Única (Soñadora 3) Capítulo 19
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Capítulo 19

Buena chica

Vicky

La furgoneta de Mike no arrancaba. Ya había girado la llave dos veces, pero el motor se había apagado. Su Land Rover , aunque era antiguo y estaba lleno de barro, parecía bastante fiable, pero la furgoneta que usaba para las entregas era harina de otro costal.

—Necesitas un vehículo nuevo —advertí.

—Lo sé, cariño —dijo apretando los dientes.

—Tus muebles —empecé a decir, alzando la voz por la intensidad de mis sentimientos—. Todos y cada uno de ellos son obras de arte. Deberías contar con un transporte adecuado.

Mike se quedó paralizado y acto seguido se giró para mirarme con expresión intensa. Retiró la mano del volante para tocarme la cara, no sin antes detenerse para darme tiempo a asentir.

Me pasó por detrás de la oreja el mechón que se me había soltado del moño tan tieso que llevaba y me ocultaba los ojos, me tomó de la mandíbula y me dio un beso breve y fuerte antes de volver a su tarea.

—A la tercera va la vencida —añadió con una sonrisa mientras la vieja furgoneta cobraba vida.

—No deberían hacer falta tres intentos para que arranque —le aseguré—. No soy mecánica, pero tengo conocimientos básicos de…

—Sustituiré esta tartana cuando reúna el dinero necesario —me interrumpió—. Acabo de ampliar el taller. He tenido que invertir todo el capital en eso.

—Podría…

—No —me interrumpió con decisión.

—¿Es una cuestión de ego masculino?

—En parte, pero también te acabo de oír decirle a una de tus mejores amigas que creías que la única razón por la que pasaba tiempo contigo era para devolverte el favor. ¿Crees que, aunque sea por un segundo, quiero que pienses eso de mí?

—Ah. —No supe qué decir. Por mi experiencia, si ofrecía dinero, lo aceptaban.

Había mantenido a mi madre y a mi media hermana durante años, y ni siquiera fingían que les caía bien. Nunca había visto a nadie rechazar mi dinero por si me hacía dudar de sus intenciones.

Seguía rememorando lo que había pasado esa noche. Mientras repasaba las palabras de Lottie una y otra vez, sentí que algo se desanudaba en mi pecho, algo que ni siquiera me había dado cuenta de que estaba retorcido.

—Ojalá pudiéramos ir a la cabaña —dije cuando aparcó frente a mi casa. Mi voz sonaba tan abatida como me sentía ante la perspectiva de entrar en mi casa vacía de Londres—. Supongo que aún no hemos llegado al número mágico, ¿no? —le pregunté esperanzada a Mike .

Se rio entre dientes.

—Va, que te acompaño dentro.

Se apeó de un salto y fue corriendo a mi lado a abrirme la puerta.

No me pasaba por alto ese rasgo de Mike . Se creía un bruto, pero sus actos me parecían más caballerosos que los de la mayoría de los hombres de clase alta que conocía.

Detallitos como abrirme la puerta, mantenerme apartada de la carretera, retirarme la silla, ponerme la mano en la espalda para guiarme por lugares concurridos…

El de la mano en la espalda era mi favorito. No estaba segura de que Mike fuera siempre plenamente consciente de lo que hacía, ya que por lo general se cuidaba mucho de pedirme permiso para tocarme, pero la mano en la espalda le salía sola. Me hacía sentir segura.

No siempre me sentía segura en entornos desconocidos, pero con el calor de la mano de Mike en la espalda, sabía que todo iba a ir bien.

Sabía que él no permitiría que me pasara algo malo.

A ver, sí, es totalmente ilógico: una mujer adulta no necesita que la guíen por ningún espacio, y normalmente no me gustaba que se dieran situaciones ilógicas como esa.

Pero, por ilógico que parezca, que me pusiera la mano en la espalda me hacía sentir más segura y valorada que nunca.

Mike se detuvo en seco en el vestíbulo al ver que la mesa de centro que él mismo había elaborado seguía en la misma posición en que la había dejado.

—¿Por qué sigue aquí? —me preguntó.

Me encogí de hombros.

—Vino Ollie después de… —No quería que Mike supiera lo que pasó después de la entrega—. Después de que la trajeras. Se ofreció a moverla, pero yo insistí en dejarla ahí.

—¿En todo el medio? —preguntó confundido.

—Era un recordatorio.

—¿Un recordatorio de qué?

Suspiré.

—Un recordatorio de que te dejase en paz. Llegaba a casa, veía la mesa de centro y recordaba lo que había pasado. Era para no volver a hiperconcentrarme en ti.

Ladeó la cabeza mientras me miraba. Había intensidad en sus ojos, como si se gestara una tormenta en ellos.

—Antes Ollie me ha dicho algo de ti. Que te pasó algo dos semanas antes de la gala. Y… bueno, sé que fue cuando te entregué la mesa; me dijiste que fue una interacción estresante para ti, y pues…

—Sufrí una crisis nerviosa —admití.

No tenía sentido mentir. Mike necesitaba saber exactamente en qué se estaba metiendo, aunque admitir mi nivel de disfunción me sacase los colores y me revolviera el estómago.

— Ollie y Lottie me encontraron debajo de la mesa. No fue como en la gala. No gritaba ni nada de eso. Pero tuvieron que entrar en mi casa a la fuerza porque desaparecí. Cuando me encontraron, ni hablaba ni me movía. Ollie tuvo que sacarme a rastras y abrazarme para que me tranquilizase.

—¿Fue…? —Miró a otro lado. Tragó saliva y me miró a los ojos al volver a hablar—. ¿Fue por lo que te dije? ¿Por lo cruel que fui contigo?

Sentí una opresión en el pecho al desplazar el peso de un pie al otro y apartar los ojos de su mirada penetrante. En ese momento, deseé con todas mis fuerzas saber mentir.

—Tienes que entenderlo —le dije—. Estaba muy obsesionada contigo y quería causarte una buena impresión. Incluso encontré unos vaqueros que podía ponerme, pero, a decir verdad, fue un error. Ningún vaquero es lo bastante suave como para que lo tolere. Así que, sí, reaccioné mal.

Gruñó y se acercó a mí. Hizo amago de enmarcarme el rostro con las manos, pero antes de tocarme, susurró:

—¿Te parece bien?

Asentí. Pasó de acariciarme la mandíbula a hundirme los dedos en el pelo mientras me observaba con un fulgor intenso.

— Vicky , sé que ya te lo he dicho, pero ni te imaginas cuánto siento lo que te dije aquel día. Por favor, dime que sabes que no eran más que gilipolleces.

—No tienes que volver a pedirme perdón —apunté en voz baja—. De verdad, cualquier otra persona normal habría hecho lo mismo…

—Deja de decir eso. No te atrevas a menospreciarte así —dijo con voz firme y ligeramente gruñona. —Cerré la boca de golpe—. Dios —masculló mientras me abrazaba—. Qué bien que me des una oportunidad. Soy un cabrón con suerte.

Solté una risa contenida contra su suave camisa, disfrutando de la sensación de su cuerpo firme junto al mío.

—Soy yo la «cabrona con suerte» en este caso.

Me estrechó más fuerte mientras negaba con la cabeza y murmuró:

—No tienes ni idea de lo increíble que eres, ¿verdad? ¿Cómo es posible?

No consideré productivo seguir discutiendo, así que me hundí más en su pecho.

Tras un rato se apartó y su mirada tormentosa pasó de mí a la mesa de centro.

—Voy a tirar eso. Se acabaron los recordatorios de lo cabrón que fui. Me la llevo a la furgo.

—No —protesté, interponiéndome entre él y la mesa—. Me encanta esta mesa.

—Pues ya te haré otra —dijo con cariño.

—No. —Mi tono ahora era firme—. Quiero esta.

Suspiró.

—Pues la colocaré en un lugar apropiado. ¿Dónde la quieres?

Se quitó la camisa y se la ató a la cintura, de modo que solo llevaba una camiseta térmica ajustada que le marcaba los músculos. Se agachó y levantó la enorme mesa de centro del suelo como si no pesara nada.

—¿ Vicky ?

Me quedé mirándolo embobada. Lo único que delataba que se estaba esforzando era lo contraídos que tenía los pectorales y los brazos.

—Cariño —dijo Mike entre risas—. Si ya has acabado de comerme con los ojos, dime dónde pongo esta pasada de mueble.

Me ardían las mejillas al señalar mi salón. Había enmudecido. Tenía calor y frío a la vez. Me embargaba una sensación de anhelo. Como si tuviera gripe. Como si tuviera fiebre y mi cuerpo supiera que la única forma de bajarla era pegarme más a Mike .

—Pues aquí mismo te la dejo —concluyó Mike al entrar en el salón y ver que no decía ni pío.

La puso en el suelo y se enderezó. Se estiró con una mano en el cuello y movió la cabeza de un lado a otro para destensárselo.

Me acerqué a él como si fuera en piloto automático.

Mi sangre febril tomó el control de mis actos.

Planté las manos en su glorioso pecho y las fui moviendo por su dura musculatura, pero no me bastó.

Necesitaba sentirlo a él, no su camiseta térmica.

Así que le metí la mano por debajo y acaricié sus abdominales, que se tensaron con mi roce.

—Joder, Vicky —masculló Mike con voz entrecortada—. Cariño…

—Necesito estar cerca de ti —dije con la voz rayana en una desesperación que ya sentía crecer—. Por favor, Mike .

Fue el «por favor» lo que lo desarmó.

Mike me rodeó fuerte con un brazo y me acercó a su cuerpo mientras llevaba la otra mano a mi pelo y me besaba.

Gemí en su boca y le metí las manos por debajo de la camiseta térmica para sentir el calor de su espalda torneada. Estaba mareada. Lo veía todo borroso. Me había subido la fiebre.

Y Mike llevaba demasiada ropa.

Eché mano a su cinturón, y fue entonces cuando gimió él.

Dejó de besarme para apoyar la frente en la mía.

— Vicky , ¿qué haces? Vamos a… Ah, joder… —Dejó la frase a medias cuando empecé a besarlo en el cuello. Entonces, actuando por un instinto que no creía tener, me puse de puntillas y le mordisqueé el lóbulo de la oreja.

No tenía ni idea de lo que estaba haciendo. ¿Era raro morderle la oreja a alguien?

Antes de Mike , la idea me habría desconcertado por completo, pero al oír los ruidos que emitió cuando se lo hacía, pensé que no le parecería raro.

—Quítate la camiseta —le rogué.

No reconocía mi propia voz; el deseo la había tornado áspera y ronca. Pero es que necesitaba estar más cerca de él. Tenía que sentir su piel junto a la mía.

Con ese objetivo en mente, me quité la blusa y me quedé en sujetador. Por primera vez habría deseado tolerar una prenda íntima que no fuera de algodón.

Pero a Mike no pareció importarle. De hecho, ver mi sencillo sostén rosa claro fue lo que terminó por desatarlo.

—Qué buena estás, joder. —Sonaba dolido. Se le había acelerado la respiración. Cuando me miró, fue con intensidad: tenía las pupilas tan dilatadas que solo se apreciaba un círculo de fuego dorado a su alrededor.

—Por favor, Mike —supliqué jadeante. Él gimió de nuevo y me levantó en un visto y no visto. Me abracé a su cuello y a sus caderas sin pensar.

—Al dormitorio —gruñó. Le dediqué una sonrisa gigante, muy poco habitual en mí. Por un momento se quedó atónito—. Qué guapa eres —musitó. Y me besó de nuevo.

No quería que se me distrajera y se olvidara de ir al dormitorio, ya que parecía ser la vía más rápida para conseguir mi objetivo, así que en cuanto pude hablar después de besarnos, le dije:

—Arriba, primera puerta a la derecha.

Subió las escaleras de dos en dos como si no pesase nada y abrió la puerta de mi dormitorio con el hombro. No se detuvo hasta que me tumbó en la cama. Se cernió cuan grande era sobre mí y me escrutó con sus ojos castaño dorado mientras me apartaba el pelo de la frente con delicadeza.

—Podrías estar con quien quisieras —murmuró con un tono casi reverente—. Te das cuenta, ¿no?

—Solo te quiero a ti —le dije con sinceridad mientras lo tomaba de las mejillas y le rozaba la barba—. Siempre te he querido solo a ti.

Gruñó al tumbarse encima de mí. Acepté su peso de buena gana mientras me besaba de nuevo.

Sin embargo, esta vez tiré del dobladillo de su camiseta hasta que captó la indirecta y se la quitó con otro ademán increíblemente atractivo: se la agarró por detrás con una mano y se la pasó por la cabeza de un solo tirón.

—Madre mía —musité al contemplar su pecho perfecto. Entonces volvió a aplastarme. Se restregó contra mí mientras me besaba en el cuello.

De repente, ya no llevaba sujetador; me lo había quitado con la misma agilidad de antes. Me arqueé cuando me succionó el pezón. Gemí de nuevo, murmurando una y otra vez «por favor, por favor, por favor». Ni siquiera sabía qué pedía, pues carecía de la experiencia, pero sabía que necesitaba algo.

Volvió arriba y acercó la boca a mi oreja.

—Tranquila, cariño —susurró con voz grave y ronca, lo que me estremeció—. Estoy aquí.

Se echó un poco a un lado para levantarme la falda y presionó con el pulpejo de la mano justo donde más lo necesitaba.

La parte inferior de mi cuerpo se arrimaba por sí sola a él, en pos de más y más fricción.

—Shh —me susurró al oído—. Voy a cuidar de ti, te lo prometo. Ahora levanta un poco.

Alcé las caderas y él me bajó las medias y las bragas con destreza. Entonces volvió a ejercer presión donde la necesitaba.

—Buena chica —murmuró en mi oído. Eso ya me remató.

La tensión no había hecho más que aumentar. La certeza de que ese hombre estaba en mi cama —saber que no era un sueño y que de verdad estaba tumbado encima de mí— fue abrumadora.

Puse los ojos en blanco y me arqueé contra su mano. Entonces, la tensión se rompió y una dicha increíble me invadió en oleadas.

Vi las estrellas mientras todo mi cuerpo explotaba. La liberación fue inmensa.

Mike no retiró la mano mientras se me pasaba el subidón. Con la otra mano me apartaba los mechones que se me habían pegado a la cara por el sudor.

—Joder, Vicky —dijo con voz áspera—. Pero si ni hemos empezado aún.

—¿He…? ¿He hecho algo mal? —pregunté en voz baja, sintiéndome expuesta y quizás un poco rara.

—No, cariño —respondió con firmeza. Volvió a tumbarse encima de mí y me miró a los ojos fijamente—.

Ha sido perfecto. Tú eres perfecta. Es que…

—Se rio entre dientes—. Has alcanzado el clímax un poco antes de lo que esperaba.

—Me notaba la cara caliente, por lo que intenté girar la cabeza para no mirarlo; sin embargo, me sujetó la cara con ambas manos y añadió—: Eh, no es nada malo, Vics . Solo me ha pillado desprevenido.

El anhelo volvió a incrementarse ahora que todo su peso volvía a estar sobre mí, reteniéndome contra la cama. Me gustaba sentir que me sujetaba, que me envolvía, que me reclamaba.

—Creo que ha sido por llamarme buena chica —admití—. Creo que me va ese rollo. Siempre he respondido muy bien a los elogios y a los resultados basados en el rendimiento.

Gruñó y se puso a restregarse contra mí de nuevo.

—¿Qué voy a hacer contigo? —preguntó con la voz rota y la mandíbula crispada.

—Eh…, pues podrías tener relaciones sexuales conmigo —sugerí. A ver, parecía lo más obvio.

— Vicky , eres virgen. Ni siquiera debería estar haciéndote esto.

—Por favor, Mike —susurré—. Te necesito. No soporto esperar más.

Me miró con una intensidad ardiente y masculló:

—Voy a ir al infierno.

Y me besó de nuevo.