Única (Soñadora 3) Capítulo 13
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Capítulo 13

Cállate ya

Mike

—Hola.

Levanté la vista de la sartén y vi a Vicky al pie de mi escalera de caracol con mi camisa de franela, mirándome con los ojos muy abiertos. En un gesto de autocontrol sobrehumano, la noche anterior dormí en el sofá después de acompañarla a mi cama y dejarla allí durmiendo sola.

Se aclaró la garganta.

—Siento haber dormido tanto. Debería haberte avisado. Después de un periodo de estrés, yo…, bueno, suelo dormir mucho. Creo que es una forma de que mi cerebro se proteja y se recargue. Al menos, eso es lo que dice Abdul .

Dejé de voltear el beicon para mirarla con recelo.

—¿Quién es Abdul ?

Mi intento de hablar con tono desenfadado fracasó estrepitosamente y me puse en plan gruñón, pero sospechaba que era lo máximo a lo que podía aspirar después de lo de la noche anterior.

Sabía que no era razonable, pero el neandertal que llevaba dentro ya había reclamado a Vicky .

Era mía.

«Nunca había querido besar a nadie».

La abrumadora sensación de posesividad que me invadió al oír esa afirmación era, sin duda, propia de un cavernícola. Pero al oír el nombre de otro hombre salir de sus labios, mi cerebro de mono y yo estábamos desquiciados perdidos.

Se encogió de hombros, completamente ajena a mi lucha interna por no ir hasta ella, cargármela al hombro y asegurarme de que solo gritara mi nombre.

Apreté la espátula tan fuerte que se me pusieron los nudillos blancos.

—Es mi terapeuta —contestó en voz baja. Mi lado salvaje se relajó.

Pero entonces me percaté de que se había ruborizado y se tapaba las orejas con las manos. Hizo como que se pasaba el pelo por detrás, pero reparé en que confesarme que tenía terapeuta había desencadenado una reacción en ella.

No entendía bien por qué se avergonzaría de eso, pero sabía que debía ir con pies de plomo.

—Ah, claro. Qué bien que tengas… —Madre mía, qué mal se me daba ser delicado—. Digo, que parece que sabe de lo que habla. Así que guay.

—Yo… —Titubeó, todavía al pie de la escalera y aún demasiado lejos de mí—. Antes no iba a terapia. Mi madre… — Vicky se calló y miró a un lado un momento hasta que volvió a fijarse en mí—. Bueno, que ahora sí, y me ayuda mucho.

—Qué bien, cariño —dije en voz baja. Se mordió el labio y se abrazó a sí misma mientras echaba un vistazo a la cabaña—. ¿ Vicky ? —pregunté sin perder el tono suave. Me miró—. ¿Hay alguna razón para que estés tan lejos?

—¿Qué? —preguntó confundida.

—Cariño, ¿te arrepientes de lo que pasó anoche? Porque…

—Para nada —dijo con determinación. Apagué la placa y retiré la sartén del fuego para dejarla sobre el protector de la encimera y rodeé el mueble.

Vicky abrió los ojos de par en par cuando me acerqué a ella, pero no retrocedió, lo que interpreté como una señal para que continuara.

Cuando llegué a su lado, bajé más la voz y le dije:

—Voy a besarte. ¿Te parece bien?

Abrió los ojos como platos y asintió.

Entonces agarré su delicada mandíbula con mi mano.

Extendí la palma de la otra en su espalda y la pegué a mí para besarla en los labios.

Suavemente al principio, pero al igual que la noche anterior, fue Vicky quien profundizó el beso.

Asimismo, como la noche anterior, con un enorme esfuerzo de autocontrol por mi parte, fui yo quien tuvo que interrumpirlo.

Sin embargo, en vez de alejarme, apoyé la frente en la suya y cerré los ojos.

—Si amaneces conmigo en mi cabaña —dije con mis labios casi rozando los suyos, pero no del todo—, así es como quiero que empieces el día. Es más, puedes hacer de este tu saludo habitual en el futuro.

—¿Un beso?

—Sí, un beso. Y quiero que vengas a mí, no que te quedes al pie de la escalera con la mirada perdida.

—Qué mandón eres.

—Ya —repuse con una sonrisa—. Vete acostumbrando. —Entonces la agarré de la mano y la llevé a la isla de la cocina—. Bueno, tengo que alimentarte.

Vicky se subió al taburete que había frente a los fogones y volví a encender el fuego para terminar de prepararle el desayuno.

—No me gustan los sitios nuevos —soltó mientras ponía pan a tostar.

—De acuerdo —dije despacio, pues no sabía adónde quería llegar con eso.

Se mordió el labio y echó un vistazo a la cabaña.

—Normalmente no podría dormir en un lugar al que no estoy acostumbrada, o sin mis cosas, pero esta casa es… diferente.

—¿Diferente para bien?

Asintió enérgicamente.

—Para más que bien. Estar en esta casa es como si me abrazaran todo el tiempo. Es relajante.

Joder. Me aparté de la tetera para sonreírle.

—Qué maravilla —comenté con voz ronca.

Su descripción de la casa que construí con mis propias manos era una de las cosas más bonitas que había oído en toda mi vida.

—Pero sigo sin dominar las interacciones que no tienen límites definidos ni normas sociales que comprenda.

Ladeé la cabeza mientras le pasaba un plato.

—No sé a qué te refieres.

Suspiró.

—Me da apuro no saber qué hacer. Nunca me había despertado en casa de un hombre.

—Mi lado posesivo resurgió ante esa afirmación.

Joder, qué primitivo era—. Y no sabía si querías que me fuera o me quedara, o si debería ponerme lo que llevaba anoche y quitarme tu camisa, pero me gusta porque es muy suave y huele a ti.

Y me gusta tu olor porque es como una mezcla de madera recién cortada y hombre; soy muy sensible a los olores.

En fin, que cuando no estoy segura, me quedo paralizada.

Tras saber eso, decidí que no me gustaba que la isla de la cocina se interpusiera entre nosotros, así que cogí el té que le había preparado y se lo llevé al lado. Me detuve justo delante de ella mientras se giraba en el taburete para mirarme.

—¿Puedo tocarte la cara? —pregunté. Asintió.

Acerqué la mano a su sien para acariciarle el cabello—.

Ahí dentro siempre hay un montón de cosas en marcha, ¿verdad?

—dije en voz baja—. Tantos pensamientos rondándote la cabeza…

Debe de ser agotador. —Asintió contra mi mano, lo que hizo que su suave y sedoso cabello se colara entre mis dedos—. ¿Se callan alguna vez? —pregunté.

—Había silencio cuando me besabas —susurró.

Una especie de gruñido bajo salió de mi garganta. Volvió a invadirme la necesidad de silenciar sus pensamientos, pero llevaba horas sin comer, y el día anterior había sido duro, así que di un paso atrás y le puse el té delante.

Cuando volví a los fogones, tomó un sorbo de té con cautela y me miró sorprendida.

—¿Cómo sabías cómo tomo el té? —preguntó, y más tarde reparó en el plato que tenía delante—. ¿Y cómo sabías qué me gusta desayunar?

Su tostada estaba cortada en triángulos y encima había dos lonchas de beicon.

Lottie me había dicho que sería «demasiado arriesgado» prepararle huevos. Al parecer, Vicky era bastante tiquismiquis con los huevos. La tabla de colores que me envió Lottie para el té de Vicky ya era bastante exquisita, así que decidí no probar suerte con los huevos.

— Lottie —le contesté.

—¿ Lottie ? Pero si no está aquí.

—He hablado con ella.

—¿Qué? ¿Por qué harí…?

—Tenía cientos de llamadas perdidas de Ollie y Lottie , y quería saber qué comerías. Estabas dormida, así que la he llamado. —Parpadeó y miró su plato, y luego volvió a mirarme atónita—. No es nada, cielo —aclaré—. Sabía que habías adelgazado un poco y quería ofrecerte algo de comer, ¿vale?

—No es nada —murmuró, negando con la cabeza—. Qué afirmación más inexacta. Para mí lo es todo.

Le sonreí, pero sentí una opresión en el pecho al darme cuenta de lo importante que era para ella que alguien le preparara una comida que le gustase. Pero en lugar de pedirle una lista de los desconsiderados de mierda, cogí mi plato y me senté junto a ella en el taburete de madera hecho a mano.

—Estaba pensando —dijo Vicky , y me asusté. Por las pocas conversaciones que habíamos tenido, me había dado cuenta de que podía soltar cualquier cosa. Y, cuando digo cualquier cosa, es cualquier cosa—. Sí que quería una relación romántica contigo en el sentido convencional.

Casi me atraganto con el té, pero logré tragarme el resto sin problemas.

—¿Querías? —pregunté después de recuperarme—. ¿En pasado?

—Sí. A ver, ahora veo que es poco probable que estés dispuesto a tener una relación romántica conmigo.

Abrí los ojos como platos.

—¿Qué momento de las últimas doce horas te hace pensar eso?

Se encogió de hombros y dejó de mirarme a los ojos para concentrarse en su comida.

—Porque crees que estoy vacía por dentro, carezco de personalidad y no me tocarías ni con un palo.

Cerré los ojos mientras soltaba el tenedor para frotarme las sienes.

¡Qué gilipollas fui!

— Vicky , no…

—No hace falta que te justifiques —dijo, interrumpiéndome con ese tono desenfadado que adoptaba cuando quería ocultar sus emociones, pero me pareció detectar un atisbo de dolor en sus palabras—.

Pero lo de anoche y lo de esta mañana parecen indicar que ya has superado tu aversión a tocarme.

Así que, aunque quizá no estés abierto a una relación romántica, puede que te interese seguir tocándome.

—¿Tocándote? —pregunté, tomando un sorbo de té, algo muy poco aconsejable en esas circunstancias.

—Tocándome como se toca durante el coito.

Esa vez sí que me atraganté, tanto que Vicky tuvo que darme una palmadita en la espalda.

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí, estoy bien —respondí con voz entrecortada—. Pero si vas a hablar de relaciones sexuales con un hombre, quizá quieras avisarlo antes.

—¿Eso es un no? — Vicky parecía muy decepcionada.

—Joder, Vicky , no es un no, pero…

—Porque, verás, ningún otro hombre me ha parecido atractivo nunca.

Y eso que tengo veintinueve años. O, mejor dicho, que hace quince que alcancé la pubertad.

Me imaginaba teniendo intimidad con los hombres a los que conocía y me sentía mal.

Pensaba que me pasaba algo. Bueno, aparte de lo obvio.

Pero pensar en relaciones sexuales contigo es…

—Se calló a la vez que se sonrojaba—. Pues eso, que no me hace sentir mal.

Me duele, pero en el buen sentido. Y, para ser sincera, no puedo dejar de pensar en ello.

De hecho, me distrae mucho en el trabajo, y normalmente estoy muy concentrada.

Pero ahora Lottie me pregunta algo y me doy cuenta de que estaba tan ensimismada imaginando cómo es tu pecho bajo la camiseta térmica, cómo sería que te tumbases encima de mí, cómo sería verte en bañador y cómo será lo que oculta dicho bañador, que he perdido el hilo.

Las fantasías nocturnas son aún peores. De hecho, he tenido orgasmos mientras dormía solo por fantasear contigo.

Son tan fuertes que me despiertan, y ni siquiera me he tocado; es solo la idea de estar contigo.

— Vicky —gruñí.

—¿Sí?

—Cállate ya.

—Eh…, ¿estás bien?

La respuesta era no.

No, no estaba bien.

Tenía a la mujer más hermosa que había visto jamás, la misma con la que había fantaseado en secreto durante meses, sentada en la isla de mi cocina, después de haber dormido en mi cama, con mi camisa, describiéndome los sueños sexuales que tenía conmigo y cómo la hacían sentir, para convencerme de que la tocase más.

Jesús, María y José, ¿no se daba cuenta de que no quería hacer otra cosa?

Tragué saliva mientras bajaba del taburete y retrocedía dos pasos rápidamente.

Frunció el ceño. Su expresión me dolió. Me sentía fatal, pero si no ponía distancia entre nosotros, la levantaría del taburete a la fuerza y la subiría a mi cama en cuestión de segundos.

Si nunca la habían besado y la idea de tocar a otro hombre le revolvía el estómago, obviamente era virgen. No iba a perder el control y acostarme con una mujer virgen sin… Madre mía, iba a tener que usar la palabra… Sin cortejarla primero, aunque ella no parecía creerlo necesario.

Se me hizo un nudo en el estómago al rememorar sus palabras.

Aquel día en su casa había sido su torpe intento de insinuarse seriamente, y yo la destrocé.

— Vicky , lo que te dije cuando te llevé la mesa de centro… Estaba equivocado. Te había entendido mal. Así que lo repito: lo siento muchísimo, preciosa. ¿Crees que podrías olvidar lo que dije? ¿Podemos hacer borrón y cuenta nueva?

Frunció el ceño y ladeó la cabeza.

—Recuerdo conversaciones con claridad meridiana, hasta la palabra y el gesto más insignificantes. Me sería imposible olvidarlo. No olvido nada.

Suspiré.

—Pues ¿podrías intentar recordar esto? ¿Podrías intentar recordar lo que te voy a decir ahora?

Que incluso cuando tenía una impresión equivocada de ti, me pasé meses soñando contigo.

Que la Vicky que está aquí conmigo desde anoche es de todo menos vacía o fría, y que me tiene fascinado.

Que me gustas muchísimo. Y que quiero ir en serio contigo, lo cual no debería incluir echarte sobre mi hombro y arrojarte a mi cama sin antes haber tenido una cita como Dios manda.

Me miró parpadeando un buen rato. Cuando volvió a hablar, su voz era apenas un susurro, como si no quisiera arriesgarse a decir las palabras demasiado alto.

—¿Te gusto?

La forma en que lo dijo fue tan desgarradora y vulnerable que tuve que frotarme el pecho para aliviar la pena que se me acumuló ahí.

—Sí, cariño —dije con voz ronca—. Me gustas mucho.

—¿Aunque sea… rara?

Fruncí el ceño y me crucé de brazos.

—No eres rara.

Vicky negó con la cabeza.

— Mike , soy muy consciente de que no cumplo con los estándares de comportamiento normal. Soy única en la sociedad.

—Pues quizá por eso me gustes tanto. ¿A quién le importan los estándares de comportamiento normal? Me gusta que seas impredecible.

Se mordió el labio.

—¿En serio? —Lo dijo tan bajito que, incluso en el completo silencio que reinaba en la cabaña, tuve que esforzarme para oírla.

Ya está. Era imposible que no fuera a plantarme a su lado después de declararme.

Avancé a grandes zancadas y, cuando estaba a un paso de distancia, le pregunté:

—¿Puedo abrazarte?

Vicky asintió, así que la rodeé con los brazos. Mientras se acurrucaba en mi pecho y se aferraba a mi camisa con sus manitas, exhalé con ganas. Solo entonces fui consciente de la tensión que había estado acumulando por no tenerla entre mis brazos.