Única (Soñadora 3) Capítulo 22
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Capítulo 22

¿Po-podrías quedarte conmigo hoy?

Mike

Vicky estaba triste, y lo odiaba.

Desde que la había recogido hacía una hora, no hacía más que mirar por la ventanilla de mi viejo Land Rover . El contraste entre esta Vicky y la Vicky con la que había salido dos noches antes era abismal.

Después del desastre de la primera cita —llevarla a un restaurante elegante donde ni siquiera podía probar bocado—, una segunda comiendo pescado con patatas fritas en mi sofá (algo que parecía entusiasmarle, pero que yo consideraba muy poco galante), y una tercera interrumpida por los cotillas de nuestros amigos y familiares, quería que esta fuera perfecta.

Así que intenté pensar en algo que Vicky considerara perfecto.

Le dije que se pusiera sus mallas y su sudadera más cómodas, la recogí en su casa y la llevé a un escondite en Regent’s Park que usaba la Sociedad Zoológica de Londres para vigilar a los animalejos espinosos.

Era la primera vez que preparaba un pícnic, pero ya había hecho mis pesquisas. Lottie me explicó con todo lujo de detalles cómo hacer un sándwich que Vicky fuera a comerse.

Valió la pena por ver su cara al llegar al escondite. Me miró como si le hubiera bajado la luna, cuando en realidad le había preparado un sándwich y me había colado en un parque de noche. Era una imagen casi etérea.

—¿A ti también te gustan los erizos? —me preguntó con los ojos muy abiertos.

La abracé y le dije «a mí me gustas tú» con la boca pegada a su pelo.

Cuando me aparté, parpadeaba rápidamente, lo que hizo que reparase en que tenía los ojos anegados en lágrimas.

La madre que me parió. ¿De verdad había pensado que esa mujer quería ropa de diseño y coches de lujo? ¿De verdad había pensado que se creía mejor que los demás?

Después de eso, se puso a hablar de erizos y preservación de la vida silvestre durante una hora entera. Cuando tuve que decirle con delicadeza que se comiera el sándwich, parpadeó como si saliera de un trance y se mostró profundamente avergonzada.

—Lo he vuelto a hacer, ¿no? —preguntó, con la cara roja como un tomate.

—¿El qué, cariño? —pregunté de vuelta frunciendo el ceño.

—Dar la brasa con mis obsesiones. Lo he vuelto a hacer. De-deberías haberme parado.

—Oye, que yo también quiero saber sobre los erizos. No te guardes todos los datos para ti, hombre. Egoísta. No es justo.

Ladeó la cabeza.

—Me estás tomando el pelo, ¿no? —Su voz era estable, pero percibí un ligero deje de dolor.

Sentado en mi silla plegable, me giré completamente hacia ella.

— Vicky , no. No bromeo. Me gusta oírte hablar de los erizos. Me gusta oírte hablar de cualquier cosa que te haga feliz. Ayer te di yo la brasa con la soldadura.

Tras una larga pausa, se abalanzó sobre mí y me besó.

Esa noche, la conversación llegó a otro punto muerto cuando le dije que podríamos dormir juntos pero no tener relaciones porque estaría dolorida. No le sentó nada bien. Luego me negué a enseñarle la «logística de una mamada», lo cual tampoco le sentó nada bien.

Acabamos llevando a cabo una negociación ridícula.

Vicky quería saber el número exacto de «citas» que tendríamos antes de que le enseñara. Qué disparate. Claro que quería que me la chupase, joder. Pero hacía tres días esa chica era virgen, e íbamos a ir despacio, hostia.

Pero ahora, sentada en el asiento del copiloto, no estaba parloteando sobre erizos ni sobre la renta universal (otra de sus obsesiones favoritas a la que di pie la noche anterior hablando por teléfono, lo que dio lugar a una explicación de una hora); era algo realmente fascinante, y me encantaba oír ese entusiasmo desenfrenado en su dulce voz.

No, no estaba hablando de nada. Y parecía muy muy distante.

Como si se hubiera alejado de mí; como si se hallara de nuevo tras una muralla.

Le toqué la pierna.

Se estremeció como si se hubiera olvidado de que estaba ahí.

—Perdona, cariño —me apresuré a decir—. ¿Te parece bien?

Antes de que pudiera retirar la mano, me la agarró con fuerza, como si se aferrara a un salvavidas.

—Sí. Muy bien.

—¿Estás bien?

Se mordió el labio y respiró hondo, pero antes de que pudiera responder, ya habíamos entrado en el aparcamiento de la iglesia.

—Va, entremos —dijo, mirándose el reloj—. Faltan siete minutos para que empiece la ceremonia.

Asentí.

—Vale.

Quise preguntarle por qué no venía con la familia. ¿No era eso lo que solían hacer las hermanas en las bodas? Pero claro, ¿qué sabía yo? Mi hermana se casaba y me había pedido que la llevara al altar, así que no iba a estar entre el público de la iglesia.

Pero quizá los ricos hicieran las cosas de otra forma. Quizá quedasen fuera de la iglesia.

— Mike , ¿voy muy…, voy muy llamativa?

Arqueé las cejas.

Vicky llevaba un vestido recto azul claro. Era sencillo y elegante. Lo había combinado con un sombrerito de esos que no se les caían a las chicas de milagro.

—Estás preciosa —le dije sinceramente.

Volvió a mirar por la ventanilla con el ceño fruncido mientras se mordía el labio inferior. Me dio la sensación de que había dicho algo malo.

Al entrar en la iglesia, Vicky mantenía la cabeza gacha, les dio las gracias en voz baja a los acomodadores cuando le dieron el programa y pasó por su lado en un periquete. Nadie la saludó. Nadie fue a abrazarla. Qué raro todo.

Entonces, para más inri, una vez en la iglesia fue corriendo a sentarse en la última fila. ¡Era su hermana! ¿Por qué demonios se sentaría en la última fila?

Cuando me senté a su lado, se acurrucó contra mí, lo más cerca que pudo, a pesar de que teníamos todo el banco de la iglesia para nosotros.

No es que me quejara, pero casi parecía que le diese miedo algo.

— Vicky —susurré—. ¿No deberías estar delante, donde se sienta la familia? Puedo quedarme aquí atrás si quieres.

Quizá no quisiese colar a un desconocido en la boda de su hermana.

A ver, parecía muy entusiasmada, casi desesperada, por que fuera, pero entendía lo incómodo que podía ser que estuviese ahí sin conocer a esa parte de su familia.

—¿Po-podrías quedarte conmigo hoy? —me preguntó en voz baja—. Lo siento. Sé que parezco un pelín empalagosa, pero solo por hoy, ¿podrías asegurarte de que te vas a quedar conmigo, eeh…, todo el tiempo?

Empezaba a sentirme un poco incómodo. El instinto me gritaba que cogiera a Vicky , la sacara de la iglesia y la pusiera a salvo en mi cabaña.

Ya ves tú qué tontería.

Estaba con su familia. Debería ser un gran día.

La conversación con su madre había sido un poco extraña; ¿por qué Vicky había costeado el vestido de novia de diez mil libras de su hermana?

No me gustó nada el tono que empleó esa señora, ni cómo le habló a su hija, pero cuando le insistí a Vicky para que me hablase de su familia, me dijo que eran majos.

Pero ¿por qué estaba en ese estado de pánico si eran majos?

Ahí había gato encerrado.

—Claro, me quedaré contigo —aseguré con firmeza.

—Ay, gracias —repuso aliviada.

Cuando me giré hacia ella, me sonrió; era la primera sonrisa que esbozaba en todo el día. Pero cuando volvió a mirar a la parte delantera de la iglesia, ocurrió algo rarísimo. Se le borró la sonrisa y palideció mientras se hundía en el asiento.

Seguí la dirección de su mirada, y ahí estaba el novio. Miraba fijamente a Vicky y sonreía.

¿Por qué ella no le devolvía la sonrisa?

Mi inquietud aumentó, sobre todo cuando el chico reparó en mí, dejó de sonreír y se volvió hacia el altar. La iglesia enmudeció cuando una rubia con un sombrero enorme enfiló el pasillo en dirección al frente, deteniéndose para saludar a los diferentes grupos de invitados.

Supuse que sería la madre de Vicky , pero ni siquiera miró a su hija, y encima Vicky se encogió y se pegó aún más a mí cuando entró.

Me incliné para susurrarle al oído:

— Vicky , ¿pasa…?

Me interrumpieron el órgano y el vicario diciéndonos que nos pusiéramos en pie para recibir a la novia.

¡La Virgen! La hermana de Vicky llevaba el vestido más complejo que había visto en mi vida. Tenía un huevo de encaje y la cola cubría casi todo el pasillo.

La acompañaban cinco damas de honor adultas, todas ataviadas con vestidos del mismo rosa salmón que las flores que adornaban la iglesia por dentro.

La ceremonia duró lo suyo. Se leyeron más de cinco textos, que se dice pronto, y una de las damas de honor cantó una canción horrible durante la firma del registro.

Y, en ningún momento, ni un miembro de la familia saludó a Vicky . Ni una sola vez. Fue rarísimo.

Fuera de la iglesia, la cosa se puso aún más rara.

Vicky se mantuvo separada del resto mientras los acomodadores y las damas de honor organizaban a la gente en filas para lanzar confeti a la feliz pareja y tomarles fotos saliendo de la iglesia.

Luego, la comitiva nupcial al completo se hizo fotos en grupo. Seguían sin interactuar con Vicky .

Empezaba a pensar que no se habían dado cuenta de que estaba ahí, hasta que, de repente, su madre se plantó ante ella con cara de vinagre.

Fue entonces cuando recordé lo que me había dicho Margot hacía unas semanas:

«No tengo muy buena opinión de esa mujer, ya que se acostó con mi marido durante años a mis espaldas, pero es que además es una de las personas más ruines del planeta».

—Tienes que salir en la foto familiar —le espetó su madre, agarrándola del brazo por encima del codo. — Vicky se estremeció ante el repentino contacto y me apretó más la mano—. En serio, Victoria —protestó la mujer—. No me avergüences. Hoy no. Y, por Dios, intenta sonreír. No es tan difícil.

Me faltó poco para explotar al ver cómo la agarraba del brazo y cómo se dirigía a ella —por no hablar de que no la había abrazado ni saludado, solo le había gritado órdenes—, pero lo que sucedió a continuación me obligó a actuar.

—¿Y bien? —preguntó, sacudiéndole el brazo con fuerza, lo que a su vez la zarandeó entera y le hizo emitir un gemidito gutural de angustia; una versión más tenue de los sonidos que hizo cuando estuvo estresadísima por los fuegos artificiales.

Di un paso al frente, llevé a Vicky detrás de mí aprovechando que aún le daba la mano y puse la otra en el brazo de su madre para apartarla de su hija.

—¿Qué cojones pasa aquí? —pregunté con voz grave y furiosa.

La madre de Vicky me miró perpleja.

—¿Y tú quién eres?

—El novio de Vicky . ¿Y tú?

Se le fueron los ojos de mí a Vicky y luego los entornó.

Decidí que no me había gustado ese gesto, así que chasqueé los dedos delante de la cara de la mujer.

Se sobresaltó y abrió mucho los ojos.

—No la mires —le espeté—. Mírame a mí. Me ibas a explicar quién coño eres y por qué coño estás agrediendo a mi novia delante de todos.

—Soy su madre.

—Pues perdona la confusión —añadí—, pero la forma de saludar a tu hija no me ha parecido muy maternal, que digamos.

— Mike , no pasa nada —comentó Vicky detrás de mí.

—Claro que pasa, Vicky —dije sin apartar la vista de esa víbora.

La madre de Vicky nos miró a su hija y a mí con una frialdad calculadora y esbozó la sonrisa más falsa que he visto en mi vida.

—Santo cielo, todo esto es un malentendido. Es que estoy un poco tensa por tener que preparar tantas cosas. —Se giró hacia Vicky ; parecía que le doliese horrores sonreír—. Querida, preséntame a tu noviete como es debido. Qué calladito te lo tenías, pillina.

—Mamá, este es Mike —dijo Vicky , todavía con un hilo de voz—. Y Mike , esta es mi madre. La señora Williams .

—Ay, por favor, llámame Janet . —Ahora era toda dulzura, lo que me puso enfermo. Pero cuando me tendió la mano, Vicky me apretó la otra, así que decidí no oponerme más.

— Janet —repetí en voz baja, dándole un apretón de manos breve pero tal vez demasiado fuerte.

—¿Me permites que te robe a mi hija un momento?

«¿Po-podrías quedarte conmigo hoy?».

Recordé lo que me había pedido Vicky antes con ese tono ligeramente aterrado.

Le apreté la mano.

—Tú primero.