromeaba, pero yo sabía de primera mano que Hetty Mayweather era de armas tomar cuando se enfadaba.
—Sé qué anima a mis niños cuando les pasan cosas feas.
¿Niños? Era un hombre de treinta y cuatro años.
—Un abrazo. ¿Puedo abrazarte? No pasa nada si no quieres.
Vicky dudó, pero al final asintió despacio.
Mamá se la acercó y le dio un abrazo clásico, al estilo Hetty Mayweather : afectuoso y envolvente.
Los brazos de Vicky permanecieron inertes a sus costados durante unos segundos, pero luego le devolvió el abrazo, sollozando levemente contra el jersey de mamá.
—Desahógate, cielito —dijo mamá en voz baja mientras mecía a Vicky con suavidad de un lado a otro—. Has sido una chica muy valiente durante mucho tiempo, pero ahora estás a salvo. Aquí nadie te va a hacer daño. Mi hijo no permitirá que te pase nada.
A mamá le temblaba un poco la voz, y cuando me miró por encima del hombro de Vicky , vi que también tenía los ojos vidriosos por las lágrimas.
Pasó un buen rato hasta que Vicky se apartó. Cuando lo hizo, mamá le quitó el rímel de debajo de los ojos y le secó el resto de las lágrimas.
—Ya está —añadió mamá con ternura—. Niquelada. Va, que os preparo unas tostadas de queso fundido y sopa de tomate.
Mientras mamá nos metía a toda prisa en la cabaña, le susurré al oído:
—¿Recuerdas que a Vicky le gusta…?
—Sé lo que le gusta, cariño —repuso ella—.
Siempre era muy fácil complacerla de niña, ¿a que sí, Vicky ?
Nunca he visto a nadie tan feliz con un sándwich de queso.
Va, ve a ducharte mientras cocino. Te he dejado la camisa más suave de Mike en la cama y los pijamas que te regalé el año pasado por Navidad, Mike .
Los que te quedaban pequeños. Sin etiquetas ni nada de eso, ¿vale?
—Eh…, vale —dijo Vicky despacio, mirando a mi madre como si viniera de otro planeta.
Al cabo de una hora, estaba convencidísimo de que llamar a mi madre había sido el mejor plan que se me podría haber ocurrido.
Vicky estaba acurrucada a mi lado en el sofá, con una manta encima, después de haber comido un sándwich de queso e incluso un poco de sopa, con el pelo recogido en una trenza que le había hecho mamá con su consentimiento.
Antes de marcharse, la abrazó de nuevo.
—Los hombres así intentarán arrebatarte una parte de ti —advirtió mamá con delicadeza—. Pero tú sigue entera y no dejes que te arrebaten nada. —Su tono se volvió vehemente—. No les pertenece. ¿Entendido?
—Sí —susurró Vicky .
—Así me gusta —dijo mamá mientras se apartaba y se colgaba el bolso al hombro. Luego se giró hacia mí—. Te encargarás de esa gentuza, ¿no, Michael ?
Era una orden que mamá esperaba que cumpliese.
—Descuida —señalé con determinación—. Enseguida me ocupo de ellos.
Vicky y yo volvimos dentro y vimos el resto de Los erizos secretos de Gran Bretaña. A los cinco minutos, se quedó dormida en mi pecho. La subí a mi cama y se aovilló con ademán protector; era una bolita tan pequeña que apenas se notaba que estaba debajo del edredón.
Me quedé despierto durante unas cuantas horas, mirando al techo y rabiando por dentro.
Cuando por fin me dormí, no me extrañó nada que, apenas unos instantes después (o eso fue lo que yo sentí, porque en realidad era a la mañana siguiente), aporreasen la puerta sin cesar.
Vicky seguía fuera de combate, hecha un ovillo en la cama, y no quería despertarla, así que saqué mi corpachón de la cama procurando molestarla lo menos posible y bajé corriendo a decirle a quienquiera que llamara que dejase de tocar los huevos.
Lo que me encontré al abrir la puerta fue a Ollie , cabreadísimo, flanqueado por Lottie , preocupada, y por Margot , visiblemente alterada.
—¿Y Vicky ? —gruñó Ollie , intentando entrar en la cabaña a empellones.
Lo detuve plantándole una mano en el pecho y lo empujé al porche.
—Está durmiendo, imbécil —le espeté—. ¿Qué coño hacéis aquí?
—Me ha llamado esa horrible mujer —intervino Margot , con la voz ligeramente temblorosa—. Me ha dicho no sé qué de la policía y algo relacionado con Vicky , y me pedía que no le dejase presentar cargos. La verdad es que parecía demente. ¿Ha ocurrido algo?
Me crucé de brazos y suspiré con ganas.
—Volved luego, anda. Hablaré con Vics y, si está dispuesta…
—Eh, tú, que estás hablando de mi hermana —me advirtió Ollie con su tono de duque de Follangham, el aristocrático que le gustaba usar para obligar a los insignificantes mortales a obedecer—. Si le han hecho daño, quiero verla ahora mismo.
—No me digas. —Me estaba cabreando—. Si tan buen hermano eres, ¿dónde demonios has estado las dos últimas décadas?
Ollie parpadeó.
—¿De qué hablas? La he protegido toda su…
—Mentira.
—¿Qué?
—Que mientes. Si siempre la has protegido, ¿por qué me dijo ayer su madre que, y cito, «le salen moretones con solo mirarla»?
Margot ahogó un grito, pero tenían que oír la verdad que, a todas luces, siempre habían ignorado.
—¿Por qué nunca la evaluaron de niña para ver si era autista? ¿Y por qué coño no sabíais de la boda que tuvo lugar ayer? ¡Que iba a ir sola, joder! A saber qué habría sido de ella si no le hubiera quitado a ese cabrón de encima.
—¿Qué? —bramó Ollie a la vez que palidecía—. ¿A quién le quitaste de encima?
—Al novio de las narices. Y, por lo visto, no era la primera vez que lo hacía el muy cabrón. ¿Dónde estabas cuando la agredió hace dos años?
—Dios mío —musitó Ollie —. Hace dos años… fue cuando se encerró en sí misma durante semanas, ¿te acuerdas, mamá? Siguió trabajando, pero, aparte de eso, parecía un fantasma. Nunca nos contó qué le pasó.
—¿Cómo es posible que no tuvierais ni la más remota idea de cómo la tratan su madre y su hermana? —pregunté con incredulidad.
—¡Esa mujer! Era… — Margot se encogió de hombros con impotencia—.
Era horrible. Siempre pensé que era mejor evitarla.
Y cuando Hugh me dijo que tenía que cuidar de su bastarda durante las vacaciones de verano, no me hizo mucha gracia.
Me costó un poco… — Margot tragó saliva—.
Me costó más de lo debido conocer en profundidad a Vicky .
Suspiré.
—Cree que es una carga para todos vosotros. Oyó muchas de las discusiones que tenías con su padre cuando la llevaba a Buckingham Manor . No digo que no tuvieras todo el derecho del mundo a enfadarte, pero…