Única (Soñadora 3) Capítulo 14
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Capítulo 14

Ensalada verde sin aliñar

Vicky

Sentí un hilillo de sudor bajarme por la espalda mientras miraba el menú. No había nada en él que tolerase.

Cuando miré a Mike , vi que me observaba esperando una reacción. Logré sonreír, o, al menos, eso esperaba. El ceño con el que me respondió Mike me indicó que más bien habría hecho una mueca.

«A ver», me dije, «échale ovarios», como diría Lottie . Debía mantener a raya mis ridículas aversiones a la comida.

Había avanzado mucho desde la infancia, cuando, durante años, solo toleraba pasta sin más, sándwiches de queso y varitas de pescado. Mi madre se desesperaba. Una vez no me alimentó durante tres días para quitarme la mala costumbre, suponiendo que si tenía hambre, comería.

No comí.

Solo cuando la llamaron de la escuela porque casi me desmayo en una reunión estudiantil, cedió.

—Ni siquiera sabes comer como las personas normales —se había mofado Rebecca .

Todavía me parecía oír su voz en mi cabeza. Tenía razón.

Pero había avanzado mucho. Ahora podía llevar una dieta variada, y la seguía con precisión militar, consultando a nutricionistas y centrándome en mi salud. Solo recaía en los viejos hábitos de no comer cuando estaba triste o estresada.

Pero no soportaba la comida de postín. Me negaba en redondo a comer salsas, al igual que marisco o carne poco hecha. Siendo sincera, cuando estaba tan nerviosa como en ese momento, solo podía comer pollo sin sazonar, brócoli poco hecho (no soportaba que estuviera blando) y patatas o pasta sin más.

Desde luego, no iba a poder comer chateaubriand, lenguado al limón o langosta thermidor.

—¿ Vicky ? —me llamó Mike . Lo miré a los ojos tras mi frenética lectura del menú—. ¿Está bien la carta?

Se aclaró la garganta y cambió de postura en la exquisita silla.

Ese restaurante no le pegaba nada; me sorprendió que me hubiera llevado ahí. Era extremadamente ostentoso y tenía una estrella Michelin y excelentes críticas en The Guardian.

Y Mike también presentaba un aspecto diferente.

Llevaba camisa, vaqueros elegantes y zapatos de vestir.

Aparte del atuendo de etiqueta que se puso la otra noche, nunca lo había visto con otra cosa que no fueran sus botas de trabajo o sus deportivas con pantalones militares desgastados de múltiples bolsillos, o sus vaqueros manchados de pintura.

Esa noche llevaba la barba recortada, pero yo echaba de menos el nido de pájaros de antes.

—Es el restaurante más elegante en el que he podido reservar con tan poca antelación. —Se encogió de hombros—. Estarás acostumbrada a algo mejor, pero no quería esperar y…

—No —dije frunciendo el ceño—. No más esperas.

Cuando me sonrió, me puse colorada.

Después de aquella mañana en su cabaña, Mike me había dicho que no quería adelantar acontecimientos. Quería que saliéramos oficialmente antes de seguir metiéndonos mano.

Me temo que eso me puso de mal humor. Pero cuando me abrazó en su hermosa casa y me hube comido el desayuno que me había preparado tras esforzarse por dar con lo que me gustaba —algo que nadie había hecho nunca por mí, salvo Margot , que no contaba porque se sentía obligada a cuidarme y era buena persona—, estaba más que lista para acostarme con él.

Estaba lista para hacer de todo con Mike , y sabía que él también; o al menos así lo presentía.

Cuando se lo expliqué en aras de ser completamente transparente, emitió un gruñido de dolor y me apartó de él, diciéndome con voz entrecortada que no dijera «esas cosas», que intentaba «portarse bien» y que le diera «cuartelillo».

El rubor había vuelto a teñir sus pómulos, y sus pupilas estaban tan dilatadas que solo se apreciaba un fino borde marrón dorado.

Aquello me resultaba inmensamente frustrante.

Mike Mayweather era, a todas luces, un caballero. Se había enterado de que no tenía experiencia y creía erróneamente que necesitaba orquestar una serie de interacciones no sexuales antes del coito.

«Me gustas mucho».

Y encima se me había declarado. Llevaba desde el fin de semana rememorando sus palabras una y otra vez. Pero sabía que no debía confiar en lo que había dicho entonces. Sabía que, a diferencia de mí, la gente no siempre decía lo que pensaba.

Sabía que solía haber múltiples intenciones en juego. Asimismo, recordaba con total claridad las otras palabras que Mike me había dicho hacía apenas unas semanas.

Cuando me sonrió, por un momento me quedé paralizada. Sus dientes blancos en contraste con su piel bronceada y su barba oscura eran una imagen tan gloriosa que por poco se me cae el menú.

—Mira que eres impaciente —apuntó con una sonrisa. Puse los ojos en blanco.

—No entiendo a qué viene tanto rollo —dije, todavía fascinada por su rostro sonriente.

—Hazlo por mí —me pidió en voz baja. Me encogí de hombros.

Volvía a quedarme en Buckingham Manor ese fin de semana. Margot me había pedido que fuera a revisar unas cuentas de la fundación benéfica de Buckingham .

Le expliqué que podía hacerlo a distancia, pero insistió en que fuera en persona. Cuando le conté a Mike mis planes, al momento organizó esta cita, lo cual, por alguna extraña razón, tenía a Margot loca de contento.

Aunque, bueno, Margot se comportaba de forma muy extraña en general. Tardé solo diez minutos en comprobar que las cuentas cuadraban, lo cual no me sorprendió, pues Margot ya contaba con un equipo de asesores financieros para eso mismo.

Saltaba a la vista que no necesitaba ayuda. Lo que quería era hablar de la ruptura de Lottie y Ollie . Margot estaba destrozada porque mi medio hermano la había «cagado a base de bien», según sus palabras.

La verdad es que yo también estaba destrozada. Ollie le había dicho cosas terribles a Lottie después de la crisis que sufrí en la gala y la culpaba de lo sucedido, así que Lottie y Hayley abandonaron Buckingham Manor al día siguiente.

Hasta la fecha, Lottie había rechazado rotundamente los constantes intentos de Ollie por recuperarla.

Y yo me echaba la culpa. Si hubiera podido soportar unos fuegos artificiales como una persona normal, Ollie nunca le habría dicho a Lottie lo que le dijo.

Y Lottie estaba triste. Incluso yo, con mi nula empatía, lo intuía.

Lottie era una de mis personas favoritas en el mundo entero y no quería que estuviera triste.

Me ayudaba muchísimo, de muchísimas maneras, y me resultaba sumamente frustrante no poder ayudarla con esto, y más teniendo en cuenta que creía que era culpa mía.

Había decidido no contarle ni a Ollie ni a Lottie lo de mi supercita con Mike . Ya tenían bastante con lo suyo, y sabía que Ollie se preocuparía por mí. Dado que su tendencia sobreprotectora hacia mí fue lo que provocó que rompiera su relación con Lottie , no quería informarle todavía.

Margot también había aceptado mantener la cita en secreto.

Cuando Mike fue esa noche a buscarme a Buckingham Manor , le expliqué, una vez más, que no necesitaba pasar por nada de eso para tener relaciones sexuales conmigo. Que no necesitaba fingir que le gustaba.

Se enfureció, pero enseguida se le pasó el enfado y me preguntó si podía llevarme a su Land Rover de la mano.

Antes de que pudiera decir nada más, abrió la puerta del copiloto de sopetón, me subió al asiento (después de preguntarme si podía cogerme de las caderas) y se quedó en la puerta, acorralándome y mirándome ceñudo.

—Veo que la conversación que tuvimos el domingo no ha calado del todo —dijo apretando los dientes—. Pero no pasa nada. Total, los actos hablan más que las palabras, así que vamos a tener una puñetera cita y a conocernos, te guste o no. Porque me gustas. ¿Queda claro?

Solo pude asentir. Él cerró la puerta de golpe y se dirigió a su lado del coche. Mientras íbamos al restaurante en silencio, Mike seguía enfadado, así que no quise preguntarle adónde íbamos.

Debería haberlo hecho, porque ahora volvería a parecer un bicho raro.

—¿Qué se les ofrece esta noche?

Mi ansiedad aumentó aún más al levantar la vista hacia el camarero, plantado junto a nuestra mesa. Se hizo un largo silencio.

—¿ Vicky ? —me instó Mike —. ¿Qué te apetece, cariño?

Tragué saliva con la garganta seca y, para mi horror, sentí que me empezaban a picar los ojos. «Ay, Dios, no vayas a ser tan patética de llorar por pedir algo de comer».

Intenté concentrarme, pero veía borroso el menú.

—Eh… Pues… —Me aclaré la garganta—. Póngame la ensalada verde sin aliñar.

Mike estampó la carta en la mesa, lo que me hizo dar un respingo.

Cuando lo miré, su expresión era de furia.

—Eh, tío —le dijo al camarero—. ¿Nos dejas un momento?

—Sí, claro. —El camarero, completamente confundido, retrocedió.

— Vicky , mírame —me pidió Mike con tono suave, lo que contrastaba radicalmente con lo enfadado que parecía hacía un segundo.

Cuando lo miré, vi que la furia en su expresión se había transformado en preocupación y un poco de frustración.

—Sabes que me pareces preciosa, ¿no?

—Eh…, sí, siempre has expresado tu satisfacción con mi apariencia.

—¿Sabes que no querría que cambiaras nada de ti ni de tu apariencia?

Arrugué el ceño.

—¿A qué viene eso?

Suspiró.

— Vicky , has adelgazado. —Aparté la vista para evitar su mirada inquisitiva mientras proseguía—.

Mira, no quiero presionarte, pero cuando llevo a una mujer que me importa a un restaurante con la intención de pasar tiempo con ella y que coma algo, me preocupo un poquito cuando solo pide una ensalada sin aliñar.

Cariño, por favor, no necesitas adelgazar.

No puedes permitirte bajar de peso. Ya estás en los huesos.

Negué con la cabeza.

—No estoy intentando adelgazar, Mike . No he pedido una ensalada por eso.

—¿En serio? —Arqueó las cejas, incrédulo—. ¿No has estado haciendo una dieta extrema de esas?

Suspiré.

—No. Es solo que si me… estreso, el apetito es lo primero que pierdo. Solía ser bastante restrictiva con los tipos de comida que toleraba, pero he trabajado en ello y he mejorado con los años. Sin embargo, si me afecta algo, se me hace muy difícil comer.

—¿Qué te afecta últimamente? —preguntó, frunciendo el ceño con preocupación.

Lo miré fijamente y me mordí el labio, pues no deseaba admitir la verdad y no confiaba en mi habilidad para mentir.

Parpadeó una vez y palideció.

— Vicky , no…—Tragó saliva y se pasó la mano por el pelo. Cuando volvió a apoyarla en la mesa, dijo—: No te habré afectado yo, ¿no?

Tuve que apartar la vista de él y mirar por la ventana para rehuir su mirada de preocupación.

—Ay, madre —soltó con un gruñido de dolor—. He sido yo, ¿no? Las chorradas que te dije cuando te me insinuaste te estresaron tanto que has dejado de comer.

Bajé la vista a mis manos, con la vergüenza aflorando en mi pecho.

Cuando hablé, me salió un hilo de voz.

—N-no has sido solo tú, Mike . También ha habido otras…, eh, interacciones estresantes. Otros desencadenantes.

— Vicky , ¿puedo tocarte la mano? —me preguntó en voz baja.

Asentí levemente.

Se inclinó sobre la mesa y me rodeó la mano con la suya, grande, seca y cálida.

Parpadeé un par de veces y me obligué a levantar la vista.

Su expresión era de dolor mientras me miraba fijamente, y, cuando habló, su voz era áspera.

—Cariño, nunca podré retractarme. Lo que hice aquel día es irreversible. Me mata saber que he sido una de las interacciones estresantes que te han quitado el hambre. Pero quiero que sepas que haré todo lo posible para compensarte. ¿Vale?

— Mike , si fuera normal, habría sabido lidiar con lo que me…

—No —me espetó, y luego suavizó el tono—. No. Fui cruel, y dije lo que dije sin conocerte lo suficiente como para juzgarte.

Volví a mirar por la ventana y apreté los labios para no discutir con él.

Suspiró y me apretó la mano.

—Pero, Vicky , conseguiste desayunar en mi casa. Pensé que ya estarías comiendo un poco mejor, así que no entiendo por qué pides ensalada. ¿Crees que podrías pedir una comida de verdad?

Cerré los ojos, derrotada, dándome cuenta de que me salía más a cuenta ser sincera; al menos así no creería que me estaba matando de hambre a propósito.

—No puedo comer nada de este menú —confesé en voz baja.

—¿Qué? —preguntó Mike , confundido.

Señalé el menú encuadernado en cuero que tenía delante.

—No me entra nada de esto.

—Mierda, sabía que debería haber reservado en un sitio más elegante. Quizá debería haber mencionado a Ollie . El muy cabrón consigue mesa donde le…

—No, no, no lo entiendes —lo interrumpí, presa del pánico al imaginarme teniendo que comer en un restaurante aún más elegante que ese; quizá incluso con platos diminutos, todos ellos llenos de comida horrible y sofisticada que no podía tragar—. La verdad es que no puedo comer en restaurantes así.

—¿Así cómo?

—Caros.

—¿Qué?

—La comida de aquí es demasiado pija. No hay nada normal y corriente en el menú.

Y es demasiado formal. Sé que suena raro, pero no puedo comer en ambientes formales.

Si tengo una cena de negocios, como antes.

Creo que la mayoría de la gente sospecha que tengo un trastorno alimentario, pero, en realidad, es que soy un poco…

delicada con la comida. —Había cogido carrerilla, así que decidí contárselo todo—.

Además, me he comprado este vestido para esta noche pensando que la tela sería suave, pero me pica una barbaridad y creo que no he quitado bien la etiqueta, así que estoy que me subo por las paredes.

Exhalé con ganas y me recliné en la silla. Qué a gusto me había quedado.

Mike me miró parpadeando, aturdido, y después aliviado.

—Joder, menos mal —acabó diciendo—. Ya temía que te estuvieras matando de hambre.

No tenía ni idea de que odiaras esta bazofia sofisticada.

Pensaba que al ser una señorita te iba este tipo de comida.

—Se levantó de la silla y alargó su mano hacia la mía—.

Si lo que buscas es comida sencilla, soy un experto en la materia.

Acepté su mano y él me pegó a su lado. Mientras me llevaba a la salida, le susurró al maître un «lo siento, jefe» y le dio un billete de veinte libras al pasar.

—¿Comida de bar? —preguntó Mike , aunque estaba tan absorta viéndolo dar marcha atrás con el brazo en el respaldo del asiento para salir del aparcamiento que no lo oí.

—¿Eh?

Me sonrió antes de volver a concentrarse en la carretera.

—¿Puedes comer comida de bar?

—Depende del bar. Si es un gastrobar, nanay.

Mike rio por lo bajo.

—Nunca he oído a nadie describir la Madriguera del Tejón como un gastrobar, así que estás de suerte.