Capítulo 20
El procedimiento habitual
Mike
Vale, no soy un santo.
Sí, era demasiado pronto para ella. Lo sabía.
Sabía que estaba mal. Pero tenía a la chica más guapa que había visto en la vida real desnuda debajo de mí, sabiendo que yo era el único con el que quería estar, habiendo soñado con ella durante meses.
De ninguna manera iba a ser lo bastante fuerte para hacer lo correcto.
Tras dejar de besarla, le pasé los labios por la mandíbula y le mordí en la oreja como venganza. En cuanto su boca quedó libre, volvió a hablar con ese tono jadeante y desesperado.
—Tomo la píldora anticonceptiva oral —me informó—.
La dosis de etinilestradiol es de treinta microgramos y la de levonorgestrel, de cincuenta.
Llevo tomándola el tiempo recomendado para asegurar su eficacia.
Y he comprado condones. De todo tipo. Había mucha variedad.
No sabía cuál preferirías, así que he adquirido una amplia gama.
Por lo que ese aspecto está cubierto. Además, si vas apurado, podríamos minimizar el periodo poscoital.
He investigado un poco y he averiguado que hay hombres a los que no les gusta acurrucarse, así que podría…
Solo dejó de hablar cuando volví a cubrir sus labios con los míos. Parecía que estuviera defendiendo su causa ante un tribunal.
Como si necesitara que me convenciera.
Como si me preocupara que fuera a ser una pérdida de tiempo. Joder.
— Vicky —dije contra su boca—. Cállate, preciosa. ¿Vale?
—Vale.
—Buena chica.
Se estremeció debajo de mí y sonreí antes de pasarle la boca por el cuello y seguir bajando.
—¿Q-qué haces? —me preguntó con voz trémula.
Ya había llegado a su terso vientre. Me detuve brevemente para quitarle la falda y la besé desde la cadera hasta sus partes.
—¡Ay, madre! —Se arqueó en la cama cuando la lamí—. ¿Es este el procedimiento…, eh, el procedimiento habitual?
Sonreí exultante y la lamí de nuevo; me serví de uno de mis toscos dedos para comprobar lo prieta que estaba mientras mi boca seguía centrada en su clítoris.
La conclusión fue que estaba cerradísima, y yo no la tenía pequeña, precisamente.
Sentí una punzada de inquietud, pero entonces reorienté mis esfuerzos y volví a llevarla al orgasmo.
— Mike , Mike , Mike . —Coreó mi nombre a modo de plegaria mientras, temblando de arriba abajo, hundía las manos en mi pelo—. No puedo… No es… ¡Ah! —Explotó con un grito. Todo lo que había debajo de mi lengua se contrajo, mientras su cuerpo entero se estremecía ante la intensidad del momento.
Subí despacio hasta su rostro, sin dejar de apretarle ligeramente ahí abajo.
Su cara de grogui satisfecha me infló el ego.
—Te necesito dentro de mí —susurró, intentando tirarme de nuevo sobre ella—. Por favor, Mike , soy tuya. Por favor.
Notaba lo resbaladiza y húmeda que estaba bajo mi mano. Quizás fuera demasiado pronto, pero sabía que estaba lista para mí.
—Vale, cariño —dije con un gruñido bajo y el cuerpo dolorido por la tensión de contenerme. Solo quería penetrarla, pero el recuerdo de lo prieta que estaba y la preocupación de que fuera a dolerle me ayudaron a mantenerme a raya—. Condones —mascullé.
No tenía nada, pero había mencionado los condones, y sabiendo lo mucho que Vicky investigaba todo, imaginaba que querría usarlos.
—En el cajón de arriba de la mesita de noche —indicó.
La besé y me puse de pie junto a la cama. Abrí el cajón y, a pesar de lo tenso que estaba el ambiente, me reí de la sorpresa.
—No exagerabas cuando has dicho que los habías comprado todos. El cajón contenía todas las marcas, tamaños y sabores de condones habidos y por haber.
—No quería equivocarme —murmuró en voz baja. Contuve la risa al ver que volvía a estar como un tomate. Solo me faltaba hacerle pasar vergüenza.
—Lo has hecho muy bien, cariño —dije mientras cogía unos al azar y me bajaba los pantalones y los bóxers a la vez.
Vicky abrió mucho los ojos y me miró fijamente. Lívida, tragó saliva.
La miré ceñudo mientras apartaba los pantalones de una patada.
—Eh —dije con dulzura. Apartó la vista de mi polla y me miró a la cara mientras volvía a tumbarme a su lado—. No tenemos por qué hacer nada más hoy, ¿vale? Si has cambiado de idea, no pasa nada.
Echó un vistazo abajo y al volver a mirar arriba tragó saliva con nerviosismo.
—No, no he cambiado de idea —negó con firmeza, pero le noté un ligero temblor en la voz—. Es que no estaba segura de la logística exacta de todo, eh…, bueno, de si cabría.
Le sonreí.
—Cabrá.
—Eh…, vale. —No parecía convencida.
Volví a apartarle el pelo rubio claro y la besé en la comisura de los labios.
—Paremos un momento. —No estaba seguro de que mi rabo fuera a reponerse del todo, pero sí de que quería que Vicky estuviera totalmente de acuerdo si íbamos a hacer eso.
Se le dibujó una expresión de determinación en el rostro y me sorprendió empujándome para sentarse encima de mí, con su calor rozándome la polla.
—No —protestó, testaruda como era—. No aguanto más. Te necesito y… —La agarré de las caderas y la moví hacia mí a un ritmo lento—. Ah… Sí, qué… —Dejó la frase a medias para emitir un gemidito que casi me hizo perder el control.
—Muy bien, preciosa —la animé al ver que empezaba a marcar el ritmo; su cuerpo sabía por instinto lo que necesitaba—. Qué chica más buena.
Gimió de nuevo mientras me frotaba el clítoris por la base de la polla con una intensidad casi desesperada.
— Mike —musitó—. Te necesito dentro, pero no sé lo que me hago aquí arriba.
Creo que… —Antes de que pudiera terminar la frase, la tumbé bocarriba, manteniendo la presión y el ritmo una vez que estuvo acomodada debajo de mí—.
Es-estoy lista —dijo poniendo los ojos en blanco—. Por favor, Mike . Creo que estoy lista.
Hice una pausa para ponerme el condón y, por fin, me coloqué encima de ella.
—Vale, vale —murmuré, jadeando por el esfuerzo de contenerme, con todos los músculos del cuerpo tensos—. No voy a poder aguant… Vicky , ¿estás segura de que…?
Entonces me bajó la cabeza para decirme al oído:
—Por favor, Mike . Soy tuya. Siempre lo he sido. Quiero que seas tú. Te necesito dentro de mí.
Ya está. Esas palabras me descontrolaron por completo.
Me adentré poco a poco en su interior caliente, prieto y resbaladizo, mirándola de vez en cuando para ver cómo estaba.
Asintió brevemente y me dijo «sí» con voz ronca.
Entonces la penetré y acallé su grito con un beso.
Cuando estuve completamente dentro de ella, no moví ni un músculo, aunque mi cuerpo me suplicara que la embistiera.
Cuando dejé de besarla y vi lágrimas en sus ojos, me quedé paralizado.
—Ay, Dios, Vicky , lo siento mucho —dije horrorizado—. ¿Estás bien?
—Es que… Es que… —Hipaba y sollozaba. Me sentí como si me arrancaran el corazón—.
No tolero bien el dolor. Y tú estás muy…
, muy bien dotado. Me siento como si me hubieran desgarrado la vagina, y la presión es enorme, pero…
No sé, ahora que estás ahí y ya ha pasado todo, me…
Bueno, es agradable. Noto una ligera molestia y me siento llena, pero estoy bien… , supongo.
—Vale, entonces ¿ya no te duele? —Apreté los dientes del esfuerzo que me suponía quedarme quieto con su estrechez a mi alrededor.
—No, solo me siento llena. Pero juraría que necesito más.
—Hizo una pausa y me miró con el ceño fruncido—.
Mike , no pretendo meterme en tus asuntos cuando, claramente, yo soy la inexperta de los dos, pero ¿es habitual hacer una pausa en mitad del coito para conversar largo y tendido?
Es que creía que era una actividad mucho más dinámica.
Solté una risita de dolor y de alivio a la vez.
—No, no es habitual, pero quería comprobar que estabas bien.
Por voluntad propia, mis caderas se retrajeron ligeramente y volvieron a balancearse hacia delante.
Vicky gimió.
—Pues ya ves que sí —dijo a toda prisa—. Así que si me haces el favor de seguir, quizá… ¡Ay!
Empecé con embestidas lentas, observándola atentamente para asegurarme de que no le dolía. Pero cuando puso los ojos en blanco y empezamos a movernos a la par, me desmadré.
Para cuando gemía mi nombre con las manos aferrándome la espalda, me había desatado por completo. Solo pensaba en reclamarla.
La idea de que fuera mía y solo mía me volvía casi salvaje. Gruñí contra su cuello mientras se contraía debajo de mí.
— Mike , voy a…, voy…
Notaba sus espasmos, y aquello me llevó al límite; mis acometidas se volvieron erráticas y me corrí más fuerte que nunca.
Vi las estrellas. Casi me pareció que iba a desmayarme del ímpetu.
Por un momento, me desplomé sobre Vicky , con la polla bien dentro de ella y la necesidad de sujetarla y reclamarla aún corriéndome por las venas. Entonces, ya más lúcido, me di cuenta de que seguramente la estaba asfixiando y me apoyé en los brazos para mirarla.
Una fina capa de sudor le perlaba la frente; tenía la mirada perdida y la boca aún entreabierta por el gritito que había proferido al correrse.
Le di un besito y gimoteó cuando se la saqué.
Sin pensarlo, me levanté rápidamente de la cama y fui al baño a ocuparme del condón.
Sentí una opresión en el pecho al ver una cantidad considerable de sangre.
Tomé una decisión rápida: agarré una toalla —blanca, por desgracia, pero todo en esa casa era blanco—, la humedecí con agua tibia y regresé al dormitorio.
Cuando volví, Vicky estaba sentada en la cama, con las sábanas hasta el cuello. Su cabello, normalmente impecable, era una maraña rubia que le caía por la espalda y los hombros, y tenía rímel bajo los dos ojos.
Se la veía insegura, diminuta, vulnerable y más hermosa de lo que la había visto nunca.
—Eh, pues… ha sido muy satisfactorio —dijo con voz temblorosa—. Al menos desde mi perspectiva. Habiéndote acostado con alguien sin experiencia, obviamente tú no opinarás igual. No estoy segura del protocolo que hay que seguir a partir de ahora. —Tragó saliva con nerviosismo—. Si quieres irte, lo…
—Ni de coña —le aseguré, acercándome a ella.
Exhaló aliviada, lo cual me partió un poco el corazón.
Esa mujer tenía las expectativas tan bajas que creía que la desvirgaría y me iría tan pancho.
Me senté en la cama junto a ella y le quité las sábanas.
—Recuéstate, cariño —le pedí con dulzura.
—Eh…, ¿p-por qué?
—Solo un momento.
Dudó, pero se apoyó en la almohada que tenía detrás.
—¿Q-qué ha…?
Chilló cuando le separé las piernas y acerqué con cuidado la toalla. Una vez limpia, doblé la tela para ocultar la sangre y la tiré a la basura para ocuparme de ella más tarde.
Vicky se incorporó de sopetón y me miró con los ojos muy abiertos.
—No me puedo creer que hayas hecho eso —susurró.
—Es el procedimiento habitual —aseguré. Era una mentira a medias: en mi vida había hecho eso, pero claro, tampoco me había acostado con una mujer tan maravillosa como Vicky .
—Ah, pues… vale.
La pegué a mí mientras me tumbaba en la cama a su lado, de modo que su cabeza descansase sobre mi pecho y pudiese abrazar su cuerpecito.
—Mmm… —dijo—. ¿Esto también forma parte del procedimiento habitual?
—Uy, sí —respondí, sonriendo al techo al sentir su cuerpo blando relajarse y su tensión desvanecerse por momentos—. Ya te digo.