Capítulo 12 #2
Se llevó la mano al cogote y se ruborizó de nuevo.
—Es que pareces un poco desconcertada, y no para bien.
—¿No para bien? —repetí.
—No. Mira, lo siento, no pasa nada si no te gusta mi casa. Sé que no es del agrado de todos.
Fruncí el ceño.
—¿Crees que no me gusta tu casa?
— Vicky , conozco la clase de sitios elegantes a los que estás acostumbrada, y este…
—Este es el edificio más bonito que he visto en toda mi vida. —Era la pura verdad.
Bajó la mano del cuello y me miró con una intensidad renovada. Apretó los puños a los costados y los abrió al dar un paso hacia mí.
Estaba orgullosa de mí misma porque, después de todo lo que había pasado esa noche, no flaqueé.
Cuando estaba a solo unos centímetros de mí, hizo amago de acariciarme la mejilla, pero se detuvo a un palmo de distancia.
—Cariño —dijo con voz baja y gruñona—. Me muero de ganas de besarte. ¿Puedo?
—Sí, eh…, por favor —logré decir con voz entrecortada.
—También te tocaré la cara. ¿Te parece bien?
—S-sí, tocar la cara está bien.
Esbozó una sonrisilla y me tocó la mandíbula y la mejilla.
Notaba los ásperos callos de sus dedos mientras deslizaba sus manos desde mis mejillas hacia mi cabello. Tuve que echar la cabeza hacia atrás para ver sus ojos marrones, que me escrutaban el rostro.
—Qué guapa eres, joder —susurró con los labios casi rozando los míos. Me quedé en blanco.
La atracción magnética que ejercía sobre mí ese hombre era sencillamente insoportable. Así que, en lugar de esperar a que acortara la distancia que nos separaba, me puse de puntillas, tomé su rostro con ambas manos y pegué los labios a los suyos.
Soltó un gruñido de sorpresa. Por un horrible instante, pensé que quizá hubiera cometido un grave error. ¿Qué estaba haciendo, iniciando un beso así? No tenía experiencia en el protocolo de los besos. ¿Qué demonios tenía que hacer ahora?
Pero justo cuando estaba a punto de ponerme rígida y apartarme, Mike me rodeó con su otro brazo para acercar mi cuerpo al suyo y me devolvió el beso.
Al principio, estaba incómoda, pues me preocupaba que se diera cuenta de que nunca había besado a nadie. Pero a medida que mi cuerpo se fundía con el suyo, envuelta por su fuerza e inmensa calidez, con su aroma amaderado, limpio y varonil invadiendo mis sentidos, olvidé la incomodidad.
Olvidé hasta mi nombre.
Así que, cuando abrió la boca, mi cuerpo tomó el control y lo imité.
Enredé una mano en su espesa cabellera y planté la otra en sus pectorales mientras me arrimaba a él.
No podía acercarme lo suficiente. Era como si se hubiera encendido un fuego en mi interior. Casi sentí que me iba a desmayar de deseo. Oía leves gemidos de desesperación, y tras un momento me di cuenta de que salían de mí.
Entonces, Mike , sin dejar de besarme, me levantó sin esfuerzo y caminó hacia atrás. Me colocó en la encimera de madera de la cocina y se situó entre mis piernas.
Sin la diferencia de altura, no tenía que agacharse tanto, y nuestros cuerpos podían estar aún más cerca.
Bajé una mano hasta el dobladillo de su camisa y luego la subí a la piel cálida que cubría los firmes músculos de su espalda.
Gimió en mi boca; no me había sentido más poderosa en toda mi vida.
Al único que deseaba en ese momento era a él. La confusión de mi mente se silenció, lo cual era extremadamente raro en mí. Pero al único que sentía era a él; lo único en lo que podía concentrarme era en él.
Era la mayor paz que había experimentado en años, y necesitaba más.
Lo necesitaba más cerca.
Le tiré del pelo y subí más la mano, intentando abarcar la mayor parte posible de piel. Sentía que ardía por dentro. Lo deseaba más de lo que había deseado nada jamás.
Empecé a restregarme contra él, con más gemidos saliendo de mi garganta.
Gruñó contra mi boca y, de repente, su calor había desaparecido.
Cuando abrí los ojos, estaba fuera de mi alcance, respirando con dificultad y pasándose las manos por el cabello, lo que hizo que sus mechones oscuros apuntaran en todas direcciones.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué paras? —pregunté una vez que recuperé el aliento.
—Te has llevado un buen susto esta noche —espetó. Volvía a apretar los puños a los costados—. Me estoy aprovechando de ti.
—Para nada —repuse, confundida—. ¿Es porque no soy muy diestra?
—¿Qué? —preguntó, perplejo.
Suspiré.
—En la logística de los besos —dije, y me encogí de hombros—. No estoy nada familiarizada con la logística estándar. Me temo que no tengo un marco de referencia.
—¿La logística de los besos? —Por un instante esbozó una sonrisilla, pero entonces abrió los ojos de par en par—. Un momento. ¿A qué te refieres con que no tienes un marco de referencia?
—A que no tengo ningún dato al que recurrir en lo que respecta a los besos.
¿No era obvio?
—¿Nunca has…? — Mike negó con la cabeza lentamente—. ¿Me estás diciendo que nunca has besado a nadie? Vicky , no… ¿Cómo es posible? Si eres preciosa.
—Nunca había querido besar a nadie. De hecho, la mera idea de besar a cualquier otro ser humano me asquea.
Me ruboricé de la vergüenza.
—Hasta que te conocí. Besarte a ti no me asquea.
—Pensé que debía aclarar ese punto, pues no quería que Mike se abstuviera de besarme si volvía a surgir la ocasión—.
Besarte hace que sienta que… —Debía dar con las palabras para describir la sensación.
Quería ser precisa—. Que ardo por dentro.
Que, al fin, tras años de sentirme asfixiada, vuelvo a respirar.
Que experimento dolor, pero es un dolor bueno.
Besarte silencia el ruido de mi mente, y eso nunca me había pasado.
Mike me miraba fijamente; el intenso marrón de sus ojos despedía destellos dorados y me quemaba. Tenía la mandíbula crispada. Su cuerpo vibraba con energía, como si cada músculo estuviera tenso.
—Eh… —empecé, sin entender bien qué estaba pasando—. ¿ Mike ? ¿Estás bien?
—No, Vicky . —Su voz era ronca. Apretó los puños a los costados—. No estoy bien.
—Anda, ¿y eso?
—Porque acabo de descubrir que soy quien te ha dado tu primer beso y…
—Si es un problema, no pasa nada. —Arqueó las cejas—. Entendería que hubiera sido un pelín desagradable, así que…
—¿Desagradable? —repitió Mike con voz ahogada.
—Sí, bueno. Supongo que las demás chicas a las que besas son mucho más hábiles y…
— Vicky . —Su voz seguía siendo ronca—. Ha sido el mejor beso que me han dado, con o sin experiencia.
Te lo juro. Y me doy cuenta de que lo siguiente me convierte en un puto cavernícola, pero estoy encantado de que no hayas besado a ningún otro antes.
Y después de la descripción que me has dado, estoy haciendo acopio de todo mi autocontrol para no levantarte de la encimera, llevarte a mi cama y hacerte mía de todas las formas posibles.
Le sonreí.
—Uy, planazo. Me apunto.
Gruñó.
—Cariño, por favor, ya me está costando Dios y ayuda contenerme.
—Volvió a pasarse la mano por el pelo—. No voy a aprovecharme de ti después de lo que ha ocurrido esta noche.
Ya me he propasado bastante besándote así.
Si me paso de la raya, no esperaré a que tu hermano me dé un puñetazo en la cara; me lo daré yo.