Capítulo 21
«Seis, creo»
Vicky
Me mordí el labio mientras miraba a Mike desde el otro lado de la isla de la cocina. Iba solo con su camiseta térmica porque yo llevaba su camisa de franela.
No tenía ni idea de si estaba bien seguir robándole la ropa, pero se la birlé mientras se cepillaba los dientes esa mañana y me la probé, deseando impregnarme de su aroma a bosque y sentir la suave tela contra mi piel.
No pareció importarle. De hecho, cuando empecé a quitármela, me la volvió a subir con brusquedad y me abotonó la parte delantera mientras me decía que le gustaba cómo iba vestida.
Me agarró de la mano para que no me pusiera las mallas y me llevó al piso de abajo. Así que ahí estaba yo, en bragas y con una camisa enorme, viendo al hombre más guapo que había visto en toda mi vida pasearse por mi cocina.
—Me apetece prepararte algo, pero no veo que tengas tostadora.
Me bajé del taburete en el que me había sentado Mike y abrí las puertas del armario en el que estaban mi tostadora y mi tetera.
Arqueó las cejas y sonrió.
—¿Escondes tus electrodomésticos? —Su tono era burlón.
Lottie me había ayudado a distinguir cuándo alguien bromeaba y cuándo era cruel. No siempre se me daba muy bien, pero era mucho más hábil que antes identificando la diferencia.
—Es que no me gusta nada el desorden. —Me quedaba corta, pero no me apetecía entrar en detalles.
Se apartó de la tostadora e invadió mi espacio personal, haciendo la breve pausa que hacía siempre para avisarme. Entonces me abrazó y me besó en la nariz.
—Algo intuí cuando volví a la cama anoche y mi ropa estaba doblada en tu silla, incluidos los calcetines.
—Soy un pelín obsesiva —susurré. Fijo que los calcetines me habían delatado. Rezaba para que no lo desalentase descubrir todas mis peculiaridades de golpe.
Se encogió de hombros.
—Yo también. Quizá no con calcetines y tostadoras, sino cuando estoy elaborando una pieza. «Obsesivo» es poco. Va, que te preparo algo, hombre. ¿Cómo te gustan los huevos?
Me mordí el labio de nuevo.
— Mike , soy muy tiquismiquis con los huevos. Es… complicado.
Me dio un achuchón y suavizó el tono.
—Enséñame cómo los haces, así la próxima vez ya sabré hacerlos yo.
Al decir que habría una próxima vez, lo miré fijamente y esbocé una sonrisa enorme.
Una expresión casi feroz le cruzó el semblante. A continuación, me dio un beso breve y fuerte y otro achuchón y me dejó ponerme con los huevos.
Mientras lo preparaba todo, le pregunté cómo los querría, a lo que me contestó que se los tomaría igual que yo.
Ese nivel de flexibilidad siempre me había intrigado.
Ni siquiera sabía cómo iba a preparar los huevos: cómo de líquida quedaría la yema o qué tonalidad adquiriría el pan tostado.
Iba a hacer huevos escalfados. Tenían que cocinarse durante dos minutos y treinta y cinco segundos exactos.
El pan tenía que ser integral, pero sin semillas, y tostarse durante un minuto y diez segundos de reloj en una tostadora precalentada.
—Un momento, me lo apunto —dijo Mike mientras yo explicaba de corrido lo que estaba haciendo—. ¿Y cómo es que precalientas la tostadora?
Me sonrojé, así que agaché la cabeza para no mirarlo a los ojos.
—La enciendo durante treinta segundos para que esté caliente al meter la tostada.
Seguí evitando el contacto visual mientras trajinaba por la cocina. Cuando finalmente le serví los huevos escalfados sobre las tostadas y me senté a su lado en el taburete de la cocina, me quedé mirando fijamente mi plato; me sentía tan rara que ya no tenía hambre.
¿Era raro precalentar la tostadora?
—Eh. —Miré a Mike , que ahora estaba completamente vuelto hacia mí. Agaché la cabeza de nuevo y mi pelo me ocultó el rostro. Sin embargo, fiel a su estilo, Mike me giró el taburete para que lo mirase y, con la otra mano, me pasó el cabello por detrás de la oreja—. ¿Qué pasa? ¿Por qué no comes?
—Soy un poco… quisquillosa con la comida —respondí—. No es que sea una princesa de hielo ni una mimada. Tampoco es que sea complicada a propósito. Es que…
— Vicky , te estás preparando el desayuno en tu cocina —dijo—.
Sé lo quisquillosa que quieras. —Su tono se suavizó—.
Y siento haberte llamado princesa. No te conocía entonces y te prejuzgué.
Sabes que ya no lo pienso, ¿no? —Hizo una pausa y puso una cara que no supe interpretar—.
Vicky , adelgazaste en exceso después de que fuese un capullo contigo y Ollie te encontrase debajo de la dichosa mesa de centro.
Nunca me lo perdonaré, pero voy a hacer todo lo posible por enmendarlo.
No quiero volver a estresarte. Nunca pensaría que eres una mimada o complicada.
Esbocé una sonrisilla.
— Mike , reconoce que un poquito complicada sí que soy.
Arqueó las cejas.
—No lo creo.
Suspiré.
—Tengo una tabla de colores que indica cómo prefiero el té según la hora del día, Mike .
—Ya, bueno, si acaso eso te hace menos complicada —objetó con naturalidad—. Si todo el mundo hiciera eso, se desperdiciaría mucho menos té.
Parpadeé.
—Yo también lo creo —susurré—. Se lo comenté a Lottie y me aseguró que la mayoría de la gente no estaría de acuerdo. No me permite mencionarlo en las reuniones.
Frunció el ceño.
—Llévate la tabla donde te dé la gana, cariño —apuntó, gruñón—. Y que te sirvan el té como te apetece, hostia.
Dejé el tenedor y me volví hacia él.
—Me gustas mucho mucho, Mike Mayweather —le dije. Sonrió. Sus dientes blancos contrastaban con su piel bronceada y su barba; estaba tan guapo que por un momento me quedé absorta.
—A mí también me gustas mucho mucho, cielo —contestó con una voz grave que me pareció notar por todas partes.
Sentí un calor sofocante en las mejillas y me mordí el labio.
Me miró la boca y se aclaró la garganta. Negó con la cabeza como para despejarse.
—Va, cómete los huevos, hombre —dijo con la voz ronca mientras se apartaba de mí—. No quiero ser la causa de que adelgaces más.
—No fue solo por lo que pasó ese día —confesé, pues me negaba a que Mike siguiera echándose toda la culpa—. No fue solo tu rechazo. Hubo otras… cosas, y, bueno…, no fue solo por ti por lo que dejé de comer.
Mike me miró fijamente un buen rato.
—¿Me contarás lo otro cuando estés lista? —me preguntó. Me alegró que no insistiera.
—Vale —acepté en voz baja. Entonces me besó en la sien, me dio un breve abrazo de costado y, de repente, volví a tener apetito.
O al menos así fue hasta que me sonó el móvil y miré la pantalla. Fue como si la hubiera invocado al mencionar que había habido otras cosas que me habían estresado.
Sabiendo que seguiría llamando hasta que contestara, decidí zanjar el asunto cuanto antes.
—Hola, mamá —dije, apartando lo que quedaba de mi tostada con huevos escalfados.
—Tienes que llamar a la floristería para costear los arreglos —me espetó.
Llevábamos más de seis semanas sin hablar. Ni hola ni cómo estás.
—Vale —dije despacio—. Pero, mamá, ya pagué las flores. La floristería me envió la factura la semana pasada. Fueron…
—Hemos decidido que queremos tanto los arreglos de mesa como las cascadas de orquídeas más altas. Serán cinco mil libras más.
—Mamá —dije en voz baja, consciente de que Mike me observaba con curiosidad—. ¿ Gareth sabe que…?
—No metas a Gareth en esto, joder —protestó casi gritando.
Mike se puso rígido a mi lado; era obvio que la había oído chillar.
Suspiré. Gareth se disgustaría mucho si supiera cuánto dinero de más se estaba gastando en la boda a sus espaldas, pero no podía hacer nada al respecto.
—Vale, de acuerdo. Llamaré mañana.
—Y no te pongas nada que eclipse a tu hermana.
Parpadeé.
—No voy a…
—No lo permitiré, jovencita.
—Mamá, le he pagado el vestido de novia. Ha costado diez mil libras y es de Oscar de la Renta. Nadie eclipsará a Rebecca . Sería imposible.
—Tú no te pongas nada llamativo.
—Oye, ¿quieres que vaya a tu casa antes de la ceremonia? Gareth me dijo que…
—No. La casa es solo para las damas de honor y la familia cercana.
—Vale —susurré—. Te…, eh, ¿te veo en la iglesia entonces?
—Mmm —dijo mamá para salir del paso.
—Oye, mamá —dije, intentando usar un tono neutral—. De verdad, si prefieres que no esté, no me importa. Sé que os molesto a ti y a Rebecca , y…
—¡Por Dios, deja ya de hacerte la mártir! Ahórrame el melodrama. Tienes que asistir a la maldita boda. Se vería raro que no fueses. Intenta no hablar mucho con la gente. Y, por el amor de Dios, no menciones los erizos ni ninguna otra de tus obsesiones.
Asentí, aunque decepcionada. De verdad que esperaba que me permitiera librarme.
Pero me necesitaba allí. Todo el mundo sabía que tenía dos hijas.
Estaba en lo cierto; se vería raro que no fuera a la boda de mi media hermana.
Pero solo de imaginarme teniendo que pasar un día entero con gente a la que no le caía bien sentía que algo me aplastaba el pecho y por un momento me costó respirar.
A las amigas de Rebecca tampoco les había caído bien nunca. Me hacían bromas, pero no con buena intención. Incluso de niña sabía que no estaban de coña.
—Vale —susurré, pero ya había colgado. Me temblaba la mano cuando dejé el móvil en la encimera de granito.
—No parecía una conversación muy agradable —apuntó Mike con cautela.
Me encogí de hombros.
—Es por la boda de mi media hermana.
—No sabía que tuvieras otra hermana.
—Mi madre se casó con Gareth tres meses después de tenerme a mí. Tuvieron a Rebecca un año después.
—¿Tu padre estuvo alguna vez con tu madre? Sé que dejó a Margot después de que nacieras. ¿Nunca se casó con tu madre?
—Uy, no, mi padre la odiaba. Nunca vivió con nosotras. Fui un error. Me dijo que era el intento de mi madre de retenerlo, pero que no iba a caer en su trampa.
—¡¿Te dijo eso?!
Mike parecía enfadado. Quizá no fuera un buen tema de conversación.
—¿Qué edad tenías cuando te lo dijo?
—Seis, creo.
—¿Que tu padre le dijo a su hija de seis años que era un error y que su madre solo la había tenido para que no la dejara?
Ay, madre. Estaba alzando la voz. No quería que Mike se enfadara, así que le puse en situación para calmarlo.
—Bueno, era la verdad, y mi padre sabía que me gustaba la verdad y que quería que la gente fuera sincera conmigo. Solo me estaba contando las cosas tal cual eran.
Mike cerró los ojos lentamente y respiró hondo por la nariz.
—No se le dicen esas cosas a una niña de seis años, Vicky , joder.
—No, no lo entiendes. Mi padre…
—¿A qué edad dejaste de hablar?
¿Y eso? ¿A qué venía esa pregunta?
Parpadeé.
—¿A qué edad, Vicky ?
—A los seis años —contesté en voz baja. Mike me miró fijamente. Negué con la cabeza al ver lo que insinuaba—. No, ese no fue el detonante.
Arqueó las cejas.
—¿Me estás contando que te pasó algo aún más heavy cuando tenías seis años?
Me puse rígida.
Sí, me pasó algo más heavy cuando tenía seis años. Pero no iba a entrar en eso.
—No quiero seguir hablando de mi infancia.
Mike advirtió que me había tensado un momento y siguió el movimiento de mi mano mientras me pasaba un mechón por detrás de la oreja. Al percatarme de que aún me temblaba, volví a dejarla en el regazo.
—Vale, cariño —cedió con ternura—. Cómete los huevos.
Hice una mueca al mirar los huevos, ya fríos.
—Es que…, eeh, bueno…
—Te preparo otros —me dijo mientras se bajaba del taburete de un salto.
—No, tranquilo. Ya…
— Vicky , ¿vas a poder comerte un huevo poché frío? Dime la verdad.
—No —susurré. Me sentí una tiquismiquis, pero era la pura verdad.
—Pues ya está —dijo por toda respuesta.
—Pero… —Estaba a punto de ofrecerme a hacerlo yo. Puede que me hubiera observado, pero desconocía los tiempos exactos y…
—No te preocupes —me interrumpió con una sonrisa. Me enseñó el móvil. Se había escrito un párrafo entero con los apuntes y los tiempos en la aplicación de notas. Lo tituló Los huevos de Vicky .
Sonreí y noté un escozor en los ojos, lo cual era ridículo. Solo eran huevos.
—Gracias —dije con voz ronca.
Asintió con decisión y se puso a preparar mi segundo desayuno.
—¿Cuándo es la boda? —preguntó como si nada.
—¿Q-qué?
—La boda de tu hermana, esa de la que hablabas con tu madre. ¿Cuándo es?
—Ah… El sábado que viene.
—Vale, ¿a qué hora te recojo?
Me quedé boquiabierta.
—¿Me recoges? —exclamé con voz de pito por la sorpresa.
—Para ir a la boda.
—¿Vas a recogerme para ir a la boda?
—Cariño —dijo con convicción—, si crees que después de oír la charla que has tenido con tu madre te voy a dejar ir sola a la boda, te falta un tornillo.
—Ni se me había pasado por la cabeza que Mike estuviera dispuesto a llevarme a la boda de Rebecca .
El peso que me aplastaba el pecho desapareció al saber que me acompañaría—.
¿ Vicky ? —Dejó lo que estaba haciendo para mirarme—. ¿Estás bien?
—Gracias —dije, poniendo todo mi corazón en esa palabra, que salió un pelín entrecortada por lo cerrada que tenía la garganta.
Me miró fijamente un momento con expresión feroz. Entonces dejó la sartén y rodeó la isla de la cocina para colocarse a mi lado. Giró mi asiento hacia él con ese ademán autoritario suyo y me besó. Cuando se apartó para apoyar la frente en la mía, su semblante era afable.
—No hay de qué.